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  Internacional  Terrorismo doméstico en EE UU y polarización política
Internacional

Terrorismo doméstico en EE UU y polarización política

28 de abril de 2026
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Estados Unidos atraviesa la fase más severa de fractura interna desde el final de la Guerra de Secesión. La República norteamericana, esa que nació de Reconstrucción y se admiró durante generaciones, da hoy señales inequívocas de fatiga estructural y de una creciente tolerancia social hacia la violencia política cuando ésta se dirige contra figuras de la derecha y del centroderecha.. La cronología es ya inequívoca. Los dos anteriores atentados frustrados contra el presidente Donald Trump en 2024 -el de Butler Pennsylvania, en julio, donde la bala de Thomas Crooks le hirió en la oreja derecha y mató al exjefe de bomberos Corey Comperatore; el de Mar-a-Lago, en septiembre, donde Ryan Routh apostó doce horas con un fusil SKS apuntando al campo de golf; el asesinato consumado de Charlie Kirk en septiembre de 2025 y este pasado sábado 25 de abril, la tentativa frustrada contra el propio Trump, la primera dama, el vicepresidente Vance y miembros del Gabinete en la cena de los corresponsales de la Casa Blanca, en el hotel Washington Hilton-.. Cole Tomas Allen, treinta y un años, californiano, irrumpió armado con escopeta, pistola y varios cuchillos a través del cordón del Servicio Secreto, autodenominándose en su manifiesto «Friendly Federal Assassin» anunciando su intención de asesinar a miembros de la Administración Trump. Porque detrás de Crooks, Routh, Robinson y Allen hay un patrón que reflejan las encuestas de forma aterradora. El estudio del Network Contagion Research Institute de la Universidad de Rutgers, publicado en abril de 2025 sobre una muestra ponderada de 1.264 ciudadanos, reveló que el 55% de los autoidentificados de centroizquierda consideran que el asesinato del presidente Trump está «al menos en cierto modo justificado»; el 14,1%, «completamente justificado». No estamos hablando de la franja extremista marginal: estamos hablando del votante medio del Partido Demócrata, del lector regular del New York Times o del Washington Post. El politólogo británico Eric Kaufmann, aplicando la rigurosa técnica del experimento de lista que neutraliza el sesgo de deseabilidad social, estableció que el 70% de los votantes demócratas «se alegraba de que el asesino de Butler hubiese fallado». Sí, sólo siete de cada diez. Y la encuesta Rasmussen / Napolitan tras el atentado frustrado de Mar-a-Lago documentó que más del 25% de los electores demócratas considera explícitamente que Estados Unidos «estaría mejor con Donald Trump asesinado». Se ha llegado a un nivel de tolerancia a la violencia que no se conocía en EE UU desde hace décadas.. Existe una ecuación, conocida desde Cicerón y reformulada con rigor académico por Gordon Allport en The Nature of Prejudice (1954): los pensamientos de odio engendran palabras de odio, y las palabras de odio acaban traduciéndose, en mentes vulnerables, en actos de odio. No es deducción mecánica, no toda persona expuesta al discurso incendiario aprieta el gatillo, sino