Durante siglos, Canterbury ha sido sinónimo de peregrinación. Pero la multitud no acudió hoy en busca de redención, sino de historia. Bajo las bóvedas góticas de la catedral, la Iglesia de Inglaterra escenificó un cambio de era al entronizar públicamente a Sarah Mullally como arzobispo de Canterbury, la primera mujer en ocupar el cargo en 1.400 años. A sus 64 años, madre de dos hijos y exjefa de enfermería del sistema público británico, se convierte en la máxima autoridad espiritual de los anglicanos en todo el mundo.. Ante unos 2.000 asistentes (entre ellos los príncipes de Gales y el primer ministro Keir Starmer), fue conducida hasta las dos sillas que simbolizan su doble autoridad: como obispa de Canterbury y como cabeza de la Iglesia anglicana, aunque el rey Carlos III sigue siendo máxima autoridad institucional, eso sí, con un papel simbólico.. La trayectoria de Mullally está marcada por varios hitos. En 1999, con 37 años, se convirtió en la persona más joven en ocupar el cargo de jefa de enfermería de Inglaterra, un logro que precedió a su nombramiento como primera mujer obispa de Londres en 2018, no exento de críticas. La propia Mullally ha denunciado en varias ocasiones el machismo dentro de la Iglesia y, en 2025, llegó a emocionarse públicamente al referirse a las barreras institucionales.. La ceremonia combinó solemnidad y guiños a una Iglesia global. Como ya ocurrió en la coronación de Carlos III, la multiculturalidad marcó el tono. Las palabras «Señor, ten piedad» se cantaron en urdu, un coro africano interpretó piezas de Namibia y el Congo, y hubo lecturas en varios idiomas, entre ellos español y portugués, en alusión a los vínculos con Angola y Mozambique. También sonó un himno en surafricano. La liturgia quiso reflejar una institución presente en 165 países, pero atravesada por tensiones profundas.. La jornada no estuvo exenta de fricciones. Un espontáneo interrumpió brevemente el acto en protesta por la gestión de los abusos dentro de la Iglesia. Fue desalojado rápidamente, pero el incidente evidenció el principal desafío que hereda Mullally: una institución golpeada por los escándalos y la pérdida de credibilidad.. En su primer discurso, de tono contenido, evitó la grandilocuencia. Recordó su reciente peregrinación desde Londres hasta Canterbury, con «pies y extremidades doloridos», y evocó a la «Sarah adolescente» que descubrió la fe. «Nunca habría imaginado el futuro que me esperaba», admitió. También tuvo palabras para quienes no pudieron asistir debido a la guerra en Oriente Medio y otros conflictos. Su estilo, discreto y pastoral, contrasta con el de su predecesor, Justin Welby, cuya renuncia hace casi un año, tras la gestión de los abusos, sumió a la Iglesia en una crisis sin precedentes. Esa sobriedad, casi hermética, es vista por algunos como su principal activo para estabilizar una institución en declive.. El reto es mayúsculo. La Iglesia de Inglaterra sigue profundamente dividida en cuestiones clave como la bendición de parejas del mismo sexo, después de que en febrero se abandonaran los planes para formalizar estas ceremonias. A ello se suman las críticas de las asociaciones de víctimas, que denuncian procesos de protección insuficientes y poco independientes.. La resistencia interna tampoco ha desaparecido. Apenas once años después del nombramiento de la primera obispa, aún hay parroquias que rechazan la autoridad femenina, amparadas en un sistema que permite delegar en un obispo varón.. Fuera de Reino Unido, la fractura es aún más visible: el bloque conservador de iglesias anglicanas, articulado en torno a Gafcon, ha reforzado recientemente su liderazgo, profundizando la brecha con Canterbury.. Nacida en Woking y convertida al cristianismo a los 16 años, Mullally ha construido su fe desde la experiencia del servicio y del sufrimiento ajeno. «Sé que esta es una enorme responsabilidad, pero la afronto con paz y con confianza en que Dios me sostendrá», afirmó. Sus detractores le reprochan ambigüedad en cuestiones sensibles, como la eutanasia —(a la que se opone) o el matrimonio homosexual, donde ha defendido posiciones intermedias. Para algunos, ese perfil conciliador corre el riesgo de no satisfacer a nadie; para otros, es precisamente lo que la Iglesia necesita en un momento de fractura.. Desde que en 2014 se permitió la ordenación de mujeres como obispas, el desenlace parecía cuestión de tiempo. Ahora queda por ver si ese avance simbólico será suficiente para recomponer una institución que busca recuperar su autoridad moral.. La singularidad de la Iglesia de Inglaterra reside, además, en su vínculo con el Estado. Desde que Enrique VIII rompiera con Roma en el siglo XVI, el monarca no sólo es jefe del Estado, sino también «Gobernador Supremo» de la Iglesia anglicana, un título de carácter simbólico y constitucional.
