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La operación que salvó a 30.000 personas de los nazis

21 de abril de 2026
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De un tiempo a esta parte están apareciendo en el ámbito editorial libros que examinan el grado de responsabilidad que tuvo el pueblo alemán a la hora de empujar a los nazis, tan populistas como demagogos, a sus logros políticos, bélicos y exterminadores. Sucedió con un libro que vio la luz en 1956, «Creían que eran libres. Los alemanes, 1933-1945» (Gatopardo, 2022), del estadounidense Milton Mayer, que en 1951 se mudó a una pequeña ciudad alemana para ver de cerca el nazismo, entendiéndolo como «un movimiento de masas y no la tiranía de unos cuantos seres diabólicos sobre millones de personas indefensas», y se hizo amigo de una serie de nazis para ahondar en su investigación: personas con las que conversó y que, aunque no habían ocupado cargos en el partido nacionalsocialistas, eran ciudadanos de a pie a todas luces fascistas.. Mediante el estudio de estos nazis, vio que parte de la población estaba agradecida a los nazis por haber salvado a Alemania del colapso económico. De este modo, el autor fue contactando con más hombres afines a Hitler hasta que vio claramente que había un número suficiente de sujetos para merecer un examen amplio, sobre todo en relación con el antisemitismo, que, como dijo Theodor Adorno, era el corazón del nazismo. Pues bien, en esta línea investigativa apareció «Hitler y los alemanes», de Eric Voegelin, una serie de escritos en que se explica que el régimen nazi no habría triunfado sin la colaboración de muchos ciudadanos alemanes.. En concreto, en torno al desastre alemán de la Segunda Guerra Mundial, se habla de 9 millones de damnificados por los bombardeos y evacuados, 14 millones de refugiados y desplazados, 10 millones de trabajadores forzosos y presos liberados, a lo que habría que añadir más millones de prisioneros de guerra que iban volviendo a su país. Estos números que reflejan pequeñas historias particulares acaban formando parte de lo más importante de un suceso histórico, de ahí que estas novedades bibliográficas pongan el acento en la forma en que, ingenuamente, los alemanes creían que eran libres, o veían a Hitler como un salvador.. Sin embargo, también hubo iniciativas, personales y colectivas, para detener los delirios asesinos de un Hitler obsesionado con conquistar Europa. Fue el caso de los que operaron, desde la Universidad de Múnich, por medio de la asociación La Rosa Blanca: jóvenes de entre los 22 y los 25 años. Ellos y otros colaboradores se encargaron de imprimir y distribuir panfletos entre la población alemana con el mensaje de resistir, de manera no violenta, ante los nacionalsocialistas, todo lo cual estudió Guillermo García Domingo en «Enemigos de Hitler. Juventud y resistencia en la Alemania nazi». El autor trasladaba al lector al comienzo al invierno de 1943, en unos momentos en que aviones británicos tenían el objetivo de «desmoralizar a la población alemana con la ayuda de unas octavillas que iban a lanzar sobre ella, para que recapacitara y dejara de prestar apoyo a Hitler».. Un conde salvador. Apoyando a los componentes de La Rosa Blanca había otro miembro, más adulto, Kurt Huber, profesor universitario que había escrito una octavilla que llegaría a la Real Fuerza Aérea británica con el fin de lanzarse, después de ser multiplicada en miles de ejemplares, sobre el territorio de Alemania. Ese papel cayó en manos de Helmuth James von Moltke, un conde que, por su situación acomodada, no se vio obligado a buscar amparo en el partido nazi (como hicieron, por cierto, la friolera de ocho millones de alemanes al afiliarse a dicho partido durante el III Reich). Moltke llevaba un ejemplar de esa hoja del grupo de la resistencia muniquesa y pudo compartirla en diversos lugares europeos por los que viajó, hasta que un contacto de Suecia (país neutral en la Segunda Guerra Mundial) llevó el papel a Inglaterra para que los aliados conocieran la existencia de la «otra Alemania», la que se oponía