Cuando se bajaron del escenario, el verano sonaba a sus canciones. Hace prácticamente 30 años de aquel momento cuando Manolo García y Quimi Portet decidieron poner fin a una de las mayores bandas de la historia del pop español y, desde entonces, su relación se fue descongelando lentamente gracias al poder salvífico de las sobremesas. Ya saben: una cosa llevó a la otra y… Anoche, todo ese tiempo se condensó en algo más de dos horas de concierto, la primera parada de su gira de reunión, en Marenostrum Fuengirola, ante 18.500 espectadores.. Llegó el momento histórico: arropados por una banda completa con dos baterías, como se hacían las cosas hace mucho tiempo, Manolo García y los suyos comenzaron de manera simbólica por «Huesos», de Los Burros, el jurásico de la banda que les dio un éxito masivo, y a la que siguió «Conflicto armado». Por qué el dúo no triunfó con aquella banda y sí lo hizo con El Último de la Fila es de esas cosas que no tienen explicación, como tantas en la música. Empuñando un pañuelo colorido como si fuera una antorcha, y con su socio Quimi, a su izquierda, en su favorito segundo plano, el vocalista se pronunció como si nos estuviera leyendo el pensamiento, sumidos en la nostalgia: Manolo citó «a Fray Luis de León, hace cuatro siglos, y después repitió Unamuno tras el exilio”: «como decíamos ayer»… y arrancaron con «Querida milagros», ahora sí, del repertorio de la exitosa banda que resucitaba ante nuestros ojos. En realidad, hacía mucho de ese ayer: habían pasado los años suficientes, tantos años, en realidad, como para que la hija del cantante, Sara (dulce Sara), se encontrase en el escenario tocando la guitarra en la canción bautizada como ella. No fue el arranque de gira soñado: cierta frialdad en el ambiente (un fresco de abril a la vera del mar al pie del castillo Sohail) y algo de falta de engrase de la banda deslucieron la noche, frenaron el tempo, pero la emoción y la añoranza hicieron el resto.. La historia del grupo fue la del éxito a la desesperada, la del improbable camino a lo más alto. En El Último de la Fila había una musicalidad oscura, incluso soul, latiendo por debajo de una voz de vibrato andalusí, que sonaba a antiguos ecos mediterráneos: una mezcla ciertamente singular. Su música fue siempre cero glamurosa, aparentemente nada sofisticada y sonaba a punto de pasar de moda. Sin embargo, sus melodías y arreglos eran perfectos, sus platos y guisos, no por sencillos, menos sabrosos. ¿Su especialidad? La canción mediterránea, una voz trémula como un oleaje, una vibración, como la de Serrat, que suena a profunda y antigua, a pecio: aroma a clásico. Se oye el mar en sus letras cuando le cantan: «Mar antiguo / Madre salvaje / De abrigo incierto / Que acuna el olivar». Anoche, tantos años después, esquemáticos peces de neón decoraban el escenario como esas canciones, obtenidas de las profundidades, con grandes dosis de azar. Peces de esos que agitan su cuerpo lleno de espinas suspendidos en el aire, luchando por su vida o enfrentándose a su destino: qué será la vida si no es eso.. Quimi Portet saludó al respetable y ensalzó las ventajas de ir de gira, aunque sea breve, como esta, de reunión: 13 fechas apenas (podrían haber sido más si se hubieran dado unas condiciones logísticas menos competitivas) que les permitían escapar «de la férrea disciplina familiar» y viceversa. «Cuando tocábamos con Los Burros, ante 20, 50 o como mucho 100 personas, Manolo siempre se despedía diciendo: «Id, y multiplicaos». Bueno, parece que os habéis multiplicado bastante bien», bromeaba Portet ante el concierto, por cierto, de menor aforo de la gira. Baste señalar que la siguiente parada de la banda es un doblete en el Estadio Olímpico Lluís Companys de Barcelona los próximos 3 y 7 de mayo, mientras que el Estadio