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  Cultura  Las últimas palabras de Ozzy Osbourne
Cultura

Las últimas palabras de Ozzy Osbourne

25 de enero de 2026
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Lo primero que hizo Ozzy Osbourne cuando recibió un cheque por sus canciones fue comprarse una colonia. «Estaba paranoico con mi olor corporal. La peste de la pobreza no se va. Te persigue. Cuando era niño, mis padres ni siquiera podían comprarme calzoncillos. Decían que era tirar el dinero», cuenta el rockero de la muy proletaria Birmingham (cuna indiscutible del heavy metal) sobre sus orígenes. Aunque a alguno le cueste creerlo tras la imagen de «príncipe de las tinieblas», el carismático cantante de Black Sabbath se convirtió en millonario y vivió, contra todo pronóstico empezando por su propia predicción, hasta los 76 años. Osbourne falleció en julio de 2025 pero pudo culminar antes un entretenidísimo libro de memorias que ahora aparece publicado en español: «Últimos ritos» (Libros Cúpula) tiene todas las virtudes de un testamento y ninguno de sus defectos. Evita los recuerdos de infancia innecesarios (no los interesantes como la cita de más arriba) y las zarandajas sobre la alquimia de las canciones para ir a lo importante. Desmadres, pifias, encuentros con estrellas, deudas y dolores componen el insensato diario de la vida de un zumbado, como se autodenominó el cantante.. Conviene precisar que si nos ahorramos las fases «wikipédicas» de la vida de Osbourne es porque el cantante ya había publicado unas memorias clásicas («Soy Ozzy», EsPop) en 2018 y se decidió a escribir este segundo volumen en un momento de crisis de salud tras una vida de abuso y desorden. Se trata de un ejercicio de memoria selectivo, desordenado y descacharrante en el que una certeza se repite con insistencia: no hay explicación a su longevidad cuando otros genios encuentran la muerte prematuramente. Con muchos de ellos, como John Bonham y Bon Scott, compartió correrías (a Keith Moon solo le vio una vez y fue demasiado) y con Bowie y Eric Clapton compartió alguna reunión de Alcohólicos Anónimos en distintas épocas. Esfuerzo, el de dejar el alcohol, casi en vano para nuestro protagonista. Porque este libro póstumo (la edición en inglés también apareció tras su fallecimiento) también puede leerse como un balance de daños, una explicación para sus fans tras sucesivas cancelaciones de giras, que tienen su razón en un auténtico calvario para la salud del rockero durante sus seis últimos años de vida. Sin monsergas ni moralinas, Ozzy admite una a una todas sus adicciones con pesos y medidas y no han sido pocas. Cocaína, alcohol, marihuana, benzodiacepinas, barbitúricos y hasta anestesia dental. Vicodin, Percocet (lo que mató a Michael Jackson), Demerol, Lorcet, Oxycontin, codeína, morfina… porque Ozzy conseguía el polvo blanco, entre otros proveedores, directamente de Pablo Escobar en cantidades desmesuradas, pero no le hacía ascos a una prescripción farmacéutica amañada con 200 comprimidos contra el dolor. «Los adictos somos los mejores mentirosos del mundo. Cada lesión es una oportunidad y solo un telépata es capaz de saber si estás mintiendo. Durante un tiempo, los dolores de muelas fueron mi manera de conseguir aquellas pastillas traviesas. Llegué a tener más amigos anestesistas dentales que los propios anestesistas dentales», confiesa.. Ozzy siempre lidió con la adicción. Fue expulsado de Black Sabbath en 1979 por estar descontrolado y la situación no mejoró en absoluto durante las siguientes tres décadas. Iba a un bar y regresaba dos días después. En el volumen, confirma el famoso suceso de la paloma cuando asistió a la primera reunión con CBS, su nueva compañía en solitario: «El plan era que yo causara impresión sacando dos palomas blancas del bolsillo. Solo tenía que abrir una ventana, decir ‘‘paz’’ o ‘‘rock & roll’’ o algo así, y dejarlas volar. Sinceramente, no me hacía ninguna gracia, porque