Para cerrar esta serie de versos famosos de poetas clásicos –convenientemente metamorfoseados– que nos previenen contra los desmanes de las redes, qué mejor que volver a los griegos, después del siempre atractivo paseo por Roma y su literatura, y nada menos que al Padre Homero: «Del hombre cuéntame, Musa» («Andra moi ennepe, Mousa»), le pide el poeta a su diosa al principio de la «Odisea». Y es que la inspiración literaria venía de las nueve Musas, hijas de Mnemosine, diosa de la memoria (en griego, «mneme»), que nos recuerda la importancia de la realidad en las primeras etapas de nuestra cultura. Si los trescientos y pico mil años que llevamos hollando el planeta pudieran compararse con las agujas del reloj, solo los últimos instantes representan la presencia de la escritura en diversos soportes: piedra, madera, barro, papiro, pergamino, papel, digital… Todo esto puede acabarse –el soporte, la escritura–, pero siempre quedará la memoria. El ser humano es capaz de almacenar muchos datos a bajo coste energético: piensen en los más de quince mil versos de un viejo poema griego, dividido en varias cabezas de una escuela de recitadores profesionales. La memoria fue siempre vehículo seguro de transmisión, tanto para cuentos o mitos como para oficios.. La oralidad es la base de todas las creaciones fundacionales de nuestras grandes culturas, desde Grecia a la India o Mesopotamia. Las obras aurorales de toda civilización son memoria antes que historia, que es la punta de iceberg de un enorme legado transmitido de generación a generación, que compone la gran narrativa patrimonial: temas, motivos y formas que nos han modelado desde siempre, como se ve en la mitología y el folklore comparados. Acaso la otra gran narrativa humana sea la de los sueños, con la que comparte una misma gramática el vuelo simbólico de cuentos y mitos. El gran caldero común de historias compartidas viene de la oralidad y se deposita en la escritura: nada sería posible sin la memoria.. Pero ¿de cuántos versos o números de teléfono nos acordamos hoy, que consultamos el móvil a cada rato? Cada vez ejercitamos menos este necesario músculo que los antiguos usaban para albergar todo el conocimiento de la tribu, antes de que la escritura nos diera una falsa sensación de confianza. Como si no pudieran colapsar todas las bibliotecas, también las de la nube, como fueron destruidas la de Alejandría o la de Nalanda en catástrofes tan reiteradas. Muchas veces hemos perdido el conocimiento esencial y hemos tenido que levantar de nuevo la civilización. Hay señales de que seguimos temiendo: el apocalipsis, climático, bélico o pandémico: entre otras el sinnúmero de ficciones seriales que nos hablan del fin del mundo o el reciente libro «The Book» (Duomo ed.), escrito para refundar de cero la civilización.. Falsa seguridad. Y es que no lo tenemos todo asegurado: ¡cuántas veces hemos olvidado las más básicas técnicas, también la escritura! Recordemos las lecciones de Platón: en los mitos de la Atlántida y en el de Theuth y Thamus. En este último, un dios inventa la escritura y se la da al rey de Egipto como fármaco de la memoria: pero este dice que es una falsa seguridad, pues lo importante hay que seguir guardándolo en la memoria y transmitiéndolo de viejos maestros a jóvenes. ¿Y qué hay hoy de esa «Mneme» griega de Homero a Platón? Más bien es un «meme»: ya no invocamos a la musa, aprendiendo versos de memoria. Hoy, para empezar la inefable aventura de aquel famoso varón que anduvo errante en pos de Ítaca, le preguntaríamos a Tiktok, a Alexa o a Siri. Se diría que hemos malbaratado la Mneme, fiados de unas pantallas certeras y eternas.. Falta atención y retentiva en las nuevas generaciones: su capacidad lectora merma, como muestran estudios, al estar sobreexpuestos a móviles y tabletas desde la más infancia. Y los mayores están enganchados: no hay retórica y argumentación, sino acaso los caracteres de un tuit político, no hay retentiva ni interés en una historia larga (filme, novela…), sino breves capítulos de series, un vídeo de YouTube o de TikTok. Vamos perdiendo atención, memoria y creatividad, adictos a las redes en busca de nuevos estímulos (lean «El valor de la atención» de Johann Hari). Todo pasa y nada permanece en nuestras cabezas y viendo variados vídeos, ridículos y efímeros, arrastrando el dedo por la pantalla para buscar el último baile de moda, la receta suculenta o el simpático animalillo, entre otras absurdas imágenes, muchas exageradas o falsificadas por la IA. ¿Cómo se puede construir la cultura sobre la base de estas incesantes visiones?¿Cómo se podrá preservar la civilización sin la memoria compartida? Reivindiquémosla: la IA es letra muerta –más allá de lo que dice Éric Sadin, de que está reelaborada sobre información depositada, es digital y perecedera, como cualquier soporte–, no un logos vivo como quería Platón y conocían los homéridas. ¿Y si la nube se apaga? Zeus salve a la Memoria.
