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  Cultura  De cazadoras a empleadas: lo que la economía debe a las mujeres
Cultura

De cazadoras a empleadas: lo que la economía debe a las mujeres

9 de mayo de 2026
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La historia económica, durante siglos, se ha narrado como una fábula épica protagonizada por comerciantes intrépidos, industriales con visión de futuro y banqueros despiadados. Un relato plagado de nombres propios y gestas memorables, pero de desconsolado abordaje en matices. El presente texto invade esa historia, no para completarla, sino para desbaratarla. Su tesis es tan simple como perturbadora: las mujeres no han sido una nota al pie de la historia económica, sino su base estructural, y su exclusión del relato ha distorsionado nuestra comprensión del mundo.. Desde las primeras páginas de su libro plantea un cambio de perspectiva. La economía no nace en el mercado ni en la fábrica, sino en la supervivencia diaria. Y ahí, en ese terreno doméstico, las mujeres no eran figuras neutrales. La evidencia arqueológica reciente, como bien relata el libro, revela que muchas de las suposiciones arraigadas son erradas. La famosa cazadora de los Andes, enterrada hace nueve mil años con un equipo completo de caza, no es una excepción única, sino parte de un patrón repetido. Hasta un 40% de los cazadores de grandes presas en América podrían haber sido mujeres. La imagen de una joven cazadora respetada y enterrada con sus aparejos tiene algo de revelación, pues no es que ellas no estuvieran… es que la Historia nos las ha sustraído.. Una verdadera contradicción. Un gran acierto del libro es ampliar la mirada como si fueran las extremidades de un cuerpo incompleto hacia lo que no ha pervivido. La Historia se ha construido sobre la piedra, tanto las armas como las herramientas, porque es lo nos ha llegado, pero Bateman insiste en que eso es solo una parte de la economía real. Muchos de los objetos que sostenían la existencia eran temporales: tejidos, cestas, redes, ropajes. Todos ellos, producidos con manos femeninas. El resultado es una verdadera contradicción: hemos bautizado una época entera, la Edad de Piedra, a partir de lo menos representativo de su economía. La autora nos invita a pensar que debería llamarse «Edad de Piedra Plus», ya que lo esencial se ha descompuesto junto con el paso de los siglos. La invisibilidad de las mujeres no es solo ideológica, sino también real, tangible, palpable. Irónico, ¿verdad? El libro está plagado de detalles que nos dejan migas de pan para que sigamos la Historia. Huellas dactilares en cerámica que revelan manos femeninas, y surcos en dientes que indican trabajo repetitivo con fibras vegetales o pieles. Un fragmento muy pequeño que nos recuerda las habilidades técnicas de todas ellas hace decenas de miles de años. Pequeñas evidencias que, sumadas de una en una, reconstruyen una economía compacta.. El origen de la sociedad patriarcal y la desigualdad está en la propiedad y el cultivo del campo. También está el papel en actividades que no interesan a los manuales de economía, como cocinar. La autora lo presenta como una verdadera revolución. No solo convirtió los alimentos en más digeribles, sino que liberó tiempo, redujo la dependencia de la lactancia eterna y permitió a las comunidades dedicar energía en otras tareas. Ese excedente de tiempo pudo ser el primer capital. Si hay un hilo literal que cruza este ensayo es el de la producción textil. Durante milenios, tejer fue un pilar económico global. Las mujeres hilaron la seda que alimentó la Ruta de la Sed, el algodón que impulsó la Revolución Industrial, la lana que sirvió como moneda en varias economías medievales… La imagen no puede ser más potente: mientras la Historia aplaude a comerciantes y caudillos, son las tejedoras quienes sostienen el sistema desde la base, pero su trabajo se vuelve etéreo porque se realiza intramuros.. La combinación de producción y cuidado es una constante en el libro. Lejos de ser una limitación, fue durante siglos una forma de integrar la economía en la vida cotidiana. La economía tradicional ha ignorado ambas tareas que Bateman no solo lo recupera, sino que las coloca en el epicentro. No como un gesto político, sino como una revisión histórica. ¿Existiría la economía sin ellas? El relato da un giro decisivo con la aparición de la agricultura intensiva y la propiedad privada, pues abandona cualquier tentación de idealizar el pretérito. La desigualdad de género no es connatural, pero surge con fuerza en aquel momento. El arado se convierte en símbolo evidente de ese cambio que se produce. Requiere fuerza física, que se asocia a los hombres y que desplaza a las mujeres de los campos. Ellas permanecen en el ámbito doméstico moliendo grano, tejiendo y sacando adelante el hogar. Siguen siendo esenciales, pero su trabajo empieza a percibirse como menos estimable.. A su vez, la acumulación de riqueza introduce