1. Entré en casa de la niña cuando acababa el día, pero ella no levantó la vista porque estaba escribiendo una carta a su tía, que cumplía años. Sus piernas se balanceaban bajo la alta mesa de cristal, sentada en una silla de adulto. Estaba rodeada de lápices de distintos colores y dibujaba letras. Mientras las perfilaba con la mano, se pasaba su pequeña lengua rosada por los labios como si necesitara ese gesto para que sus dedos lograran la proeza de la escritura. Siempre ha sido así, y siempre lo será. Su mayor preocupación era si el trazo de la T mayúscula se parecía al de la F o no. Pero, en realidad, tampoco importaba mucho. Alrededor de las letras había soles, lunas, flores y abejas. Su madre estaba en la cocina, su padre no había vuelto aún, la casa estaba en silencio y pensé en el Génesis. Era la vida que se recomponía, que se reiniciaba, el mundo que volvía a empezar. Seguir leyendo
En estos tiempos, la proliferación de ficciones sobre el apocalipsis hace pensar que, en el mejor caso, caminamos junto a un abismo
1. Entré en casa de la niña cuando acababa el día, pero ella no levantó la vista porque estaba escribiendo una carta a su tía, que cumplía años. Sus piernas se balanceaban bajo la alta mesa de cristal, sentada en una silla de adulto. Estaba rodeada de lápices de distintos colores y dibujaba letras. Mientras las perfilaba con la mano, se pasaba su pequeña lengua rosada por los labios como si necesitara ese gesto para que sus dedos lograran la proeza de la escritura. Siempre ha sido así, y siempre lo será. Su mayor preocupación era si el trazo de la T mayúscula se parecía al de la F o no. Pero, en realidad, tampoco importaba mucho. Alrededor de las letras había soles, lunas, flores y abejas. Su madre estaba en la cocina, su padre no había vuelto aún, la casa estaba en silencio y pensé en el Génesis. Era la vida que se recomponía, que se reiniciaba, el mundo que volvía a empezar. Seguir leyendo
