El violonchelo es popularmente conocido por ser el instrumento más cercano a la voz humana, por su registro y su capacidad de expresar la proporción entre emoción y forma. Y algo de esa idea atravesó el programa que la Orquesta de València presentó en la Sala Iturbi, con obras de Elgar, Walton y Beethoven, bajo la dirección de Paul McCreesh y con Steven Isserlis como solista.. La sala ofrecía un lleno casi completo, con un público atento desde el inicio. La orquesta adoptó una disposición antifonal de las cuerdas, con violines primeros y segundos enfrentados, estos últimos situados a la derecha del director. Esta configuración permite, sin duda, una mayor claridad el diálogo entre secciones y la arquitectura interna del discurso, especialmente en Elgar y Beethoven, donde la escritura de la cuerda articula buena parte del tejido musical.. McCreesh dirigió de memoria, con gesto comedido cuando tocaba, atento al fraseo y al equilibrio de planos. Su dirección evita la retórica excesiva y se orienta hacia una concepción orgánica del discurso, en la que la tensión se construye desde la continuidad más que desde el contraste.. La Serenata para cuerdas de Edward Elgar, compuesta en 1892, abrió la velada con una lectura que puso el foco en su carácter lírico. Obra temprana del compositor, anticipa rasgos esenciales de su lenguaje: nobleza melódica y cuidado del color tímbrico. La cuerda funcionó con empaste homogéneo y claridad en las voces intermedias, así como por la calidad del fraseo.. Tras esta, la aparición de Steven Isserlis generó cierta expectación, prolongada por unos segundos de espera que intensificaron la atención del público. El violonchelista británico toca un Stradivarius datado en 1726, aunque el interés de su interpretación residió menos en la nobleza del instrumento que en la manera de construir el sonido. Y si la primera obra del programa pertenecía a la juventud del compositor, el concierto para violonchelo de William Walton, compuesto entre 1955 y 1956, se sitúa en una etapa tardía, inscrita en una estética más introspectiva que la tradición romántica. Walton plantea un diálogo continuo entre solista y orquesta, con una orquestación refinada en la que destacan celesta, arpa y vibráfono.. En el Moderato inicial, Isserlis desplegó vibratos intensos, pero con un sonido controlado y flexible. La línea melódica, sinuosa y ambigua, evoca un lirismo moderno que el solista incorpora sin mayor dificultad, con resonancias que recordaban a Stravinski o incluso a un Prokófiev reservado.. El Allegro appassionato puso de relieve la complicidad entre solista y orquesta, con una cierta sensación de unidad gracias a los arcos amplios, la articulación precisa y a la implicación física del intérprete. El sonido, a veces deliberadamente velado en las dobles cuerdas, mantuvo agilidad. Pizzicati, col legno, armónicos y cambios dinámicos se integraron en una escritura de ritmos inestables donde, sin embargo, cada elemento parecía ocupar su lugar exacto.. El movimiento final, concebido como una serie de variaciones libres, concentró la mayor tensión expresiva. Las cadenzas del violonchelo alcanzaron un alto grado de intensidad, sostenidas por una orquesta especialmente atenta. Todo ello condujo, como no podía ser de otra manera, a un aplauso prolongado. Isserlis respondió inclinando el violonchelo a modo de saludo y con un bis bastante contrastante con el concierto: Tchonguri, de Sulkhan Tsintsadze.. Tras el descanso, la Sinfonía n.º 3 de Beethoven, compuesta en 1803-1804, marcó el punto culminante de la velada. Obra fundamental en la evolución del género sinfónico, amplía la forma clásica y redefine el concepto de heroísmo musical. El Allegro con brio se desarrolló con impulso continuo y buena compenetración entre secciones, al que le siguió una Marcha fúnebre de carácter, con solos de maderas especialmente limpios, como los de oboe y flauta. El Scherzo constituyó uno de los momentos más sólidos de la interpretación, con spiccati precisos en las cuerdas y solos de trompa integradas con naturalidad. La orquesta afrontó el Finale con un ímpetu inicial algo apresurado, pero pronto lograría asentarse y construir un discurso coherente con el ideario expresivo del maestro de Bonn.
