Hay una mística particular en el éxito que nace del hambre, una que no se puede fabricar en los laboratorios de las grandes corporaciones. La historia de la música popular está plagada de «elegidos» que nacieron con el beneplácito de las estructuras de poder, pero el caso de Bangtan Sonyeondan (BTS) pertenece a esa otra estirpe, la de los que tuvieron que asaltar el castillo desde la periferia.. Hace ya trece primaveras, el mapa del pop surcoreano estaba rígidamente trazado por las denominadas «tres catedrales» del negocio. En los despachos de Seúl –donde se decide quién es relevante y quién es ruido de fondo–, a la propuesta de una pequeña entidad de reciente cuño se le respondía con un condescendiente «ya, bueno». Era el escepticismo propio de quien mira por encima del hombro a los que no cuentan con un mentor de linaje industrial.. Pero aquellos siete jóvenes no venían a pedir permiso. Debutaron con el nervio de quien no tiene nada que perder y el hambre de quien lo quiere todo. Su primer single, «No More Dream», fue un choque frontal contra el «statu quo». Mientras el K-pop de la época se refugiaba en estéticas edulcoradas y escapismos románticos, BTS apostó por un hip-hop de instituto, crudo y visceral. Sus coreografías eran ataques coordinados, una expresión física de la presión académica y la asfixia social que devoraba a la juventud surcoreana. Era un manifiesto sociopolítico envuelto en rimas agresivas.. Lo que comenzó como resistencia local terminó por canibalizar el resto. La transición de BTS de ser unos «outsiders» en Seúl a consagrarse en los forjadores de una nueva hegemonía cultural es, probablemente, el fenómeno más estudiado de la industria moderna. Hoy, las cifras han dejado de ser números para ser monumentos, y son el grupo más escuchado de la historia de Spotify.. Con más de 65.000 millones de «streams» acumulados, han logrado sentarse a la mesa de los intocables. En el Olimpo de la plataforma, solo nombres como Drake, Taylor Swift, Bad Bunny y The Weeknd mantienen el pulso con el septeto. Han trascendido la etiqueta de «fenómeno asiático» para asumir el timón de la industria del deseo. Su éxito se debate entre una cuestión de talento o marketing y la victoria de una narrativa de vulnerabilidad y superación que ha conectado con una generación global que se siente igual de desubicada que ellos en origen.. Sin embargo, en el acmé de su carrera se toparon con el único muro que la tiranía del reconocimiento no puede derribar: el deber estatal. El servicio militar impuso ese paréntesis que, para cualquier iconoclasta habría sido el certificado de defunción de su relevancia. Tres años y nueve meses de ausencia mediática es una eternidad en la era del contenido efímero y el «scroll» infinito.. Ahora, su regreso a los escenarios ha sido un ritual de reafirmación. Durante el tiempo que duró su ausencia, el mundo no los olvidó; al contrario, los mitificó. El vacío que dejaron en la industria solo sirvió para subrayar su importancia. Cuando los focos se encendieron de nuevo, el grito no fue solo de alegría, sino de alivio. De un confín a otro los fiscalizaron para confirmar que el espíritu de aquellos «Boy Scouts a Prueba de Balas» seguía intacto, ahora curtido por la madurez y responsabilidad del símbolo.
El grupo coreano, en la cima del pop internacional, han demostrado por qué pueden volver tres años después y seguir siendo un fenómeno
Hay una mística particular en el éxito que nace del hambre, una que no se puede fabricar en los laboratorios de las grandes corporaciones. La historia de la música popular está plagada de «elegidos» que nacieron con el beneplácito de las estructuras de poder, pero el caso de Bangtan Sonyeondan (BTS) pertenece a esa otra estirpe, la de los que tuvieron que asaltar el castillo desde la periferia.. Hace ya trece primaveras, el mapa del pop surcoreano estaba rígidamente trazado por las denominadas «tres catedrales» del negocio. En los despachos de Seúl –donde se decide quién es relevante y quién es ruido de fondo–, a la propuesta de una pequeña entidad de reciente cuño se le respondía con un condescendiente «ya, bueno». Era el escepticismo propio de quien mira por encima del hombro a los que no cuentan con un mentor de linaje industrial.. Pero aquellos siete jóvenes no venían a pedir permiso. Debutaron con el nervio de quien no tiene nada que perder y el hambre de quien lo quiere todo. Su primer single, «No More Dream», fue un choque frontal contra el «statu quo». Mientras el K-pop de la época se refugiaba en estéticas edulcoradas y escapismos románticos, BTS apostó por un hip-hop de instituto, crudo y visceral. Sus coreografías eran ataques coordinados, una expresión física de la presión académica y la asfixia social que devoraba a la juventud surcoreana. Era un manifiesto sociopolítico envuelto en rimas agresivas.. Lo que comenzó como resistencia local terminó por canibalizar el resto. La transición de BTS de ser unos «outsiders» en Seúl a consagrarse en los forjadores de una nueva hegemonía cultural es, probablemente, el fenómeno más estudiado de la industria moderna. Hoy, las cifras han dejado de ser números para ser monumentos, y son el grupo más escuchado de la historia de Spotify.. Con más de 65.000 millones de «streams» acumulados, han logrado sentarse a la mesa de los intocables. En el Olimpo de la plataforma, solo nombres como Drake, Taylor Swift, Bad Bunny y The Weeknd mantienen el pulso con el septeto. Han trascendido la etiqueta de «fenómeno asiático» para asumir el timón de la industria del deseo. Su éxito se debate entre una cuestión de talento o marketing y la victoria de una narrativa de vulnerabilidad y superación que ha conectado con una generación global que se siente igual de desubicada que ellos en origen.. Sin embargo, en el acmé de su carrera se toparon con el único muro que la tiranía del reconocimiento no puede derribar: el deber estatal. El servicio militar impuso ese paréntesis que, para cualquier iconoclasta habría sido el certificado de defunción de su relevancia. Tres años y nueve meses de ausencia mediática es una eternidad en la era del contenido efímero y el «scroll» infinito.. Ahora, su regreso a los escenarios ha sido un ritual de reafirmación. Durante el tiempo que duró su ausencia, el mundo no los olvidó; al contrario, los mitificó. El vacío que dejaron en la industria solo sirvió para subrayar su importancia. Cuando los focos se encendieron de nuevo, el grito no fue solo de alegría, sino de alivio. De un confín a otro los fiscalizaron para confirmar que el espíritu de aquellos «Boy Scouts a Prueba de Balas» seguía intacto, ahora curtido por la madurez y responsabilidad del símbolo.
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