Para muchos hogares, congelar un filete suelto, un trozo de lasaña o cualquier resto de comida es un gesto rutinario. Sin embargo, especialistas británicos alertan ahora de que la forma en que se almacenan esos alimentos podría estar multiplicando la presencia de microplásticos. Según el equipo de la organización de consumidores británica Which?, los envases de plástico no deberían emplearse para congelar, ya que el frío extremo vuelve el material quebradizo y favorece que libere fragmentos diminutos.. El organismo explica que los recipientes de vidrio o acero son alternativas más seguras y duraderas. Cuando el plástico se congela, su estructura se debilita y puede desprender partículas invisibles que terminan en la comida. El problema se agrava si ese mismo envase se utiliza después para calentar los alimentos, ya que el calor acelera la liberación de microplásticos y facilita que pasen directamente al plato.. Los microplásticos son fragmentos de menos de cinco milímetros que proceden de productos más grandes que se van descomponiendo con el tiempo. El uso repetido de envases de plástico para congelar o recalentar alimentos acelera ese proceso, convirtiendo la cocina en una fuente inesperada de exposición.. La comunidad científica lleva años documentando su impacto ambiental. Se ha demostrado que estos fragmentos alteran la capacidad de pequeños organismos marinos y plantas para almacenar carbono, afectando al llamado ciclo del carbono azul, un proceso clave para mitigar el cambio climático.. Un riesgo aún desconocido para la salud humana. Aunque los efectos a largo plazo en humanos siguen sin estar claros, los microplásticos ya se han detectado en sangre, pulmones, placenta e incluso leche materna. La Agencia de Seguridad Sanitaria del Reino Unido advierte de que las partículas más pequeñas, los nanoplásticos, pueden atravesar la barrera hematoencefálica, una estructura que protege el cerebro de toxinas y agentes externos.. Según la agencia, estas partículas pueden colarse entre las células que custodian esa barrera o adherirse a nutrientes que viajan hacia el cerebro. Algunas enfermedades neurodegenerativas, como Alzhéimer o Párkinson, están relacionadas con la disfunción de esas células protectoras, lo que abre la puerta a nuevas preguntas sobre el papel que podrían desempeñar los nanoplásticos en su deterioro, una línea de investigación que sigue abierta.
El uso de tupper de este material en el congelador o el microondas acelera la liberación de fragmentos diminutos que terminan en la comida
Para muchos hogares, congelar un filete suelto, un trozo de lasaña o cualquier resto de comida es un gesto rutinario. Sin embargo, especialistas británicos alertan ahora de que la forma en que se almacenan esos alimentos podría estar multiplicando la presencia de microplásticos. Según el equipo de la organización de consumidores británica Which?, los envases de plástico no deberían emplearse para congelar, ya que el frío extremo vuelve el material quebradizo y favorece que libere fragmentos diminutos.. El organismo explica que los recipientes de vidrio o acero son alternativas más seguras y duraderas. Cuando el plástico se congela, su estructura se debilita y puede desprender partículas invisibles que terminan en la comida. El problema se agrava si ese mismo envase se utiliza después para calentar los alimentos, ya que el calor acelera la liberación de microplásticos y facilita que pasen directamente al plato.. Los microplásticos son fragmentos de menos de cinco milímetros que proceden de productos más grandes que se van descomponiendo con el tiempo. El uso repetido de envases de plástico para congelar o recalentar alimentos acelera ese proceso, convirtiendo la cocina en una fuente inesperada de exposición.. La comunidad científica lleva años documentando su impacto ambiental. Se ha demostrado que estos fragmentos alteran la capacidad de pequeños organismos marinos y plantas para almacenar carbono, afectando al llamado ciclo del carbono azul, un proceso clave para mitigar el cambio climático.. Aunque los efectos a largo plazo en humanos siguen sin estar claros, los microplásticos ya se han detectado en sangre, pulmones, placenta e incluso leche materna. La Agencia de Seguridad Sanitaria del Reino Unido advierte de que las partículas más pequeñas, los nanoplásticos, pueden atravesar la barrera hematoencefálica, una estructura que protege el cerebro de toxinas y agentes externos.. Según la agencia, estas partículas pueden colarse entre las células que custodian esa barrera o adherirse a nutrientes que viajan hacia el cerebro. Algunas enfermedades neurodegenerativas, como Alzhéimer o Párkinson, están relacionadas con la disfunción de esas células protectoras, lo que abre la puerta a nuevas preguntas sobre el papel que podrían desempeñar los nanoplásticos en su deterioro, una línea de investigación que sigue abierta.
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