dinámicas distintas. La herencia, la propiedad, el control de recursos… En algunas sociedades tempranas, la filiación era matrilineal: la propiedad y el nombre se transmitían por la línea femenina. Pero ese paradigma empieza a caer en ese momento. La incertidumbre sobre la paternidad, combinada con el deseo de controlar la masa hereditaria, lleva a un control creciente sobre las mujeres. El resultado no es uniforme en todas partes. La autora insiste en que hubo una gran diversidad de opciones: sociedades donde las mujeres controlaban la tierra, donde elegían líderes, donde ostentaban un papel central en la vida política…, pero pasado un prudente espacio de tiempo, el péndulo se inclina hacia sistemas que son patriarcales.. Imperios y mujeres invisibles. A medida que el libro avanza hacia las grandes civilizaciones, el argumento se torna más comparativo. Bateman contrapone distintas sociedades para demostrar el modo en que el margen de libertad femenina se correlaciona con la actividad económica. Curioso el caso de[[LINK:TAG|||tag|||6319ef2c1e757a32c790b55b||| Atenas,]] una sociedad brillante en lo cultural pero limitante para con las mujeres excluyéndolas de todo lo relativo a las financias. En cambio,[[LINK:TAG|||tag|||633617df5c059a26e23f7e7d||| Roma ]]les ofreció más espacio, permitiéndoles un mayor dinamismo. El patrón, así, se repite con mucha frecuencia como para darle la razón a la experta.. Las historias que jalonan el libro son muy atractivas. Mujeres ricas que financian obras públicas, comerciantes que gestionan redes internacionales, pioneras que crean instituciones financieras. Pero también señoras corrientes como trabajadoras de fábricas, vendedoras en mercados, criadas, modistas… La economía se nos muestra como un telar de millones de pequeñas contribuciones, no computables, prácticamente invisibles. Aunque se suman muchos ejemplos con peso distinto, esa acumulación es precisamente la que produce el efecto deseado: el de una invisibilidad que no resulta precisamente un accidente aislado, sino un patrón que es reconocible. El foco del libro se resume en una idea matriz que atraviesa todas las épocas: las economías prosperan cuando las mujeres participan de lleno en ellas. No es suficiente con que trabajen, es necesario también que puedan ganar, gastar, invertir y tomar decisiones. Esta es la clave. Han trabajado siempre, en muchos casos en condiciones de explotación máxima, pero lo que marca la diferencia es su posibilidad de autonomía. Lo que hoy definiríamos como la relación entre empoderamiento y desarrollo económico.. Para la autora, las economías crecen siempre cuando las mujeres participan de ellas activamente. Los ejemplos históricos vigorizan esta idea. Regiones que durante la Historia ofrecían mayor libertad a las mujeres, como Egipto, en partes del mundo islámico o en ciertas épocas de China, advirtieron altos niveles de prosperidad. Cuando se restringieron, el dinamismo económico descendió. El caso de Europa noroccidental es especialmente relevante. Durante siglos fue relativamente pobre, pero bajo ciertos factores, como las familias nucleares, las mujeres que trabajaban de forma remunerada y los matrimonios tardíos generaron condiciones distintas. Como se deduce, la mayor autonomía femenina contribuyó a sentar las bases del despegue económico.. A pesar de su recorrido histórico, «Económica» es absolutamente contemporáneo. Las cifras actuales que presenta no dejan lugar a una mínima duda en este punto concreto: menor participación laboral femenina, brechas salariales persistentes, concentración de la riqueza en manos masculinas. El libro también funciona como aviso. Las dinámicas que en el pasado limitaron la autonomía femenina –control del cuerpo, normas sociales restrictivas, exclusión legal– siguen presentes bajo distintas formas. Y, según Bateman, sus consecuencias económicas son tangibles, al tiempo que obliga al lector a contemplar lo vivido como un proceso en curso.. Una reescritura necesaria. Al cerrar las páginas de este libro le queda al lector la persistente sensación de que no estamos ante una Historia alternativa, sino ante una corrección. Durante demasiados siglos, el cerrado mundo económico se ha narrado desde un prisma estrecho y pacato centrado en lo visible, en lo tangible, en lo que deja rastro documental meridiano. Bateman propone incluir el trabajo de cuidado, la producción doméstica o las actividades no formales para reconocer que la economía no es solo el mercado, sino también el hogar, la comunidad y las relaciones. No es un ajuste menor. Cambia la forma en que entendemos el crecimiento, la desigualdad y el poder. De modo que modifica el relato que nos contamos sobre nuestro pasado. Posiblemente ahí resida la fuerza de este texto. No darnos respuestas cerradas, sino hacer visible lo que nunca supimos –o no quisimos– ver. Y, una vez que se asume, resulta complejo volver a mirar el recorrido económico que hemos realizado de la misma forma.

