Hubo un tiempo en que viajar era una hazaña. No había trenes, ni mapas digitales, ni redes sociales donde dejar constancia del paso por un lugar remoto. En el siglo IV, desplazarse miles de kilómetros suponía atravesar caminos inseguros, dormir a la intemperie y exponerse a asaltos y enfermedades. Y, sin embargo, una mujer nacida en la antigua Gallaecia se lanzó a la aventura y dejó por escrito una crónica detallada de su periplo. Se llamaba Egeria.. Originaria, posiblemente, de la provincia romana de Gallaecia, esta dama noble emprendió entre los años 381 y 384 una larga peregrinación a los Santos Lugares recién “descubiertos” por Santa Helena, madre del emperador Constantino. Durante tres años recorrió el Mediterráneo oriental, visitó Jerusalén, el Sinaí y diversos enclaves de la Mesopotamia romana, y relató sus vivencias en una serie de cartas dirigidas a sus “dominae et sorores”, sus señoras y hermanas en Hispania.. Hoy es considerada la primera viajera y escritora hispana de la que se tiene noticia.. Una gallega en los confines del Imperio. De Egeria se conocen pocos datos biográficos. Todo lo que sabemos procede de su propio relato. Se la ha identificado con diversos nombres —Eteria, Aetheria o Etheria—, pero Egeria es el que ha prevalecido. Los estudiosos sitúan su origen en la Gallaecia romana e incluso han especulado con la posibilidad de que procediera de la comarca de El Bierzo.. Pertenecía, con toda probabilidad, a una familia aristocrática. Era una mujer culta —con conocimientos de griego, literatura y geografía— y profundamente religiosa. Esa posición social le permitió viajar con cierta seguridad en una época en la que desplazarse era una actividad esencialmente masculina y peligrosa para cualquier mujer.. Ella misma se definía como una persona de “ilimitada curiosidad”. Ese afán por conocer fue el motor de un viaje que no solo respondía a la devoción cristiana emergente tras el reconocimiento oficial del cristianismo como religión del Imperio, sino también a un deseo genuino de aprendizaje y descubrimiento.. El contexto de una fe en expansión. Una generación antes, Santa Helena había peregrinado a Jerusalén y promovido la identificación de los lugares vinculados a la vida de Jesús. A partir de entonces, Tierra Santa se convirtió en destino de creyentes que querían caminar sobre los pasos del Evangelio.. Egeria formó parte de esa corriente de peregrinación que, a finales del siglo IV, se consolidó como práctica devocional. Pero su aportación fue mucho más allá del acto religioso. En su Itinerarium detalló minuciosamente los lugares visitados, las ceremonias litúrgicas en Jerusalén, la vida monástica en Egipto y Palestina y los encuentros con obispos y comunidades cristianas.. Su testimonio constituye hoy una fuente esencial para comprender la geografía sagrada y la práctica litúrgica del cristianismo primitivo.. Miles de kilómetros. El recorrido de Egeria fue tan ambicioso como arriesgado. Desde Gallaecia avanzó hacia los Pirineos y tomó la Vía Domitia, una de las rutas más seguras hacia Italia. Cruzó el Ródano, atravesó la península itálica y embarcó hacia Constantinopla, capital de la pars orientis del Imperio.. Desde allí continuó hasta Jerusalén, donde permaneció varios meses. Visitó Samaria y Galilea, se adentró en el desierto de la Tebaida para conocer a monjes y anacoretas, ascendió al Monte Sinaí y recorrió enclaves como Pharan o Clysma. Posteriormente regresó a Jerusalén para celebrar la Pascua y, en su camino de vuelta, dio un rodeo por Mesopotamia, pasando una temporada en Edesa e intentando llegar a Harán en busca de las huellas de Abraham.. La última carta conservada revela su intención de continuar hacia Asia Menor. Nunca se supo con certeza si logró regresar a Hispania. Sus palabras finales, dirigidas a sus hermanas, dejan entrever la posibilidad de que no volviera: pedía que la recordaran “tanto si continúo dentro de mi cuerpo como si, por fin, lo hubiere abandonado”.. Manuscrito olvidado durante siglos. El relato de Egeria no fue redescubierto hasta 1884, cuando el erudito G. F. Gamurrini halló en la biblioteca del convento de Santa María de Arezzo, en Italia, un códice medieval incompleto. En un primer momento fue atribuido erróneamente a otra autora, pero investigaciones posteriores —incluida una carta del abad Valerio del siglo VII en la que se elogia a la “bienaventurada Egeria”— permitieron confirmar su autoría.. El manuscrito, copiado probablemente en el siglo XI en el monasterio de Montecasino, está escrito en latín vulgar, con un estilo sencillo y fresco. Aunque carece de refinamiento literario, constituye un testimonio lingüístico excepcional sobre el latín hablado por la aristocracia hispanorromana.. Sin proponérselo, Egeria inauguró un género: la literatura de viajes medieval. Por ello, en la Historia de España dirigida por Menéndez Pidal se afirma que debe colocarse “con todo derecho al frente de las escritoras españolas”.
