Mucha gente sabe que Thomas Jefferson, que sería el tercer presidente de los Estados Unidos, fue el principal autor de la declaración de independencia, aprobada por el congreso rebelde estadounidense en la ciudad de Filadelfia el día 4 de julio de 1776. Lo que muy poca gente conoce es que tres años más tarde, el futuro estadista estadounidense enviaba cartas al joven general español Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana y jefe de las fuerzas expedicionarias españolas en América. Jefferson suplicaba a Gálvez en aquellas cartas que la ayuda española al general Washington, es decir, ingentes cantidades de dinero, armas y municiones, siguiese fluyendo aguas arriba de Nueva Orleáns, por el río Mississippi, despejado de tropas inglesas por Bernardo de Gálvez en su campaña relámpago del verano de 1779. Dos siglos y medio más tarde, cuando los estadounidenses celebran el aniversario del nacimiento de su excelsa nación, conviene recordar que de no ser por la generosa ayuda del imperio español, lo más seguro es que George Washington, Thomas Jefferson o Benjamin Franklin hubiesen terminado colgando de una soga inglesa. Eso fue poco más o menos (aunque con otras palabras lógicamente) lo que George Washington le dijo a Bernardo de Gálvez en la única carta que le envío, el año 1783, cuando la guerra ya llegaba a su fin. Sin Royal Navy Y es que, mirado de manera factual y objetiva, aquellos rebeldes americanos nunca tuvieron ninguna posibilidad en su guerra contra el imperio británico, porque además de que no contaban con una armada con la que hacer frente a la Royal Navy, en las doce colonias inglesas no había ni una sola armería donde se fabricasen cañones ni tampoco una sola fábrica de pólvora. En realidad, contrariamente a los españoles que sí mantenían un tejido industrial importante en sus provincias de ultramar (sobre todo en explotaciones mineras en Nueva España y en astilleros como los que había en La Habana o Cartagena de Indias), los británicos solamente estaban interesados en que sus colonias les proveyesen de materias primas, como algodón, arroz o azúcar con mano de obra esclava. Es por eso, que los prohombres de la «causa de la libertad» como George Washington o Thomas Jefferson tuvieron centenares de esclavos trabajando en sus plantaciones, antes, durante y después de lograr su independencia de los ingleses. Se entiende, por tanto, que la única posibilidad que tenían los rebeldes de soñar siquiera con su independencia, dependía enteramente de la ayuda que franceses y españoles pudieran hacerles llegar, y el que estaba más cerca y estuvo siempre más dispuesto a ayudar fue el general español Bernardo de Gálvez, nacido el 23 de julio de 1746 en el pueblo malagueño de Macharaviaya y fallecido en la ciudad mexicana de Tacubaya cuarenta años después. Es por eso que el mismísimo Thomas Jefferson se carteaba con él y el representante de los rebeldes en Nueva Orleáns, el comerciante de ori
El autor de «En el nombre de América» reivindica en este artículo la figura del héroe español y la alianza de España con EE UU
Mucha gente sabe que Thomas Jefferson, que sería el tercer presidente de los Estados Unidos, fue el principal autor de la declaración de independencia, aprobada por el congreso rebelde estadounidense en la ciudad de Filadelfia el día 4 de julio de 1776. Lo que muy poca gente conoce es que tres años más tarde, el futuro estadista estadounidense enviaba cartas al joven general español Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana y jefe de las fuerzas expedicionarias españolas en América.Jefferson suplicaba a Gálvez en aquellas cartas que la ayuda española al general Washington, es decir, ingentes cantidades de dinero, armas y municiones, siguiese fluyendo aguas arriba de Nueva Orleáns, por el río Mississippi, despejado de tropas inglesas por Bernardo de Gálvez en su campaña relámpago del verano de 1779. Dos siglos y medio más tarde, cuando los estadounidenses celebran el aniversario del nacimiento de su excelsa nación, conviene recordar que de no ser por la generosa ayuda del imperio español, lo más seguro es que George Washington, Thomas Jefferson o Benjamin Franklin hubiesen terminado colgando de una soga inglesa. Eso fue poco más o menos (aunque con otras palabras lógicamente) lo que George Washington le dijo a Bernardo de Gálvez en la única carta que le envío, el año 1783, cuando la guerra ya llegaba a su fin.Sin Royal NavyY es que, mirado de manera factual y objetiva, aquellos rebeldes americanos nunca tuvieron ninguna posibilidad en su guerra contra el imperio británico, porque además de que no contaban con una armada con la que hacer frente a la Royal Navy, en las doce colonias inglesas no había ni una sola armería donde se fabricasen cañones ni tampoco una sola fábrica de pólvora. En realidad, contrariamente a los españoles que sí mantenían un tejido industrial importante en sus provincias de ultramar (sobre todo en explotaciones mineras en Nueva España y en astilleros como los que había en La Habana o Cartagena de Indias), los británicos solamente estaban interesados en que sus colonias les proveyesen de materias primas, como algodón, arroz o azúcar con mano de obra esclava.Es por eso, que los prohombres de la «causa de la libertad» como George Washington o Thomas Jefferson tuvieron centenares de esclavos trabajando en sus plantaciones, antes, durante y después de lograr su independencia de los ingleses. Se entiende, por tanto, que la única posibilidad que tenían los rebeldes de soñar siquiera con su independencia, dependía enteramente de la ayuda que franceses y españoles pudieran hacerles llegar, y el que estaba más cerca y estuvo siempre más dispuesto a ayudar fue el general español Bernardo de Gálvez, nacido el 23 de julio de 1746 en el pueblo malagueño de Macharaviaya y fallecido en la ciudad mexicana de Tacubaya cuarenta años después. Es por eso que el mismísimo Thomas Jefferson se carteaba con él y el representante de los rebeldes en Nueva Orleáns, el comerciante de origen
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