a Adolf Hitler.. Ahora, en esta línea se publica «El final. Consecuencias políticas de mis encuentros humanitarios en Alemania durante la primavera de 1945» (traducción de Curt Agren y Teresa Reyles), del diplomático Folke Bernadotte (Estocolmo, 1895-Jerusalén, 1948), en que cuenta la tensión moral y política de una misión que él mismo percibió desde el inicio como casi imposible. Así lo expresaba desde la primera línea: «Ninguno de los viajes por mí emprendidos se vio animado de tan profunda emoción», subrayando el carácter excepcional –casi íntimo– de esta incursión diplomática en el corazón del régimen nazi.. Bernadotte, conde de Wisborg, actuó como vicepresidente de la Cruz Roja Sueca al término de la Segunda Guerra Mundial y lideró la expedición de los Autobuses Blancos, misión humanitaria que logró el rescate de miles de prisioneros de los campos de concentración nazis, de modo que su testimonio adquiere una dimensión extraordinaria. No en vano, su tarea diplomática le llevó a entrevistarse con jerarcas del Tercer Reich como el jefe de las SS y ministro Heinrich Himmler, con el que tuvo que encontrarse para llevar a cabo negociaciones varias: «Nadie era más indicado que Himmler para poder concedernos algo de lo que queríamos», escribe en su libro, pues «se había expresado en términos afectuosos al referirse a los países nórdicos y a sus pueblos respectivos. De ahí que existiera alguna posibilidad de lograr que Himmler nos ayudara en la tarea que habíamos planeado». La idea era, por medio de la Cruz Roja y el gobierno sueco, buscar «la ocasión propicia para intervenir en favor de los prisioneros escandinavos que se hallaban en Alemania», prosigue Bernadotte. Con todo, este no se engañaba sobre sus probabilidades de éxito, que él presumía harto ínfimas. Sin embargo, el motor de su acción residió en una lógica pragmática: incluso un logro parcial justificaba el riesgo, de ahí su insistencia en que, si conseguía contactar con Himmler, «mi misión no habría sido en vano». Por otra parte, el texto ilumina también el carácter clandestino y precario de su labor en el sentido de que Bernadotte debía moverse entre intermediarios en los que no confiaba y ocultar el verdadero propósito de su gestión. Esta desconfianza revela hasta qué punto su diplomacia se desarrolló en territorio hostil, donde cada contacto era potencialmente una amenaza para sí mismo.. El colapso nazi y sus crueldad. En paralelo, el autor ofrece un retrato de Berlín en los estertores del régimen nazi, donde la maquinaria militar aún funciona pero el desgaste social es evidente. La situación estratégica aparece resumida con precisión: tras la Conferencia de Yalta, los Aliados preparaban el asalto final al tiempo que «el engranaje del III Reich comenzaba a crujir». A este respecto, destaca la manera del autor de retratar la vida cotidiana bajo el colapso inminente; describe una población exhausta pero disciplinada –«Eran gentes fatigadas, que solo anhelaban asistir cuanto antes al final de la guerra»–, sin pánico ni entusiasmo, sino con una obediencia casi mecánica: «El pueblo del III Reich . trabajaba dando prueba de sumisión». Esta normalidad aparente –colas para alimentos, construcción de barricadas– convivía con la conciencia de la derrota.. En todo caso, el inevitable derrumbe nazi no era óbice para que «los germanos continuasen su desesperada política de sembrar el terror en los países ocupados», escribía Bernadotte. En Noruega, asesinaron a 34 patriotas en febrero de 1945, mientras en Alemania se explotaba a la gente para levantar barricadas por medio de ómnibus, tranvías, automóviles y ladrillos: lo hacían obreros extranjeros que se habían retirado de los campos de concentración para la realización de esa tarea. Y a pesar de ello, sucedía lo siguiente: «El sentimentalismo, afianzado en el pueblo germano, o mejor dicho, cierto sentimentalismo propio de la raza, hacía que Hitler siguiese gozando de la firme adhesión de gran parte del pueblo. Todo ello se tradujo con claridad en los últimos meses y hasta en las últimas semanas de la agonía del III Reich».

