Las pantallas nos inundan. Silenciosas, han moldeado en los últimos años lo que significa estar en el mundo. Una de las pocas imágenes negativas del viaje del Papa (un viaje prácticamente perfecto en tantos aspectos) fue una recurrente demostración de hipocresía de la que, ay, ninguno nos libramos: mientras León nos insistía en alzar la mirada, y cientos de miles coreábamos como cosacos esa misma consigna, alrededor del Papa una cantidad obscena de admiradores le miraba a él a través de la cámara de su móvil, con la mirada gacha, capturando «para luego» un momento que se estaban perdiendo, por qué no decirlo, por tontos.. Es descorazonador entrar cada mañana en el tren y ser —cuando lo eres, que no siempre— la única persona en el vagón cuya atención no está absorbida por la pantalla; es igualmente descorazonador que, cuando el tren sale de Barcelona y el sol ilumina un cielo hermoso que riega de azul los bosques de Collserola, nadie levante la cabeza para admirarlo; es expresivo de lo hondo que hemos caído en la trampa el hecho de que esta misma reflexión antipantallas vaya a ser leída casi exclusivamente en pantallas. Estamos metidos tan hasta el fondo en un marco destructivo, en unas arenas movedizas, que ni los más luditas somos ya capaces de vivir sin batir récords cotidianos de scrolling (un alumno contaba el otro día por los pasillos que había pasado el día anterior cinco horas seguidas dedicado a tan sesuda actividad).. Las pantallas han tenido en nuestra sociedad un efecto visual similar al que ha tenido el fentanilo en los suburbios de Baltimore o Filadelfia: nos han convertido sibilina y lentamente en walking dead circulando por las aceras, detenidos en los rellanos, bloqueados en nuestra habitación horas y horas, ajenos a todo salvo al mundo irreal que desarrolla su irreal vitalidad en una irreal virtualidad, mostrándonos cuerpos perfectos, parejas perfectas y viajes perfectos, ninguno de los cuales existe.. No creo que tenga sentido entonar un canto nostálgico al pasado perdido —un pasado que, dicho sea de paso, uno mismo ni siquiera ha vivido con edad suficiente para recordar—; pero sí lo tiene reivindicar como necesario y revolucionario el gesto humanizador y empoderador (en cierto sentido, profundamente feminista) de mirarnos a los ojos. Es urgente denunciar que la pantalla nos separa de un mundo al que cada vez tenemos más miedo y de un prójimo del que cada vez queremos saber menos.. El rostro de otro ser humano puede ser aterrador, porque abre la puerta a posibilidades tan dolorosas como la exigencia o la decepción; pero también la abre a milagros cotidianos como la entrega, la escucha y el perdón. «La vida —escribió Viktor Frankl— pregunta por el hombre, cuestiona al hombre, y este contesta de una única manera: respondiendo de su propia vida y con su propia vida».. En el fondo, las arenas movedizas del mundo empantallado no son tales. Meter el móvil en el bolsillo y mirar la vida pasar, interrogándonos y exigiendo respuesta de nuestra creatividad insustituible, es un gesto tan posible hoy como siempre. Y genuinamente liberador. Hagan ustedes la prueba.
Mientras León nos insistía en alzar la mirada, alrededor del Papa una cantidad obscena de admiradores le miraba a él a través de la cámara de su móvil
Las pantallas nos inundan. Silenciosas, han moldeado en los últimos años lo que significa estar en el mundo. Una de las pocas imágenes negativas del viaje del Papa (un viaje prácticamente perfecto en tantos aspectos) fue una recurrente demostración de hipocresía de la que, ay, ninguno nos libramos: mientras León nos insistía en alzar la mirada, y cientos de miles coreábamos como cosacos esa misma consigna, alrededor del Papa una cantidad obscena de admiradores le miraba a él a través de la cámara de su móvil, con la mirada gacha, capturando «para luego» un momento que se estaban perdiendo, por qué no decirlo, por tontos.. Es descorazonador entrar cada mañana en el tren y ser —cuando lo eres, que no siempre— la única persona en el vagón cuya atención no está absorbida por la pantalla; es igualmente descorazonador que, cuando el tren sale de Barcelona y el sol ilumina un cielo hermoso que riega de azul los bosques de Collserola, nadie levante la cabeza para admirarlo; es expresivo de lo hondo que hemos caído en la trampa el hecho de que esta misma reflexión antipantallas vaya a ser leída casi exclusivamente en pantallas. Estamos metidos tan hasta el fondo en un marco destructivo, en unas arenas movedizas, que ni los más luditas somos ya capaces de vivir sin batir récords cotidianos de scrolling (un alumno contaba el otro día por los pasillos que había pasado el día anterior cinco horas seguidas dedicado a tan sesuda actividad).. Las pantallas han tenido en nuestra sociedad un efecto visual similar al que ha tenido el fentanilo en los suburbios de Baltimore o Filadelfia: nos han convertido sibilina y lentamente en walking dead circulando por las aceras, detenidos en los rellanos, bloqueados en nuestra habitación horas y horas, ajenos a todo salvo al mundo irreal que desarrolla su irreal vitalidad en una irreal virtualidad, mostrándonos cuerpos perfectos, parejas perfectas y viajes perfectos, ninguno de los cuales existe.. No creo que tenga sentido entonar un canto nostálgico al pasado perdido —un pasado que, dicho sea de paso, uno mismo ni siquiera ha vivido con edad suficiente para recordar—; pero sí lo tiene reivindicar como necesario y revolucionario el gesto humanizador y empoderador (en cierto sentido, profundamente feminista) de mirarnos a los ojos. Es urgente denunciar que la pantalla nos separa de un mundo al que cada vez tenemos más miedo y de un prójimo del que cada vez queremos saber menos.. El rostro de otro ser humano puede ser aterrador, porque abre la puerta a posibilidades tan dolorosas como la exigencia o la decepción; pero también la abre a milagros cotidianos como la entrega, la escucha y el perdón. «La vida —escribió Viktor Frankl— pregunta por el hombre, cuestiona al hombre, y este contesta de una única manera: respondiendo de su propia vida y con su propia vida».. En el fondo, las arenas movedizas del mundo empantallado no son tales. Meter el móvil en el bolsillo y mirar la vida pasar, interrogándonos y exigiendo respuesta de nuestra creatividad insustituible, es un gesto tan posible hoy como siempre. Y genuinamente liberador. Hagan ustedes la prueba.
Noticias de Cataluña en La Razón