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Victoria Bateman narra cómo las mujeres siempre han participado en la economía de las sociedades y denuncia su invisibilidad cuando han sido figuras clave

  

La historia económica, durante siglos, se ha narrado como una fábula épica protagonizada por comerciantes intrépidos, industriales con visión de futuro y banqueros despiadados. Un relato plagado de nombres propios y gestas memorables, pero de desconsolado abordaje en matices. El presente texto invade esa historia, no para completarla, sino para desbaratarla. Su tesis es tan simple como perturbadora: las mujeres no han sido una nota al pie de la historia económica, sino su base estructural, y su exclusión del relato ha distorsionado nuestra comprensión del mundo.. Desde las primeras páginas de su libro plantea un cambio de perspectiva. La economía no nace en el mercado ni en la fábrica, sino en la supervivencia diaria. Y ahí, en ese terreno doméstico, las mujeres no eran figuras neutrales. La evidencia arqueológica reciente, como bien relata el libro, revela que muchas de las suposiciones arraigadas son erradas. La famosa cazadora de los Andes, enterrada hace nueve mil años con un equipo completo de caza, no es una excepción única, sino parte de un patrón repetido. Hasta un 40% de los cazadores de grandes presas en América podrían haber sido mujeres. La imagen de una joven cazadora respetada y enterrada con sus aparejos tiene algo de revelación, pues no es que ellas no estuvieran… es que la Historia nos las ha sustraído.. Una verdadera contradicción. Un gran acierto del libro es ampliar la mirada como si fueran las extremidades de un cuerpo incompleto hacia lo que no ha pervivido. La Historia se ha construido sobre la piedra, tanto las armas como las herramientas, porque es lo nos ha llegado, pero Bateman insiste en que eso es solo una parte de la economía real. Muchos de los objetos que sostenían la existencia eran temporales: tejidos, cestas, redes, ropajes. Todos ellos, producidos con manos femeninas. El resultado es una verdadera contradicción: hemos bautizado una época entera, la Edad de Piedra, a partir de lo menos representativo de su economía. La autora nos invita a pensar que debería llamarse «Edad de Piedra Plus», ya que lo esencial se ha descompuesto junto con el paso de los siglos. La invisibilidad de las mujeres no es solo ideológica, sino también real, tangible, palpable. Irónico, ¿verdad? El libro está plagado de detalles que nos dejan migas de pan para que sigamos la Historia. Huellas dactilares en cerámica que revelan manos femeninas, y surcos en dientes que indican trabajo repetitivo con fibras vegetales o pieles. Un fragmento muy pequeño que nos recuerda las habilidades técnicas de todas ellas hace decenas de miles de años. Pequeñas evidencias que, sumadas de una en una, reconstruyen una economía compacta.. El origen de la sociedad patriarcal y la desigualdad está en la propiedad y el cultivo del campo. También está el papel en actividades que no interesan a los manuales de economía, como cocinar. La autora lo presenta como una verdadera revolución. No solo convirtió los alimentos en más digeribles, sino que liberó tiempo, redujo la dependencia de la lactancia eterna y permitió a las comunidades dedicar energía en otras tareas. Ese excedente de tiempo pudo ser el primer capital. Si hay un hilo literal que cruza este ensayo es el de la producción textil. Durante milenios, tejer fue un pilar económico global. Las mujeres hilaron la seda que alimentó la Ruta de la Sed, el algodón que impulsó la Revolución Industrial, la lana que sirvió como moneda en varias economías medievales… La imagen no puede ser más potente: mientras la Historia aplaude a comerciantes y caudillos, son las tejedoras quienes sostienen el sistema desde la base, pero su trabajo se vuelve etéreo porque se realiza intramuros.. La combinación de producción y cuidado es una constante en el libro. Lejos de ser una limitación, fue durante siglos una forma de integrar la economía en la vida cotidiana. La economía tradicional ha ignorado ambas tareas que Bateman no solo lo recupera, sino que las coloca en el epicentro. No como un gesto político, sino como una revisión histórica. ¿Existiría la economía sin ellas? El relato da un giro decisivo con la aparición de la agricultura intensiva y la propiedad privada, pues abandona cualquier tentación de idealizar el pretérito. La desigualdad de género no es connatural, pero surge con fuerza en aquel momento. El arado se convierte en símbolo evidente de ese cambio que se produce. Requiere fuerza física, que se asocia a los hombres y que desplaza a las mujeres de los campos. Ellas permanecen en el ámbito doméstico moliendo grano, tejiendo y sacando adelante el hogar. Siguen siendo esenciales, pero su trabajo empieza a percibirse como menos estimable.. A su vez, la acumulación de riqueza introduce dinámicas