las jodidas palomas no paraban de cagarse en los bolsillos de mi chaqueta». Así que, delante de la plana mayor de ejecutivos de la multinacional le arrancó la cabeza al ave de un mordisco y la escupió sobre la mesa de reuniones. «Aquello fue una locura. Gritos. Llantos. Arcadas. Llamadas a seguridad, a la policía (…). Tenía sangre, mierda de pájaro y plumas por todas partes. Fue absolutamente horrendo y hoy sigo sin saber en qué estaba pensando. Bueno, no estaba pensando. Llevaba setenta y dos horas de juerga», relata Ozzy. Tiempo después, le arrojaron un murciélago al escenario y Ozzy, pensando que era de plástico, repitió la decapitación. Desde aquel momento se convirtió oficialmente Satanás. Pasó por la cárcel (dos veces). Sobrevivió a un accidente en el que un avión se estrelló contra su autobús de gira mientras estaba dentro. Se rompió el cuello en un accidente de quad por el que estuvo en coma inducido ocho días. Fue pandrogadicto y alcohólico profesional durante más de medio siglo. «A lo mejor es verdad eso que dicen, que eres indestructible», le dice su mujer Sharon Levy. «Será de tanto satanismo y adorar al diablo» le contesta ufano. Qué equivocados estaban y qué pronto iban a darse cuenta.. La canción de Lemmy. Osbourne revela los detalles de su relación con otro ídolo del mal, Lemmy Kilmister, con quien mantiene una estrecha amistad. Éste consumía «speed» y metanfetaminas, que nuestro narrador considera «veneno». En una ocasión, Ozzy estaba atascado con la letra de una canción. «Sé de qué quiero que vaya, pero no logro pasar de la primera línea», le confesó. «Bueno, te ayudo. ¿Para cuándo quieres la letra?», contestó el de Motörhead. «Lo antes posible», dijo el primero tendiendo la maqueta. Lemmy le pidió que volviese en dos horas y tardó cinco. Cuando Ozzy leyó la letra de lo que terminaría siendo «Mama, I’m Coming Home», tenía los ojos llenos de lágrimas. «¿No te gusta? –preguntó Lemmy–. Bueno, he escrito otras dos versiones» y le acercó tres hojas manuscritas. «Por cierto, el libro que me diste era una mierda», le dijo el de «Ace of Spades», que había leído el volumen y terminado las tres versiones de una de sus mejores canciones en una tarde. «Era un genio», reconoce Ozzy.. Las miserias de un adicto acostumbran a ser verdaderas simas de abyección. Ozzy calla muchas de ellas, obviamente, y reconoce una realmente atroz, un episodio en el que, poseído por una cantidad no identificable de narcóticos, se abalanzó sobre el cuello de su mujer con el propósito de estrangularla. Sharon pulsó el botón de pánico antirrobo y el cantante terminó tres noches en un calabozo y cinco meses en una clínica de desintoxicación, tiritando y vomitando. Sin embargo, los problemas de salud llegaron en avalancha. Parkinson, una caída que aplastó varias vértebras, coágulos en la sangre… durante seis años, Ozzy apenas salió del hospital. Tuvo, eso sí, la oportunidad de volver a casa. Actuó en Birmingham por última vez, presintiendo su muerte. Unos problemas cardíacos habían hecho aparición. Terminaron con su vida en julio de 2025.. Pérdidas y contratos. Jóvenes músicos, tomen nota, por si acaso, de las palabras de Ozzy: «Los derechos editoriales son el pan y la mantequilla del negocio musical. Es la razón por la que cobras cuando una canción suena en la radio, en Spotify, en una película o una serie, cuando se prensa en vinilo o se publica una partitura». Cuando eres joven, no lees los contratos y Ozzy firmó uno que hablaba de cesión de derechos de las canciones de Black Sabbath «a perpetuidad». En el siglo XXI, Ozzy preguntó a su administrador cuánto dinero podía haber perdido por esa palabra: «¿De verdad quieres saberlo?», le contestó. «Dímelo de una puta vez», pide Ozzy. «Cien millones de libras», dice el gestor. No era del todo una mala noticia, para Ozzy: «Sinceramente, no creo que los cuatro hubiéramos seguido vivos de percibir esa cantidad. Hacía falta tiempo para aprender a manejar ese dinero».

