Existe una idea muy extendida sobre el envejecimiento en forma, que depende de tener buena genética o una disciplina férrea durante toda la vida. Sin embargo, cada vez más investigaciones en psicología apuntan en otra dirección mucho más interesante, y también más alcanzable.. Las personas que llegan activas y en buen estado físico a los 60 y 70 años no suelen ser las que han seguido rutinas extremas ni las que nunca han fallado un entrenamiento. Tampoco tienen que ser las más favorecidas genéticamente porque lo que realmente marca la diferencia es la relación que construyen con el movimiento a lo largo de su vida. No obstante, es verdad que hay hábitos que ayudan a que esto suceda.. El error de pensar que todo es cuestión de genes. Cuando vemos a alguien envejecer bien, es fácil atribuirlo a la suerte, pero los datos desmontan esta intuición. Diversos estudios sitúan el peso de la genética en la longevidad en un porcentaje relativamente bajo, mientras que la mayor parte depende de factores cotidianos como la actividad física, la alimentación o la gestión del estrés.. Es decir, no se trata tanto de lo que heredamos como de lo que hacemos de forma constante durante años.. Hay una diferencia clara entre quienes abandonan el ejercicio con el tiempo y quienes lo mantienen durante décadas, y no tiene que ver con la fuerza de voluntad. Por un lado, están las rutinas que nacen con fecha de caducidad, las que empiezan en enero, los entrenamientos por estética, forzar cambios rápidos o depender de la motivación externa. Este enfoque suele agotarse cuando la vida se complica.. Por otro, están quienes integran el movimiento en su día a día sin convertirlo en una obligación. Caminar, nadar o montar en bicicleta no es un castigo ni un medio para cambiar el cuerpo, sino una parte natural de su rutina. Ahí es donde aparece la clave psicológica.. La investigación que realmente funciona a largo plazo. La investigación en comportamiento humano lleva años señalando un patrón claro, donde señalan a la motivación intrínseca, es decir, hacer algo porque se disfruta o tiene sentido personal. Expertos declaran que es mucho más eficaz que la motivación basada en la apariencia o la presión externa.. Quienes hacen ejercicio porque les hace sentir bien, porque les ayuda a pensar o porque forma parte de quiénes son, tienen muchas más probabilidades de mantenerlo en el tiempo. En cambio, cuando el motor es la culpa, la exigencia o la imagen, la constancia suele romperse. Y eso, a largo plazo, lo cambia todo.. En muchos casos, este giro no es radical ni consciente, simplemente ocurre. Un paseo deja de ser «ejercicio» y pasa a ser el momento de desconexión del día. Nadar ya no es una obligación, sino un espacio propio. Lo que la psicología quiere decir es que debemos dejar que el cuerpo deje de ser un proyecto que mejorar y se convierta en el lugar desde el que vivir. Este cambio de enfoque es el que permite sostener la actividad durante décadas sin agotarse en el intento.. La importancia de la independencia. A medida que pasan los años, también cambian las prioridades. Mantenerse en forma deja de estar ligado a la imagen y pasa a tener que ver con algo mucho más práctico: la autonomía. Poder moverse con facilidad, mantener la independencia, seguir activo socialmente o realizar tareas cotidianas sin dificultad se convierten en objetivos mucho más relevantes, y también más motivadores que cualquier resultado estético. Las personas que llegan en buena forma a edades avanzadas suelen haber hecho ese cambio antes de que fuera necesario.. La narrativa habitual habla de sacrificio, constancia extrema y fuerza de voluntad, pero esa explicación se queda corta. La disciplina, por sí sola, es limitada ya que se debilita con el estrés, los cambios vitales o el paso del tiempo. Sin embargo, lo que realmente perdura es el sentido que le damos a lo que hacemos.. Quienes siguen activos a los 70 no necesariamente se esfuerzan más, simplemente dejaron de ver el ejercicio como una obligación y empezaron a entenderlo como parte de su vida. Y esa es la diferencia, no hacen ejercicio para verse «bien», sino para seguir estando dentro de una vida que no quieren abandonar.