Homero comenzó su famosa «Odisea» invocando «Andra moi ennepe, Mousa» («Del hombre cuéntame, musa»). Hoy la memoria, una de las virtudes de la antigüedad, languidece por los estragos de las pantallas
Para cerrar esta serie de versos famosos de poetas clásicos –convenientemente metamorfoseados– que nos previenen contra los desmanes de las redes, qué mejor que volver a los griegos, después del siempre atractivo paseo por Roma y su literatura, y nada menos que al Padre Homero: «Del hombre cuéntame, Musa» («Andra moi ennepe, Mousa»), le pide el poeta a su diosa al principio de la «Odisea». Y es que la inspiración literaria venía de las nueve Musas, hijas de Mnemosine, diosa de la memoria (en griego, «mneme»), que nos recuerda la importancia de la realidad en las primeras etapas de nuestra cultura. Si los trescientos y pico mil años que llevamos hollando el planeta pudieran compararse con las agujas del reloj, solo los últimos instantes representan la presencia de la escritura en diversos soportes: piedra, madera, barro, papiro, pergamino, papel, digital… Todo esto puede acabarse –el soporte, la escritura–, pero siempre quedará la memoria. El ser humano es capaz de almacenar muchos datos a bajo coste energético: piensen en los más de quince mil versos de un viejo poema griego, dividido en varias cabezas de una escuela de recitadores profesionales. La memoria fue siempre vehículo seguro de transmisión, tanto para cuentos o mitos como para oficios.. La oralidad es la base de todas las creaciones fundacionales de nuestras grandes culturas, desde Grecia a la India o Mesopotamia. Las obras aurorales de toda civilización son memoria antes que historia, que es la punta de iceberg de un enorme legado transmitido de generación a generación, que compone la gran narrativa patrimonial: temas, motivos y formas que nos han modelado desde siempre, como se ve en la mitología y el folklore comparados. Acaso la otra gran narrativa humana sea la de los sueños, con la que comparte una misma gramática el vuelo simbólico de cuentos y mitos. El gran caldero común de historias compartidas viene de la oralidad y se deposita en la escritura: nada sería posible sin la memoria.. Pero ¿de cuántos versos o números de teléfono nos acordamos hoy, que consultamos el móvil a cada rato? Cada vez ejercitamos menos este necesario músculo que los antiguos usaban para albergar todo el conocimiento de la tribu, antes de que la escritura nos diera una falsa sensación de confianza. Como si no pudieran colapsar todas las bibliotecas, también las de la nube, como fueron destruidas la de Alejandría o la de Nalanda en catástrofes tan reiteradas. Muchas veces hemos perdido el conocimiento esencial y hemos tenido que levantar de nuevo la civilización. Hay señales de que seguimos temiendo: el apocalipsis, climático, bélico o pandémico: entre otras el sinnúmero de ficciones seriales que nos hablan del fin del mundo o el reciente libro «The Book» (Duomo ed.), escrito para refundar de cero la civilización.. Y es que no lo tenemos todo asegurado: ¡cuántas veces hemos olvidado las más básicas técnicas, también la escritura! Recordemos las lecciones de Platón: en los mitos de la Atlántida y en el de Theuth y Thamus. En este último, un dios inventa la escritura y se la da al rey de Egipto como fármaco de la memoria: pero este dice que es una falsa seguridad, pues lo importante hay que seguir guardándolo en la memoria y transmitiéndolo de viejos maestros a jóvenes. ¿Y qué hay hoy de esa «Mneme» griega de Homero a Platón? Más bien es un «meme»: ya no invocamos a la musa, aprendiendo versos de memoria. Hoy, para empezar la inefable aventura de aquel famoso varón que anduvo errante en pos de Ítaca, le preguntaríamos a Tiktok, a Alexa o a Siri. Se diría que hemos malbaratado la Mneme, fiados de unas pantallas certeras y eternas.. Falta atención y retentiva en las nuevas generaciones: su capacidad lectora merma, como muestran estudios, al estar sobreexpuestos a móviles y tabletas desde la más infancia. Y los mayores están enganchados: no hay retórica y argumentación, sino acaso los caracteres de un tuit político, no hay retentiva ni interés en una historia larga (filme, novela…), sino breves capítulos de series, un vídeo de YouTube o de TikTok. Vamos perdiendo atención, memoria y creatividad, adictos a las redes en busca de nuevos estímulos (lean «El valor de la atención» de Johann Hari). Todo pasa y nada permanece en nuestras cabezas y viendo variados vídeos, ridículos y efímeros, arrastrando el dedo por la pantalla para buscar el último baile de moda, la receta suculenta o el simpático animalillo, entre otras absurdas imágenes, muchas exageradas o falsificadas por la IA. ¿Cómo se puede construir la cultura sobre la base de estas incesantes visiones?¿Cómo se podrá preservar la civilización sin la memoria compartida? Reivindiquémosla: la IA es letra muerta –más allá de lo que dice Éric Sadin, de que está reelaborada sobre información depositada, es digital y perecedera, como cualquier soporte–, no un logos vivo como quería Platón y conocían los homéridas. ¿Y si la nube se apaga? Zeus salve a la Memoria.
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