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  Cultura  30 años de «Omega»: el disco que casi acaba con Morente y Lagartija Nick
Cultura

30 años de «Omega»: el disco que casi acaba con Morente y Lagartija Nick

7 de junio de 2026
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«Yo me quedé sin grupo, me quedé sin nada. Pero es que Enrique también», dice Antonio Arias, líder de Lagartija Nick sobre las secuelas destructivas del alumbramiento, hace ahora tres décadas, de «Omega», el álbum mágico que sumó a Lorca con Leonard Cohen, al flamenco con el rock y que arrasó la vida de sus protagonistas, al menos, temporalmente. «Decíamos: ‘‘Pero, ¿en qué hueso hemos dado?’’. Notábamos esa beligerancia en todo el mundo a nuestro alrededor. Pero solo queríamos que nos dejasen, que nos olviden con nuestro invento. Y no parábamos de preguntarnos: ‘‘¿Dónde hemos dado que tanto les duele?’’ Aún hoy día no lo entiendo mucho porque tampoco había nada que entender. Había que vivirlo», dice el bajista. Se llevaron abucheos, en el Teatro Albéniz de Madrid les abroncó durante una hora. Pero Morente les guio, halló un camino. Ahora, tres décadas después de aquello, Arias se une al hijo del cantaor, José Enrique, «Kiki», para celebrar las tres décadas del trabajo en una gira (esta vez triunfal a buen seguro) que les lleva por Córdoba (Festival de la Guitarra, 11 de julio), Madrid (14), Huesca (24), Barcelona (30 de octubre) y Valencia (22 de noviembre), entre otros lugares.. Cuando, hace 12 años, empezaba a curarse el duelo por la muerte del maestro (Morente falleció en 2010), almas bienintencionadas le armaron un homenaje. Entre ellos, estaba Santiago Auserón, con su enorme sensibilidad, dispuesto a enfrentarse al «Omega» como un funeral «in memoriam». Auserón proclamó entonces ante el Everest de interpretar semejante trabajo: «Estamos condenados a fracasar». Lo hizo con una sonrisa. ¿Tienen ahora esa sensación? «Aquello no fue una gira, como lo que planteamos ahora. Fue más bien una manera de juntarnos de nuevo, de abrazarnos en torno a la ausencia de Enrique. Pero también te digo una cosa: más fracaso que el que el que sufrimos cuando salió, eso no lo vamos a superar –ríe Arias–. Creo que eso nos da muchísimo aliento».. Contra el mercado. Porque, en el mundo del rock , aquel trabajo recibió el vacío: ni las revistas ni las radios ni nadie creyó en el proyecto. En el del flamenco, mejor hi hablamos. «Cometimos el error de no tener suficiente con el huracán creativo en el que nos habíamos metido. Estábamos absolutamente cegados por nuestra propia creación y al mismo tiempo nos maltrataban tanto en nuestro entorno que nos convertimos un poco en sadomasoquistas», evoca Arias, que acaba de someterse a una operación de riñón. Pero Morente empujaba: «Desde el principio nos llevó, con su espíritu libertario, buscando una nueva escena. Estábamos creando algo a partir de un liderazgo desde el arte y desde los músicos, no desde la industria. El modelo del mercado era el comienzo de lo que es hoy, la imitación de los sajones, los festivales y todo eso. ‘‘Omega’’ atacó directamente a ese modelo y la gente no se lo tomó bien. Se suponía que debíamos aceptar todo eso que se estaba ‘‘implementando’’ en este país para ser más contemporáneos, más modernos y tener una visión europea de nuestra propia experiencia. Pues nosotros decidimos liderar otra escena». Es decir, que aquel álbum tenía un contenido político, aunque fuera un subtexto. «Yo creo que sí: tenía un espíritu contestatario antisistema, como decía Enrique con un atrevimiento tremendo, con un descaro… Fue un pronunciamiento, un golpe de Estado en la escena musical. De hecho, hoy día sigue habiendo un eco de eso». Tardó en cuajar, pero lo hizo: «Recuerdo la experiencia en el Espárrago Rock del 98. Ahí sí sentimos algo, estaba la gente y lo estaban entendiendo».. El padre. Kiki Morente tenía seis años cuando el disco salió a la calle. «Tengo recuerdos, tengo colores, tengo el sonido metido aquí –señala el pecho–.Como si fuese ayer, me acuerdo de esas grabaciones, de esa fuerza, esa concentración, esa hermandad de lo que estaba pasando. Eran personas que se encuentran para disfrutar y compartir. Y recuerdo a los Lagartija y cómo les miraba mi padre». Kiki se crio tanto con