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El Reina Sofía se arrebata

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El Museo enmienda a Borja-Villel y presenta una relectura emocional de medio siglo de arte que incorpora las perspectivas de género y de la contracultura con una colección de 400 obras, más de la mitad de ellas inéditas

  

Solo han pasado cinco años desde la última vez que el Museo Reina Sofía reorganizase su colección y el centro ya ha iniciado una nueva relectura. El director de la institución, Manuel Segade, presentó ayer la primera parte de la nueva colección permanente, que abarca los convulsos y decisivos años desde 1975 hasta el presente, un medio siglo en el que absolutamente todo ha cambiado a la misma velocidad con la que lo hace la museografía: una nueva mirada sobre el arte contemporáneo español «sin líneas rojas» y que «no obedece a un relato personal» y ni siquiera «a un intento de fijar el canon, sino de cuestionarlo». Segade presentó ayer junto al ministro de Cultura, Ernest Urtasun, una reordenación audaz en torno a 400 obras de las que el 64 por ciento son inéditas y que componen el recorrido en tres líneas argumentales en la cuarta planta del edificio Sabatini. Un 36 por ciento de ellas están creadas por mujeres.. La relectura del Reina plantea una «historia afectiva» para los años posteriores a la Transición que se abre con «Documento nº…», de Juan Genovés que comparte espacio con una viñeta de Chumy Chúmez que fue portada de «Hermano Lobo», y la pieza «Hotel», grabada por Iván Zulueta con música de Jota (Los Planetas) en el que se aprecian los últimos coletazos de la represión policial en las calles de Madrid. En este arranque aparece la serie de grabados «Suite Vollard» que sirvieron a Picasso de guía para la obra homónima y que en 1971 fueron objeto de un ataque terrorista reivindicado por los Guerrilleros de Cristo Rey. Arrojaron ácido sobre las obras al considerar a Picasso «marxista, militante del Partido Comunista, antipatriota, proxeneta, homosexual, pornógrafo e hijo ilegítimo (…). Si es necesario otro 18 de julio para salvar a España, estamos dispuestos a ello con todas las circunstancias», reivindicaban los autores. Inmediatamente, la grisura política da paso al color de la contracultura, con piezas como «Asunción gloriosa» de Ocaña, obras de Nazario y Ceesepe y el «Retrato de Carmen Polo» de Las Costus. Aquí se abren camino las portadas de discos de Kaka de Luxe, Gabinete Caligari o Tino Casal. Incluso puede contemplarse un proyecto nunca realizado de una escultura de Richard Serra en honor del alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván que nunca llegó a ejecutarse.. Lenguaje de pandemia. El relato se adentra en la contracultura, en lugares «donde había futuros deseables que ya existían en el pasado aunque no precisamente en lugares de alta cultura», explica Segade. Se trata de la liberación sexual, la aceptación de las identidades no normativas que transforman el arte aunque también se adentran en terrenos como las heroína o el sida. Ahí está «Arrebato» (1979), de Iván Zulueta, en un lugar de excepción con butacas de mini cine para contemplarlo: «estamos ante un lenguaje que ya se está preparando para una pandemia», dice Segade. O el dolor de «En ausencia de Willy» (1988), una fotografía de Alberto García-Alix de la camisa que llevaba su hermano puesta cuando murió de una sobredosis de heroína. «El duelo es una parte principal del arte contemporáneo y de la colección del Reina Sofía. No olvidemos que ‘‘El Guernica’’ es un cuadro de duelo», recuerda Segade. Duelos por el Sida, por ejemplo, como cuenta la dolorosa «Ajuares» (1997) instalación de Pepe Miralles en la que se disponen todos los objetos cotidianos que usaba para cuidar de su amigo Juan Guillermo mientras este esperaba su muerte por las complicaciones del VIH. Una de las incorporaciones más llamativas es una serie inédita de Miquel Barceló, compuesta por una serie de retratos de Hervé Guibert, escritor y crítico de arte, con quien mantuvo una amistad y al que pintó, también, enfermo de sida. «Barceló usó ácidos sobre las pinturas para descomponerla y pudrirla, como le estaba pasando al cuerpo de su amigo», apunta Segade. ¿Quién dijo que el arte contemporáneo no