La Asamblea Nacional Catalana (ANC), durante años columna vertebral del independentismo civil, afronta sus elecciones internas en el momento más delicado de su historia. Aquella entidad que llenaba las calles, marcaba la agenda política y actuaba como correa de transmisión entre la ciudadanía y las instituciones encara ahora un proceso electoral marcado por la desmovilización, la pérdida de afiliados y una crisis interna que ha erosionado su papel hasta límites inéditos.. El contexto no es menor. El independentismo atraviesa su fase más baja de la última década, con un apoyo que ronda el 38% y con los partidos —ERC, Junts y la CUP— lejos de las mayorías y la capacidad de presión que exhibieron durante el ciclo álgido del “procés”. Ese desgaste político ha tenido un reflejo directo en el tejido civil, donde la ANC simboliza mejor que nadie el paso de la euforia movilizadora en la antesala del referéndum del 1-O a la incertidumbre estratégica.. Hoy, ese papel ha desaparecido. La última Diada apenas logró movilizar a unas 40.000 personas en toda Cataluña, muy lejos de las cifras que en su día dieron la vuelta al mundo. La entidad ha perdido capacidad de convocatoria y ya no actúa como catalizador del independentismo social, en un momento en el que la ciudadanía ha desplazado sus prioridades hacia cuestiones como la vivienda, la seguridad o los servicios públicos.. Una crisis interna sin resolver. El declive también se refleja en los números. La ANC ha sufrido una caída continuada de afiliados desde 2020, agravada en los últimos dos años. De rozar los 100.000 socios en su momento álgido ha pasado a cifras en torno a los 30.000, con el consiguiente impacto económico: la pérdida de ingresos por cuotas se acerca al millón de euros en el último lustro.. Esta sangría ha obligado a la organización a activar campañas de captación y a replantear su estructura interna. Al mismo tiempo, su implantación territorial se ha debilitado: muchas asambleas locales han reducido su actividad y la dirección nacional ha perdido capacidad de incidencia en los núcleos más dinámicos.. A la pérdida de músculo social se suma una crisis orgánica que ha marcado el mandato de Lluís Llach. Su etapa al frente de la entidad ha estado atravesada por tensiones constantes, reformas estatutarias polémicas y dimisiones en bloque del sector crítico, que denunció un giro hacia el control interno y la pérdida de espíritu asambleario.. La salida de figuras relevantes y el abandono de parte de la militancia han dejado una organización más homogénea, pero también más debilitada. Las discrepancias sobre la estrategia —desde la fallida propuesta de una “lista cívica” hasta la relación con los partidos— han profundizado una fractura que nunca ha llegado a cerrarse.. Unas elecciones convulsas. Es en este contexto donde la ANC celebra sus elecciones internas entre el 14 y el 18 de abril. Y lo hace con un síntoma claro de debilidad: por primera vez en su historia, no hay suficientes candidatos para cubrir todos los puestos del Secretariado Nacional. Se han presentado poco más de sesenta aspirantes para 77 plazas, una cifra muy inferior a las más de cien candidaturas que concurrían en procesos anteriores.. El desinterés es especialmente visible en territorios clave. En algunas áreas metropolitanas faltan candidatos, mientras que en sectores como el juvenil apenas hay aspirantes. Incluso en determinadas demarcaciones directamente no se ha presentado nadie, reflejo del desgaste organizativo.. El propio Lluís Llach se ha inscrito como candidato al secretariado, aunque no ha aclarado si optará a seguir como presidente. En la práctica, la ausencia de alternativas claras refuerza la sensación de continuidad y de falta de relevo. Intentos de buscar perfiles con mayor proyección, como el del expresidente Quim Torra, no han prosperado.
La ANC llega a sus elecciones internas en su momento más débil, con menos socios, menos movilización y sin liderazgo claro
La Asamblea Nacional Catalana (ANC), durante años columna vertebral del independentismo civil, afronta sus elecciones internas en el momento más delicado de su historia. Aquella entidad que llenaba las calles, marcaba la agenda política y actuaba como correa de transmisión entre la ciudadanía y las instituciones encara ahora un proceso electoral marcado por la desmovilización, la pérdida de afiliados y una crisis interna que ha erosionado su papel hasta límites inéditos.. El contexto no es menor. El independentismo atraviesa su fase más baja de la última década, con un apoyo que ronda el 38% y con los partidos —ERC, Junts y la CUP— lejos de las mayorías y la capacidad de presión que exhibieron durante el ciclo álgido del “procés”. Ese desgaste político ha tenido un reflejo directo en el tejido civil, donde la ANC simboliza mejor que nadie el paso de la euforia movilizadora en la antesala del referéndum del 1-O a la incertidumbre estratégica.. Hoy, ese papel ha desaparecido. La última Diada apenas logró movilizar a unas 40.000 personas en toda Cataluña, muy lejos de las cifras que en su día dieron la vuelta al mundo. La entidad ha perdido capacidad de convocatoria y ya no actúa como catalizador del independentismo social, en un momento en el que la ciudadanía ha desplazado sus prioridades hacia cuestiones como la vivienda, la seguridad o los servicios públicos.. Una crisis interna sin resolver. El declive también se refleja en los números. La ANC ha sufrido una caída continuada de afiliados desde 2020, agravada en los últimos dos años. De rozar los 100.000 socios en su momento álgido ha pasado a cifras en torno a los 30.000, con el consiguiente impacto económico: la pérdida de ingresos por cuotas se acerca al millón de euros en el último lustro.. Esta sangría ha obligado a la organización a activar campañas de captación y a replantear su estructura interna. Al mismo tiempo, su implantación territorial se ha debilitado: muchas asambleas locales han reducido su actividad y la dirección nacional ha perdido capacidad de incidencia en los núcleos más dinámicos.. A la pérdida de músculo social se suma una crisis orgánica que ha marcado el mandato de Lluís Llach. Su etapa al frente de la entidad ha estado atravesada por tensiones constantes, reformas estatutarias polémicas y dimisiones en bloque del sector crítico, que denunció un giro hacia el control interno y la pérdida de espíritu asambleario.. La salida de figuras relevantes y el abandono de parte de la militancia han dejado una organización más homogénea, pero también más debilitada. Las discrepancias sobre la estrategia —desde la fallida propuesta de una “lista cívica” hasta la relación con los partidos— han profundizado una fractura que nunca ha llegado a cerrarse.. Unas elecciones convulsas. Es en este contexto donde la ANC celebra sus elecciones internas entre el 14 y el 18 de abril. Y lo hace con un síntoma claro de debilidad: por primera vez en su historia, no hay suficientes candidatos para cubrir todos los puestos del Secretariado Nacional. Se han presentado poco más de sesenta aspirantes para 77 plazas, una cifra muy inferior a las más de cien candidaturas que concurrían en procesos anteriores.. El desinterés es especialmente visible en territorios clave. En algunas áreas metropolitanas faltan candidatos, mientras que en sectores como el juvenil apenas hay aspirantes. Incluso en determinadas demarcaciones directamente no se ha presentado nadie, reflejo del desgaste organizativo.. El propio Lluís Llach se ha inscrito como candidato al secretariado, aunque no ha aclarado si optará a seguir como presidente. En la práctica, la ausencia de alternativas claras refuerza la sensación de continuidad y de falta de relevo. Intentos de buscar perfiles con mayor proyección, como el del expresidente Quim Torra, no han prosperado.
Noticias de Cataluña en La Razón