roqueros como con flamencos, como su padre, que a veces nadaba mejor con los primeros. «Era flipante ver cómo mi padre se impregnaba desde ese espíritu. Se mete en el mundo de Cohen, conoce un poco el registro y se mira en ese espejo. Se buscar de una manera y sale un Enrique nuevo. Pero cuando conoce a los rockeros dice ‘‘estos son los míos, o sea, me parezco a estos más de lo que imaginaba’’». Como todo el mundo sabe, Enrique se emocionaba con pasmosa facilidad, encontraba inspirador hasta lo más insospechado. «Como dice Kiki, era como una canica cayendo por las escaleras, que no la pillas. Y además nunca le veías venir. Era sencillo y natural. Y te sorprendía», apunta Arias. Ahora su hijo se pone en su silla y se ha preparado para ello. «Hay que echarle cataplines pero tenemos la oportunidad de disfrutar. Mi padre y Lagartija ya pagaron el precio y a nosotros nos queda disfrutar», apunta el joven cantaor. Le preguntamos al bajista qué hay del padre en Kiki. «Muchísimas cosas. Enrique está repartido por toda su familia. Ese genio focal, no esa obsesión por el trabajo infinita… bueno, y Kiki también tiene esa pedrada de la ausencia, ¿sabes? Cuando crees que has conectado con Kiki, que estás en plena comunicación con él, pues de repente te desvía la mirada y empieza a moverse en un territorio lejano, se evade», dice Arias. En lo personal, se trata de un ejercicio de reconocimiento mutuo, de profundizar en el pasado común y crear una nueva relación donde ya existía familiaridad. En definitiva, Kiki está trabajando con el antiguo socio de su padre. «Creemos que nos conocemos porque tenemos una experiencia muy fuerte vivida juntos. Uno cree que conoce a Kiki porque lo conoció con cinco años y lo he visto crecer y hemos tenido una relación familiar desde entonces. Pero eso no significa que sepamos tanto de nosotros mismos. Un buen camino es la experiencia artística que nos hace encontrar los puntos en común que van a hacer que sobreviva este proyecto». Kiki Morente replica: «Estoy totalmente de acuerdo con lo que dice Antonio, hasta el punto de que yo sigo conociendo a mi padre a través de este proyecto y de estar cerca de Antonio. Para mí, él ha sido un hermano, un tito, un primo, alguien de la familia de toda la vida, alguien que sabemos que queremos mucho en la casa, al que le quitaba tabaco y la guitarra y le rompía la cuerda del bajo. Pero ahora yo me tengo que mirar con Antonio de otra manera, conocernos. Antonio, ¿cómo hicisteis esto? ¿Qué pasó? ¿Cómo era él? ¿Cómo actuaba? Y así es como le voy conociendo».. El joven Morente pregunta mucho: «Ahora que no nos oye –sonríe Arias–, le interesan mucho las cosas locas, lo que hacíamos su padre y yo, como irnos al Carnaval de repente o hacer cosas sin sentido. Porque nunca nos dedicamos a regodearnos en los éxitos, ni cuando empezaron a ir miles de personas a vernos. Nosotros, como comentamos familiarmente con Kiki, con la familia, los fracasos nos divierten más», ríe Arias. Sigue habiendo un misterio entre quienes participaron de «Omega» y quienes estaban allí de meros testigos. Flota un aura mítica y sepulcral, como de réquiem, en torno a todo lo que rodeó al álbum. Y por supuesto sigue habiendo ese misterio sobre el contenido de la propia obra, 30 años después: cómo encajaron todas aquellas piezas que llegaban de tiempos y de lugares muy distantes en un artefacto hermoso y amenazante. Se siguen planteando las incógnitas. «Exactamente. Pero se trata de secretos y experiencias que solo vamos a poder desvelar a través de la acción, a través del movimiento», señala Arias. Será una recuperación feliz aunque quizá caiga alguna lágrima por los que ya no están.. Un disco para experimentar. «Hay un repertorio tan sugerente ahí… porque una cosa es lo que se oye y otralo que está por detrás. Es como la poesía de Lorca, que él mismo era músico y te involucras con él buscando la música», explica Arias. «Ahora tratamos de abarcar el repertorio del álbum, porque en aquellos tiempos con Morente era todo fruto de la experiencia. Un día metíamos un tema de ‘‘Val del Omar’’, o ‘‘Celeste’’… no era tanto la obsesión con el álbum. Y ahora experimentamos sobre los temas del disco, los tomamos de base para seguir creando con los ojos abiertos hacia nosotros mismos», explica Antonio Arias.