distintas. La herencia, la propiedad, el control de recursos… En algunas sociedades tempranas, la filiación era matrilineal: la propiedad y el nombre se transmitían por la línea femenina. Pero ese paradigma empieza a caer en ese momento. La incertidumbre sobre la paternidad, combinada con el deseo de controlar la masa hereditaria, lleva a un control creciente sobre las mujeres. El resultado no es uniforme en todas partes. La autora insiste en que hubo una gran diversidad de opciones: sociedades donde las mujeres controlaban la tierra, donde elegían líderes, donde ostentaban un papel central en la vida política…, pero pasado un prudente espacio de tiempo, el péndulo se inclina hacia sistemas que son patriarcales.. Imperios y mujeres invisibles. A medida que el libro avanza hacia las grandes civilizaciones, el argumento se torna más comparativo. Bateman contrapone distintas sociedades para demostrar el modo en que el margen de libertad femenina se correlaciona con la actividad económica. Curioso el caso de Atenas, una sociedad brillante en lo cultural pero limitante para con las mujeres excluyéndolas de todo lo relativo a las financias. En cambio, Roma les ofreció más espacio, permitiéndoles un mayor dinamismo. El patrón, así, se repite con mucha frecuencia como para darle la razón a la experta.. Las historias que jalonan el libro son muy atractivas. Mujeres ricas que financian obras públicas, comerciantes que gestionan redes internacionales, pioneras que crean instituciones financieras. Pero también señoras corrientes como trabajadoras de fábricas, vendedoras en mercados, criadas, modistas… La economía se nos muestra como un telar de millones de pequeñas contribuciones, no computables, prácticamente invisibles. Aunque se suman muchos ejemplos con peso distinto, esa acumulación es precisamente la que produce el efecto deseado: el de una invisibilidad que no resulta precisamente un accidente aislado, sino un patrón que es reconocible. El foco del libro se resume en una idea matriz que atraviesa todas las épocas: las economías prosperan cuando las mujeres participan de lleno en ellas. No es suficiente con que trabajen, es necesario también que puedan ganar, gastar, invertir y tomar decisiones. Esta es la clave. Han trabajado siempre, en muchos casos en condiciones de explotación máxima, pero lo que marca la diferencia es su posibilidad de autonomía. Lo que hoy definiríamos como la relación entre empoderamiento y desarrollo económico.. Para la autora, las economías crecen siempre cuando las mujeres participan de ellas activamente. Los ejemplos históricos vigorizan esta idea. Regiones que durante la Historia ofrecían mayor libertad a las mujeres, como Egipto, en partes del mundo islámico o en ciertas épocas de China, advirtieron altos niveles de prosperidad. Cuando se restringieron, el dinamismo económico descendió. El caso de Europa noroccidental es especialmente relevante. Durante siglos fue relativamente pobre, pero bajo ciertos factores, como las familias nucleares, las mujeres que trabajaban de forma remunerada y los matrimonios tardíos generaron condiciones distintas. Como se deduce, la mayor autonomía femenina contribuyó a sentar las bases del despegue económico.. A pesar de su recorrido histórico, «Económica» es absolutamente contemporáneo. Las cifras actuales que presenta no dejan lugar a una mínima duda en este punto concreto: menor participación laboral femenina, brechas salariales persistentes, concentración de la riqueza en manos masculinas. El libro también funciona como aviso. Las dinámicas que en el pasado limitaron la autonomía femenina –control del cuerpo, normas sociales restrictivas, exclusión legal– siguen presentes bajo distintas formas. Y, según Bateman, sus consecuencias económicas son tangibles, al tiempo que obliga al lector a contemplar lo vivido como un proceso en curso.. Una reescritura necesaria. Al cerrar las páginas de este libro le queda al lector la persistente sensación de que no estamos ante una Historia alternativa, sino ante una corrección. Durante demasiados siglos, el cerrado mundo económico se ha narrado desde un prisma estrecho y pacato centrado en lo visible, en lo tangible, en lo que deja rastro documental meridiano. Bateman propone incluir el trabajo de cuidado, la producción doméstica o las actividades no formales para reconocer que la economía no es solo el mercado, sino también el hogar, la comunidad y las relaciones. No es un ajuste menor. Cambia la forma en que entendemos el crecimiento, la desigualdad y el poder. De modo que modifica el relato que nos contamos sobre nuestro pasado. Posiblemente ahí resida la fuerza de este texto. No darnos respuestas cerradas, sino hacer visible lo que nunca supimos –o no quisimos– ver. Y, una vez que se asume, resulta complejo volver a mirar el recorrido económico que hemos realizado de la misma forma.

 

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