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El Papa y el triunfo de la cultura del encuentro

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La vida echa raíces en la contradicción. Y la vida de Madrid siempre es muy contradictoria. Hasta conseguir que las calles se sientan vacías y llenas al mismo tiempo. La gran ciudad es así, propicia el sentimiento de soledad entre la multitud. La sobreinformación de las redes sociales replica esta percepción: nos acompañan y, a la vez, nos invitan a sentirnos que nos estamos perdiendo cosas, nos descubren y, a la vez, nos frustran, nos conectan y, a la vez, nos encierran en nuestros propios prejuicios.. Los tres días de la visita oficial del papa a la capital de España han remarcado aquello que algunos ven como incongruencias. Aunque solo verifiquen que siempre somos fruto de muchos matices, rincones, vericuetos y confusiones. Estas mañanas, tardes y noches con el papa en casa era fácil sentir las calles desiertas y repletas. Se notaban los madrileños huidos de la multitud. La feria del libro estaba más vacía que otros años, los barrios del centro más silenciosos que otros fines de semana. Al menos, hasta que girabas la esquina y era fácil intuir que, por ahí, iba a cruzar el papamóvil. Entonces, el caos de la ciudad se ordenaba con precisión. Hileras de policías, columnas de gentes, ristras de la ilusión por aquello que rompe nuestra rutina.. Decía Almudena Grandes que el gran río de Madrid no es el Manzanares, es el Paseo de la Castellana. Con sus farolas de autopista, con el atasco de la prisa, con sus árboles que nadie mira y todos respiran, con su fuente con peces que escupen agua por la boca. Ahí mismo, un poco más arriba de esos chorros saltarines, se unieron en la vigilia del sábado miles de jóvenes venidos de colegios católicos, grupos de scouts, excursiones de parroquias… Todos movilizados. Todos festejando la cultura del encuentro. Y la cultura de la silla portátil, asiento de comodidad justita pero que te permite crear tu propio corrillo con quien quieras, donde quieras y como quieras. Incluso okupar la vía pública liberada de coches. Solo si eres feligrés, eso sí.. La celebración de la convivencia ha sido la otra función de la influencia de la Iglesia católica que, históricamente, ha ordenado nuestras anarquías, ha definido nuestras culpabilidades y ha dado un hilillo de esperanza al sentido de existir cuando no se atesoraba el saber de hoy.. En tiempos más deprimidos, las parroquias se convirtieron en refugios donde compartir, hacer planes, solemnizar los hitos de nuestra corriente existencia (bodas, bautizos y comuniones) y encontrarse hasta desde el desencuentro. Iglesias donde tantas mujeres hicieron comunidad, construyeron vínculos y salieron del ámbito doméstico a las que se las reducía. En una sociedad donde no todos contaban con espacios para alzar metas vitales y desengrasar sus monotonías, los entornos de las templos del barrio, pueblo o aldea era un patio de recreo, con su teatralidad, deseos, sueños, conquistas y cuchicheos.. Esa España que solo tenía posibilidad de un único refugio en la fe ya quedó muy atrás. Ahora sabemos que la solidaridad es mejor que las limosnas, que nos empobrecen a todos. Ahora sabemos que somos la diversidad, que nos enriquece a todos. Ahora sabemos que la igualdad es la antítesis de la homogeneidad.. Se han normalizado los discursos deshumanizadores. Ahora, también, tenemos un móvil que no soltamos de la mano, desde el que recibimos constantemente sermones de unos y otros. Sin ir a misa, la homilía se ha democratizado y los discursos de gente diciendo cómo debemos ser se han transformado en un entretenimiento constante de nuestras vidas. De ahí que aún nos sea más curioso cómo aparece el papa Leon XIV con su predicación, que podía haber sido previsible. Y, en cambio, la percibimos cual acontecimiento revolucionario. Porque se han normalizado los discursos deshumanizadores. Los mensajes de empatía son aplastados en este presente trepidante en el que ganan los matones de la clase. Con ayuda de un ecosistema viral que visibiliza lo que irrita y esconde lo que aporta.. Es el triunfo social que ha impulsado estos días la popularidad de Leon XIV. La sociedad necesita referentes de paz y la liturgia que rodea al pontífice ha creado un festival de eventos que emocionan por la necesidad de volver a la ideología de comprendernos más que imponernos, de conocernos más que señalarnos, de aplaudir más que insultar. Por un momento, el cauce noticioso ha relegado la tensión narrativa del ‘y tú eres peor” para recordarnos que la vida es congregación. Con todas nuestras contradicciones incluidas. Las del papa, también. Se nota que nos estaba haciendo falta coger aire de cordialidad entre tanto enfrentamiento y tanta tertulia incendiaria. La foto con el papa continúa poseyendo ese poder de unir. Hasta con los partidos que derribaron opresiones del clero y zanjaron debates sobre derechos humanos que no pueden estar nunca a debate.. Todos quieren estar cerca del papa. Incluso dejándole el púlpito del Congreso de los Diputados. Unos por sus creencias, otros por curiosidad, otros por educación, otros por marketing, otros por la ambición sedienta de formar parte protagónica de la historia y subir la imagen a Instagram. Y todos, en el fondo, demostrando que todavía somos más papistas que el papa. Prensa inclusive. No tanto porque venimos de una honda educación católica, que también, sino sobre todo porque en España nos gustan las visitas. Somos país de acogida, somos folclóricos del arte del recibimiento: anfitriones como modo de vida. Queremos que vuelvan. O que no se marchen nunca. Queremos que sientan que somos únicos. Queremos sentirnos únicos.