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Publican en español ‘Últimos ritos’ (Libros Cúpula), un libro póstumo a medio camino entre las memorias y el testamento del cantante de Black Sabbath

  

Lo primero que hizo Ozzy Osbourne cuando recibió un cheque por sus canciones fue comprarse una colonia. «Estaba paranoico con mi olor corporal. La peste de la pobreza no se va. Te persigue. Cuando era niño, mis padres ni siquiera podían comprarme calzoncillos. Decían que era tirar el dinero», cuenta el rockero de la muy proletaria Birmingham (cuna indiscutible del heavy metal) sobre sus orígenes. Aunque a alguno le cueste creerlo tras la imagen de «príncipe de las tinieblas», el carismático cantante de Black Sabbath se convirtió en millonario y vivió, contra todo pronóstico empezando por su propia predicción, hasta los 76 años. Osbourne falleció en julio de 2025 pero pudo culminar antes un entretenidísimo libro de memorias que ahora aparece publicado en español: «Últimos ritos» (Libros Cúpula) tiene todas las virtudes de un testamento y ninguno de sus defectos. Evita los recuerdos de infancia innecesarios (no los interesantes como la cita de más arriba) y las zarandajas sobre la alquimia de las canciones para ir a lo importante. Desmadres, pifias, encuentros con estrellas, deudas y dolores componen el insensato diario de la vida de un zumbado, como se autodenominó el cantante.. Conviene precisar que si nos ahorramos las fases «wikipédicas» de la vida de Osbourne es porque el cantante ya había publicado unas memorias clásicas («Soy Ozzy», EsPop) en 2018 y se decidió a escribir este segundo volumen en un momento de crisis de salud tras una vida de abuso y desorden. Se trata de un ejercicio de memoria selectivo, desordenado y descacharrante en el que una certeza se repite con insistencia: no hay explicación a su longevidad cuando otros genios encuentran la muerte prematuramente. Con muchos de ellos, como John Bonham y Bon Scott, compartió correrías (a Keith Moon solo le vio una vez y fue demasiado) y con Bowie y Eric Clapton compartió alguna reunión de Alcohólicos Anónimos en distintas épocas. Esfuerzo, el de dejar el alcohol, casi en vano para nuestro protagonista. Porque este libro póstumo (la edición en inglés también apareció tras su fallecimiento) también puede leerse como un balance de daños, una explicación para sus fans tras sucesivas cancelaciones de giras, que tienen su razón en un auténtico calvario para la salud del rockero durante sus seis últimos años de vida. Sin monsergas ni moralinas, Ozzy admite una a una todas sus adicciones con pesos y medidas y no han sido pocas. Cocaína, alcohol, marihuana, benzodiacepinas, barbitúricos y hasta anestesia dental. Vicodin, Percocet (lo que mató a Michael Jackson), Demerol, Lorcet, Oxycontin, codeína, morfina… porque Ozzy conseguía el polvo blanco, entre otros proveedores, directamente de Pablo Escobar en cantidades desmesuradas, pero no le hacía ascos a una prescripción farmacéutica amañada con 200 comprimidos contra el dolor. «Los adictos somos los mejores mentirosos del mundo. Cada lesión es una oportunidad y solo un telépata es capaz de saber si estás mintiendo. Durante un tiempo, los dolores de muelas fueron mi manera de conseguir aquellas pastillas traviesas. Llegué a tener más amigos anestesistas dentales que los propios anestesistas dentales», confiesa.. Ozzy siempre lidió con la adicción. Fue expulsado de Black Sabbath en 1979 por estar descontrolado y la situación no mejoró en absoluto durante las siguientes tres décadas. Iba a un bar y regresaba dos días después. En el volumen, confirma el famoso suceso de la paloma cuando asistió a la primera reunión con CBS, su nueva compañía en solitario: «El plan era que yo causara impresión sacando dos palomas blancas del bolsillo. Solo tenía que abrir una ventana, decir ‘‘paz’’ o ‘‘rock & roll’’ o algo así, y dejarlas volar. Sinceramente, no me hacía ninguna gracia, porque las jodidas palomas no paraban de