Hay una diferencia clara entre quienes abandonan el ejercicio con el tiempo y quienes lo mantienen durante décadas, y no tiene que ver con la fuerza de voluntad
Existe una idea muy extendida sobre el envejecimiento en forma, que depende de tener buena genética o una disciplina férrea durante toda la vida. Sin embargo, cada vez más investigaciones en psicología apuntan en otra dirección mucho más interesante, y también más alcanzable.. Las personas que llegan activas y en buen estado físico a los 60 y 70 años no suelen ser las que han seguido rutinas extremas ni las que nunca han fallado un entrenamiento. Tampoco tienen que ser las más favorecidas genéticamente porque lo que realmente marca la diferencia es la relación que construyen con el movimiento a lo largo de su vida. No obstante, es verdad que hay hábitos que ayudan a que esto suceda.. El error de pensar que todo es cuestión de genes. Cuando vemos a alguien envejecer bien, es fácil atribuirlo a la suerte, pero los datos desmontan esta intuición. Diversos estudios sitúan el peso de la genética en la longevidad en un porcentaje relativamente bajo, mientras que la mayor parte depende de factores cotidianos como la actividad física, la alimentación o la gestión del estrés.. Es decir, no se trata tanto de lo que heredamos como de lo que hacemos de forma constante durante años.. Hay una diferencia clara entre quienes abandonan el ejercicio con el tiempo y quienes lo mantienen durante décadas, y no tiene que ver con la fuerza de voluntad. Por un lado, están las rutinas que nacen con fecha de caducidad, las que empiezan en enero, los entrenamientos por estética, forzar cambios rápidos o depender de la motivación externa. Este enfoque suele agotarse cuando la vida se complica.. Por otro, están quienes integran el movimiento en su día a día sin convertirlo en una obligación. Caminar, nadar o montar en bicicleta no es un castigo ni un medio para cambiar el cuerpo, sino una parte natural de su rutina. Ahí es donde aparece la clave psicológica.. La investigación que realmente funciona a largo plazo. La investigación en comportamiento humano lleva años señalando un patrón claro, donde señalan a la motivación intrínseca, es decir, hacer algo porque se disfruta o tiene sentido personal. Expertos declaran que es mucho más eficaz que la motivación basada en la apariencia o la presión externa.. Quienes hacen ejercicio porque les hace sentir bien, porque les ayuda a pensar o porque forma parte de quiénes son, tienen muchas más probabilidades de mantenerlo en el tiempo. En cambio, cuando el motor es la culpa, la exigencia o la imagen, la constancia suele romperse. Y eso, a largo plazo, lo cambia todo.. En muchos casos, este giro no es radical ni consciente, simplemente ocurre. Un paseo deja de ser «ejercicio» y pasa a ser el momento de desconexión del día. Nadar ya no es una obligación, sino un espacio propio. Lo que la psicología quiere decir es que debemos dejar que el cuerpo deje de ser un proyecto que mejorar y se convierta en el lugar desde el que vivir. Este cambio de enfoque es el que permite sostener la actividad durante décadas sin agotarse en el intento.. La importancia de la independencia. A medida que pasan los años, también cambian las prioridades. Mantenerse en forma deja de estar ligado a la imagen y pasa a tener que ver con algo mucho más práctico: la autonomía. Poder moverse con facilidad, mantener la independencia, seguir activo socialmente o realizar tareas cotidianas sin dificultad se convierten en objetivos mucho más relevantes, y también más motivadores que cualquier resultado estético. Las personas que llegan en buena forma a edades avanzadas suelen haber hecho ese cambio antes de que fuera necesario.. La narrativa habitual habla de sacrificio, constancia extrema y fuerza de voluntad, pero esa explicación se queda corta. La disciplina, por sí sola, es limitada ya que se debilita con el estrés, los cambios vitales o el paso del tiempo. Sin embargo, lo que realmente perdura es el sentido que le damos a lo que hacemos.. Quienes siguen activos a los 70 no necesariamente se esfuerzan más, simplemente dejaron de ver el ejercicio como una obligación y empezaron a entenderlo como parte de su vida. Y esa es la diferencia, no hacen ejercicio para verse «bien», sino para seguir estando dentro de una vida que no quieren abandonar.
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