Metropolitano de Madrid les espera el 23 de ese mismo mes.. Anoche fueron cayendo «Mi patria en mis zapatos», «Aviones plateados», «El loco de la calle» y «Dios de la lluvia». Hubo tiempo para rarezas como «La piedra redonda» y otra de Los Burros como «Disneylandia». Luego, «Cuando el mar te tenga» y «El que canta su mal espanta”. “Creo que hemos hecho bien en volver como El Último de la Fila, ¿no? -preguntó García-. A ver, no vamos a volver a tener 25 años, eso no volverá, pero no importa: somos la hostia y estamos más contentos que unas castañuelas. Notamos vuestro empujón”. Después llegó «Lápiz y tinta», uno de sus mejores temas. Y entonces llegó el bis, cuando cayeron nada menos que “Como un burro amarrado a la puerta de un baile” e “Insurrección”, monumentos de una época, himnos improbables que mantienen su hechizo, pasen los años que pasen. “Perdonen la inmodestia, pero estas canciones son eternas”, pronunció Manolo García, con más razón que un santo. Se presentaron, saludaron y ya se iban, pero dejaron de regalo otro tema eterno: la ranchera “El Rey” de José Alfredo Jiménez: «Una puedra en camino / me enseñó que mi destino / era rodar y rodar». Y así que pasen treinta años.. Rebuznos y azar. Por Ulises Fuente. Habían pasado hambre y necesidad como Los Burros, rebuznando a la Luna y disparando poesía dadaísta y, por tanto, el éxito les resultaba alérgico. Manolo García y Quimi Portet se conocieron en Los Rápidos pero la precariedad se llevó el grupo por delante. Armaron Los Burros y la crítica les adoraba pero el público… quién sabe en qué piensa el público, a veces. El caso es que no encontraron quién editase los discos hasta que Belter aceptó, pero pronto perdió las ganas y abandonó al grupo después de canciones estupendas como “Disneylandia” o “Conflicto armado”. Todos los músicos de su entorno se iban rindiendo porque el futuro era un tremendo muro de ladrillos. No era de extrañar que, para el siguiente proyecto conjunto, surgido de las ascuas del fracaso, eligieran El Último de la Fila.. Manolo García (1957) había nacido en Barcelona en una familia humilde de emigrantes manchegos y se había ganado la vida con oficios que no llenaban sus intensos impulsos artísticos, pero servían a su condición proletaria. Joaquim “Quimi” Portet (Vic, 1957) venía de familia obrera -creció en el barrio de Guinardó-, algo desestructurada, pero con un exquisito paladar musical. El clima doméstico no era el mejor, así que se independizó en la música: se fue de casa con 15 años y formó parte de Kul de Mandril, una banda que hacía canciones en catalán, hasta que conoció a Manolo García. Juntos fracasaron lo suficiente, pero a punto estuvo de ser demasiado. Cada uno de los dos representaba una faceta, quizá opuesta: Manolo, bullanguero, sureño, aflamencado; Quimi, rockero, urbano, “underground”. Y funcionó, ahora ya lo sabemos, porque nadie hacía algo parecido. “Éramos un colectivo optimista. Incluso con Los Rápidos y Los Burros, que estábamos abocados al fracaso absoluto. Seguíamos creyendo incluso cuando estábamos abocados a la miseria más negra y a la casi indigencia -recordaba Quimi Portet a este periódico hace un par de años-. Sin conciertos, sin contrato, sin nada. No recuerdo un solo momento de lamento y de lloro. Y no pensábamos que no funcionase, sino que la gente no se enteraba de que éramos cojonudos. Había parte de eso y de inconsciencia, de la edad. Pero como motor del colectivo existía la confianza, el entusiasmo en el material que estábamos grabando”.. Su disco de debut con El último de la Fila apareció con una pequeña compañía: “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana” (1985) pronto rebasó la capacidad del pequeño sello PDI para manejar la exponencial fama del dúo, completamente desbordada cuando apareció “Enemigos de lo ajeno” (1986) y aquella “Insurrección”, ya saben: “Barras de bar, vertederos de amor”… “Esa letra la hice yo -decía a este periódico Manolo García-, y surge de una emergencia. Teníamos pocas horas en el estudio, el presupuesto se había agotado, y nos estaban echando. La escribí encerrado en el baño. Fue tal cual como lo cuento. Nos estaban echando”. Tan precario era todo que el grupo incluso regrabó sus mejores temas en condiciones más profesionales. El dinero empezó a entrar, por fin, en sus vidas, pero ya tenían 30 años y sus familias ya les habían dado por perdidos. “Como la cabeza al sombrero” (1988) fue el aldabonazo necesario gracias a temas como «Sara” o “Ya no danzo al son de los tambores”. Ficharon por EMI, llenaban en todas partes. Tocaron con Springsteen y Sting en un concierto a favor de los derechos humanos.. Su ascenso era brutal. Con “Astronomía razonable” (1992) se volvieron omnipresentes como el aire que respiramos: conquistaron todas las radios, y las radios entonces eran tremendamente poderosas: «Mar antiguo», «Como un burro amarrado en la puerta del baile» y «Lápiz y tinta» se convirtieron en éxitos comerciales como hacía mucho tiempo que no se veían. «Pero éramos un microcosmos de amigos muy familiar, muy protector, muy cerrado. Se creó un ambiente en el que estábamos muy cómodos. Éramos famosos, pero nos protegíamos. Y había un escepticismo con lo que se supone que es el “star system” habitual. Un sentido del humor muy terapéutico. Ensayábamos más de lo necesario, infinitamente más», recordaba Portet. Nunca se dejaron llevar por la bohemia, pero, tras un año sabático, llegó su testamento, “La rebelión de los hombres rana” (1995). La bicicleta se había parado y cada uno siguió su carrera por su lado. Habían dejado una huella imborrable.
El dúo formado por Manolo García y Quimi Portet regresa a los escenarios tres décadas después con una noche mágica en Marenostrum Fuengirola
Cuando se bajaron del escenario, el verano sonaba a sus canciones. Hace prácticamente 30 años de aquel momento cuando Manolo García y Quimi Portet decidieron poner fin a una de las mayores bandas de la historia del pop español y, desde entonces, su relación se fue descongelando lentamente gracias al poder salvífico de las sobremesas. Ya saben: una cosa llevó a la otra y… Anoche, todo ese tiempo se condensó en algo más de dos horas de concierto, la primera parada de su gira de reunión, en Marenostrum Fuengirola, ante 18.500 espectadores.. Llegó el momento histórico: arropados por una banda completa con dos baterías, como se hacían las cosas hace mucho tiempo, Manolo García y los suyos comenzaron de manera simbólica por «Huesos», de Los Burros, el jurásico de la banda que les dio un éxito masivo, y a la que siguió «Conflicto armado». Por qué el dúo no triunfó con aquella banda y sí lo hizo con El Último de la Fila es de esas cosas que no tienen explicación, como tantas en la música. Empuñando un pañuelo colorido como si fuera una antorcha, y con su socio Quimi, a su izquierda, en su favorito segundo plano, el vocalista se pronunció como si nos estuviera leyendo el pensamiento, sumidos en la nostalgia: Manolo citó «a Fray Luis de León, hace cuatro siglos, y después repitió Unamuno tras el exilio”: «como decíamos ayer»… y arrancaron con «Querida milagros», ahora sí, del repertorio de la exitosa banda que resucitaba ante nuestros ojos. En realidad, hacía mucho de ese ayer: habían pasado los años suficientes, tantos años, en realidad, como para que la hija del cantante, Sara (dulce Sara), se encontrase en el escenario tocando la guitarra en la canción bautizada como ella. No fue el arranque de gira soñado: cierta frialdad en el ambiente (un fresco de abril a la vera del mar al pie del castillo Sohail) y algo de falta