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  Sociedad  «La sociedad hiperconectada interpreta el silencio como abandono o fracaso»
Sociedad

«La sociedad hiperconectada interpreta el silencio como abandono o fracaso»

30 de marzo de 2026
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Es complejo explicar el valor del silencio si nunca se ha ejercido de manera consciente. En él se refugian nuestros miedos, pero también una parte esencial de lo que somos. Sobre esta idea reflexiona la autora Laurence Joseph en el libro «Nuestros silencios. Por qué callamos» (Gatopardo Ediciones), donde explora la necesidad de activar el «mute» en una sociedad saturada de ruido.. ¿Vivimos hoy una crisis del silencio debido a la hiperconectividad digital?. El silencio se está convirtiendo en algo cada vez más raro. Nos resulta difícil soportarlo, en parte porque nuestra sociedad hipertecnológica tiende a interpretar el silencio como abandono, fallo o carencia. Sin embargo, el silencio forma parte de nuestra vida, de la naturaleza y del fundamento de nuestro pensamiento y nuestra palabra. Es necesario recuperar un espacio para él en nuestras vidas y experimentarlo de nuevo.. ¿Da miedo el silencio?. Sí. La mayoría de nuestros intercambios, y aún más desde la Covid, se realizan a distancia gracias a dispositivos conectados. El individuo se percibe permanentemente «conectado»; desconectarse puede sentirse como una manera de quedar fuera de la sociedad, generando ansiedad o sensación de precariedad. El silencio exige siempre valentía porque nos obliga a enfrentar nuestro texto interior: nuestras convicciones, dudas y fracturas, que ya no quedan cubiertas por estímulos externos. Debemos atravesarlas y pensarlas a solas. Esa es la exigencia del silencio.. ¿Cuándo el silencio deja de ser necesario y saludable y se vuelve destructivo?. Es saludable cuando protege algo que desaparecería sin él: un amor oculto, un lugar de recogimiento, de oración o de meditación. Nos conecta con lo invisible y con lo sagrado. Pero se vuelve destructivo cuando deja de ser elegido y se convierte en impuesto o sufrido: cuando pasa de proteger a silenciar, encubrir o esconder, como ocurre en la omertà. Esto ocurre a nivel individual, familiar, nacional o internacional. Muchos crímenes prosperan porque se impide a las víctimas hablar, revelar lo que realmente pasó. Se mantiene una versión edulcorada de los hechos, dejando a los afectados atrapados en un pasado sin testigos.. ¿Qué ocurre cuando una persona decide romper un silencio prolongado, ya sea autoimpuesto o forzado?. Lo que ocurre para quien rompe el silencio y cómo se recibe esa palabra no se pueden separar, porque ambos se influyen mutuamente. Para la persona que habla, su texto interior (la palabra retenida durante tanto tiempo) atraviesa el umbral del sonido y se libera. Pero si la escucha es deficiente, negativa o incluso rechaza lo que se dice, esto puede