cagarse en los bolsillos de mi chaqueta». Así que, delante de la plana mayor de ejecutivos de la multinacional le arrancó la cabeza al ave de un mordisco y la escupió sobre la mesa de reuniones. «Aquello fue una locura. Gritos. Llantos. Arcadas. Llamadas a seguridad, a la policía (…). Tenía sangre, mierda de pájaro y plumas por todas partes. Fue absolutamente horrendo y hoy sigo sin saber en qué estaba pensando. Bueno, no estaba pensando. Llevaba setenta y dos horas de juerga», relata Ozzy. Tiempo después, le arrojaron un murciélago al escenario y Ozzy, pensando que era de plástico, repitió la decapitación. Desde aquel momento se convirtió oficialmente Satanás. Pasó por la cárcel (dos veces). Sobrevivió a un accidente en el que un avión se estrelló contra su autobús de gira mientras estaba dentro. Se rompió el cuello en un accidente de quad por el que estuvo en coma inducido ocho días. Fue pandrogadicto y alcohólico profesional durante más de medio siglo. «A lo mejor es verdad eso que dicen, que eres indestructible», le dice su mujer Sharon Levy. «Será de tanto satanismo y adorar al diablo» le contesta ufano. Qué equivocados estaban y qué pronto iban a darse cuenta.. La canción de Lemmy. Osbourne revela los detalles de su relación con otro ídolo del mal, Lemmy Kilmister, con quien mantiene una estrecha amistad. Éste consumía «speed» y metanfetaminas, que nuestro narrador considera «veneno». En una ocasión, Ozzy estaba atascado con la letra de una canción. «Sé de qué quiero que vaya, pero no logro pasar de la primera línea», le confesó. «Bueno, te ayudo. ¿Para cuándo quieres la letra?», contestó el de Motörhead. «Lo antes posible», dijo el primero tendiendo la maqueta. Lemmy le pidió que volviese en dos horas y tardó cinco. Cuando Ozzy leyó la letra de lo que terminaría siendo «Mama, I’m Coming Home», tenía los ojos llenos de lágrimas. «¿No te gusta? –preguntó Lemmy–. Bueno, he escrito otras dos versiones» y le acercó tres hojas manuscritas. «Por cierto, el libro que me diste era una mierda», le dijo el de «Ace of Spades», que había leído el volumen y terminado las tres versiones de una de sus mejores canciones en una tarde. «Era un genio», reconoce Ozzy.. Las miserias de un adicto acostumbran a ser verdaderas simas de abyección. Ozzy calla muchas de ellas, obviamente, y reconoce una realmente atroz, un episodio en el que, poseído por una cantidad no identificable de narcóticos, se abalanzó sobre el cuello de su mujer con el propósito de estrangularla. Sharon pulsó el botón de pánico antirrobo y el cantante terminó tres noches en un calabozo y cinco meses en una clínica de desintoxicación, tiritando y vomitando. Sin embargo, los problemas de salud llegaron en avalancha. Parkinson, una caída que aplastó varias vértebras, coágulos en la sangre… durante seis años, Ozzy apenas salió del hospital. Tuvo, eso sí, la oportunidad de volver a casa. Actuó en Birmingham por última vez, presintiendo su muerte. Unos problemas cardíacos habían hecho aparición. Terminaron con su vida en julio de 2025.. Pérdidas y contratos. ►Jóvenes músicos, tomen nota, por si acaso, de las palabras de Ozzy: «Los derechos editoriales son el pan y la mantequilla del negocio musical. Es la razón por la que cobras cuando una canción suena en la radio, en Spotify, en una película o una serie, cuando se prensa en vinilo o se publica una partitura». Cuando eres joven, no lees los contratos y Ozzy firmó uno que hablaba de cesión de derechos de las canciones de Black Sabbath «a perpetuidad». En el siglo XXI, Ozzy preguntó a su administrador cuánto dinero podía haber perdido por esa palabra: «¿De verdad quieres saberlo?», le contestó. «Dímelo de una puta vez», pide Ozzy. «Cien millones de libras», dice el gestor. No era del todo una mala noticia, para Ozzy: «Sinceramente, no creo que los cuatro hubiéramos seguido vivos de percibir esa cantidad. Hacía falta tiempo para aprender a manejar ese dinero».

 

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