de engrase de la banda deslucieron la noche, frenaron el tempo, pero la emoción y la añoranza hicieron el resto.. La historia del grupo fue la del éxito a la desesperada, la del improbable camino a lo más alto. En El Último de la Fila había una musicalidad oscura, incluso soul, latiendo por debajo de una voz de vibrato andalusí, que sonaba a antiguos ecos mediterráneos: una mezcla ciertamente singular. Su música fue siempre cero glamurosa, aparentemente nada sofisticada y sonaba a punto de pasar de moda. Sin embargo, sus melodías y arreglos eran perfectos, sus platos y guisos, no por sencillos, menos sabrosos. ¿Su especialidad? La canción mediterránea, una voz trémula como un oleaje, una vibración, como la de Serrat, que suena a profunda y antigua, a pecio: aroma a clásico. Se oye el mar en sus letras cuando le cantan: «Mar antiguo / Madre salvaje / De abrigo incierto / Que acuna el olivar». Anoche, tantos años después, esquemáticos peces de neón decoraban el escenario como esas canciones, obtenidas de las profundidades, con grandes dosis de azar. Peces de esos que agitan su cuerpo lleno de espinas suspendidos en el aire, luchando por su vida o enfrentándose a su destino: qué será la vida si no es eso.. Quimi Portet saludó al respetable y ensalzó las ventajas de ir de gira, aunque sea breve, como esta, de reunión: 13 fechas apenas (podrían haber sido más si se hubieran dado unas condiciones logísticas menos competitivas) que les permitían escapar «de la férrea disciplina familiar» y viceversa. «Cuando tocábamos con Los Burros, ante 20, 50 o como mucho 100 personas, Manolo siempre se despedía diciendo: «Id, y multiplicaos». Bueno, parece que os habéis multiplicado bastante bien», bromeaba Portet ante el concierto, por cierto, de menor aforo de la gira. Baste señalar que la siguiente parada de la banda es un doblete en el Estadio Olímpico Lluís Companys de Barcelona los próximos 3 y 7 de mayo, mientras que el Estadio Metropolitano de Madrid les espera el 23 de ese mismo mes.. Anoche fueron cayendo «Mi patria en mis zapatos», «Aviones plateados», «El loco de la calle» y «Dios de la lluvia». Hubo tiempo para rarezas como «La piedra redonda» y otra de Los Burros como «Disneylandia». Luego, «Cuando el mar te tenga» y «El que canta su mal espanta”. “Creo que hemos hecho bien en volver como El Último de la Fila, ¿no? -preguntó García-. A ver, no vamos a volver a tener 25 años, eso no volverá, pero no importa: somos la hostia y estamos más contentos que unas castañuelas. Notamos vuestro empujón”. Después llegó «Lápiz y tinta», uno de sus mejores temas. Y entonces llegó el bis, cuando cayeron nada menos que “Como un burro amarrado a la puerta de un baile” e “Insurrección”, monumentos de una época, himnos improbables que mantienen su hechizo, pasen los años que pasen. “Perdonen la inmodestia, pero estas canciones son eternas”, pronunció Manolo García, con más razón que un santo. Se presentaron, saludaron y ya se iban, pero dejaron de regalo otro tema eterno: la ranchera “El Rey” de José Alfredo Jiménez: «Una puedra en camino / me enseñó que mi destino / era rodar y rodar». Y así que pasen treinta años.. Por Ulises Fuente. Habían pasado hambre y necesidad como Los Burros, rebuznando a la Luna y disparando poesía dadaísta y, por tanto, el éxito les resultaba alérgico. Manolo García y Quimi Portet se conocieron en Los Rápidos pero la precariedad se llevó el grupo por delante. Armaron Los Burros y la crítica les adoraba pero el público… quién sabe en qué piensa el público, a veces. El caso es que no encontraron quién editase los discos hasta que Belter aceptó, pero pronto perdió las ganas y abandonó al grupo después de canciones estupendas como “Disneylandia” o “Conflicto armado”. Todos los músicos de su entorno se iban rindiendo porque