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  Sociedad  Esperanza en Psiquiatría
Sociedad

Esperanza en Psiquiatría

30 de marzo de 2026
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Las recientes noticias que presentan los trastornos mentales y, en concreto el Trastorno Límite de la Personalidad, como cuadros irreversibles y carentes de tratamiento no solo son desafortunadas, sino que transmiten una visión incompleta y potencialmente dañina. Por ello, considero que, desde mi posición como presidenta de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental, es necesario aportar una perspectiva clínica que, sin restar gravedad al problema, evite transmitir un mensaje de desesperanza que no se corresponde con la evidencia ni con la práctica diaria.. En primer lugar, conviene subrayar que el Trastorno Límite de la Personalidad, así como otros trastornos mentales graves, tienen tratamiento y, en muchos casos, evolucionan de forma claramente favorable con los abordajes adecuados. El sufrimiento asociado a estos cuadros, por intenso que sea, no puede ni debe considerarse intratable. Las perspectivas sombrías marcadas por la tristeza persistente, el vacío, la rabia o la desesperanza no son estados irreversibles. De hecho, con intervención especializada, estos síntomas pueden disminuir de forma significativa e incluso llegar a revertirse.. Conviene detenerse, además, en la naturaleza del sufrimiento en la enfermedad mental, que es diferente al sufrimiento inherente a la vida cotidiana. No se trata únicamente de un malestar cuantitativamente mayor, sino cualitativamente distinto: puede ser desproporcionado, a veces incomprensible o, incluso, sin un objeto claro; rompe la continuidad del yo y afecta a la libertad interior; el sujeto llega a padecer su propia vida psíquica como algo impuesto. En muchos casos, la experiencia misma se vuelve extraña y ajena. Esta vivencia, profundamente desorganizadora, exige ser comprendida desde una mirada clínica, científica y también humanista. No en vano, el objeto de la medicina es el ser humano, en cuanto vulnerable al padecimiento, la enfermedad y el sufrimiento, y necesitado de ayuda para preservar o restaurar su integridad biológica, psíquica y existencial. Si comprendemos la naturaleza del sufrimiento de los trastornos mentales y la pérdida de libertad mediada por la enfermedad mental en la toma de decisiones, entenderemos el porqué del quehacer clínico de los psiquiatras: restaurar esta libertad desde la superación y el tratamiento adecuado de la enfermedad mental. Y hasta que la recuperación de su libertad no sea posible, debemos proteger y cuidar de la dignidad y del derecho a la vida de nuestros pacientes.. En este sentido, la enfermedad mental no es solo un hecho objetivo, sino también una modificación de la existencia. El sufrimiento exige comprensión, mientras que la enfermedad exige explicación, y el paciente necesita ambas: ciencia y compasión. De ahí la importancia de una auténtica alianza terapéutica, de una atención centrada en la persona y de modelos de “recovery”, entendidos como procesos mediante los cuales la persona reconstruye una vida con sentido, autonomía y participación social, aun cuando puedan persistir algunos síntomas. Humanizar la atención no es un complemento, sino una exigencia ética y clínica.. Los tratamientos actuales para el Trastorno Límite de la Personalidad, la Depresión, los trastornos asociados al trauma, especialmente aquellos que integran la modulación de las bases neurobiológicas, el abordaje del trauma, el trabajo sobre el apego y la reparación de las relaciones interpersonales permiten reconstruir la identidad, mejorar el estado anímico, dotar al paciente de herramientas para reprocesar su sufrimiento