En un rincón de Galicia, en un pedacito de tierra en el que el verde se multiplica y los montes se repliegan sobre sí mismos, se alza una construcción silenciosa, ajena al tiempo. Sus muros de piedra, acariciados por el murmullo de un río cercano, han visto pasar generaciones de monjes que, sin pausa, desde hace más de mil quinientos años, han sostenido el hilo invisible de una vida dedicada a la oración, al estudio y a la acogida del caminante.. Esta joya monástica resiste el paso de los siglos como un guardián antiguo que no ha abandonado su puesto ni en guerras ni en incendios. Enclavado entre castaños y robles, sólo las estrellas logran verlo de frente cuando cruzan verticales sobre su tejado. Ningún otro monasterio en España ha conservado su vida espiritual durante tanto tiempo sin descanso.. La tradición sitúa el origen del Monasterio de San Julián de Samos, en la provincia de Lugo, en el siglo VI, cuando fue fundado por San Martín de Braga, quien quiso plantar allí una comunidad ascética en los últimos tiempos del reino suevo.. La primera mención documentada aparece en el año 655, cuando el obispo Ermefredo de Lugo lo restauró. Tras ser destruido por los musulmanes en el siglo VIII, fue reconstruido por el rey Fruela I de Asturias, convirtiéndose incluso en refugio de su viuda y su hijo, el futuro Alfonso II el Casto.. Durante la Edad Media, el monasterio fue creciendo en poder y patrimonio, acogiendo la regla benedictina desde el año 960 e incorporando la reforma cluniacense en el siglo XII. Llegó a tener jurisdicción sobre centenares de villas gallegas y su nombre, de origen suevo –sámanos, “lugar de monjes”–, refleja su vocación fundacional.. Pero ni su historia fue lineal ni su arquitectura inmutable. En 1558, un incendio devastador obligó a reconstruirlo casi por completo. De su pasado medieval apenas quedaron una puerta románica y la Capilla del Salvador, joya mozárabe del siglo IX.. Lo que hoy vemos responde a los cánones sobrios y majestuosos del barroco gallego, levantado entre los siglos XVII y XVIII. Dos claustros –uno de ellos el más grande de España–, una iglesia imponente y una biblioteca con miles de volúmenes antiguos hablan de su esplendor y resistencia.. El siglo XIX trajo nuevos golpes: la desamortización forzó su cierre temporal, hasta que los monjes pudieron regresar en 1880. Incluso en el siglo XX sufrió otro incendio. Pero siempre volvió a renacer. Así, ha sobrevivido hasta nuestros días como el monasterio habitado más antiguo de España.. De este modo, el monasterio es algo más que un testimonio de fe y permanencia, es una pieza clave del Camino de Santiago. Situado en una de las variantes del Camino Francés, Samos ha sido durante siglos hospital y albergue. Aún hoy abre sus puertas a los peregrinos, prolongando una tradición que en el siglo XVIII permitía compartir mesa y ración con los monjes tres veces al año.. Además de su valor espiritual, destaca por su patrimonio artístico. La estatua del Padre Feijoo –uno de sus más célebres monjes– preside su gran claustro. La iglesia, de cruz latina y cúpula elevada, recuerda en su solemnidad a la catedral compostelana. Y no lejos, la fuente barroca del Claustro de las Nereidas y el ciprés que da nombre a la antigua capilla completan el paisaje sagrado.. Hoy, en esta abadía benedictina que sigue viva, los cánticos en latín siguen elevándose al amanecer. La llama encendida hace más de 1.500 años no se ha apagado. Y quizás por eso solo las estrellas, al pasar, comprenden del todo su misterio.
Oculto en un valle de Galicia, resiste el eco milenario de una vida consagrada sin interrupciones desde el siglo VI
En un rincón de Galicia, en un pedacito de tierra en el que el verde se multiplica y los montes se repliegan sobre sí mismos, se alza una construcción silenciosa, ajena al tiempo. Sus muros de piedra, acariciados por el murmullo de un río cercano, han visto pasar generaciones de monjes que, sin pausa, desde hace más de mil quinientos años, han sostenido el hilo invisible de una vida dedicada a la oración, al estudio y a la acogida del caminante.. Esta joya monástica resiste el paso de los siglos como un guardián antiguo que no ha abandonado su puesto ni en guerras ni en incendios. Enclavado entre castaños y robles, sólo las estrellas logran verlo de frente cuando cruzan verticales sobre su tejado. Ningún otro monasterio en España ha conservado su vida espiritual durante tanto tiempo sin descanso.. La tradición sitúa el origen del Monasterio de San Julián de Samos, en la provincia de Lugo, en el siglo VI, cuando fue fundado por San Martín de Braga, quien quiso plantar allí una comunidad ascética en los últimos tiempos del reino suevo.. La primera mención documentada aparece en el año 655, cuando el obispo Ermefredo de Lugo lo restauró. Tras ser destruido por los musulmanes en el siglo VIII, fue reconstruido por el rey Fruela I de Asturias, convirtiéndose incluso en refugio de su viuda y su hijo, el futuro Alfonso II el Casto.. Durante la Edad Media, el monasterio fue creciendo en poder y patrimonio, acogiendo la regla benedictina desde el año 960 e incorporando la reforma cluniacense en el siglo XII. Llegó a tener jurisdicción sobre centenares de villas gallegas y su nombre, de origen suevo –sámanos, “lugar de monjes”–, refleja su vocación fundacional.. Pero ni su historia fue lineal ni su arquitectura inmutable. En 1558, un incendio devastador obligó a reconstruirlo casi por completo. De su pasado medieval apenas quedaron una puerta románica y la Capilla del Salvador, joya mozárabe del siglo IX.. Lo que hoy vemos responde a los cánones sobrios y majestuosos del barroco gallego, levantado entre los siglos XVII y XVIII. Dos claustros –uno de ellos el más grande de España–, una iglesia imponente y una biblioteca con miles de volúmenes antiguos hablan de su esplendor y resistencia.. El siglo XIX trajo nuevos golpes: la desamortización forzó su cierre temporal, hasta que los monjes pudieron regresar en 1880. Incluso en el siglo XX sufrió otro incendio. Pero siempre volvió a renacer. Así, ha sobrevivido hasta nuestros días como el monasterio habitado más antiguo de España.. De este modo, el monasterio es algo más que un testimonio de fe y permanencia, es una pieza clave del Camino de Santiago. Situado en una de las variantes del Camino Francés, Samos ha sido durante siglos hospital y albergue. Aún hoy abre sus puertas a los peregrinos, prolongando una tradición que en el siglo XVIII permitía compartir mesa y ración con los monjes tres veces al año.. Además de su valor espiritual, destaca por su patrimonio artístico. La estatua del Padre Feijoo –uno de sus más célebres monjes– preside su gran claustro. La iglesia, de cruz latina y cúpula elevada, recuerda en su solemnidad a la catedral compostelana. Y no lejos, la fuente barroca del Claustro de las Nereidas y el ciprés que da nombre a la antigua capilla completan el paisaje sagrado.. Hoy, en esta abadía benedictina que sigue viva, los cánticos en latín siguen elevándose al amanecer. La llama encendida hace más de 1.500 años no se ha apagado. Y quizás por eso solo las estrellas, al pasar, comprenden del todo su misterio.
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