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  España  Andalucía  Santos condenados y guerreros sin gloria
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Santos condenados y guerreros sin gloria

14 de febrero de 2026
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Son numerosísimas las reflexiones que autores de todas las épocas y de toda condición han dejado sobre la agricultura, y casi todas, elogiosas. Jenofonte la encomiaba como la mejor ocupación posible para el hombre honorable y Cicerón, como el oficio más digno del hombre libre. Para Rousseau, la agricultura era la primera y más respetable de todas las artes. En cambio, ya en España, escribía Benito Pérez Galdós de nuestros agricultores, en particular de los castellanos, lo que el título de la tribuna, a saber, que a pesar de su importante labor, arrastraban vidas de penuria que a nadie conmovían y que a nadie interesaba mejorar. Más de un siglo después el maltrato a nuestra agricultura persiste. Denunciarlo no supone, desde luego, minimizar sus deficiencias o justificar sus malas actuaciones. Porque existen y debemos subsanarlas. Por poner el caso, buena parte de nuestras aguas, tanto las superficiales como las subterráneas, están contaminadas por fertilizantes y plaguicidas, consecuencia de un uso poco responsable de productos que, siendo necesarios para la actividad agrícola, deben emplearse en su justa medida y a ser posible, sustituirse por otros menos agresivos para el medioambiente. Del mismo modo, seguimos dedicando demasiado suelo agrícola a cultivos deficitarios o mal aclimatados a un entorno cada vez más árido debido al calentamiento global. No solo hay que evitar, por tanto, que nuestras aguas se contaminen, sino gestionarlas más eficientemente. Así, es imprescindible sembrar especies mejor adaptadas a la aridez y a las altas temperaturas, y apostar de forma generalizada por técnicas de riego como el goteo. Y, sobre todo, en un país sujeto a ciclos recurrentes de sequía y con una distribución enormemente desigual de las precipitaciones, lo que hace falta es una genuina política nacional del agua, que regule la distribución de los recursos hídricos y que no permita, por ejemplo, que el Ebro vierta cada año miles de hectómetros cúbicos al Mediterráneo porque haya quien dice sentirse ofendido por los decretos de Nueva Planta.. A pesar de todo lo anterior, sí, sin duda: condenados y sin gloria. El número de quienes se dedican a la agricultura no cesa de bajar. También lo hace el de explotaciones agrarias, y hasta el de hectáreas cultivadas, y no solo porque haya menos agricultores, sino a causa de una creciente concentración parcelaria, que está dejando el campo en manos de unos pocos productores. Esta tendencia no tendría que ser necesariamente mala, si supusiera una gestión más eficaz de los recursos y una optimización de los cultivos, que permitiese bajar los precios de venta al público manteniendo al mismo tiempo los beneficios de quienes trabajan el campo. Sin embargo, se explica más frecuentemente por un incremento de las prácticas monopolísticas por parte tanto de las grandes empresas agroalimentarias, que compran en origen a precios irrisorios, como de los conglomerados industriales, que controlan el mercado de semillas, fitosanitarios y fertilizantes. Añadamos otras inercias no menos lesivas para el campo español, como el aumento de las importaciones de productos agrícolas de terceros países (especialmente de los extracomunitarios), la compleja y costosa (tanto en términos de tiempo como de dinero) normativa que deben respetar nuestros agricultores (que no se aplica con igual rigor a los productos importados) y lo sacrificado del trabajo en el campo, que sumado al desprestigio social que parece tener hoy cualquier actividad que no esté ligada al sector servicios (y, en general, cualquier trabajo manual), explica que cada vez menos jóvenes quieran dedicarse a la agricultura. Para empeorarlo todo, el campo ha optado, de forma generalizada, por emplear mano de obra inmigrante sin cualificación alguna para la realización de casi todas sus labores, cuando una alternativa con más futuro y con menor coste social a largo plazo sería potenciar más la mecanización de las actividades agrícolas. Mas como ocurre con casi todas las políticas en nuestro país (desde la industrial a la educativa), también el campo se aviene a un miope cortoplacismo, de modo que prefiere el beneficio rápido que procuran los inmigrantes, los fertilizantes químicos y los