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El diplomático Folke Bernadotte logró negociar directamente con la cúpula del Tercer Reich para liberar a prisioneros escandinavos

  

De un tiempo a esta parte están apareciendo en el ámbito editorial libros que examinan el grado de responsabilidad que tuvo el pueblo alemán a la hora de empujar a los nazis, tan populistas como demagogos, a sus logros políticos, bélicos y exterminadores. Sucedió con un libro que vio la luz en 1956, «Creían que eran libres. Los alemanes, 1933-1945» (Gatopardo, 2022), del estadounidense Milton Mayer, que en 1951 se mudó a una pequeña ciudad alemana para ver de cerca el nazismo, entendiéndolo como «un movimiento de masas y no la tiranía de unos cuantos seres diabólicos sobre millones de personas indefensas», y se hizo amigo de una serie de nazis para ahondar en su investigación: personas con las que conversó y que, aunque no habían ocupado cargos en el partido nacionalsocialistas, eran ciudadanos de a pie a todas luces fascistas.. Mediante el estudio de estos nazis, vio que parte de la población estaba agradecida a los nazis por haber salvado a Alemania del colapso económico. De este modo, el autor fue contactando con más hombres afines a Hitler hasta que vio claramente que había un número suficiente de sujetos para merecer un examen amplio, sobre todo en relación con el antisemitismo, que, como dijo Theodor Adorno, era el corazón del nazismo. Pues bien, en esta línea investigativa apareció «Hitler y los alemanes», de Eric Voegelin, una serie de escritos en que se explica que el régimen nazi no habría triunfado sin la colaboración de muchos ciudadanos alemanes.. En concreto, en torno al desastre alemán de la Segunda Guerra Mundial, se habla de 9 millones de damnificados por los bombardeos y evacuados, 14 millones de refugiados y desplazados, 10 millones de trabajadores forzosos y presos liberados, a lo que habría que añadir más millones de prisioneros de guerra que iban volviendo a su país. Estos números que reflejan pequeñas historias particulares acaban formando parte de lo más importante de un suceso histórico, de ahí que estas novedades bibliográficas pongan el acento en la forma en que, ingenuamente, los alemanes creían que eran libres, o veían a Hitler como un salvador.. Sin embargo, también hubo iniciativas, personales y colectivas, para detener los delirios asesinos de un Hitler obsesionado con conquistar Europa. Fue el caso de los que operaron, desde la Universidad de Múnich, por medio de la asociación La Rosa Blanca: jóvenes de entre los 22 y los 25 años. Ellos y otros colaboradores se encargaron de imprimir y distribuir panfletos entre la población alemana con el mensaje de resistir, de manera no violenta, ante los nacionalsocialistas, todo lo cual estudió Guillermo García Domingo en «Enemigos de Hitler. Juventud y resistencia en la Alemania nazi». El autor trasladaba al lector al comienzo al invierno de 1943, en unos momentos en que aviones británicos tenían el objetivo de «desmoralizar a la población alemana con la ayuda de unas octavillas que iban a lanzar sobre ella, para que recapacitara y dejara de prestar apoyo a Hitler».. Un conde salvador. Apoyando a los componentes de La Rosa Blanca había otro miembro, más adulto, Kurt Huber, profesor universitario que había escrito una octavilla que llegaría a la Real Fuerza Aérea británica con el fin de lanzarse, después de ser multiplicada en miles de ejemplares, sobre el territorio de Alemania. Ese papel cayó en manos de Helmuth James von Moltke, un conde que, por su situación acomodada, no se vio obligado a buscar amparo en el partido nazi (como hicieron, por cierto, la friolera de ocho millones de alemanes al afiliarse a dicho partido durante el III Reich). Moltke llevaba un ejemplar de esa hoja del grupo de la resistencia muniquesa y pudo compartirla en diversos lugares europeos por los que viajó, hasta que un contacto de Suecia (país neutral en la Segunda Guerra Mundial) llevó el papel a Inglaterra para que los aliados conocieran la existencia de la «otra Alemania», la que se oponía a Adolf Hitler.. Ahora, en