habla de la muerte? «The Wasteland», de Juan Muñoz, nos hace sentir como si llegásemos demasiado tarde a una función de teatro y esperásemos a que empiece una representación de la que pronto descubrimos que nosotros somos los protagonistas. En la nueva reordenación tiene un lugar preferente la escultura contemporánea, desde los 70 en adelante, ámbito en el que España es una potencia que ha influido a creadores de todo el mundo y en el que era necesaria una reivindicación de Juan Navarro Baldeweg, Susana Solano, Cristina Iglesias, Sergi Aguilar, Pepo Agut, Daniel Canogar Ángela de la Cruz y muchos otros.. «Permanente revisable». Y es que lo personal es político, como dice el gran lema del milenio. «La representación genera emociones en sentido político, pero no de izquierda o derecha, sino de comunidad», asegura Segade. El cuerpo femenino se coloca en el centro de la arena pública y suscita reflexiones en una veta que sigue produciendo nuevas creaciones, algunas de las cuales dejan potente testimonio en el último tramo de la muestra: Laia Abril reflexiona en torno a la «cultura de la violación» en «On Rape» (2019). En «Mujeres» (1993) de Pilar Albarracín bien podría haberse hecho ayer: en ella, imágenes de prostitutas de Sevilla aparecen con el marco de un espejo, para reconocerse en ellas. O «Romper el canon» (2021), de Marina Vargas, en el que una mujer que ha sido sometida a una mastectomía alza, desnuda, el puño al cielo reivindicando su poder. Se apuesta, en esta historia afectiva o lectura emocional de mostrar la diversidad sexual en momentos de afirmación, «no de drama como en las noticias».. También el relato de los afrodescendientes emerge en «Y tú, ¿por qué eres negro?» (2024) de Rubén H. Bermúdez. Mientras, el arte del 15-M, que sí formó parte de la anterior reordenación del predecesor de Segade en el cargo, Manuel Borja-Villel, ha salido de esta relectura. Preguntado por la inclusión de estos nuevos discursos, Segade señaló que «el museo no ha hecho que el feminismo sea central en el arte contemporáneo. Es el propio arte el que tiene al feminismo como pauta central. No es que nos hayamos levantado un día por la mañana y de repente nos interesen las presencias sociales afrodescendientes. Es que el arte contemporáneo está trabajando desde ese punto de vista», dijo el director del centro, que recordó que «las colecciones se construyen desde hace generaciones» y las obras que forman parte de la nueva cuarta planta han sido adquiridas en el pasado. En muchos casos, hace bastante tiempo. Segade no mostró preocupación con un eventual cambio político que desmonte esta perspectiva artística. «En absoluto. He trabajado en múltiples ocasiones con gobiernos de derechas que han sido hiper respetuosos con los discursos artísticos, por ejemplo, en el Centro de Arte Dos de Mayo o en el CGAC de Galicia». En cualquier caso, insistió que esta es una colección «permanentemente revisable, como las condenas en nuestro país. Esta es una primera tentativa que tendrá muchas declinaciones en el futuro». En la colección hay ausencias, como la de Jaume Plensa (por no tener la pieza representativa en sus fondos), pero defendió que se reivindique a Cristina Iglesias o Susana Solano como «maestras del arte español que merecen su portada en los libros».. El «informe Ata», la ouija, el museo y el espíritu. Uno de los apartados más curiosos de la nueva planta cuarta de Sabatini hace referencia al propio museo y a la investigación llevada a cabo en los 1992 y 1995 para investigar unos «sucesos extraordinarios» que tenían lugar en el entonces centro de Arte Reina Sofía por la presencia de Ataúlfo, un fantasma que habitaba en el antiguo Hospital General de Madrid y que protagonizaba apariciones y hacía saltar las alarmas, entre otras actuaciones inquietantes. El museo recoge el acta de una «ouija» practicada en el interior de las dependencias del Museo para comunicarse con «Ata» a través de una médium y con quien finalmente lograron contactar. Ata «resultó ser un loco furioso, paciente del hospital, que, según su propia confesión, había asesinado a cinco personas». La médium, sin embargo, logró comunicarse con él, quien manifestó estar satisfecho de que el lugar se hubiera convertido en un museo. No se volvió a saber de Ataúlfo.