cultivos de moda, a una autosuficiencia respetuosa con el medioambiente, basada, en particular, en pequeñas explotaciones que cultiven variedades locales con métodos ecológicos y eficientes (como la hidroponía), y que suministren sus productos directamente a los consumidores locales. Un botón de muestra: en los últimos años ha crecido notablemente en España la superficie dedicada a frutales, pero han mermado de un modo no menos sustancial los invernaderos y las huertas. A corto plazo, la fruta puede proporcionar más beneficios, sobre todo si se cultivan especies exóticas. Sin embargo, los invernaderos permiten optimizar el uso del agua, los nutrientes y los fitosanitarios, puesto que se aplican de forma localizada y se minimizan sus pérdidas merced a la cubierta que protege los cultivos (los plásticos, ciertamente contaminantes, pueden reciclarse e idealmente, sustituirse por materiales biodegradables). En lo que concierne a las huertas, representan una fuente de productos vegetales variados que es, a un tiempo, cercana al consumidor, medioambientalmente respetuosa (por su composición diversa y su integración más armónica en el paisaje) y funcional durante casi todo el año (también a causa de su variedad). De hecho, se trata, a buen seguro, del tipo de explotación que permite a los pequeños agricultores ganar autonomía frente a las grandes corporaciones. Todo lo anterior no es una visión quimérica de la agricultura, sino un conjunto de actuaciones concretas que casan con los objetivos del tan cacareado Pacto Verde Europeo, el cual pretende conseguir que la Unión Europea produzca alimentos a un precio asequible, de un modo sostenible y buscando la autosuficiencia. Para terminar, agreguemos a esta ya larga lista de problemas el escaso valor económico que la agricultura tiene en el primer mundo. Así, el sector agrícola español solo genera el 3% de nuestro producto interior bruto (y la totalidad del sector agroalimentario apenas supera el 10%). No debe de extrañar, por consiguiente, que nos preocupe más atender, en bares y hoteles, a los turistas que nos visitan, que el estado de nuestros campos. Las cosas a nivel europeo no son demasiado diferentes, solo que a nuestros vecinos es su industria o su tecnología lo que más les interesa. Todo lo anterior debería ayudar a entender por qué se ha firmado un acuerdo tan perjudicial para la agricultura europea como el suscrito recientemente con Mercosur. Dejando al margen que importaremos productos de peor calidad, cultivados sin los estándares sanitarios y medioambientales (y hasta laborales) que exigimos a los nuestros, y a cambio de que se degraden aún más importantes biomas sudamericanos (como la selva tropical o la sabana arbolada), este acuerdo solo se entiende porque los europeos (especialmente las grandes potencias industriales, como Alemania) preferimos ganar más dinero vendiéndoles automóviles a los sudamericanos a cambio de sus productos agrícolas que cultivar por nosotros mismos, de un modo respetuoso con el medioambiente y con las personas, los vegetales que precisamos. Y es que, en el fondo, se trata, como casi siempre, de un problema de actitudes… y de valores.. Lograr la autosuficiencia agrícola no es una tarea imposible. Bastaría con adoptar unas pocas medidas básicas: ayudar financiera y administrativamente a las pequeñas explotaciones (a cambio de que practiquen una agricultura más ecológica y más deudora de las variedades locales); restringir la cuota de mercado de las grandes corporaciones agroalimentarias, controlando, sobre todo, el «dumping» que suelen ejercer (de modo que se las obligue a pagar precios dignos en origen); y favorecer el consumo de proximidad, limitando al mismo tiempo, las importaciones de productos extranjeros (especialmente por parte de empresas nacionales). Claro que nada de lo anterior servirá de gran cosa si nosotros, los consumidores, no cambiamos nuestra manera de comprar, porque en una economía de mercado, es el juego de la oferta y la demanda el que, a la postre, lo determina casi todo. Un primer paso de lo que es, sin duda, un largo camino: dejar en la balda del supermercado el envase con tomates traídos de ultramar y comprárselos al agricultor de nuestro pueblo… o aún mejor, cultivarlos con nuestras propias manos. Porque, en realidad, y como dejó escrito el famoso agrónomo japonés Masanobu Fukuoka en su libro «La revolución de una brizna de paja», el verdadero objetivo de la agricultura no es el cultivo de las plantas, sino el del propio ser humano.

