La Iglesia católica no es un actor político ni una ideología más en el debate público. Antes de que existieran las categorías modernas de izquierda y derecha, el liberalismo, el socialismo o el nacionalismo, la Iglesia ya formulaba un cuerpo coherente de enseñanzas morales y sociales que hoy se conocen como su Magisterio. Este Magisterio es la autoridad doctrinal con la que la Iglesia interpreta el Evangelio y lo aplica a las grandes cuestiones humanas —la dignidad de la persona, el trabajo, la justicia social, la economía, la política, la familia o la convivencia entre pueblos— con vocación de permanencia histórica.. A lo largo de los siglos, el Magisterio ha defendido principios que no encajan limpiamente en los marcos ideológicos contemporáneos. Por un lado, ha criticado el libre mercado absoluto, ha subrayado la función social de la propiedad, ha defendido el derecho a un trabajo digno, un salario justo y la primacía de la persona sobre el capital, lo que le ha valido afinidades parciales con planteamientos tradicionalmente asociados a la izquierda. Pero, al mismo tiempo, ha defendido pilares como la familia, la protección de la propiedad privada, el valor de la comunidad política, el deber de amar a la patria, la continuidad cultural de los pueblos, elementos que suelen vincularse a la derecha. Del mismo modo, la Iglesia, a través de sus encíclicas y su Magisterio, ha condenado tanto al marxismo como al libre mercado absoluto.. En este sentido, la Iglesia distingue claramente entre fines y medios. En materias sociales y económicas —el ámbito propio de la Doctrina Social— el Magisterio define principios y objetivos irrenunciables (la dignidad humana, el bien común, la subsidiariedad o la solidaridad), pero deja un amplio margen de discernimiento prudencial sobre los medios concretos para alcanzarlos, que pueden variar según contextos, países y momentos históricos.. Inmigración: fronteras, dignidad y responsabilidad. Esta lógica se refleja con especial claridad en la cuestión migratoria. El Magisterio de la Iglesia sostiene que cada patria tiene derecho a proteger sus fronteras y a conservar su identidad, y reconoce explícitamente la legitimidad del Estado para regular los flujos migratorios. No existe, por tanto, una defensa del “todo vale” ni de la ausencia de control.. Ahora bien, ese mismo Magisterio afirma que toda persona posee una dignidad radical e innegociable. Por ello, cuando una persona se encuentra en situación de necesidad en un país extranjero —huye de la guerra, la persecución o la miseria— existe un deber moral de acogerla, protegerla y ayudarla a integrarse. Esa acogida, subraya la Iglesia, no es unilateral ni ingenua: la persona migrante tiene deberes y responsabilidades hacia la comunidad que la recibe, debe respetar sus leyes y contribuir al bien común.. Además, la Iglesia insiste en un principio frecuentemente olvidado: el derecho a no tener que emigrar. Combatir las causas de la migración en origen —las guerras, la explotación económica, las mafias y el tráfico de seres humanos— es una obligación moral prioritaria.. Las palabras de José Luis Argüello. En este marco doctrinal se inscriben las recientes declaraciones de José Luis Argüello, arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), realizadas a título individual y no como posicionamiento oficial de la Iglesia, en una entrevista en La Vanguardia.. Argüello ha recordado que la línea marcada por el papa Francisco y continuada ahora por León es “muy clara”: la afirmación de la dignidad humana como principio no negociable. En sus palabras, “debemos defender el derecho de una persona a no tener que salir forzado de su propia tierra”, lo que exige actuar contra las causas estructurales de la migración. Al mismo tiempo, ha sido rotundo al afirmar que “una vez que alguien está entre nosotros, hemos de acogerle, promoverle e integrarle”, una postura que considera plenamente compatible con que el Estado regule los flujos migratorios.. Estas declaraciones han surgido también en el contexto de las tensiones entre la CEE y Vox tras los incidentes de Torre Pacheco. Argüello ha evitado el enfrentamiento ideológico y ha insistido en que la acogida y la integración no contradicen la soberanía del Estado, sino que deben ir de la mano.. ¿Y Sílvia Orriols?. En otra pregunta, el presidente de la CEE se ha referido a la figura de Sílvia Orriols, alcaldesa de Ripoll y referente de un discurso de impugnación total de la inmigración. Argüello ha confesado su sorpresa ante el seguimiento creciente de los discursos de Orriols incluso fuera de Cataluña: “A mí me sorprende ver cómo en Valladolid cada vez hay más gente que sigue los discursos subtitulados de Sílvia Orriols”.. Y añadía: “¿Por qué? Eso me pregunto. Creo que no vale con decir que es de extrema derecha. Esas etiquetas ya no sirven”. La visión eclesial es más pragmática y casuística: analizar caso por caso, equilibrando los derechos y deberes tanto de la persona migrante como de la comunidad política que la acoge. No se trata de fronteras abiertas sin condiciones, pero tampoco de rechazos indiscriminados que ignoren la dignidad humana.
