En 1557 un médico converso Francisco de Peñaranda, quien supuestamente comerciaría con libros, emparedaba en los muros de su casa de Barcarrota en Badajoz una serie de libros publicados entre 1525 y 1554. Ninguno de los libros emparedados podía circular en la España del siglo XVI pues todos estaban en el «Index librorum prohibitorum» del Inquisidor General Fernando Valdés en vigor desde 1559, que hacía efectivo el índice de libros prohibidos de la Inquisición romana promulgado por Paulo IV en 1554. Los libros emparedados fueron descubiertos en una reforma en 1992 y entregados la Consejería de Cultura de Extremadura, éstos eran de contenido variado: una edición de «Lazarillo de Tormes» impresa en Medina del Campo en 1554,; una edición del «Libro del Alborayque» un tratado contra conversos, un ejemplar único de la «Oración de Emparedadas» en portugués próximo a la superstición; una edición latina de la «Lingua» de Erasmo de Roterdam; dos tratados de quiromancia; un manuscrito italiano de contenido erótico; una compilación de poemas en francés de Clement Marot y una nómina manuscrita que perteneció al portugués Fernão Brandão. El índice de 1559 contenía 700 títulos prohibidos, dos tercios de estos estaban en latín y otros dos tercios no habían sido editados en los territorios de la Monarquía Hispánica. Entre los libros prohibidos en castellano figuraban las obras de Erasmo de Rotterdam; las de Gil Vicente; las de Hernando de Talavera, confesor y consejero de Isabel la Católica en los primeros años de su reinado y posteriormente arzobispo de la Granada conquistada en 1492; las de Bartolomé Torres Naharro, poeta y dramaturgo del Renacimiento; el «Lazarillo de Tormes»; diversas obras de carácter piadoso de Francisco de Borja e incluso los mismísimos «Ejercicios espirituales» de Ignacio de Loyola. ¿Por qué se prohibieron estos libros de espiritualidad? Estas obras promovían una espiritualidad personal lo que despertaba el temor de los inquisidores al resurgimiento de sectas místicas como los alumbrados considerando que la espiritualidad individual estaba cerca del protestantismo. Los criterios de la prohibición se establecían en el prólogo: libros prohibidos por los papas anteriores a 1515; libros escritos por herejes, musulmanes o judíos; las traducciones de la Biblia en lengua vulgar; los libros de polémica religiosa en lengua vulgar porque podían explicar las creencias de los infieles; libros de ciencias ocultas o astrología predictiva; libros que contuviesen tesis contrarias a la iglesia y un largo etcétera que reducía el volumen de las bibliotecas universitarias. ¡A la hoguera! La Inquisición se había instaurado en Castilla con los Reyes Católicos en 1478 estando los libros bajo sospecha desde el primer momento. En 1490 Torquemada ordenaba la quema de libros de los judíos de Toledo; y en 1501 los libros árabes de las mezquitas de Granada ardían por orden del Cardenal Cisneros
Desde el primer Índice en 1559 hasta la abolición de la Inquisición en 1834, miles de obras fueron censuradas
En 1557 un médico converso Francisco de Peñaranda, quien supuestamente comerciaría con libros, emparedaba en los muros de su casa de Barcarrota en Badajoz una serie de libros publicados entre 1525 y 1554. Ninguno de los libros emparedados podía circular en la España del siglo XVI pues todos estaban en el «Index librorum prohibitorum» del Inquisidor General Fernando Valdés en vigor desde 1559, que hacía efectivo el índice de libros prohibidos de la Inquisición romana promulgado por Paulo IV en 1554. Los libros emparedados fueron descubiertos en una reforma en 1992 y entregados la Consejería de Cultura de Extremadura, éstos eran de contenido variado: una edición de «Lazarillo de Tormes» impresa en Medina del Campo en 1554,; una edición del «Libro del Alborayque» un tratado contra conversos, un ejemplar único de la «Oración de Emparedadas» en portugués próximo a la superstición; una edición latina de la «Lingua» de Erasmo de Roterdam; dos tratados de quiromancia; un manuscrito italiano de contenido erótico; una compilación de poemas en francés de Clement Marot y una nómina manuscrita que perteneció al portugués Fernão Brandão. El índice de 1559 contenía 700 títulos prohibidos, dos tercios de estos estaban en latín y otros dos tercios no habían sido editados en los territorios de la Monarquía Hispánica. Entre los libros prohibidos en castellano figuraban las obras de Erasmo de Rotterdam; las de Gil Vicente; las de Hernando de Talavera, confesor y consejero de Isabel la Católica en los primeros años de su reinado y posteriormente arzobispo de la Granada conquistada en 1492; las de Bartolomé Torres Naharro, poeta y dramaturgo del Renacimiento; el «Lazarillo de Tormes»; diversas obras de carácter piadoso de Francisco de Borja e incluso los mismísimos «Ejercicios espirituales» de Ignacio de Loyola. ¿Por qué se prohibieron estos libros de espiritualidad? Estas obras promovían una espiritualidad personal lo que despertaba el temor de los inquisidores al resurgimiento de sectas místicas como los alumbrados considerando que la espiritualidad individual estaba cerca del protestantismo.Los criterios de la prohibición se establecían en el prólogo: libros prohibidos por los papas anteriores a 1515; libros escritos por herejes, musulmanes o judíos; las traducciones de la Biblia en lengua vulgar; los libros de polémica religiosa en lengua vulgar porque podían explicar las creencias de los infieles; libros de ciencias ocultas o astrología predictiva; libros que contuviesen tesis contrarias a la iglesia y un largo etcétera que reducía el volumen de las bibliotecas universitarias.La Inquisición se había instaurado en Castilla con los Reyes Católicos en 1478 estando los libros bajo sospecha desde el primer momento. En 1490 Torquemada ordenaba la quema de libros de los judíos de Toledo; y en 1501 los libros árabes de las mezquitas de Granada ardían por orden del Cardenal Cisneros, el Corán y el Ta
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