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«Buena parte de nuestras aguas están contaminadas por fertilizantes y plaguicidas»

  

Son numerosísimas las reflexiones que autores de todas las épocas y de toda condición han dejado sobre la agricultura, y casi todas, elogiosas. Jenofonte la encomiaba como la mejor ocupación posible para el hombre honorable y Cicerón, como el oficio más digno del hombre libre. Para Rousseau, la agricultura era la primera y más respetable de todas las artes. En cambio, ya en España, escribía Benito Pérez Galdós de nuestros agricultores, en particular de los castellanos, lo que el título de la tribuna, a saber, que a pesar de su importante labor, arrastraban vidas de penuria que a nadie conmovían y que a nadie interesaba mejorar. Más de un siglo después el maltrato a nuestra agricultura persiste. Denunciarlo no supone, desde luego, minimizar sus deficiencias o justificar sus malas actuaciones. Porque existen y debemos subsanarlas. Por poner el caso, buena parte de nuestras aguas, tanto las superficiales como las subterráneas, están contaminadas por fertilizantes y plaguicidas, consecuencia de un uso poco responsable de productos que, siendo necesarios para la actividad agrícola, deben emplearse en su justa medida y a ser posible, sustituirse por otros menos agresivos para el medioambiente. Del mismo modo, seguimos dedicando demasiado suelo agrícola a cultivos deficitarios o mal aclimatados a un entorno cada vez más árido debido al calentamiento global. No solo hay que evitar, por tanto, que nuestras aguas se contaminen, sino gestionarlas más eficientemente. Así, es imprescindible sembrar especies mejor adaptadas a la aridez y a las altas temperaturas, y apostar de forma generalizada por técnicas de riego como el goteo. Y, sobre todo, en un país sujeto a ciclos recurrentes de sequía y con una distribución enormemente desigual de las precipitaciones, lo que hace falta es una genuina política nacional del agua, que regule la distribución de los recursos hídricos y que no permita, por ejemplo, que el Ebro vierta cada año miles de hectómetros cúbicos al Mediterráneo porque haya quien dice sentirse ofendido por los decretos de Nueva Planta.. A pesar de todo lo anterior, sí, sin duda: condenados y sin gloria. El número de quienes se dedican a la agricultura no cesa de bajar. También lo hace el de explotaciones agrarias, y hasta el de hectáreas cultivadas, y no solo porque haya menos agricultores, sino a causa de una creciente concentración parcelaria, que está dejando el campo en manos de unos pocos productores. Esta tendencia no tendría que ser necesariamente mala, si supusiera una gestión más eficaz de los recursos y una optimización de los cultivos, que permitiese bajar los precios de venta al público manteniendo al mismo tiempo los beneficios de quienes trabajan el campo. Sin embargo, se explica más frecuentemente por un incremento de las prácticas monopolísticas por parte tanto de las grandes empresas agroalimentarias, que compran en origen a precios irrisorios, como de los conglomerados industriales, que controlan el mercado de semillas, fitosanitarios y fertilizantes. Añadamos otras inercias no menos lesivas para el campo español, como el aumento de las importaciones de productos agrícolas de terceros países (especialmente de los extracomunitarios), la compleja y costosa (tanto en términos de tiempo como de dinero) normativa que deben respetar nuestros agricultores (que no se aplica con igual rigor a los productos importados) y lo sacrificado del trabajo en el campo, que sumado al desprestigio social que parece tener hoy cualquier actividad que no esté ligada al sector servicios (y, en general, cualquier trabajo manual), explica que cada vez menos jóvenes quieran dedicarse a la agricultura. Para empeorarlo todo, el campo ha optado, de forma generalizada, por emplear mano de obra inmigrante sin cualificación alguna para la realización de casi todas sus labores, cuando una alternativa con más futuro y con menor coste social a largo plazo sería potenciar más la mecanización de las actividades agrícolas. Mas como ocurre con casi todas las políticas en nuestro país (desde la industrial a la educativa), también el campo se aviene a un miope cortoplacismo, de modo que prefiere el beneficio rápido que procuran los inmigrantes, los fertilizantes químicos y los cultivos de moda, a una autosuficiencia respetuosa con el medioambiente, basada, en particular, en