Supongamos que, ante las matanzas, sufrimientos e injusticias mundiales, alguien siente un irrefrenable pálpito de tristeza. Muchos le dirían que no entiende las reglas del juego ni la lógica de la dura y despiadada realidad que habitamos. Tacharán a esa persona de ingenua, sentimental o narcisista en pose de bondad. Le recordarán que la solución es fácil: los bobos apenados y los insensatos benevolentes pueden hospedar en su propia casa a quien reclama ayuda o refugio. La compasión gozó en ocasiones de buena reputación, pero su aura se desvanece hoy ante nuestros ojos.. Seguir leyendo
Durante la última década, el descrédito de la empatía y la compasión ha avanzado en paralelo al auge del odio
Supongamos que, ante las matanzas, sufrimientos e injusticias mundiales, alguien siente un irrefrenable pálpito de tristeza. Muchos le dirían que no entiende las reglas del juego ni la lógica de la dura y despiadada realidad que habitamos. Tacharán a esa persona de ingenua, sentimental o narcisista en pose de bondad. Le recordarán que la solución es fácil: los bobos apenados y los insensatos benevolentes pueden hospedar en su propia casa a quien reclama ayuda o refugio. La compasión gozó en ocasiones de buena reputación, pero su aura se desvanece hoy ante nuestros ojos.. En una llamativa voltereta cultural, una nueva corriente intenta arrojar la empatía al sótano tenebroso de todos los males. Tres autores norteamericanos han publicado recientemente ensayos que la describen como un pecado dañino o una emoción tóxica y suicida. Durante la última década, su descrédito ha avanzado en paralelo al auge del odio. Fogosos, los partidarios del puñetazo en la mesa nos explican cosas: los derechos humanos son decadentes; no dejes para mañana a quien puedas deportar hoy; la diversidad no es divertida; la paz es un delirio de biempensantes; la justicia social, coartada para envidiosos; las ayudas públicas, nidos de parásitos. En resumen, el buenismo está cavando nuestra tumba.. La palabra empatía proviene del léxico médico griego. Siglos después, los intelectuales ilustrados le dieron nuevo significado, el nuestro: la capacidad para entrar en la piel de otra persona y explorar sus pensamientos, impregnarnos de sus pasiones y resonar con sus angustias. Entre los antiguos existió una idea similar, la simpatía cósmica. El filósofo estoico Posidonio hizo famosa la imagen de un universo cuyas partes, quieran o no, conscientes o ignorantes, existen como miembros de un gran organismo común. No somos un archipiélago sino un gran continente vivo. El emperador romano Marco Aurelio, desde la cima del poder, escribió: “Nacemos para colaborar”. Hoy, el hombre más rico del planeta afirma que preocuparse por los demás se ha desbocado hasta el punto de rozar lo autodestructivo. Nuestro derroche de empatía —sostiene— está conduciendo al suicidio de la civilización. Necesitamos que nos salven de nuestra amabilidad.. La vieja sabiduría enseñaba a sentir como propio el dolor de otros, incluso de los distintos, extranjeros o herejes. ¿Quién es nuestro prójimo?, preguntaron a Jesús. Contestó con la parábola del buen samaritano, ese forastero infiel que cuidó de un judío herido, pese a la enemistad entre sus pueblos. También el romano Aulo Gelio, a su manera, ofreció una respuesta en forma de fábula. Cierto día en el Circo Máximo, ante los ojos de todos, temblaba de miedo un esclavo condenado a ser pasto de las fieras. Inesperadamente, el león más enorme se le acercó moviendo la cola manso y alegre, como los perros zalameros, y lamió sus manos. Entonces el desdichado, llamado Androcles, abrazó al animal. El público, boquiabierto, rompió en un clamor. Llamado ante el César, Androcles relató una peripecia asombrosa. Años atrás había huido de su amo, procónsul en África, a causa de sus azotes injustos y diarios. Se refugió en una cueva solitaria, donde al rato vio aparecer a un león que cojeaba, dirigirse hacia él, levantar una pata y extenderla como si pidiera ayuda. Atónito y conmovido, Androcles le arrancó una enorme espina que tenía clavada, extrajo el pus y curó la herida. Convivieron durante tres años hasta que el esclavo fugitivo fue capturado y condenado a muerte. Quiso