Las camelias no mueren del todo en Santa Cruz de Ribadulla. Cuando les llega la hora, se desprenden de las ramas y caen enteras sobre la tierra, vencidas pero todavía hermosas, hasta formar una alfombra de flores bajo los árboles. Otras ni siquiera respetaron los límites del jardín. Escaparon hacia el bosque, dejaron que pájaros y viento hicieran el trabajo y fueron naciendo donde quisieron. Más de dos siglos después de que comenzaran a plantarse aquí, el resultado es un lugar difícil de encontrar en otro rincón de Galicia: un bosque de camelias.. Está al amparo del Pico Sacro, en Vedra (A Coruña), a pocos kilómetros de Santiago. El Pazo de Santa Cruz de Ribadulla, conocido también como Pazo de Ortigueira, reúne hoy más de 700 variedades de camelia, algunas plantadas entre 1780 y 1820. Pero para comprender este jardín hay que viajar mucho más atrás.. La historia comienza a principios del siglo XVI, cuando Juan Ibáñez de Mondragón, canónigo de la Catedral de Santiago, adquirió las parcelas de Ortigueira. Él y su sobrino, el cardenal Juan de Mondragón, ampliaron la propiedad, levantaron la capilla y fueron dibujando el esqueleto del conjunto: olivos y vides, fuentes, estanques, una cascada y el hórreo.. El recinto fue amurallado y organizado mediante avenidas y paseos que separaban el monte, los cultivos, la huerta y los jardines. Una geometría que todavía puede adivinarse bajo la exuberancia vegetal acumulada durante cinco siglos.. La huella de Domingo de Andrade. En el XVII entró en escena uno de los grandes arquitectos del barroco gallego. Andrés Ibáñez de Mondragón encargó las obras a Domingo de Andrade, maestro compostelano y arquitecto de la Catedral de Santiago. A él se debe el diseño barroco que terminó de proporcionar al pazo buena parte de su estructura y fisonomía actuales, además de la fuente de La Coca.. Pero fue el siglo XIX el que cambió definitivamente el paisaje.. Iván Armada y Fernández de Córdoba, conocido como «el Tío Iván», convirtió el entorno en un jardín romántico. Llegaron plantas exóticas de distintos rincones del mundo, aparecieron caminos sinuosos, cursos de agua y rincones escondidos y se impulsó la reproducción sistemática de las camelias.. Algunas decidieron después seguir su propio camino.. Crecieron «sin cuidado», escaparon del jardín y se internaron en el bosque. La naturaleza distribuyó las semillas y dejó que florecieran allí donde caían. Así fue apareciendo ese bosque cambiante en el que las camelias conviven con magnolios gigantes, tulipaneros de Virginia, criptomerias, helechos australianos y ombúes.. La colección supera actualmente las 700 variedades y algunas de sus camelias más antiguas fueron plantadas entre finales del XVIII y comienzos del XIX. Florecen principalmente entre enero y abril. En 2020, el jardín recibió el reconocimiento «Garden of Excellence» de la International Camellia Society y forma parte de la Ruta Europea de Jardines Históricos.. Una catedral de olivos del siglo XVI. Las camelias, sin embargo, tienen competencia.. El Paseo de los Olivos nació en el siglo XVI con una finalidad mucho menos romántica: producir aceite. Los árboles fueron plantados formando una retícula y la propiedad llegó a contar con un molino con rueda de granito y una prensa de viga al modo romano, conservada hasta el siglo XX.. El tiempo terminó cambiándolo todo. Aquellos árboles productivos se hicieron monumentales y sus troncos retorcidos forman hoy una suerte de catedral vegetal. Uno de sus ejemplares fue reconocido en 2015 como mejor olivo monumental de España.. Por Santa Cruz de Ribadulla pasó también Jovellanos. El recuerdo del ilustrado quedó unido a una de las mesas de piedra del jardín, donde habría trabajado rodeado de una vegetación que entonces ya cargaba con siglos de historia. Y también de camelias: cuando llegó, mediaba abril y muchas habían terminado ya su floración. Sus flores descansaban sobre el suelo, enteras pese a haber caído.. Han pasado más de doscientos años desde entonces. Las camelias continúan haciendo exactamente lo mismo. Cada invierno florecen. Después caen. Y algunas, ajenas a los caminos trazados por el hombre, siguen internándose en el bosque.