El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, opina sobre inmigración y la líder de Aliança
La Iglesia católica no es un actor político ni una ideología más en el debate público. Antes de que existieran las categorías modernas de izquierda y derecha, el liberalismo, el socialismo o el nacionalismo, la Iglesia ya formulaba un cuerpo coherente de enseñanzas morales y sociales que hoy se conocen como su Magisterio. Este Magisterio es la autoridad doctrinal con la que la Iglesia interpreta el Evangelio y lo aplica a las grandes cuestiones humanas —la dignidad de la persona, el trabajo, la justicia social, la economía, la política, la familia o la convivencia entre pueblos— con vocación de permanencia histórica.. A lo largo de los siglos, el Magisterio ha defendido principios que no encajan limpiamente en los marcos ideológicos contemporáneos. Por un lado, ha criticado el libre mercado absoluto, ha subrayado la función social de la propiedad, ha defendido el derecho a un trabajo digno, un salario justo y la primacía de la persona sobre el capital, lo que le ha valido afinidades parciales con planteamientos tradicionalmente asociados a la izquierda. Pero, al mismo tiempo, ha defendido pilares como la familia, la protección de la propiedad privada, el valor de la comunidad política, el deber de amar a la patria, la continuidad cultural de los pueblos, elementos que suelen vincularse a la derecha. Del mismo modo, la Iglesia, a través de sus encíclicas y su Magisterio, ha condenado tanto al marxismo como al libre mercado absoluto.. En este sentido, la Iglesia distingue claramente entre fines y medios. En materias sociales y económicas —el ámbito propio de la Doctrina Social— el Magisterio define principios y objetivos irrenunciables (la dignidad humana, el bien común, la subsidiariedad o la solidaridad), pero deja un amplio margen de discernimiento prudencial sobre los medios concretos para alcanzarlos, que pueden variar según contextos, países y momentos históricos.. Inmigración: fronteras, dignidad y responsabilidad. Esta lógica se refleja con especial claridad en la cuestión migratoria. El Magisterio de la Iglesia sostiene que cada patria tiene derecho a proteger sus fronteras y a conservar su identidad, y reconoce explícitamente la legitimidad del Estado para regular los flujos migratorios. No existe, por tanto, una defensa del “todo vale” ni de la ausencia de control.. Ahora bien, ese mismo Magisterio afirma que toda persona posee una dignidad radical e innegociable. Por ello, cuando una persona se encuentra en situación de necesidad en un país extranjero —huye de la guerra, la persecución o la miseria— existe un deber moral de acogerla, protegerla y ayudarla a integrarse. Esa acogida, subraya la Iglesia, no es unilateral ni ingenua: la persona migrante tiene deberes y responsabilidades hacia la comunidad que la recibe, debe respetar sus leyes y contribuir al bien común.. Además, la Iglesia insiste en un principio frecuentemente olvidado: el derecho a no tener que emigrar. Combatir las causas de la migración en origen —las guerras, la explotación económica, las mafias y el tráfico de seres humanos— es una obligación moral prioritaria.. Las palabras de José Luis Argüello. En este marco doctrinal se inscriben las recientes declaraciones de José Luis Argüello, arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE), realizadas a título individual y no como posicionamiento oficial de la Iglesia, en una entrevista en La Vanguardia.. Argüello ha recordado que la línea marcada por el papa Francisco y continuada ahora por León es “muy clara”: la afirmación de la dignidad humana como principio no negociable. En sus palabras, “debemos defender el derecho de una persona a no tener que salir forzado de su propia tierra”, lo que exige actuar contra las causas estructurales de la migración. Al mismo tiempo, ha sido rotundo al afirmar que “una vez que alguien está entre nosotros, hemos de acogerle, promoverle e integrarle”, una postura que considera plenamente compatible con que el Estado regule los flujos migratorios.. Estas declaraciones han surgido también en el contexto de las tensiones entre la CEE y Vox tras los incidentes de Torre Pacheco. Argüello ha evitado el enfrentamiento ideológico y ha insistido en que la acogida y la integración no contradicen la soberanía del Estado, sino que deben ir de la mano.. ¿Y Sílvia Orriols?. En otra pregunta, el presidente de la CEE se ha referido a la figura de Sílvia Orriols, alcaldesa de Ripoll y referente de un discurso de impugnación total de la inmigración. Argüello ha confesado su sorpresa ante el seguimiento creciente de los discursos de Orriols incluso fuera de Cataluña: “A mí me sorprende ver cómo en Valladolid cada vez hay más gente que sigue los discursos subtitulados de Sílvia Orriols”.. Y añadía: “¿Por qué? Eso me pregunto. Creo que no vale con decir que es de extrema derecha. Esas etiquetas ya no sirven”. La visión eclesial es más pragmática y casuística: analizar caso por caso, equilibrando los derechos y deberes tanto de la persona migrante como de la comunidad política que la acoge. No se trata de fronteras abiertas sin condiciones, pero tampoco de rechazos indiscriminados que ignoren la dignidad humana.
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