EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí. Seguir leyendo
La reedición del libro ‘Zárate, el ‘temible’ Willka. Historia de la rebelión indígena de 1899’ ahonda sobre la tensión racial en el país sudamericano
EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí.Los valores de igualdad y libertad con los que Simón Bolívar fundó en 1825 Bolívar —poco después, Bolivia— se vinieron pronto abajo. Con la idea de romper cualquier lazo con la colonia, el libertador abolió el imperante sistema de castas y el tributo a los indígenas. Pero la utopía duró poco: el país nació en quiebra por la larga guerra de la independencia y se restableció el impuesto indigenal para sostener a la nación. Este y otros agravios postergaron los derechos ciudadanos de los nativos. Así lo sentencia el fallecido historiador Ramiro Condarco en su libro recientemente reeditado Zárate, el temible Willka. Historia de la rebelión indígena de 1899 (1965).La nueva edición, a cargo de la Biblioteca del Bicentenario, fue presentada en abril de 2026. Cuenta con un estudio introductorio de la historiadora y docente jubilada de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), Pilar Mendieta, quien explica a EL PAÍS por qué los indios quedaron fuera de los ideales liberales del siglo XIX. “Los indígenas estaban excluidos, por ejemplo, de votar porque no sabían leer ni escribir; tampoco eran propietarios. Pero no se quiso excluirlos a propósito, el objetivo era que, con el tiempo, con la alfabetización, podrían acceder a ese derecho. Pero no ocurrió, no tenían acceso a la educación”.Mendieta llega a la misma conclusión que Condarco: el panorama social y económico del campesino originario incluso se agravó con la llegada de la república. “Los indios eran conscientes de que habían empeorado con la república por la expansión de la hacienda y el latifundio. Eran considerados bolivianos, pero no ciudadanos”, apunta la académica especializada en historia indígena. La sociedad boliviana del ochocientos estaba diseñada en base a las diferencias raciales, siendo las minorías criollas o de piel blanca, menos del 10 % de la población, las más privilegiadas.El carácter urbano o rural de la población determinaba el ingreso a cargos públicos, a recibir educación y hasta las funciones a desempeñar en la milicia. Los primeros ejercían la gerencia de los negocios, las profesiones liberales y la mayor parte de los cargos que dirigían el país. Los habitantes rurales (que componían entre el 75% y el 80%) trabajaban en la explotación de las minas y en el campo. “El rasgo fundamental de la vida aborigen es su general postración”, escribe Condarco.La segregación racial era reforzada desde la producción de los intelectuales y desde las líneas editoriales de la prensa, que instalaban la narrativa de que “el indio es sucio, ignorante, torpe de entendimiento, violento, cruel y sanguinario”, describe el libro. Pero, tal vez, el escenario donde más sangrante se hacía la dominación de las minorías blancas sobre las mayorías ca