el azar que entre las fieras que iban a devorarlo estuviera su viejo colega de clandestinidad, que le devolvió el favor. Por petición unánime, los dos amigos fueron indultados y vivieron juntos en Roma, donde la gente prendía flores en la melena del animal, diciendo: “Ese es el león que dio hospedaje al hombre, ese es el hombre que curó al león”.. Cabe preguntarse si, en un cambio del péndulo histórico, tras censurar los cuentos tradicionales, demasiado crueles para la sensibilidad infantil, ahora llega el turno de eliminar las tramas que enseñan a nuestros niños empatía descontrolada. Para los autores que la tildan de pecaminosa, tóxica y suicida —Joe Rigney, Allie Beth Stuckey, Gad Saad—, los peligros son gravísimos. Permitir, en nombre del buen corazón, que la sociedad sufra un chantaje emocional. Capitular ante quienquiera que se presente como víctima. Tomar, rehenes del sentimiento, malas decisiones. Elegir la cómoda opción de ser amables en lugar de firmes. Y, lo peor de todo, dejar que nos manipulen para apoyar políticas colectivas de protección a los frágiles, en su opinión nocivas y despilfarradoras.. Ya advertían las máximas del oráculo de Delfos que nada es bueno en demasía. Todos los rasgos de carácter, incluso los más prestigiosos, pueden volverse asfixiantes, desde el amor a los hijos al afán de tener razón en las tribunas de opinión. Las profesiones que exigen una zambullida en el sufrimiento humano, como la medicina, la enfermería o el trabajo social, requieren herramientas mentales y apoyo para no anegarse y mantenerse capaces de ayudar. Pero hay un salto inmenso entre intentar ejercer mejor la empatía y considerarla una amenaza total. Estos libros, preocupados por su abuso, no parecen inquietarse por su ausencia. Como si lo alarmante no fuese la avaricia, la arrogancia y la violencia, sino nuestra excesiva compasión. Como si los Androcles contemporáneos estuvieran amenazados por los animales lesionados, pero no por los señores procónsules que azotan —o bombardean— a diario.. La pensadora alemana Edith Stein, como Marco Aurelio, creía que “estamos en la tierra al servicio del prójimo”. En su tesis doctoral, dedicada a El problema de la empatía, afirmó que solo a través de los demás podemos expandir las fronteras que limitan nuestro conocimiento del mundo. A la vez, reconocía que ponerse en lugar de otra persona requiere autoconocimiento y humildad: no intentar suplantarla con tu propia memoria y tus deseos, sino entender que cada ser humano es un todo y un centro de gravedad en sí mismo. La vida de Edith —judía, filósofa, feminista, monja carmelita y santa— persiguió esa huidiza sabiduría. Primera doctora en Filosofía en Alemania, reclamó que las mujeres pudieran ser profesoras universitarias. Se convirtió al catolicismo al tiempo que denunciaba el feroz antisemitismo europeo. Enseñó, escribió y, por admiración a santa Teresa, ingresó en la orden del Carmelo. Edith y su hermana fueron arrestadas en 1942 por la Gestapo y llevadas con otros religiosos a dos campos de concentración en los Países Bajos. En el campo de Westerbork coincidió con otra gran mística judía del siglo XX, Etty Hillesum. Esta última registró en su Diario la estampa de aquella monja con una estrella amarilla que rezaba ante el lúgubre frontal de los barracones. Finalmente enviaron a Edith a Auschwitz, donde fue conducida a un barracón “para ducharse”.. Ciertos magnates prometen hoy un futuro resplandeciente en Marte, escoltados por robots y cohetes, cuando la Tierra quede desahuciada. Mientras tanto, rechazan encarnizadamente los avances cotidianos para las personas a su alrededor: insignificancias como mejores condiciones laborales o servicios públicos bien financiados. El dorado porvenir de la especie tiene más glamour que las necesidades de los habitantes de intemperies. El cometido de salvarnos a todos les despierta pasión, pero escasa compasión. Tal vez ahí encontremos la verdadera paradoja de la empatía: puede ser fácil amar a la humanidad, lo difícil es amar al prójimo.. Irene Vallejo es filóloga y escritora, Premio Nacional de Ensayo de 2020 por El infinito en un junco (Siruela).
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