y crecer en resiliencia. Este proceso no solo reduce el malestar, sino que hace posible recuperar una vida digna, desarrollar un proyecto vital con sentido y experimentar nuevamente bienestar emocional ajeno al sufrimiento que conlleva la enfermedad mental. En este contexto, la neuroplasticidad del cerebro no es una idea abstracta, sino una realidad clínica observable y, en ocasiones, sorprendente. En este sentido, dos rigurosos estudios longitudinales prospectivos con amplias muestras clínicas de Trastorno Límite de la Personalidad han publicado resultados tras más de 10 años de seguimiento: el Estudio McLean del Desarrollo Adulto (MSAD; Zanarini et al., 2005) y el Estudio Colaborativo Longitudinal de. Trastornos de la Personalidad (CLPS; Gunderson et al., 2000). Los hallazgos de estos estudios proporcionan evidencia prospectiva de que la evolución del Trastorno Límite de la Personalidad se caracteriza por una tendencia a la remisión y la estabilización sintomática, aunque las limitaciones funcionales pueden persistir a largo plazo (Sanislow et al., 2012; Zanarini, 2012). Tras 10 años de seguimiento, ambos estudios reportaron tasas de remisión acumuladas del 93 % y el 85 %, respectivamente, si bien el 30 % y el 11 % de los pacientes en remisión presentaron una recidiva sintomática posterior (Gunderson et al., 2011; Zanarini et al., 2010b). Estos datos deben hacernos reflexionar, ya que permiten contrarrestar narrativas excesivamente fatalistas; sin la evidencia científica y el saber clínico, las decisiones que se puedan tomar acerca del sufrimiento asociado a la enfermedad mental pueden ser erróneas.. Los profesionales que trabajamos en este ámbito estamos habituados a acompañar a personas con biografías extremadamente duras, marcadas por el abandono, la negligencia, el abuso o el maltrato. Y, sin embargo, también somos testigos de procesos de recuperación profundos: personas que tras un tratamiento integral logran reconstruirse, restablecer vínculos y, sencillamente, volver a sonreír.. El caso reciente de Noelia pone de manifiesto, además, la necesidad urgente de reforzar los recursos en Psiquiatría, en particular aumentando el número de psiquiatras y equipos especializados que puedan intervenir de forma precoz tanto en la prevención como en el tratamiento de las enfermedades mentales, garantizando el acceso a intervenciones basadas en la mejor evidencia científica. Una sociedad que “deja ir” a sus jóvenes sin proporcionales la atención necesaria para recuperar su salud mental es, al menos, una sociedad cuestionable.. Pero esta responsabilidad no recae únicamente en los profesionales. Como sociedad, debemos implicarnos activamente y poner todos los medios necesarios para tratar de evitar el sufrimiento extremo de nuestros jóvenes. Esto implica invertir en prevención, mejorar el acceso a la atención especializada, fortalecer el apoyo familiar y educativo y combatir el estigma que todavía rodea a los trastornos mentales.. Quienes nos dedicamos a la atención de estos trastornos conocemos bien el sufrimiento, la desesperanza y el miedo que los acompañan. Pero también conocemos la otra cara: la esperanza, la reparación y la capacidad transformadora de los tratamientos en Psiquiatría y del vínculo terapéutico. Sabemos que desde la concepción del modelo el modelo biopsicosocial de las enfermedades mentales que integra el abordaje de los aspectos biológicos, psicológicos y, por supuesto, sociales se puede transformar la vida de las personas, devolviendo la ilusión y las ganas de vivir.. Por todo ello, resulta imprescindible trasladar a la sociedad un mensaje equilibrado: reconocer la gravedad, sí; acompañar, siempre; pero también transmitir esperanza, porque hay posibilidades reales de recuperación.