dañar profundamente a quien habla. Por eso, romper los silencios es un acto de gran valentía. Requiere resistencia, apoyo, compasión y referentes confiables.. ¿Es posible conocerse a uno mismo sin atravesar momentos de silencio?. No lo creo. El silencio es el espacio donde el pensamiento puede circular y organizarse. En él se entrelazan imágenes y voces interiores; es allí donde empiezan a tomar forma nuestras emociones y nuestras ideas. Para que el pensamiento y el sentir se constituyan necesitan un vacío, una pausa, un espacio donde asentarse. Las palabras nacen del silencio. Para encontrar aquellas que realmente nos definen (las que expresan nuestros deseos, nuestros límites, nuestra identidad) necesitamos tiempo. Solo el silencio nos ofrece ese territorio íntimo en el que somos los únicos que damos forma a lo que somos.. ¿ Por qué el silencio puede resultar tan incómodo en un espacio social como puede ser un ascensor?. En el espacio social somos seres de lenguaje; la cortesía y la ética implican reconocer al otro con un saludo y algunas palabras. Cuando compartimos un espacio reducido, como un ascensor, se produce una cierta tensión: los cuerpos están muy próximos, pero las personas no se conocen. Esa proximidad física sin vínculo crea una pequeña incomodidad. Las breves fórmulas de cortesía alivian momentáneamente esa tensión, pero no la eliminan por completo: seguimos estando cerca, aunque sin relación.. ¿El miedo al silencio es, en el fondo, miedo a enfrentarnos a nosotros mismos?. Sí. Enfrentarse a uno mismo no es sencillo. Para algunas personas puede ser una experiencia demasiado incómoda o demasiado dolorosa, y necesitan apartarse de esa confrontación. Quienes atraviesan un duelo o una depresión, por ejemplo, a veces prefieren dejar la televisión encendida todo el día para no quedarse a solas con sus pensamientos. Basta imaginar lo que puede suponer una jornada entera en soledad para una persona mayor. El silencio exige valentía. Y, en ocasiones, para poder atravesarlo puede ser necesaria la ayuda de un profesional.. ¿Es, o puede ejercerse, también como una forma de violencia?. Por supuesto. Y es precisamente ahí donde se ve que el silencio atraviesa de lleno la dimensión ética. Cuando el silencio se impone al otro, lo deshumaniza: lo convierte en objeto, en alguien cuya palabra no cuenta y cuya existencia no es reconocida. Si un daño no es reconocido, si no se validan siquiera los esfuerzos, el mérito o el sufrimiento de alguien, se desrealiza una parte de su experiencia, se la borra simbólicamente.. ¿Cómo nos enfrentamos al silencio las culturas mediterráneas, caracterizadas por una mayor verborrea que los vecinos del norte?. España, por ejemplo, demuestra (tanto por su tradición espiritual como por los avances en la defensa de los derechos de las mujeres) que una sociedad puede comprender el valor del silencio y al mismo tiempo decidir romperlo cuando es necesario.