 Arte

Solo han pasado cinco años desde la última vez que el Museo Reina Sofía reorganizase su colección y el centro ya ha iniciado una nueva relectura. El director de la institución, Manuel Segade, presentó ayer la primera parte de la nueva colección permanente, que abarca los convulsos y decisivos años desde 1975 hasta el presente, un medio siglo en el que absolutamente todo ha cambiado a la misma velocidad con la que lo hace la museografía: una nueva mirada sobre el arte contemporáneo español «sin líneas rojas» y que «no obedece a un relato personal» y ni siquiera «a un intento de fijar el canon, sino de cuestionarlo». Segade presentó ayer junto al ministro de Cultura, Ernest Urtasun, una reordenación audaz en torno a 400 obras de las que el 64 por ciento son inéditas y que componen el recorrido en tres líneas argumentales en la cuarta planta del edificio Sabatini. Un 36 por ciento de ellas están creadas por mujeres.. La relectura del Reina plantea una «historia afectiva» para los años posteriores a la Transición que se abre con «Documento nº…», de Juan Genovés que comparte espacio con una viñeta de Chumy Chúmez que fue portada de «Hermano Lobo», y la pieza «Hotel», grabada por Iván Zulueta con música de Jota (Los Planetas) en el que se aprecian los últimos coletazos de la represión policial en las calles de Madrid. En este arranque aparece la serie de grabados «Suite Vollard» que sirvieron a Picasso de guía para la obra homónima y que en 1971 fueron objeto de un ataque terrorista reivindicado por los Guerrilleros de Cristo Rey. Arrojaron ácido sobre las obras al considerar a Picasso «marxista, militante del Partido Comunista, antipatriota, proxeneta, homosexual, pornógrafo e hijo ilegítimo (…). Si es necesario otro 18 de julio para salvar a España, estamos dispuestos a ello con todas las circunstancias», reivindicaban los autores. Inmediatamente, la grisura política da paso al color de la contracultura, con piezas como «Asunción gloriosa» de Ocaña, obras de Nazario y Ceesepe y el «Retrato de Carmen Polo» de Las Costus. Aquí se abren camino las portadas de discos de Kaka de Luxe, Gabinete Caligari o Tino Casal. Incluso puede contemplarse un proyecto nunca realizado de una escultura de Richard Serra en honor del alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván que nunca llegó a ejecutarse.. Lenguaje de pandemia. El relato se adentra en la contracultura, en lugares «donde había futuros deseables que ya existían en el pasado aunque no precisamente en lugares de alta cultura», explica Segade. Se trata de la liberación sexual, la aceptación de las identidades no normativas que transforman el arte aunque también se adentran en terrenos como las heroína o el sida. Ahí está «Arrebato» (1979), de Iván Zulueta, en un lugar de excepción con butacas de mini cine para contemplarlo: «estamos ante un lenguaje que ya se está preparando para una pandemia», dice Segade. O el dolor de «En ausencia de Willy» (1988), una fotografía de Alberto García-Alix de la camisa que llevaba su hermano puesta cuando murió de una sobredosis de heroína. «El duelo es una parte principal del arte contemporáneo y de la colección del Reina Sofía. No olvidemos que ‘‘El Guernica’’ es un cuadro de duelo», recuerda Segade. Duelos por el Sida, por ejemplo, como cuenta la dolorosa «Ajuares» (1997) instalación de Pepe Miralles en la que se disponen todos los objetos cotidianos que usaba para cuidar de su amigo Juan Guillermo mientras este esperaba su muerte por las complicaciones del VIH. Una de las incorporaciones más llamativas es una serie inédita de Miquel Barceló, compuesta por una serie de retratos de Hervé Guibert, escritor y crítico de arte, con quien mantuvo una amistad y al que pintó, también, enfermo de sida. «Barceló usó ácidos sobre las pinturas para descomponerla y pudrirla, como le estaba pasando al cuerpo de su amigo», apunta Segade. ¿Quién dijo que el arte contemporáneo no habla de la muerte? «The Wasteland», de Juan Muñoz, nos hace sentir como si llegásemos demasiado tarde a una función de teatro y esperásemos a que empiece una representación de la que pronto descubrimos que