Como tantos otros estereotipos, la idea de que la vida de nuestros antepasados giraba en torno a la caza de grandes mamíferos no es del todo correcta. Ciertamente, en nuestro linaje evolutivo se produjo un cambio notable en la dieta: aumentó el consumo de carne y se redujo el de vegetales, que predominan abrumadoramente en la ingesta del resto de los actuales primates. Dicho cambio permitió, entre otras cosas, que nuestro cerebro creciera en tamaño y, en último término, en capacidades: siendo un órgano muy costoso desde el punto de vista energético, comer carne y grasa animales hizo posible satisfacer la mayor demanda calórica de ese cerebro mayor y más complejo. Obviamente, la cultura humana, tan sofisticada y versátil, no es solo consecuencia de nuestra renuncia al vegetarianismo estricto (otros factores, como nuestra notable sociabilidad, la explican en bastante mayor medida), pero es cierto que el consumo de carne fue un prerrequisito para que llegásemos a ser los que somos. No es de extrañar, por tanto, que las virtudes de la carne y los rituales en torno a su obtención, preparación y consumo ocupen un lugar preeminente en cualquier cultura humana. Así, siempre que celebramos algún acontecimiento relevante, tendemos a incluir carne entre las viandas con las que nos agasajamos (el pavo navideño es el ejemplo arquetípico). De igual modo, prescindir de la carne en la dieta suele tener un sentido espiritual (pasa paradigmáticamente en Cuaresma). El propio lenguaje ha hecho suyo esta relevancia cultural de la carne. Lo atestiguan infinidad de refranes (“carnero, comer de caballero” o “quien llega tarde, ni oye misa ni come carne”), pero también el propio vocabulario, porque las palabras relacionadas con la carne se usan frecuentemente con valor metafórico para aludir a cosas importantes. Por ejemplo, cuando nos referimos a la parte crucial de un asunto, decimos que se trata del meollo de la cuestión (“meollo” viene de la palabra latina para “médula”, que denota el tejido blando del interior del hueso, el cual es su componente más nutritivo). Y a pesar de todo, el cuerpo humano, a diferencia de lo que les sucede a los verdaderos carnívoros, no está adaptado a una ingesta exclusivamente cárnica. De hecho, si comemos mucha carne, acabamos enfermando (por ejemplo, de gota), y si no consumimos otra cosa que carne, terminamos muriendo. Ello es así porque nuestro hígado tiene una capacidad limitada para eliminar la urea resultante del metabolismo de las proteínas de la carne. Sin duda, seguimos estando mejor preparados para alimentarnos de vegetales (aunque muchos compuestos vegetales son tóxicos para nosotros y no somos capaces de procesar la celulosa, ni hemos invitado a vivir en nuestro interior a bacterias que sí lo son, como han hecho los rumiantes). No debe sorprender, por consiguiente, que las plantas hayan constituido desde siempre la base de la alimentación humana. Primero las recolectábamos al
«Es cierto que el consumo de carne fue un prerrequisito estricto para que llegáramos a ser lo que somos»
Como tantos otros estereotipos, la idea de que la vida de nuestros antepasados giraba en torno a la caza de grandes mamíferos no es del todo correcta. Ciertamente, en nuestro linaje evolutivo se produjo un cambio notable en la dieta: aumentó el consumo de carne y se redujo el de vegetales, que predominan abrumadoramente en la ingesta del resto de los actuales primates. Dicho cambio permitió, entre otras cosas, que nuestro cerebro creciera en tamaño y, en último término, en capacidades: siendo un órgano muy costoso desde el punto de vista energético, comer carne y grasa animales hizo posible satisfacer la mayor demanda calórica de ese cerebro mayor y más complejo. Obviamente, la cultura humana, tan sofisticada y versátil, no es solo consecuencia de nuestra renuncia al vegetarianismo estricto (otros factores, como nuestra notable sociabilidad, la explican en bastante mayor medida), pero es cierto que el consumo de carne fue un prerrequisito para que llegásemos a ser los que somos. No es de extrañar, por tanto, que las virtudes de la carne y los rituales en torno a su obtención, preparación y consumo ocupen un lugar preeminente en cualquier cultura humana. Así, siempre que celebramos algún acontecimiento relevante, tendemos a incluir carne entre las viandas con las que nos agasajamos (el pavo navideño es el ejemplo arquetípico). De igual modo, prescindir de la carne en la dieta suele tener un sentido espiritual (pasa paradigmáticamente en Cuaresma). El propio lenguaje ha hecho suyo esta relevancia cultural de la carne. Lo atestiguan infinidad de refranes (“carnero, comer de caballero” o “quien llega tarde, ni oye misa ni come carne”), pero también el propio vocabulario, porque las palabras relacionadas con la carne se usan frecuentemente con valor metafórico para aludir a cosas importantes. Por ejemplo, cuando nos referimos a la parte crucial de un asunto, decimos que se trata del meollo de la cuestión (“meollo” viene de la palabra latina para “médula”, que denota el tejido blando del interior del hueso, el cual es su componente más nutritivo).Y a pesar de todo, el cuerpo humano, a diferencia de lo que les sucede a los verdaderos carnívoros, no está adaptado a una ingesta exclusivamente cárnica. De hecho, si comemos mucha carne, acabamos enfermando (por ejemplo, de gota), y si no consumimos otra cosa que carne, terminamos muriendo. Ello es así porque nuestro hígado tiene una capacidad limitada para eliminar la urea resultante del metabolismo de las proteínas de la carne. Sin duda, seguimos estando mejor preparados para alimentarnos de vegetales (aunque muchos compuestos vegetales son tóxicos para nosotros y no somos capaces de procesar la celulosa, ni hemos invitado a vivir en nuestro interior a bacterias que sí lo son, como han hecho los rumiantes). No debe sorprender, por consiguiente, que las plantas hayan constituido desde siempre la base de la alimentación humana. Primero las recolectábamos all
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