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Psiquiatra. Presidenta de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental – SEPSM.

  

Las recientes noticias que presentan los trastornos mentales y, en concreto el Trastorno Límite de la Personalidad, como cuadros irreversibles y carentes de tratamiento no solo son desafortunadas, sino que transmiten una visión incompleta y potencialmente dañina. Por ello, considero que, desde mi posición como presidenta de la Sociedad Española de Psiquiatría y Salud Mental, es necesario aportar una perspectiva clínica que, sin restar gravedad al problema, evite transmitir un mensaje de desesperanza que no se corresponde con la evidencia ni con la práctica diaria.. En primer lugar, conviene subrayar que el Trastorno Límite de la Personalidad, así como otros trastornos mentales graves, tienen tratamiento y, en muchos casos, evolucionan de forma claramente favorable con los abordajes adecuados. El sufrimiento asociado a estos cuadros, por intenso que sea, no puede ni debe considerarse intratable. Las perspectivas sombrías marcadas por la tristeza persistente, el vacío, la rabia o la desesperanza no son estados irreversibles. De hecho, con intervención especializada, estos síntomas pueden disminuir de forma significativa e incluso llegar a revertirse.. Conviene detenerse, además, en la naturaleza del sufrimiento en la enfermedad mental, que es diferente al sufrimiento inherente a la vida cotidiana. No se trata únicamente de un malestar cuantitativamente mayor, sino cualitativamente distinto: puede ser desproporcionado, a veces incomprensible o, incluso, sin un objeto claro; rompe la continuidad del yo y afecta a la libertad interior; el sujeto llega a padecer su propia vida psíquica como algo impuesto. En muchos casos, la experiencia misma se vuelve extraña y ajena. Esta vivencia, profundamente desorganizadora, exige ser comprendida desde una mirada clínica, científica y también humanista. No en vano, el objeto de la medicina es el ser humano, en cuanto vulnerable al padecimiento, la enfermedad y el sufrimiento, y necesitado de ayuda para preservar o restaurar su integridad biológica, psíquica y existencial. Si comprendemos la naturaleza del sufrimiento de los trastornos mentales y la pérdida de libertad mediada por la enfermedad mental en la toma de decisiones, entenderemos el porqué del quehacer clínico de los psiquiatras: restaurar esta libertad desde la superación y el tratamiento adecuado de la enfermedad mental. Y hasta que la recuperación de su libertad no sea posible, debemos proteger y cuidar de la dignidad y del derecho a la vida de nuestros pacientes.. En este sentido, la enfermedad mental no es solo un hecho objetivo, sino también una modificación de la existencia. El sufrimiento exige comprensión, mientras que la enfermedad exige explicación, y el paciente necesita ambas: ciencia y compasión. De ahí la importancia de una auténtica alianza terapéutica, de una atención centrada en la persona y de modelos de “recovery”, entendidos como procesos mediante los cuales la persona reconstruye una vida con sentido, autonomía y participación social, aun cuando puedan persistir algunos síntomas. Humanizar la atención no es un complemento, sino una exigencia ética y clínica.. Los tratamientos actuales para el Trastorno Límite de la Personalidad, la Depresión, los trastornos asociados al trauma, especialmente aquellos que integran la modulación de las bases neurobiológicas, el abordaje del trauma, el trabajo sobre el apego y la reparación de las relaciones interpersonales permiten reconstruir la identidad, mejorar el estado anímico, dotar al paciente de herramientas para reprocesar su sufrimiento y crecer en resiliencia. Este proceso no solo reduce el malestar, sino que hace posible recuperar una vida digna, desarrollar un proyecto vital con sentido y experimentar nuevamente bienestar emocional ajeno al sufrimiento que conlleva la enfermedad mental. En este contexto, la neuroplasticidad del cerebro no es una idea abstracta, sino una realidad clínica observable y, en ocasiones, sorprendente. En este sentido, dos rigurosos estudios longitudinales prospectivos con amplias muestras clínicas de Trastorno Límite de la Personalidad han publicado resultados tras más de 10 años de seguimiento: el Estudio McLean del Desarrollo Adulto (MSAD; Zanarini et al., 2005) y el Estudio Colaborativo Longitudinal de. Trastornos de la Personalidad (CLPS; Gunderson et al., 2000). Los hallazgos de estos estudios proporcionan evidencia prospectiva de que la evolución del Trastorno Límite de la Personalidad se caracteriza por una tendencia a la remisión y la estabilización sintomática, aunque las limitaciones funcionales pueden persistir a largo plazo (Sanislow et al., 2012; Zanarini, 2012). Tras 10 años de seguimiento, ambos estudios reportaron tasas de remisión acumuladas del 93 % y el 85 %, respectivamente, si bien el 30 % y el 11 % de los pacientes en remisión presentaron una recidiva sintomática posterior (Gunderson et al., 2011; Zanarini et al., 2010b). Estos datos deben hacernos reflexionar, ya que permiten contrarrestar narrativas excesivamente fatalistas; sin la evidencia científica y el saber clínico, las decisiones que se puedan tomar acerca del sufrimiento asociado a la enfermedad mental pueden ser erróneas.. Los profesionales que trabajamos en este ámbito estamos habituados a acompañar a personas con biografías extremadamente duras, marcadas por el abandono, la negligencia, el abuso o el maltrato. Y, sin embargo, también somos testigos de procesos de recuperación profundos: personas que tras un tratamiento integral logran reconstruirse, restablecer vínculos y, sencillamente, volver a sonreír.. El caso reciente de Noelia pone de manifiesto, además, la necesidad urgente de reforzar los recursos en Psiquiatría, en particular aumentando el número de psiquiatras y equipos especializados que puedan intervenir de forma precoz tanto en la prevención como en el tratamiento de las enfermedades mentales, garantizando el acceso a intervenciones basadas en la mejor evidencia científica. Una sociedad que “deja ir” a sus jóvenes sin proporcionales la atención necesaria para recuperar su salud mental es, al menos, una sociedad cuestionable.. Pero esta responsabilidad no recae únicamente en los profesionales. Como sociedad, debemos implicarnos activamente y poner todos los medios necesarios para tratar de evitar el sufrimiento extremo de nuestros jóvenes. Esto implica invertir en prevención, mejorar el acceso a la atención especializada, fortalecer el apoyo familiar y educativo y combatir el estigma que todavía rodea a los trastornos mentales.. Quienes nos dedicamos a la atención de estos trastornos conocemos bien el sufrimiento, la desesperanza y el miedo que los acompañan. Pero también conocemos la otra cara: la esperanza, la reparación y la capacidad transformadora de los tratamientos en Psiquiatría y del vínculo terapéutico. Sabemos que desde la concepción del modelo el modelo biopsicosocial de las enfermedades mentales que integra el abordaje de los aspectos biológicos, psicológicos y, por supuesto, sociales se puede transformar la vida de las personas, devolviendo la ilusión y las ganas de vivir.. Por todo ello, resulta imprescindible trasladar a la sociedad un mensaje equilibrado: reconocer la gravedad, sí; acompañar, siempre; pero también transmitir esperanza, porque hay posibilidades reales de recuperación.

 

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