probabilidad estadística. Los estudios sobre Ruanda, sobre la antigua Yugoslavia, sobre los pogromos contra los rohingya birmanos son inequívocos.. El problema norteamericano es que esta ecuación se aplica de manera estructuralmente asimétrica. Mientras la prensa conservadora —Fox News, The Wall Street Journal, The Daily Wire, Newsmax— critica con dureza al adversario y, en sus márgenes, sin duda incurren con demasiada frecuencia en la demagogia. Sin embargo, una parte sustancial del ecosistema mediático mal-llamado progresista —MSNBC, hoy rebautizada MS NOW, líder absoluta en este siniestro ránking; The Washington Post hasta su reciente reorganización; The Nation, The New Republic, The Guardian; la izquierda dura de Jacobin o CounterPunch; los digitales Salon, Slate, HuffPost o Daily Beast; y, en plataforma social, la ultra-radical Bluesky— ha normalizado la equiparación sistemática del Partido Republicano con el fascismo histórico, del votante MAGA con el militante nazi, y de los líderes conservadores con criminales que merecerían “sufrir serias consecuencias”. Sólo en 2022, MSNBC empleó las palabras fascism o fascist mil seiscientas catorce veces, según el agregador Grabien Media. En octubre de 2024, las mismas cabeceras trazaron el paralelo entre el mitin de Trump en el Madison Square Garden y el mitin pronazi celebrado allí en febrero de 1939. Tras el magnicidio Kirk, el analista de MSNBC Matthew Dowd afirmó en directo que el activista era responsable de su propia muerte por su «discurso de odio». Y tras el ataque del Hilton, Bluesky se llenó de mensajes que sugerían sin pudor que el atentado había sido un montaje al servicio del propio Trump.. Conviene no caer en la tentación inversa. La violencia política norteamericana no es monopolio de ningún campo: el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 fue un gravísimo episodio golpista, condenable sin ambages. Pero la diferencia decisiva está en la respuesta la mayoría del campo conservador, que condenó el asalto sin matices.. Y aquí, la lección que debemos aprender los europeos y muy especialmente los españoles. La fractura americana no es un problema americano: es un problema occidental. Los datos del Pew Research Center, del European Social Survey y de los grandes observatorios convergen en que la polarización afectiva avanza en todas las democracias maduras. España, en algunos indicadores, presenta niveles comparables o superiores a los norteamericanos. La diferencia con Washington no es de naturaleza, sino de fase. Si nuestros referentes mediáticos siguen llamando «fascista» al adversario democrático, si nuestros líderes responsables no desautorizan a los extremos del propio bando, prepárense vuestras mercedes a vivir lo que ya viven los americanos. Antes del fusil Mauser que asesinó a Charlie Kirk —y antes de la escopeta del «Friendly Federal Assassin» del Hilton— vinieron diez años de discurso público según el cual Trump y Kirk eran «fascistas» que merecían «consecuencias». No todo el mundo expuesto al discurso del odio disparó. Pero alguien acabó disparando. Esa es la correlación que las clases políticas (otrora élites) tienen la obligación moral de reconocer, antes de que sea tarde.