Steven Isserlis, violonchelo. Orquesta de València. Paul McCreesh, director. Palau de la Música de Valencia, Sala Iturbi. 24 de enero de 2026.
El violonchelo es popularmente conocido por ser el instrumento más cercano a la voz humana, por su registro y su capacidad de expresar la proporción entre emoción y forma. Y algo de esa idea atravesó el programa que la Orquesta de València presentó en la Sala Iturbi, con obras de Elgar, Walton y Beethoven, bajo la dirección de Paul McCreesh y con Steven Isserlis como solista.. La sala ofrecía un lleno casi completo, con un público atento desde el inicio. La orquesta adoptó una disposición antifonal de las cuerdas, con violines primeros y segundos enfrentados, estos últimos situados a la derecha del director. Esta configuración permite, sin duda, una mayor claridad el diálogo entre secciones y la arquitectura interna del discurso, especialmente en Elgar y Beethoven, donde la escritura de la cuerda articula buena parte del tejido musical.. McCreesh dirigió de memoria, con gesto comedido cuando tocaba, atento al fraseo y al equilibrio de planos. Su dirección evita la retórica excesiva y se orienta hacia una concepción orgánica del discurso, en la que la tensión se construye desde la continuidad más que desde el contraste.. La Serenata para cuerdas de Edward Elgar, compuesta en 1892, abrió la velada con una lectura que puso el foco en su carácter lírico. Obra temprana del compositor, anticipa rasgos esenciales de su lenguaje: nobleza melódica y cuidado del color tímbrico. La cuerda funcionó con empaste homogéneo y claridad en las voces intermedias, así como por la calidad del fraseo.. Tras esta, la aparición de Steven Isserlis generó cierta expectación, prolongada por unos segundos de espera que intensificaron la atención del público. El violonchelista británico toca un Stradivarius datado en 1726, aunque el interés de su interpretación residió menos en la nobleza del instrumento que en la manera de construir el sonido. Y si la primera obra del programa pertenecía a la juventud del compositor, el concierto para violonchelo de William Walton, compuesto entre 1955 y 1956, se sitúa en una etapa tardía, inscrita en una estética más introspectiva que la tradición romántica. Walton plantea un diálogo continuo entre solista y orquesta, con una orquestación refinada en la que destacan celesta, arpa y vibráfono.. En el Moderato inicial, Isserlis desplegó vibratos intensos, pero con un sonido controlado y flexible. La línea melódica, sinuosa y ambigua, evoca un lirismo moderno que el solista incorpora sin mayor dificultad, con resonancias que recordaban a Stravinski o incluso a un Prokófiev reservado.. El Allegro appassionato puso de relieve la complicidad entre solista y orquesta, con una cierta sensación de unidad gracias a los arcos amplios, la articulación precisa y a la implicación física del intérprete. El sonido, a veces deliberadamente velado en las dobles cuerdas, mantuvo agilidad. Pizzicati, col legno, armónicos y cambios dinámicos se integraron en una escritura de ritmos inestables donde, sin embargo, cada elemento parecía ocupar su lugar exacto.. El movimiento final, concebido como una serie de variaciones libres, concentró la mayor tensión expresiva. Las cadenzas del violonchelo alcanzaron un alto grado de intensidad, sostenidas por una orquesta especialmente atenta. Todo ello condujo, como no podía ser de otra manera, a un aplauso prolongado. Isserlis respondió inclinando el violonchelo a modo de saludo y con un bis bastante contrastante con el concierto: Tchonguri, de Sulkhan Tsintsadze.. Tras el descanso, la Sinfonía n.º 3 de Beethoven, compuesta en 1803-1804, marcó el punto culminante de la velada. Obra fundamental en la evolución del género sinfónico, amplía la forma clásica y redefine el concepto de heroísmo musical. El Allegro con brio se desarrolló con impulso continuo y buena compenetración entre secciones, al que le siguió una Marcha fúnebre de carácter, con solos de maderas especialmente limpios, como los de oboe y flauta. El Scherzo constituyó uno de los momentos más sólidos de la interpretación, con spiccati precisos en las cuerdas y solos de trompa integradas con naturalidad. La orquesta afrontó el Finale con un ímpetu inicial algo apresurado, pero pronto lograría asentarse y construir un discurso coherente con el ideario expresivo del maestro de Bonn.
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