 

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La vida echa raíces en la contradicción. Y la vida de Madrid siempre es muy contradictoria. Hasta conseguir que las calles se sientan vacías y llenas al mismo tiempo. La gran ciudad es así, propicia el sentimiento de soledad entre la multitud. La sobreinformación de las redes sociales replica esta percepción: nos acompañan y, a la vez, nos invitan a sentirnos que nos estamos perdiendo cosas, nos descubren y, a la vez, nos frustran, nos conectan y, a la vez, nos encierran en nuestros propios prejuicios.. Los tres días de la visita oficial del papa a la capital de España han remarcado aquello que algunos ven como incongruencias. Aunque solo verifiquen que siempre somos fruto de muchos matices, rincones, vericuetos y confusiones. Estas mañanas, tardes y noches con el papa en casa era fácil sentir las calles desiertas y repletas. Se notaban los madrileños huidos de la multitud. La feria del libro estaba más vacía que otros años, los barrios del centro más silenciosos que otros fines de semana. Al menos, hasta que girabas la esquina y era fácil intuir que, por ahí, iba a cruzar el papamóvil. Entonces, el caos de la ciudad se ordenaba con precisión. Hileras de policías, columnas de gentes, ristras de la ilusión por aquello que rompe nuestra rutina.. Decía Almudena Grandes que el gran río de Madrid no es el Manzanares, es el Paseo de la Castellana. Con sus farolas de autopista, con el atasco de la prisa, con sus árboles que nadie mira y todos respiran, con su fuente con peces que escupen agua por la boca. Ahí mismo, un poco más arriba de esos chorros saltarines, se unieron en la vigilia del sábado miles de jóvenes venidos de colegios católicos, grupos de scouts, excursiones de parroquias… Todos movilizados. Todos festejando la cultura del encuentro. Y la cultura de la silla portátil, asiento de comodidad justita pero que te permite crear tu propio corrillo con quien quieras, donde quieras y como quieras. Incluso okupar la vía pública liberada de coches. Solo si eres feligrés, eso sí.. La celebración de la convivencia ha sido la otra función de la influencia de la Iglesia católica que, históricamente, ha ordenado nuestras anarquías, ha definido nuestras culpabilidades y ha dado un hilillo de esperanza al sentido de existir cuando no se atesoraba el saber de hoy.. En tiempos más deprimidos, las parroquias se convirtieron en refugios donde compartir, hacer planes, solemnizar los hitos de nuestra corriente existencia (bodas, bautizos y comuniones) y encontrarse hasta desde el desencuentro. Iglesias donde tantas mujeres hicieron comunidad, construyeron vínculos y salieron del ámbito doméstico a las que se las reducía. En una sociedad donde no todos contaban con espacios para alzar metas vitales y desengrasar sus monotonías, los entornos de las templos del barrio, pueblo o aldea era un patio de recreo, con su teatralidad, deseos, sueños, conquistas y cuchicheos.. Esa España que solo tenía posibilidad de un único refugio en la fe ya quedó muy atrás. Ahora sabemos que la solidaridad es mejor que las limosnas, que nos empobrecen a todos. Ahora sabemos que somos la diversidad, que nos enriquece a todos. Ahora sabemos que la igualdad es la antítesis de la homogeneidad.. Se han normalizado los discursos deshumanizadores. Ahora, también, tenemos un móvil que no soltamos de la mano, desde el que recibimos constantemente sermones de unos y otros. Sin ir a misa, la homilía se ha democratizado y los discursos de gente diciendo cómo debemos ser se han transformado en un entretenimiento constante de nuestras vidas. De ahí que aún nos sea más curioso cómo aparece el papa Leon XIV con su predicación, que podía haber sido previsible. Y, en cambio, la percibimos cual acontecimiento revolucionario. Porque se han normalizado los discursos deshumanizadores. Los mensajes de empatía son aplastados en este presente trepidante en el que ganan los matones de la clase. Con ayuda de un ecosistema viral que visibiliza lo que irrita y esconde lo que aporta.. Es el triunfo social que ha impulsado estos días la popularidad de Leon XIV. La sociedad necesita referentes de paz y la liturgia que rodea al pontífice ha creado un festival de eventos que emocionan por la necesidad de volver a la ideología de comprendernos más que imponernos, de conocernos más que señalarnos, de aplaudir más que insultar. Por un momento, el cauce noticioso ha relegado la tensión narrativa del ‘y tú eres peor” para recordarnos que la vida es congregación. Con todas nuestras contradicciones incluidas. Las del papa, también. Se nota que nos estaba haciendo falta coger aire de cordialidad entre tanto enfrentamiento y tanta tertulia incendiaria. La foto con el papa continúa poseyendo ese poder de unir. Hasta con los partidos que derribaron opresiones del clero y zanjaron debates sobre derechos humanos que no pueden estar nunca a debate.. Todos quieren estar cerca del papa. Incluso dejándole el púlpito del Congreso de los Diputados. Unos por sus creencias, otros por curiosidad, otros por educación, otros por marketing, otros por la ambición sedienta de formar parte protagónica de la historia y subir la imagen a Instagram. Y todos, en el fondo, demostrando que todavía somos más papistas que el papa. Prensa inclusive. No tanto porque venimos de una honda educación católica, que también, sino sobre todo porque en España nos gustan las visitas. Somos país de acogida, somos folclóricos del arte del recibimiento: anfitriones como modo de vida. Queremos que vuelvan. O que no se marchen nunca. Queremos que sientan que somos únicos. Queremos sentirnos únicos.

 

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