Sarah Mullally, de 64 años, es nombrada arzobispo de Canterbury, la primera religiosa en ocupar el cargo en 1.400 años
Durante siglos, Canterbury ha sido sinónimo de peregrinación. Pero la multitud no acudió hoy en busca de redención, sino de historia. Bajo las bóvedas góticas de la catedral, la Iglesia de Inglaterra escenificó un cambio de era al entronizar públicamente a Sarah Mullally como arzobispo de Canterbury, la primera mujer en ocupar el cargo en 1.400 años. A sus 64 años, madre de dos hijos y exjefa de enfermería del sistema público británico, se convierte en la máxima autoridad espiritual de los anglicanos en todo el mundo.. Ante unos 2.000 asistentes (entre ellos los príncipes de Gales y el primer ministro Keir Starmer), fue conducida hasta las dos sillas que simbolizan su doble autoridad: como obispa de Canterbury y como cabeza de la Iglesia anglicana, aunque el rey Carlos III sigue siendo máxima autoridad institucional, eso sí, con un papel simbólico.. La trayectoria de Mullally está marcada por varios hitos. En 1999, con 37 años, se convirtió en la persona más joven en ocupar el cargo de jefa de enfermería de Inglaterra, un logro que precedió a su nombramiento como primera mujer obispa de Londres en 2018, no exento de críticas. La propia Mullally ha denunciado en varias ocasiones el machismo dentro de la Iglesia y, en 2025, llegó a emocionarse públicamente al referirse a las barreras institucionales.. La ceremonia combinó solemnidad y guiños a una Iglesia global. Como ya ocurrió en la coronación de Carlos III, la multiculturalidad marcó el tono. Las palabras «Señor, ten piedad» se cantaron en urdu, un coro africano interpretó piezas de Namibia y el Congo, y hubo lecturas en varios idiomas, entre ellos español y portugués, en alusión a los vínculos con Angola y Mozambique. También sonó un himno en surafricano. La liturgia quiso reflejar una institución presente en 165 países, pero atravesada por tensiones profundas.. La jornada no estuvo exenta de fricciones. Un espontáneo interrumpió brevemente el acto en protesta por la gestión de los abusos dentro de la Iglesia. Fue desalojado rápidamente, pero el incidente evidenció el principal desafío que hereda Mullally: una institución golpeada por los escándalos y la pérdida de credibilidad.. En su primer discurso, de tono contenido, evitó la grandilocuencia. Recordó su reciente peregrinación desde Londres hasta Canterbury, con «pies y extremidades doloridos», y evocó a la «Sarah adolescente» que descubrió la fe. «Nunca habría imaginado el futuro que me esperaba», admitió. También tuvo palabras para quienes no pudieron asistir debido a la guerra en Oriente Medio y otros conflictos. Su estilo, discreto y pastoral, contrasta con el de su predecesor, Justin Welby, cuya renuncia hace casi un año, tras la gestión de los abusos, sumió a la Iglesia en una crisis sin precedentes. Esa sobriedad, casi hermética, es vista por algunos como su principal activo para estabilizar una institución en declive.. El reto es mayúsculo. La Iglesia de Inglaterra sigue profundamente dividida en cuestiones clave como la bendición de parejas del mismo sexo, después de que en febrero se abandonaran los planes para formalizar estas ceremonias. A ello se suman las críticas de las asociaciones de víctimas, que denuncian procesos de protección insuficientes y poco independientes.. La resistencia interna tampoco ha desaparecido. Apenas once años después del nombramiento de la primera obispa, aún hay parroquias que rechazan la autoridad femenina, amparadas en un sistema que permite delegar en un obispo varón.. Fuera de Reino Unido, la fractura es aún más visible: el bloque conservador de iglesias anglicanas, articulado en torno a Gafcon, ha reforzado recientemente su liderazgo, profundizando la brecha con Canterbury.. Nacida en Woking y convertida al cristianismo a los 16 años, Mullally ha construido su fe desde la experiencia del servicio y del sufrimiento ajeno. «Sé que esta es una enorme responsabilidad, pero la afronto con paz y con confianza en que Dios me sostendrá», afirmó. Sus detractores le reprochan ambigüedad en cuestiones sensibles, como la eutanasia —(a la que se opone) o el matrimonio homosexual, donde ha defendido posiciones intermedias. Para algunos, ese perfil conciliador corre el riesgo de no satisfacer a nadie; para otros, es precisamente lo que la Iglesia necesita en un momento de fractura.. Desde que en 2014 se permitió la ordenación de mujeres como obispas, el desenlace parecía cuestión de tiempo. Ahora queda por ver si ese avance simbólico será suficiente para recomponer una institución que busca recuperar su autoridad moral.. La singularidad de la Iglesia de Inglaterra reside, además, en su vínculo con el Estado. Desde que Enrique VIII rompiera con Roma en el siglo XVI, el monarca no sólo es jefe del Estado, sino también «Gobernador Supremo» de la Iglesia anglicana, un título de carácter simbólico y constitucional.
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