A pocos kilómetros de Santiago, conserva uno de los jardines históricos más extraordinarios de España, con árboles monumentales y olivos centenarios
Las camelias no mueren del todo en Santa Cruz de Ribadulla. Cuando les llega la hora, se desprenden de las ramas y caen enteras sobre la tierra, vencidas pero todavía hermosas, hasta formar una alfombra de flores bajo los árboles. Otras ni siquiera respetaron los límites del jardín. Escaparon hacia el bosque, dejaron que pájaros y viento hicieran el trabajo y fueron naciendo donde quisieron. Más de dos siglos después de que comenzaran a plantarse aquí, el resultado es un lugar difícil de encontrar en otro rincón de Galicia: un bosque de camelias.. Está al amparo del Pico Sacro, en Vedra (A Coruña), a pocos kilómetros de Santiago. El Pazo de Santa Cruz de Ribadulla, conocido también como Pazo de Ortigueira, reúne hoy más de 700 variedades de camelia, algunas plantadas entre 1780 y 1820. Pero para comprender este jardín hay que viajar mucho más atrás.. La historia comienza a principios del siglo XVI, cuando Juan Ibáñez de Mondragón, canónigo de la Catedral de Santiago, adquirió las parcelas de Ortigueira. Él y su sobrino, el cardenal Juan de Mondragón, ampliaron la propiedad, levantaron la capilla y fueron dibujando el esqueleto del conjunto: olivos y vides, fuentes, estanques, una cascada y el hórreo.. El recinto fue amurallado y organizado mediante avenidas y paseos que separaban el monte, los cultivos, la huerta y los jardines. Una geometría que todavía puede adivinarse bajo la exuberancia vegetal acumulada durante cinco siglos.. La huella de Domingo de Andrade. En el XVII entró en escena uno de los grandes arquitectos del barroco gallego. Andrés Ibáñez de Mondragón encargó las obras a Domingo de Andrade, maestro compostelano y arquitecto de la Catedral de Santiago. A él se debe el diseño barroco que terminó de proporcionar al pazo buena parte de su estructura y fisonomía actuales, además de la fuente de La Coca.. Pero fue el siglo XIX el que cambió definitivamente el paisaje.. Iván Armada y Fernández de Córdoba, conocido como «el Tío Iván», convirtió el entorno en un jardín romántico. Llegaron plantas exóticas de distintos rincones del mundo, aparecieron caminos sinuosos, cursos de agua y rincones escondidos y se impulsó la reproducción sistemática de las camelias.. Algunas decidieron después seguir su propio camino.. Crecieron «sin cuidado», escaparon del jardín y se internaron en el bosque. La naturaleza distribuyó las semillas y dejó que florecieran allí donde caían. Así fue apareciendo ese bosque cambiante en el que las camelias conviven con magnolios gigantes, tulipaneros de Virginia, criptomerias, helechos australianos y ombúes.. La colección supera actualmente las 700 variedades y algunas de sus camelias más antiguas fueron plantadas entre finales del XVIII y comienzos del XIX. Florecen principalmente entre enero y abril. En 2020, el jardín recibió el reconocimiento «Garden of Excellence» de la International Camellia Society y forma parte de la Ruta Europea de Jardines Históricos.. Una catedral de olivos del siglo XVI. Las camelias, sin embargo, tienen competencia.. El Paseo de los Olivos nació en el siglo XVI con una finalidad mucho menos romántica: producir aceite. Los árboles fueron plantados formando una retícula y la propiedad llegó a contar con un molino con rueda de granito y una prensa de viga al modo romano, conservada hasta el siglo XX.. El tiempo terminó cambiándolo todo. Aquellos árboles productivos se hicieron monumentales y sus troncos retorcidos forman hoy una suerte de catedral vegetal. Uno de sus ejemplares fue reconocido en 2015 como mejor olivo monumental de España.. Por Santa Cruz de Ribadulla pasó también Jovellanos. El recuerdo del ilustrado quedó unido a una de las mesas de piedra del jardín, donde habría trabajado rodeado de una vegetación que entonces ya cargaba con siglos de historia. Y también de camelias: cuando llegó, mediaba abril y muchas habían terminado ya su floración. Sus flores descansaban sobre el suelo, enteras pese a haber caído.. Han pasado más de doscientos años desde entonces. Las camelias continúan haciendo exactamente lo mismo. Cada invierno florecen. Después caen. Y algunas, ajenas a los caminos trazados por el hombre, siguen internándose en el bosque.
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