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Estados Unidos atraviesa la fase más severa de fractura interna desde el final de la Guerra de Secesión. La República norteamericana, esa que nació de Reconstrucción y se admiró durante generaciones, da hoy señales inequívocas de fatiga estructural y de una creciente tolerancia social hacia la violencia política cuando ésta se dirige contra figuras de la derecha y del centroderecha.. La cronología es ya inequívoca. Los dos anteriores atentados frustrados contra el presidente Donald Trump en 2024 -el de Butler Pennsylvania, en julio, donde la bala de Thomas Crooks le hirió en la oreja derecha y mató al exjefe de bomberos Corey Comperatore; el de Mar-a-Lago, en septiembre, donde Ryan Routh apostó doce horas con un fusil SKS apuntando al campo de golf; el asesinato consumado de Charlie Kirk en septiembre de 2025 y este pasado sábado 25 de abril, la tentativa frustrada contra el propio Trump, la primera dama, el vicepresidente Vance y miembros del Gabinete en la cena de los corresponsales de la Casa Blanca, en el hotel Washington Hilton-.. Cole Tomas Allen, treinta y un años, californiano, irrumpió armado con escopeta, pistola y varios cuchillos a través del cordón del Servicio Secreto, autodenominándose en su manifiesto «Friendly Federal Assassin» anunciando su intención de asesinar a miembros de la Administración Trump. Porque detrás de Crooks, Routh, Robinson y Allen hay un patrón que reflejan las encuestas de forma aterradora. El estudio del Network Contagion Research Institute de la Universidad de Rutgers, publicado en abril de 2025 sobre una muestra ponderada de 1.264 ciudadanos, reveló que el 55% de los autoidentificados de centroizquierda consideran que el asesinato del presidente Trump está «al menos en cierto modo justificado»; el 14,1%, «completamente justificado». No estamos hablando de la franja extremista marginal: estamos hablando del votante medio del Partido Demócrata, del lector regular del New York Times o del Washington Post. El politólogo británico Eric Kaufmann, aplicando la rigurosa técnica del experimento de lista que neutraliza el sesgo de deseabilidad social, estableció que el 70% de los votantes demócratas «se alegraba de que el asesino de Butler hubiese fallado». Sí, sólo siete de cada diez. Y la encuesta Rasmussen / Napolitan tras el atentado frustrado de Mar-a-Lago documentó que más del 25% de los electores demócratas considera explícitamente que Estados Unidos «estaría mejor con Donald Trump asesinado». Se ha llegado a un nivel de tolerancia a la violencia que no se conocía en EE UU desde hace décadas.. Existe una ecuación, conocida desde Cicerón y reformulada con rigor académico por Gordon Allport en The Nature of Prejudice (1954): los pensamientos de odio engendran palabras de odio, y las palabras de odio acaban traduciéndose, en mentes vulnerables, en actos de odio. No es deducción mecánica, no toda persona expuesta al discurso incendiario aprieta el gatillo, sino probabilidad estadística. Los estudios sobre Ruanda, sobre la antigua Yugoslavia, sobre los pogromos contra los rohingya birmanos son inequívocos.. El problema norteamericano es que esta ecuación se aplica de manera estructuralmente asimétrica. Mientras la prensa conservadora —Fox News, The Wall Street Journal, The Daily Wire, Newsmax— critica con dureza al adversario y, en sus márgenes, sin duda incurren con demasiada frecuencia en la demagogia. Sin embargo, una parte sustancial del ecosistema mediático mal-llamado progresista —MSNBC, hoy rebautizada MS NOW, líder absoluta en este siniestro ránking; The Washington Post hasta su reciente reorganización; The Nation, The New Republic, The Guardian; la izquierda dura de Jacobin o CounterPunch; los digitales Salon, Slate, HuffPost o Daily Beast; y, en plataforma social, la ultra-radical Bluesky— ha normalizado la equiparación sistemática del Partido Republicano con el fascismo histórico, del votante MAGA con el militante nazi, y de los líderes conservadores con criminales que merecerían “sufrir serias consecuencias”. Sólo en 2022, MSNBC empleó las palabras fascism o fascist mil seiscientas catorce veces, según el agregador Grabien Media. En octubre de 2024, las mismas cabeceras trazaron el paralelo entre el mitin de Trump en el Madison Square Garden y el mitin pronazi celebrado allí en febrero de 1939. Tras el magnicidio Kirk, el analista de MSNBC Matthew Dowd afirmó en directo que el activista era responsable de su propia muerte por su «discurso de odio». Y tras el ataque del Hilton, Bluesky se llenó de mensajes que sugerían sin pudor que el atentado había sido un montaje al servicio del propio Trump.. Conviene no caer en la tentación inversa. La violencia política norteamericana no es monopolio de ningún campo: el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 fue un gravísimo episodio golpista, condenable sin ambages. Pero la diferencia decisiva está en la respuesta la mayoría del campo conservador, que condenó el asalto sin matices.. Y aquí, la lección que debemos aprender los europeos y muy especialmente los españoles. La fractura americana no es un problema americano: es un problema occidental. Los datos del Pew Research Center, del European Social Survey y de los grandes observatorios convergen en que la polarización afectiva avanza en todas las democracias maduras. España, en algunos indicadores, presenta niveles comparables o superiores a los norteamericanos. La diferencia con Washington no es de naturaleza, sino de fase. Si nuestros referentes mediáticos siguen llamando «fascista» al adversario democrático, si nuestros líderes responsables no desautorizan a los extremos del propio bando, prepárense vuestras mercedes a vivir lo que ya viven los americanos. Antes del fusil Mauser que asesinó a Charlie Kirk —y antes de la escopeta del «Friendly Federal Assassin» del Hilton— vinieron diez años de discurso público según el cual Trump y Kirk eran «fascistas» que merecían «consecuencias». No todo el mundo expuesto al discurso del odio disparó. Pero alguien acabó disparando. Esa es la correlación que las clases políticas (otrora élites) tienen la obligación moral de reconocer, antes de que sea tarde.

 

Se ha llegado a un nivel de tolerancia a la violencia que no se conocía en en el país norteamericano desde hace décadas

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