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Antonio Arias y José Enrique «Kiki» Morente evocan el huracán creativo y destructivo que fue aquel trabajo, hoy, canónico: un choque entre el mercado y la tradición

  

«Yo me quedé sin grupo, me quedé sin nada. Pero es que Enrique también», dice Antonio Arias, líder de Lagartija Nick sobre las secuelas destructivas del alumbramiento, hace ahora tres décadas, de «Omega», el álbum mágico que sumó a Lorca con Leonard Cohen, al flamenco con el rock y que arrasó la vida de sus protagonistas, al menos, temporalmente. «Decíamos: ‘‘Pero, ¿en qué hueso hemos dado?’’. Notábamos esa beligerancia en todo el mundo a nuestro alrededor. Pero solo queríamos que nos dejasen, que nos olviden con nuestro invento. Y no parábamos de preguntarnos: ‘‘¿Dónde hemos dado que tanto les duele?’’ Aún hoy día no lo entiendo mucho porque tampoco había nada que entender. Había que vivirlo», dice el bajista. Se llevaron abucheos, en el Teatro Albéniz de Madrid les abroncó durante una hora. Pero Morente les guio, halló un camino. Ahora, tres décadas después de aquello, Arias se une al hijo del cantaor, José Enrique, «Kiki», para celebrar las tres décadas del trabajo en una gira (esta vez triunfal a buen seguro) que les lleva por Córdoba (Festival de la Guitarra, 11 de julio), Madrid (14), Huesca (24), Barcelona (30 de octubre) y Valencia (22 de noviembre), entre otros lugares.. Cuando, hace 12 años, empezaba a curarse el duelo por la muerte del maestro (Morente falleció en 2010), almas bienintencionadas le armaron un homenaje. Entre ellos, estaba Santiago Auserón, con su enorme sensibilidad, dispuesto a enfrentarse al «Omega» como un funeral «in memoriam». Auserón proclamó entonces ante el Everest de interpretar semejante trabajo: «Estamos condenados a fracasar». Lo hizo con una sonrisa. ¿Tienen ahora esa sensación? «Aquello no fue una gira, como lo que planteamos ahora. Fue más bien una manera de juntarnos de nuevo, de abrazarnos en torno a la ausencia de Enrique. Pero también te digo una cosa: más fracaso que el que el que sufrimos cuando salió, eso no lo vamos a superar –ríe Arias–. Creo que eso nos da muchísimo aliento».. Contra el mercado. Porque, en el mundo del rock , aquel trabajo recibió el vacío: ni las revistas ni las radios ni nadie creyó en el proyecto. En el del flamenco, mejor hi hablamos. «Cometimos el error de no tener suficiente con el huracán creativo en el que nos habíamos metido. Estábamos absolutamente cegados por nuestra propia creación y al mismo tiempo nos maltrataban tanto en nuestro entorno que nos convertimos un poco en sadomasoquistas», evoca Arias, que acaba de someterse a una operación de riñón. Pero Morente empujaba: «Desde el principio nos llevó, con su espíritu libertario, buscando una nueva escena. Estábamos creando algo a partir de un liderazgo desde el arte y desde los músicos, no desde la industria. El modelo del mercado era el comienzo de lo que es hoy, la imitación de los sajones, los festivales y todo eso. ‘‘Omega’’ atacó directamente a ese modelo y la gente no se lo tomó bien. Se suponía que debíamos aceptar todo eso que se estaba ‘‘implementando’’ en este país para ser más contemporáneos, más modernos y tener una visión europea de nuestra propia experiencia. Pues nosotros decidimos liderar otra escena». Es decir, que aquel álbum tenía un contenido político, aunque fuera un subtexto. «Yo creo que sí: tenía un espíritu contestatario antisistema, como decía Enrique con un atrevimiento tremendo, con un descaro… Fue un pronunciamiento, un golpe de Estado en la escena musical. De hecho, hoy día sigue habiendo un eco de eso». Tardó en cuajar, pero lo hizo: «Recuerdo la experiencia en el Espárrago Rock del 98. Ahí sí sentimos algo, estaba la gente y lo estaban entendiendo».. El padre. Kiki Morente tenía seis años cuando el disco salió a la calle. «Tengo recuerdos, tengo colores, tengo el sonido metido aquí –señala el pecho–.Como si fuese ayer, me acuerdo de esas grabaciones, de esa fuerza, esa concentración, esa hermandad de lo que estaba pasando. Eran personas que se encuentran para disfrutar y compartir. Y recuerdo a los Lagartija y cómo les miraba mi padre». Kiki se crio tanto con roqueros como con flamencos, como su padre, que a veces nadaba mejor