Con la salida de Viktor Orban del primer plano europeo -y su ya anunciada ausencia en la próxima cumbre de líderes en Chipre-, en Bruselas el optimismo deja paso a la incertidumbre y empieza a plantearse una pregunta incómoda: qué queda del frente de resistencia de Europa Central y quién ocupará ahora ese espacio.. Durante años, Hungría ha sido el epicentro de un eje euroescéptico dentro de la UE, con Budapest actuando como principal foco de resistencia a determinadas líneas de política comunitaria. Sin embargo, el desgaste interno, la pérdida de aliados en la Unión y la reconfiguración de las alianzas han ido deteriorando su papel central. Pero la salida de Orban de la esfera comunitaria no supone el fin de las tensiones.. En este nuevo escenario destacan principalmente dos figuras que, sin alcanzar el peso político del líder húngaro, mantienen posiciones que incomodan a Bruselas: el primer ministro eslovaco, Robert Fico, y el checo, Andrej Babis. «Nunca he conocido a un defensor tan acérrimo de la soberanía y los intereses nacionales de su país como el primer ministro húngaro», ha llegado a afirmar Fico. Bajo su mandato, Eslovaquia ha reforzado su alineamiento con Budapest: ambos gobiernos han mantenido relaciones estrechas con Moscú incluso durante la guerra de agresión en Ucrania, se han opuesto a paquetes de sanciones y han continuado adquiriendo petróleo y gas rusos, además de protagonizar choques recurrentes con las instituciones comunitarias en materia de Estado de derecho.. Por otro lado, el regreso de Babis a la primera línea política checa vuelve a activar el recuerdo de un liderazgo crítico con las instituciones comunitarias, aunque con un perfil distinto. El magnate, que en el pasado se movía en posiciones más proeuropeas, se ha aproximado progresivamente a Orbán dentro de la familia política de Patriotas por Europa en el Parlamento Europeo. También él ha reivindicado la figura del líder húngaro, al que atribuye haber defendido una Europa basada en la autonomía de los Estados y la competitividad. Desde su vuelta al Gobierno, Praga ha recortado la ayuda a Ucrania y se ha desmarcado de iniciativas clave de la UE, como el préstamo conjunto para Kiev, aunque mantiene una posición hacia Rusia más convencional que la de Hungría o Eslovaquia.. El gabinete de Babis, además, incluye a fuerzas de extrema derecha críticas con la OTAN y ha comenzado a impulsar medidas que generan inquietud en Bruselas, desde intentos de revertir políticas de descarbonización hasta reformas de los medios públicos y un mayor control sobre las organizaciones no gubernamentales, iniciativas que sus adversarios consideran inspiradas en los modelos húngaro y eslovaco.. Lo que asoma no es tanto un bloque cohesionado sino focos de resistencia dispersos, que ya no orbitan alrededor de un liderazgo único como el de OrbAn. El Grupo de Visegrado, en ese sentido, aparece hoy más fragmentado que nunca. Con todo, la marcha de Orbán no acaba con el euroescepticismo en el Este, pero sí lo vuelve más difícil de predecir. Sin un líder que marque el camino, Bruselas ya no lidia con un bloque unido, sino con gobiernos que seguirán poniendo a prueba la cohesión de los Veintisiete.
Con la salida de Viktor Orban del primer plano europeo -y su ya anunciada ausencia en la próxima cumbre de líderes en Chipre-, en Bruselas el optimismo deja paso a la incertidumbre y empieza a plantearse una pregunta incómoda: qué queda del frente de resistencia de Europa Central y quién ocupará ahora ese espacio.. Durante años, Hungría ha sido el epicentro de un eje euroescéptico dentro de la UE, con Budapest actuando como principal foco de resistencia a determinadas líneas de política comunitaria. Sin embargo, el desgaste interno, la pérdida de aliados en la Unión y la reconfiguración de las alianzas han ido deteriorando su papel central. Pero la salida de Orban de la esfera comunitaria no supone el fin de las tensiones.. En este nuevo escenario destacan principalmente dos figuras que, sin alcanzar el peso político del líder húngaro, mantienen posiciones que incomodan a Bruselas: el primer ministro eslovaco, Robert Fico, y el checo, Andrej Babis. «Nunca he conocido a un defensor tan acérrimo de la soberanía y los intereses nacionales de su país como el primer ministro húngaro», ha llegado a afirmar Fico. Bajo su mandato, Eslovaquia ha reforzado su alineamiento con Budapest: ambos gobiernos han mantenido relaciones estrechas con Moscú incluso durante la guerra de agresión en Ucrania, se han opuesto a paquetes de sanciones y han continuado adquiriendo petróleo y gas rusos, además de protagonizar choques recurrentes con las instituciones comunitarias en materia de Estado de derecho.. Un liderazgo crítico. Por otro lado, el regreso de Babis a la primera línea política checa vuelve a activar el recuerdo de un liderazgo crítico con las instituciones comunitarias, aunque con un perfil distinto. El magnate, que en el pasado se movía en posiciones más proeuropeas, se ha aproximado progresivamente a Orbán dentro de la familia política de Patriotas por Europa en el Parlamento Europeo. También él ha reivindicado la figura del líder húngaro, al que atribuye haber defendido una Europa basada en la autonomía de los Estados y la competitividad. Desde su vuelta al Gobierno, Praga ha recortado la ayuda a Ucrania y se ha desmarcado de iniciativas clave de la UE, como el préstamo conjunto para Kiev, aunque mantiene una posición hacia Rusia más convencional que la de Hungría o Eslovaquia.. El gabinete de Babis, además, incluye a fuerzas de extrema derecha críticas con la OTAN y ha comenzado a impulsar medidas que generan inquietud en Bruselas, desde intentos de revertir políticas de descarbonización hasta reformas de los medios públicos y un mayor control sobre las organizaciones no gubernamentales, iniciativas que sus adversarios consideran inspiradas en los modelos húngaro y eslovaco.. Lo que asoma no es tanto un bloque cohesionado sino focos de resistencia dispersos, que ya no orbitan alrededor de un liderazgo único como el de OrbAn. El Grupo de Visegrado, en ese sentido, aparece hoy más fragmentado que nunca. Con todo, la marcha de Orbán no acaba con el euroescepticismo en el Este, pero sí lo vuelve más difícil de predecir. Sin un líder que marque el camino, Bruselas ya no lidia con un bloque unido, sino con gobiernos que seguirán poniendo a prueba la cohesión de los Veintisiete.
La marcha de Orban no acaba con el euroescepticismo en los países del Este de la UE, pero sí lo vuelve más difícil de predecir
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