el futuro era un tremendo muro de ladrillos. No era de extrañar que, para el siguiente proyecto conjunto, surgido de las ascuas del fracaso, eligieran El Último de la Fila.. Manolo García (1957) había nacido en Barcelona en una familia humilde de emigrantes manchegos y se había ganado la vida con oficios que no llenaban sus intensos impulsos artísticos, pero servían a su condición proletaria. Joaquim “Quimi” Portet (Vic, 1957) venía de familia obrera -creció en el barrio de Guinardó-, algo desestructurada, pero con un exquisito paladar musical. El clima doméstico no era el mejor, así que se independizó en la música: se fue de casa con 15 años y formó parte de Kul de Mandril, una banda que hacía canciones en catalán, hasta que conoció a Manolo García. Juntos fracasaron lo suficiente, pero a punto estuvo de ser demasiado. Cada uno de los dos representaba una faceta, quizá opuesta: Manolo, bullanguero, sureño, aflamencado; Quimi, rockero, urbano, “underground”. Y funcionó, ahora ya lo sabemos, porque nadie hacía algo parecido. “Éramos un colectivo optimista. Incluso con Los Rápidos y Los Burros, que estábamos abocados al fracaso absoluto. Seguíamos creyendo incluso cuando estábamos abocados a la miseria más negra y a la casi indigencia -recordaba Quimi Portet a este periódico hace un par de años-. Sin conciertos, sin contrato, sin nada. No recuerdo un solo momento de lamento y de lloro. Y no pensábamos que no funcionase, sino que la gente no se enteraba de que éramos cojonudos. Había parte de eso y de inconsciencia, de la edad. Pero como motor del colectivo existía la confianza, el entusiasmo en el material que estábamos grabando”.. Su disco de debut con El último de la Fila apareció con una pequeña compañía: “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana” (1985) pronto rebasó la capacidad del pequeño sello PDI para manejar la exponencial fama del dúo, completamente desbordada cuando apareció “Enemigos de lo ajeno” (1986) y aquella “Insurrección”, ya saben: “Barras de bar, vertederos de amor”… “Esa letra la hice yo -decía a este periódico Manolo García-, y surge de una emergencia. Teníamos pocas horas en el estudio, el presupuesto se había agotado, y nos estaban echando. La escribí encerrado en el baño. Fue tal cual como lo cuento. Nos estaban echando”. Tan precario era todo que el grupo incluso regrabó sus mejores temas en condiciones más profesionales. El dinero empezó a entrar, por fin, en sus vidas, pero ya tenían 30 años y sus familias ya les habían dado por perdidos. “Como la cabeza al sombrero” (1988) fue el aldabonazo necesario gracias a temas como «Sara” o “Ya no danzo al son de los tambores”. Ficharon por EMI, llenaban en todas partes. Tocaron con Springsteen y Sting en un concierto a favor de los derechos humanos.. Su ascenso era brutal. Con “Astronomía razonable” (1992) se volvieron omnipresentes como el aire que respiramos: conquistaron todas las radios, y las radios entonces eran tremendamente poderosas: «Mar antiguo», «Como un burro amarrado en la puerta del baile» y «Lápiz y tinta» se convirtieron en éxitos comerciales como hacía mucho tiempo que no se veían. «Pero éramos un microcosmos de amigos muy familiar, muy protector, muy cerrado. Se creó un ambiente en el que estábamos muy cómodos. Éramos famosos, pero nos protegíamos. Y había un escepticismo con lo que se supone que es el “star system” habitual. Un sentido del humor muy terapéutico. Ensayábamos más de lo necesario, infinitamente más», recordaba Portet. Nunca se dejaron llevar por la bohemia, pero, tras un año sabático, llegó su testamento, “La rebelión de los hombres rana” (1995). La bicicleta se había parado y cada uno siguió su carrera por su lado. Habían dejado una huella imborrable.
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