con los primeros. «Era flipante ver cómo mi padre se impregnaba desde ese espíritu. Se mete en el mundo de Cohen, conoce un poco el registro y se mira en ese espejo. Se buscar de una manera y sale un Enrique nuevo. Pero cuando conoce a los rockeros dice ‘‘estos son los míos, o sea, me parezco a estos más de lo que imaginaba’’». Como todo el mundo sabe, Enrique se emocionaba con pasmosa facilidad, encontraba inspirador hasta lo más insospechado. «Como dice Kiki, era como una canica cayendo por las escaleras, que no la pillas. Y además nunca le veías venir. Era sencillo y natural. Y te sorprendía», apunta Arias. Ahora su hijo se pone en su silla y se ha preparado para ello. «Hay que echarle cataplines pero tenemos la oportunidad de disfrutar. Mi padre y Lagartija ya pagaron el precio y a nosotros nos queda disfrutar», apunta el joven cantaor. Le preguntamos al bajista qué hay del padre en Kiki. «Muchísimas cosas. Enrique está repartido por toda su familia. Ese genio focal, no esa obsesión por el trabajo infinita… bueno, y Kiki también tiene esa pedrada de la ausencia, ¿sabes? Cuando crees que has conectado con Kiki, que estás en plena comunicación con él, pues de repente te desvía la mirada y empieza a moverse en un territorio lejano, se evade», dice Arias. En lo personal, se trata de un ejercicio de reconocimiento mutuo, de profundizar en el pasado común y crear una nueva relación donde ya existía familiaridad. En definitiva, Kiki está trabajando con el antiguo socio de su padre. «Creemos que nos conocemos porque tenemos una experiencia muy fuerte vivida juntos. Uno cree que conoce a Kiki porque lo conoció con cinco años y lo he visto crecer y hemos tenido una relación familiar desde entonces. Pero eso no significa que sepamos tanto de nosotros mismos. Un buen camino es la experiencia artística que nos hace encontrar los puntos en común que van a hacer que sobreviva este proyecto». Kiki Morente replica: «Estoy totalmente de acuerdo con lo que dice Antonio, hasta el punto de que yo sigo conociendo a mi padre a través de este proyecto y de estar cerca de Antonio. Para mí, él ha sido un hermano, un tito, un primo, alguien de la familia de toda la vida, alguien que sabemos que queremos mucho en la casa, al que le quitaba tabaco y la guitarra y le rompía la cuerda del bajo. Pero ahora yo me tengo que mirar con Antonio de otra manera, conocernos. Antonio, ¿cómo hicisteis esto? ¿Qué pasó? ¿Cómo era él? ¿Cómo actuaba? Y así es como le voy conociendo».. El joven Morente pregunta mucho: «Ahora que no nos oye –sonríe Arias–, le interesan mucho las cosas locas, lo que hacíamos su padre y yo, como irnos al Carnaval de repente o hacer cosas sin sentido. Porque nunca nos dedicamos a regodearnos en los éxitos, ni cuando empezaron a ir miles de personas a vernos. Nosotros, como comentamos familiarmente con Kiki, con la familia, los fracasos nos divierten más», ríe Arias. Sigue habiendo un misterio entre quienes participaron de «Omega» y quienes estaban allí de meros testigos. Flota un aura mítica y sepulcral, como de réquiem, en torno a todo lo que rodeó al álbum. Y por supuesto sigue habiendo ese misterio sobre el contenido de la propia obra, 30 años después: cómo encajaron todas aquellas piezas que llegaban de tiempos y de lugares muy distantes en un artefacto hermoso y amenazante. Se siguen planteando las incógnitas. «Exactamente. Pero se trata de secretos y experiencias que solo vamos a poder desvelar a través de la acción, a través del movimiento», señala Arias. Será una recuperación feliz aunque quizá caiga alguna lágrima por los que ya no están.. Un disco para experimentar. ► «Hay un repertorio tan sugerente ahí… porque una cosa es lo que se oye y otralo que está por detrás. Es como la poesía de Lorca, que él mismo era músico y te involucras con él buscando la música», explica Arias. «Ahora tratamos de abarcar el repertorio del álbum, porque en aquellos tiempos con Morente era todo fruto de la experiencia. Un día metíamos un tema de ‘‘Val del Omar’’, o ‘‘Celeste’’… no era tanto la obsesión con el álbum. Y ahora experimentamos sobre los temas del disco, los tomamos de base para seguir creando con los ojos abiertos hacia nosotros mismos», explica Antonio Arias.

 

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