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La psicóloga clínica y psicoanalista Laurence Joseph ahonda en la necesidad de dar al botón del «mute» para que el pensamiento pueda circular y organizarse

  

Es complejo explicar el valor del silencio si nunca se ha ejercido de manera consciente. En él se refugian nuestros miedos, pero también una parte esencial de lo que somos. Sobre esta idea reflexiona la autora Laurence Joseph en el libro «Nuestros silencios. Por qué callamos» (Gatopardo Ediciones), donde explora la necesidad de activar el «mute» en una sociedad saturada de ruido.. ¿Vivimos hoy una crisis del silencio debido a la hiperconectividad digital?. El silencio se está convirtiendo en algo cada vez más raro. Nos resulta difícil soportarlo, en parte porque nuestra sociedad hipertecnológica tiende a interpretar el silencio como abandono, fallo o carencia. Sin embargo, el silencio forma parte de nuestra vida, de la naturaleza y del fundamento de nuestro pensamiento y nuestra palabra. Es necesario recuperar un espacio para él en nuestras vidas y experimentarlo de nuevo.. ¿Da miedo el silencio?. Sí. La mayoría de nuestros intercambios, y aún más desde la Covid, se realizan a distancia gracias a dispositivos conectados. El individuo se percibe permanentemente «conectado»; desconectarse puede sentirse como una manera de quedar fuera de la sociedad, generando ansiedad o sensación de precariedad. El silencio exige siempre valentía porque nos obliga a enfrentar nuestro texto interior: nuestras convicciones, dudas y fracturas, que ya no quedan cubiertas por estímulos externos. Debemos atravesarlas y pensarlas a solas. Esa es la exigencia del silencio.. ¿Cuándo el silencio deja de ser necesario y saludable y se vuelve destructivo?. Es saludable cuando protege algo que desaparecería sin él: un amor oculto, un lugar de recogimiento, de oración o de meditación. Nos conecta con lo invisible y con lo sagrado. Pero se vuelve destructivo cuando deja de ser elegido y se convierte en impuesto o sufrido: cuando pasa de proteger a silenciar, encubrir o esconder, como ocurre en la omertà. Esto ocurre a nivel individual, familiar, nacional o internacional. Muchos crímenes prosperan porque se impide a las víctimas hablar, revelar lo que realmente pasó. Se mantiene una versión edulcorada de los hechos, dejando a los afectados atrapados en un pasado sin testigos.. ¿Qué ocurre cuando una persona decide romper un silencio prolongado, ya sea autoimpuesto o forzado?. Lo que ocurre para quien rompe el silencio y cómo se recibe esa palabra no se pueden separar, porque ambos se influyen mutuamente. Para la persona que habla, su texto interior (la palabra retenida durante tanto tiempo) atraviesa el umbral del sonido y se libera. Pero si la escucha es deficiente, negativa o incluso rechaza lo que se dice, esto puede dañar profundamente a quien habla. Por eso, romper los silencios es un acto de gran valentía. Requiere resistencia, apoyo, compasión y referentes confiables.. ¿Es posible conocerse a uno mismo sin atravesar momentos de silencio?. No lo creo. El silencio es el espacio donde el pensamiento puede circular y organizarse. En él se entrelazan imágenes y voces interiores; es allí donde empiezan a tomar forma nuestras emociones y nuestras ideas. Para que el pensamiento y el sentir se constituyan necesitan un vacío, una pausa, un espacio donde asentarse. Las palabras nacen del silencio. Para encontrar aquellas que realmente nos definen (las que expresan nuestros deseos, nuestros límites, nuestra identidad) necesitamos tiempo. Solo el silencio nos ofrece ese territorio íntimo en el que somos los únicos que damos forma a lo que somos.. ¿ Por qué el silencio puede resultar tan incómodo en un espacio social como puede ser un ascensor?. En el espacio social somos seres de lenguaje; la cortesía y la ética implican reconocer al otro con un saludo y algunas palabras. Cuando compartimos un espacio reducido, como un ascensor, se produce una cierta tensión: los cuerpos están muy próximos, pero las personas no se conocen. Esa proximidad física sin vínculo crea una pequeña incomodidad. Las breves fórmulas de cortesía alivian momentáneamente esa tensión, pero no la eliminan por completo: seguimos estando cerca, aunque sin relación.. ¿El miedo al silencio es, en el fondo, miedo a enfrentarnos a nosotros mismos?. Sí. Enfrentarse a uno mismo no es sencillo. Para algunas personas puede ser una experiencia demasiado incómoda o demasiado dolorosa, y necesitan apartarse de esa confrontación. Quienes atraviesan un duelo o una depresión, por ejemplo, a veces prefieren dejar la televisión encendida todo el día para no quedarse a solas con sus pensamientos. Basta imaginar lo que puede suponer una jornada entera en soledad para una persona mayor. El silencio exige valentía. Y, en ocasiones, para poder atravesarlo puede ser necesaria la ayuda de un profesional.. ¿Es, o puede ejercerse, también como una forma de violencia?. Por supuesto. Y es precisamente ahí donde se ve que el silencio atraviesa de lleno la dimensión ética. Cuando el silencio se impone al otro, lo deshumaniza: lo convierte en objeto, en alguien cuya palabra no cuenta y cuya existencia no es reconocida. Si un daño no es reconocido, si no se validan siquiera los esfuerzos, el mérito o el sufrimiento de alguien, se desrealiza una parte de su experiencia, se la borra simbólicamente.. ¿Cómo nos enfrentamos al silencio las culturas mediterráneas, caracterizadas por una mayor verborrea que los vecinos del norte?. España, por ejemplo, demuestra (tanto por su tradición espiritual como por los avances en la defensa de los derechos de las mujeres) que una sociedad puede comprender el valor del silencio y al mismo tiempo decidir romperlo cuando es necesario.

 

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