Hay que explicar que hubo un tiempo en que ser reportero implicaba “subir” una o dos veces al mes al País Vasco, para cubrir los asesinatos de ETA. Cuando la muerte y el miedo arrecian, las vivencias y las amistades son más intensas. De ese tiempo conservo yo lazos y recuerdos hondos. No me refiero al cadáver de José Luis Caso, con su herida de bala en la sien; tampoco a los charcos de sangre o los testimonios de las viudas, ni siquiera a los ratos en las herriko tabernas con los asesinos, sino a los detalles cotidianos de la existencia amenazada, como los uniformes que tendían en los aseos las mujeres de los guardias civiles, para que los vecinos no los denunciasen a ETA, o los secretos íntimos custodiados por los escoltas, presentes día y noche en las vidas de los marcados como dianas.. De ese tiempo me queda la memoria de un jovencísimo Borja Sémper (tiene diez años menos que yo, que tenía treinta) reguapo, con un melenón negro, valiente como un león nuevo. Borja tenía novia y todas sus idas y venidas eran fiscalizadas por los agentes que lo protegían. Cuando llegaba al rellano de su chica, los escoltas se daban la vuelta respetuosamente y ellos se morreaban. Era un amor obligadamente indiscreto, que desafiaba el odio del enemigo. Nunca olvidaré esos besos que él me describió, porque fueron semilla de paz con precio de holocausto.. Ahora me sale Borja Sémper en la tele y tiene el rostro más luminoso que nunca, antagónico de esos asesinos que van escapando de la cárcel y que son llamativamente feos, porque con el tiempo cada hombre es responsable de su cara. Al desafío de los terroristas ha tenido que añadir el muchacho el del cáncer de páncreas, que es el emperador de todos los cánceres, el satán displásico, que asesina también. Y ha querido Dios que lo cogiesen a tiempo y que nos regale ahora algunas de las frases más hermosas que he oído en política. Por ejemplo, que ha descubierto la grandeza de muchos de sus compañeros de otros partidos, que le conmueve el afecto mostrado desde las otras bancadas. Al cabo qué somos, sino hombres caminando juntos hacia un destino común.. La edad, esa bendición, me está permitiendo cierta cordura y colegir que, si bien todas las personas tienen hasta el último minuto una posibilidad de redención, muy frecuentemente el ser humano se va enriqueciendo o degradando de a poco, que somos bastante hijos de nuestras decisiones previas. Yo creo que la bonhomía de Borja Sémper, ese soplo de aire que te refresca al escucharlo, tiene resabios de aquellos besos de rellano, lentos e inocentes en mitad de la iniquidad.
Borja tenía novia y todas sus idas y venidas eran fiscalizadas por los agentes que lo protegían
Hay que explicar que hubo un tiempo en que ser reportero implicaba “subir” una o dos veces al mes al País Vasco, para cubrir los asesinatos de ETA. Cuando la muerte y el miedo arrecian, las vivencias y las amistades son más intensas. De ese tiempo conservo yo lazos y recuerdos hondos. No me refiero al cadáver de José Luis Caso, con su herida de bala en la sien; tampoco a los charcos de sangre o los testimonios de las viudas, ni siquiera a los ratos en las herriko tabernas con los asesinos, sino a los detalles cotidianos de la existencia amenazada, como los uniformes que tendían en los aseos las mujeres de los guardias civiles, para que los vecinos no los denunciasen a ETA, o los secretos íntimos custodiados por los escoltas, presentes día y noche en las vidas de los marcados como dianas.. De ese tiempo me queda la memoria de un jovencísimo Borja Sémper (tiene diez años menos que yo, que tenía treinta) reguapo, con un melenón negro, valiente como un león nuevo. Borja tenía novia y todas sus idas y venidas eran fiscalizadas por los agentes que lo protegían. Cuando llegaba al rellano de su chica, los escoltas se daban la vuelta respetuosamente y ellos se morreaban. Era un amor obligadamente indiscreto, que desafiaba el odio del enemigo. Nunca olvidaré esos besos que él me describió, porque fueron semilla de paz con precio de holocausto.. Ahora me sale Borja Sémper en la tele y tiene el rostro más luminoso que nunca, antagónico de esos asesinos que van escapando de la cárcel y que son llamativamente feos, porque con el tiempo cada hombre es responsable de su cara. Al desafío de los terroristas ha tenido que añadir el muchacho el del cáncer de páncreas, que es el emperador de todos los cánceres, el satán displásico, que asesina también. Y ha querido Dios que lo cogiesen a tiempo y que nos regale ahora algunas de las frases más hermosas que he oído en política. Por ejemplo, que ha descubierto la grandeza de muchos de sus compañeros de otros partidos, que le conmueve el afecto mostrado desde las otras bancadas. Al cabo qué somos, sino hombres caminando juntos hacia un destino común.. La edad, esa bendición, me está permitiendo cierta cordura y colegir que, si bien todas las personas tienen hasta el último minuto una posibilidad de redención, muy frecuentemente el ser humano se va enriqueciendo o degradando de a poco, que somos bastante hijos de nuestras decisiones previas. Yo creo que la bonhomía de Borja Sémper, ese soplo de aire que te refresca al escucharlo, tiene resabios de aquellos besos de rellano, lentos e inocentes en mitad de la iniquidad.
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