nosotros somos los protagonistas. En la nueva reordenación tiene un lugar preferente la escultura contemporánea, desde los 70 en adelante, ámbito en el que España es una potencia que ha influido a creadores de todo el mundo y en el que era necesaria una reivindicación de Juan Navarro Baldeweg, Susana Solano, Cristina Iglesias, Sergi Aguilar, Pepo Agut, Daniel Canogar Ángela de la Cruz y muchos otros.. «Permanente revisable». Y es que lo personal es político, como dice el gran lema del milenio. «La representación genera emociones en sentido político, pero no de izquierda o derecha, sino de comunidad», asegura Segade. El cuerpo femenino se coloca en el centro de la arena pública y suscita reflexiones en una veta que sigue produciendo nuevas creaciones, algunas de las cuales dejan potente testimonio en el último tramo de la muestra: Laia Abril reflexiona en torno a la «cultura de la violación» en «On Rape» (2019). En «Mujeres» (1993) de Pilar Albarracín bien podría haberse hecho ayer: en ella, imágenes de prostitutas de Sevilla aparecen con el marco de un espejo, para reconocerse en ellas. O «Romper el canon» (2021), de Marina Vargas, en el que una mujer que ha sido sometida a una mastectomía alza, desnuda, el puño al cielo reivindicando su poder. Se apuesta, en esta historia afectiva o lectura emocional de mostrar la diversidad sexual en momentos de afirmación, «no de drama como en las noticias».. También el relato de los afrodescendientes emerge en «Y tú, ¿por qué eres negro?» (2024) de Rubén H. Bermúdez. Mientras, el arte del 15-M, que sí formó parte de la anterior reordenación del predecesor de Segade en el cargo, Manuel Borja-Villel, ha salido de esta relectura. Preguntado por la inclusión de estos nuevos discursos, Segade señaló que «el museo no ha hecho que el feminismo sea central en el arte contemporáneo. Es el propio arte el que tiene al feminismo como pauta central. No es que nos hayamos levantado un día por la mañana y de repente nos interesen las presencias sociales afrodescendientes. Es que el arte contemporáneo está trabajando desde ese punto de vista», dijo el director del centro, que recordó que «las colecciones se construyen desde hace generaciones» y las obras que forman parte de la nueva cuarta planta han sido adquiridas en el pasado. En muchos casos, hace bastante tiempo. Segade no mostró preocupación con un eventual cambio político que desmonte esta perspectiva artística. «En absoluto. He trabajado en múltiples ocasiones con gobiernos de derechas que han sido hiper respetuosos con los discursos artísticos, por ejemplo, en el Centro de Arte Dos de Mayo o en el CGAC de Galicia». En cualquier caso, insistió que esta es una colección «permanentemente revisable, como las condenas en nuestro país. Esta es una primera tentativa que tendrá muchas declinaciones en el futuro». En la colección hay ausencias, como la de Jaume Plensa (por no tener la pieza representativa en sus fondos), pero defendió que se reivindique a Cristina Iglesias o Susana Solano como «maestras del arte español que merecen su portada en los libros».. El «informe Ata», la ouija, el museo y el espíritu. ►Uno de los apartados más curiosos de la nueva planta cuarta de Sabatini hace referencia al propio museo y a la investigación llevada a cabo en los 1992 y 1995 para investigar unos «sucesos extraordinarios» que tenían lugar en el entonces centro de Arte Reina Sofía por la presencia de Ataúlfo, un fantasma que habitaba en el antiguo Hospital General de Madrid y que protagonizaba apariciones y hacía saltar las alarmas, entre otras actuaciones inquietantes. El museo recoge el acta de una «ouija» practicada en el interior de las dependencias del Museo para comunicarse con «Ata» a través de una médium y con quien finalmente lograron contactar. Ata «resultó ser un loco furioso, paciente del hospital, que, según su propia confesión, había asesinado a cinco personas». La médium, sin embargo, logró comunicarse con él, quien manifestó estar satisfecho de que el lugar se hubiera convertido en un museo. No se volvió a saber de Ataúlfo.

 

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