Aristócrata de la antigua Gallaecia, recorrió durante tres años los Santos Lugares y dejó un testimonio único
Hubo un tiempo en que viajar era una hazaña. No había trenes, ni mapas digitales, ni redes sociales donde dejar constancia del paso por un lugar remoto. En el siglo IV, desplazarse miles de kilómetros suponía atravesar caminos inseguros, dormir a la intemperie y exponerse a asaltos y enfermedades. Y, sin embargo, una mujer nacida en la antigua Gallaecia se lanzó a la aventura y dejó por escrito una crónica detallada de su periplo. Se llamaba Egeria.. Originaria, posiblemente, de la provincia romana de Gallaecia, esta dama noble emprendió entre los años 381 y 384 una larga peregrinación a los Santos Lugares recién “descubiertos” por Santa Helena, madre del emperador Constantino. Durante tres años recorrió el Mediterráneo oriental, visitó Jerusalén, el Sinaí y diversos enclaves de la Mesopotamia romana, y relató sus vivencias en una serie de cartas dirigidas a sus “dominae et sorores”, sus señoras y hermanas en Hispania.. Hoy es considerada la primera viajera y escritora hispana de la que se tiene noticia.. Una gallega en los confines del Imperio. De Egeria se conocen pocos datos biográficos. Todo lo que sabemos procede de su propio relato. Se la ha identificado con diversos nombres —Eteria, Aetheria o Etheria—, pero Egeria es el que ha prevalecido. Los estudiosos sitúan su origen en la Gallaecia romana e incluso han especulado con la posibilidad de que procediera de la comarca de El Bierzo.. Pertenecía, con toda probabilidad, a una familia aristocrática. Era una mujer culta —con conocimientos de griego, literatura y geografía— y profundamente religiosa. Esa posición social le permitió viajar con cierta seguridad en una época en la que desplazarse era una actividad esencialmente masculina y peligrosa para cualquier mujer.. Ella misma se definía como una persona de “ilimitada curiosidad”. Ese afán por conocer fue el motor de un viaje que no solo respondía a la devoción cristiana emergente tras el reconocimiento oficial del cristianismo como religión del Imperio, sino también a un deseo genuino de aprendizaje y descubrimiento.. El contexto de una fe en expansión. Una generación antes, Santa Helena había peregrinado a Jerusalén y promovido la identificación de los lugares vinculados a la vida de Jesús. A partir de entonces, Tierra Santa se convirtió en destino de creyentes que querían caminar sobre los pasos del Evangelio.. Egeria formó parte de esa corriente de peregrinación que, a finales del siglo IV, se consolidó como práctica devocional. Pero su aportación fue mucho más allá del acto religioso. En su Itinerarium detalló minuciosamente los lugares visitados, las ceremonias litúrgicas en Jerusalén, la vida monástica en Egipto y Palestina y los encuentros con obispos y comunidades cristianas.. Su testimonio constituye hoy una fuente esencial para comprender la geografía sagrada y la práctica litúrgica del cristianismo primitivo.. Miles de kilómetros. El recorrido de Egeria fue tan ambicioso como arriesgado. Desde Gallaecia avanzó hacia los Pirineos y tomó la Vía Domitia, una de las rutas más seguras hacia Italia. Cruzó el Ródano, atravesó la península itálica y embarcó hacia Constantinopla, capital de la pars orientis del Imperio.. Desde allí continuó hasta Jerusalén, donde permaneció varios meses. Visitó Samaria y Galilea, se adentró en el desierto de la Tebaida para conocer a monjes y anacoretas, ascendió al Monte Sinaí y recorrió enclaves como Pharan o Clysma. Posteriormente regresó a Jerusalén para celebrar la Pascua y, en su camino de vuelta, dio un rodeo por Mesopotamia, pasando una temporada en Edesa e intentando llegar a Harán en busca de las huellas de Abraham.. La última carta conservada revela su intención de continuar hacia Asia Menor. Nunca se supo con certeza si logró regresar a Hispania. Sus palabras finales, dirigidas a sus hermanas, dejan entrever la posibilidad de que no volviera: pedía que la recordaran “tanto si continúo dentro de mi cuerpo como si, por fin, lo hubiere abandonado”.. Manuscrito olvidado durante siglos. El relato de Egeria no fue redescubierto hasta 1884, cuando el erudito G. F. Gamurrini halló en la biblioteca del convento de Santa María de Arezzo, en Italia, un códice medieval incompleto. En un primer momento fue atribuido erróneamente a otra autora, pero investigaciones posteriores —incluida una carta del abad Valerio del siglo VII en la que se elogia a la “bienaventurada Egeria”— permitieron confirmar su autoría.. El manuscrito, copiado probablemente en el siglo XI en el monasterio de Montecasino, está escrito en latín vulgar, con un estilo sencillo y fresco. Aunque carece de refinamiento literario, constituye un testimonio lingüístico excepcional sobre el latín hablado por la aristocracia hispanorromana.. Sin proponérselo, Egeria inauguró un género: la literatura de viajes medieval. Por ello, en la Historia de España dirigida por Menéndez Pidal se afirma que debe colocarse “con todo derecho al frente de las escritoras españolas”.
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