A lo largo de toda su vida, resulta total la convergencia de vida y literatura en la figura de Lev Tolstói, quien persiguió ser útil, desde su propiedad de Yásnaia Poliana, a los familiares, los campesinos y los niños. Pero fue un hombre en continua crisis, que sólo hicieron que acentuarse; en su época anciana, su matrimonio era desastroso; murieron varios de sus trece hijos; ni siquiera hablaba de literatura… Su carácter supera toda reflexión alrededor de sus obras a medida que crece su diario y apenas alude a lo literario: sólo merecen repetidas alusiones «La sonata a Kreutzer» y sus temores ante la escritura. Empezó su diario coincidiendo con el abandono de los estudios y su participación en el ejército radicado en el Cáucaso en 1851, y lo acabó al término de su fecunda vida, cuando la falta de entendimiento con su mujer, Sofia Bers, que se negaba a deshacerse de sus posesiones, acabaría por decidirle a una huida final. Así, el 28 de octubre de 1910, dejó una nota en la que confesaba no poder vivir más en el lujo y expresaba su deseo de «apartarse de la vida mundana para vivir en paz y recogimiento» sus últimos días. Acompañado de su hija menor y de un médico, escapó en un tren, pero una neumonía lo retuvo tres días después en la estación de Astápovo, en Riazán. Y allí murió el 20 de noviembre como un hombre humilde más, un individuo igual que los campesinos a los que intentó educar, pese a que con ello se ganara la excomunión en 1901 y el ataque de los más poderosos. El libro más que en el por qué, ahonda en qué buscaba el escritor al huir de su hogar familiar A este respecto, cabe decir que Vladimir Pozner recreó, en un libro de 1935, las razones que originaron este trayecto agónico y definitivo a partir de informes policiales y telegramas conservados durante unas jornadas en las que, cual programa de telerrealidad a distancia, todo el país estuvo pendiente de los acontecimientos que se vivían en aquella recóndita estación. A partir de una estructura que alternaba el «drama» con la «historia de un matrimonio», gracias a este preciado documento titulado «Tolstói ha muerto» (Seix Barral, 2022), día a día íbamos conociendo diferentes testimonios, tan contradictorios como complementarios, del propio protagonista tanto como de sus amigos y familiares. Todo ello con objeto de contar el final de Tolstói y, en paralelo, recordar su existencia y sus vínculos personales para que el pasado explicase los momentos, terribles y llamados a ser legendarios, que presenciaron «in situ» periodistas, miembros de la Iglesia ortodoxa o políticos zaristas. El título de Alberto Cavallari «La fuga de Tolstói» (traducción de Marc Granell), va en esa misma dirección: no pretende levantar una biografía exhaustiva del autor ruso, sino concentrar su mirada en ese episodio tan desconcertante de sus últimos días. Para ello, se ayuda de los testimonios de Aleksandra Tolstói y del doctor Mackovi
Se recupera una de las obras más conocidas del periodista italiano, «La fuga de Tolstói», que recompone la huida del hogar del novelista ruso, ya convertido en una brújula moral de su país
A lo largo de toda su vida, resulta total la convergencia de vida y literatura en la figura de Lev Tolstói, quien persiguió ser útil, desde su propiedad de Yásnaia Poliana, a los familiares, los campesinos y los niños. Pero fue un hombre en continua crisis, que sólo hicieron que acentuarse; en su época anciana, su matrimonio era desastroso; murieron varios de sus trece hijos; ni siquiera hablaba de literatura… Su carácter supera toda reflexión alrededor de sus obras a medida que crece su diario y apenas alude a lo literario: sólo merecen repetidas alusiones «La sonata a Kreutzer» y sus temores ante la escritura. Empezó su diario coincidiendo con el abandono de los estudios y su participación en el ejército radicado en el Cáucaso en 1851, y lo acabó al término de su fecunda vida, cuando la falta de entendimiento con su mujer, Sofia Bers, que se negaba a deshacerse de sus posesiones, acabaría por decidirle a una huida final.Así, el 28 de octubre de 1910, dejó una nota en la que confesaba no poder vivir más en el lujo y expresaba su deseo de «apartarse de la vida mundana para vivir en paz y recogimiento» sus últimos días. Acompañado de su hija menor y de un médico, escapó en un tren, pero una neumonía lo retuvo tres días después en la estación de Astápovo, en Riazán. Y allí murió el 20 de noviembre como un hombre humilde más, un individuo igual que los campesinos a los que intentó educar, pese a que con ello se ganara la excomunión en 1901 y el ataque de los más poderosos.El libro más que en el por qué, ahonda en qué buscaba el escritor al huir de su hogar familiarA este respecto, cabe decir que Vladimir Pozner recreó, en un libro de 1935, las razones que originaron este trayecto agónico y definitivo a partir de informes policiales y telegramas conservados durante unas jornadas en las que, cual programa de telerrealidad a distancia, todo el país estuvo pendiente de los acontecimientos que se vivían en aquella recóndita estación. A partir de una estructura que alternaba el «drama» con la «historia de un matrimonio», gracias a este preciado documento titulado «Tolstói ha muerto» (Seix Barral, 2022), día a día íbamos conociendo diferentes testimonios, tan contradictorios como complementarios, del propio protagonista tanto como de sus amigos y familiares. Todo ello con objeto de contar el final de Tolstói y, en paralelo, recordar su existencia y sus vínculos personales para que el pasado explicase los momentos, terribles y llamados a ser legendarios, que presenciaron «in situ» periodistas, miembros de la Iglesia ortodoxa o políticos zaristas. El título de Alberto Cavallari «La fuga de Tolstói» (traducción de Marc Granell), va en esa misma dirección: no pretende levantar una biografía exhaustiva del autor ruso, sino concentrar su mirada en ese episodio tan desconcertante de sus últimos días. Para ello, se ayuda de los testimonios de Aleksandra Tolstói y del doctor Mackovici, ade
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