esta línea se publica «El final. Consecuencias políticas de mis encuentros humanitarios en Alemania durante la primavera de 1945» (traducción de Curt Agren y Teresa Reyles), del diplomático Folke Bernadotte (Estocolmo, 1895-Jerusalén, 1948), en que cuenta la tensión moral y política de una misión que él mismo percibió desde el inicio como casi imposible. Así lo expresaba desde la primera línea: «Ninguno de los viajes por mí emprendidos se vio animado de tan profunda emoción», subrayando el carácter excepcional –casi íntimo– de esta incursión diplomática en el corazón del régimen nazi.. Bernadotte, conde de Wisborg, actuó como vicepresidente de la Cruz Roja Sueca al término de la Segunda Guerra Mundial y lideró la expedición de los Autobuses Blancos, misión humanitaria que logró el rescate de miles de prisioneros de los campos de concentración nazis, de modo que su testimonio adquiere una dimensión extraordinaria. No en vano, su tarea diplomática le llevó a entrevistarse con jerarcas del Tercer Reich como el jefe de las SS y ministro Heinrich Himmler, con el que tuvo que encontrarse para llevar a cabo negociaciones varias: «Nadie era más indicado que Himmler para poder concedernos algo de lo que queríamos», escribe en su libro, pues «se había expresado en términos afectuosos al referirse a los países nórdicos y a sus pueblos respectivos. De ahí que existiera alguna posibilidad de lograr que Himmler nos ayudara en la tarea que habíamos planeado». La idea era, por medio de la Cruz Roja y el gobierno sueco, buscar «la ocasión propicia para intervenir en favor de los prisioneros escandinavos que se hallaban en Alemania», prosigue Bernadotte. Con todo, este no se engañaba sobre sus probabilidades de éxito, que él presumía harto ínfimas. Sin embargo, el motor de su acción residió en una lógica pragmática: incluso un logro parcial justificaba el riesgo, de ahí su insistencia en que, si conseguía contactar con Himmler, «mi misión no habría sido en vano». Por otra parte, el texto ilumina también el carácter clandestino y precario de su labor en el sentido de que Bernadotte debía moverse entre intermediarios en los que no confiaba y ocultar el verdadero propósito de su gestión. Esta desconfianza revela hasta qué punto su diplomacia se desarrolló en territorio hostil, donde cada contacto era potencialmente una amenaza para sí mismo.. El colapso nazi y sus crueldad. En paralelo, el autor ofrece un retrato de Berlín en los estertores del régimen nazi, donde la maquinaria militar aún funciona pero el desgaste social es evidente. La situación estratégica aparece resumida con precisión: tras la Conferencia de Yalta, los Aliados preparaban el asalto final al tiempo que «el engranaje del III Reich comenzaba a crujir». A este respecto, destaca la manera del autor de retratar la vida cotidiana bajo el colapso inminente; describe una población exhausta pero disciplinada –«Eran gentes fatigadas, que solo anhelaban asistir cuanto antes al final de la guerra»–, sin pánico ni entusiasmo, sino con una obediencia casi mecánica: «El pueblo del III Reich . trabajaba dando prueba de sumisión». Esta normalidad aparente –colas para alimentos, construcción de barricadas– convivía con la conciencia de la derrota.. En todo caso, el inevitable derrumbe nazi no era óbice para que «los germanos continuasen su desesperada política de sembrar el terror en los países ocupados», escribía Bernadotte. En Noruega, asesinaron a 34 patriotas en febrero de 1945, mientras en Alemania se explotaba a la gente para levantar barricadas por medio de ómnibus, tranvías, automóviles y ladrillos: lo hacían obreros extranjeros que se habían retirado de los campos de concentración para la realización de esa tarea. Y a pesar de ello, sucedía lo siguiente: «El sentimentalismo, afianzado en el pueblo germano, o mejor dicho, cierto sentimentalismo propio de la raza, hacía que Hitler siguiese gozando de la firme adhesión de gran parte del pueblo. Todo ello se tradujo con claridad en los últimos meses y hasta en las últimas semanas de la agonía del III Reich».

 

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