pequeñas explotaciones que cultiven variedades locales con métodos ecológicos y eficientes (como la hidroponía), y que suministren sus productos directamente a los consumidores locales. Un botón de muestra: en los últimos años ha crecido notablemente en España la superficie dedicada a frutales, pero han mermado de un modo no menos sustancial los invernaderos y las huertas. A corto plazo, la fruta puede proporcionar más beneficios, sobre todo si se cultivan especies exóticas. Sin embargo, los invernaderos permiten optimizar el uso del agua, los nutrientes y los fitosanitarios, puesto que se aplican de forma localizada y se minimizan sus pérdidas merced a la cubierta que protege los cultivos (los plásticos, ciertamente contaminantes, pueden reciclarse e idealmente, sustituirse por materiales biodegradables). En lo que concierne a las huertas, representan una fuente de productos vegetales variados que es, a un tiempo, cercana al consumidor, medioambientalmente respetuosa (por su composición diversa y su integración más armónica en el paisaje) y funcional durante casi todo el año (también a causa de su variedad). De hecho, se trata, a buen seguro, del tipo de explotación que permite a los pequeños agricultores ganar autonomía frente a las grandes corporaciones. Todo lo anterior no es una visión quimérica de la agricultura, sino un conjunto de actuaciones concretas que casan con los objetivos del tan cacareado Pacto Verde Europeo, el cual pretende conseguir que la Unión Europea produzca alimentos a un precio asequible, de un modo sostenible y buscando la autosuficiencia. Para terminar, agreguemos a esta ya larga lista de problemas el escaso valor económico que la agricultura tiene en el primer mundo. Así, el sector agrícola español solo genera el 3% de nuestro producto interior bruto (y la totalidad del sector agroalimentario apenas supera el 10%). No debe de extrañar, por consiguiente, que nos preocupe más atender, en bares y hoteles, a los turistas que nos visitan, que el estado de nuestros campos. Las cosas a nivel europeo no son demasiado diferentes, solo que a nuestros vecinos es su industria o su tecnología lo que más les interesa. Todo lo anterior debería ayudar a entender por qué se ha firmado un acuerdo tan perjudicial para la agricultura europea como el suscrito recientemente con Mercosur. Dejando al margen que importaremos productos de peor calidad, cultivados sin los estándares sanitarios y medioambientales (y hasta laborales) que exigimos a los nuestros, y a cambio de que se degraden aún más importantes biomas sudamericanos (como la selva tropical o la sabana arbolada), este acuerdo solo se entiende porque los europeos (especialmente las grandes potencias industriales, como Alemania) preferimos ganar más dinero vendiéndoles automóviles a los sudamericanos a cambio de sus productos agrícolas que cultivar por nosotros mismos, de un modo respetuoso con el medioambiente y con las personas, los vegetales que precisamos. Y es que, en el fondo, se trata, como casi siempre, de un problema de actitudes… y de valores.. Lograr la autosuficiencia agrícola no es una tarea imposible. Bastaría con adoptar unas pocas medidas básicas: ayudar financiera y administrativamente a las pequeñas explotaciones (a cambio de que practiquen una agricultura más ecológica y más deudora de las variedades locales); restringir la cuota de mercado de las grandes corporaciones agroalimentarias, controlando, sobre todo, el «dumping» que suelen ejercer (de modo que se las obligue a pagar precios dignos en origen); y favorecer el consumo de proximidad, limitando al mismo tiempo, las importaciones de productos extranjeros (especialmente por parte de empresas nacionales). Claro que nada de lo anterior servirá de gran cosa si nosotros, los consumidores, no cambiamos nuestra manera de comprar, porque en una economía de mercado, es el juego de la oferta y la demanda el que, a la postre, lo determina casi todo. Un primer paso de lo que es, sin duda, un largo camino: dejar en la balda del supermercado el envase con tomates traídos de ultramar y comprárselos al agricultor de nuestro pueblo… o aún mejor, cultivarlos con nuestras propias manos. Porque, en realidad, y como dejó escrito el famoso agrónomo japonés Masanobu Fukuoka en su libro «La revolución de una brizna de paja», el verdadero objetivo de la agricultura no es el cultivo de las plantas, sino el del propio ser humano.

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