Hay lugares que no se explican solo por su arquitectura, sino por el tiempo acumulado entre sus muros. Este monasterio gallego es uno de ellos. Su origen se pierde en la Galicia altomedieval, cuando la espiritualidad y el poder territorial caminaban de la mano, y su evolución resume buena parte de la historia religiosa, económica y cultural del país.. La tradición sitúa la fundación del Monasterio de San Juan de Poio (Pontevedra) en el siglo VII, atribuida a San Fructuoso de Braga, una de las grandes figuras del monacato hispano. Aunque la documentación más sólida comienza a aparecer a partir del siglo X, desde muy pronto el cenobio fue acumulando privilegios, donaciones reales y rentas que le permitieron consolidarse como uno de los grandes centros monásticos de Galicia.. Durante la Edad Media, su influencia fue creciendo al calor de esas aportaciones y de una posición estratégica ligada tanto a la explotación agraria como a los recursos marinos. Pero sería ya en la Edad Moderna cuando el monasterio alcanzaría su verdadero apogeo.. De colegio teológico a gran centro cultural. En 1548, el cenobio se integró en la congregación de San Benito de Valladolid y, apenas un año después, abrió un Colegio Mayor de Teología que alcanzaría notable prestigio académico.. Aquella etapa marcó un punto de inflexión: las cuantiosas rentas permitieron sustituir progresivamente las antiguas dependencias medievales por nuevas construcciones de mayor monumentalidad, siguiendo los lenguajes del Renacimiento primero y del Barroco después.. Importantes maestros de la época participaron en esa transformación, dejando como legado un conjunto arquitectónico armónico y ambicioso. Claustros, iglesia y dependencias conventuales reflejan esa transición estilística, en la que el clasicismo ordenado se fue enriqueciendo con una creciente exuberancia decorativa.. Claustros que cuentan historias. Entre los espacios más sobresalientes del monasterio destacan sus dos grandes claustros. El más antiguo es el Claustro de las Procesiones, iniciado a finales del siglo XVI. De estilo renacentista, sorprende por sus bóvedas estrelladas, las claves y ménsulas figuradas y una fuente central de tipología chafariz portugués que estructura el patio y marca el ritmo del espacio.. Más tardío es el Claustro de la Portería o de los Naranjos, ya del siglo XVIII, que introduce un elemento singular: un monumental mosaico del Camino de Santiago, realizado entre 1989 y 1992 siguiendo el diseño del artista checo Antoine Machourek, fundador de la Escuela de Mosaicos. Con más de 200 metros cuadrados, la obra convierte el claustro en un espacio narrativo que conecta el monasterio con la gran ruta espiritual de Europa.. Templo barroco y economía poderosa. La iglesia monástica, levantada entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, es plenamente barroca, aunque conserva huellas renacentistas de fases anteriores. Su fachada, flanqueada por dos torres, está presidida por esculturas de San Juan Bautista, Santiago y San Andrés. En el interior, los retablos —especialmente el mayor, con columnas salomónicas— reflejan el esplendor artístico de la época.. Ese esplendor no se explica sin la fortaleza económica del cenobio. La mejor prueba es su impresionante hórreo, situado en la huerta monástica. Con más de 120 metros de longitud y una singular estructura apoyada sobre tres filas de pies, es uno de los mayores de Galicia y una evidencia física del volumen de producción y almacenaje que llegó a gestionar la comunidad monástica.. Abandono, regreso y nueva vida. La exclaustración de 1835 supuso un paréntesis abrupto: los benedictinos abandonaron el monasterio y el conjunto quedó sin orden durante décadas. No sería hasta 1890 cuando una nueva comunidad religiosa se instaló en el recinto, restaurando y ampliando el edificio y devolviéndole su función espiritual y cultural.. Hoy, declarado Monumento Histórico-Artístico, el monasterio es también un espacio vivo: alberga biblioteca, museos, exposiciones, actividades culturales y una hospedería que permite al visitante experimentar, aunque sea por un tiempo, el ritmo pausado de la vida monástica.
Fundado en la Edad Media y transformado durante siglos, es hoy una de las joyas patrimoniales mejor conservadas del sur de Galicia
Hay lugares que no se explican solo por su arquitectura, sino por el tiempo acumulado entre sus muros. Este monasterio gallego es uno de ellos. Su origen se pierde en la Galicia altomedieval, cuando la espiritualidad y el poder territorial caminaban de la mano, y su evolución resume buena parte de la historia religiosa, económica y cultural del país.. La tradición sitúa la fundación del Monasterio de San Juan de Poio (Pontevedra) en el siglo VII, atribuida a San Fructuoso de Braga, una de las grandes figuras del monacato hispano. Aunque la documentación más sólida comienza a aparecer a partir del siglo X, desde muy pronto el cenobio fue acumulando privilegios, donaciones reales y rentas que le permitieron consolidarse como uno de los grandes centros monásticos de Galicia.. Durante la Edad Media, su influencia fue creciendo al calor de esas aportaciones y de una posición estratégica ligada tanto a la explotación agraria como a los recursos marinos. Pero sería ya en la Edad Moderna cuando el monasterio alcanzaría su verdadero apogeo.. De colegio teológico a gran centro cultural. En 1548, el cenobio se integró en la congregación deSan Benito de Valladolid y, apenas un año después, abrió un Colegio Mayor de Teología que alcanzaría notable prestigio académico.. Aquella etapa marcó un punto de inflexión: las cuantiosas rentas permitieron sustituir progresivamente las antiguas dependencias medievales por nuevas construcciones de mayor monumentalidad, siguiendo los lenguajes del Renacimiento primero y del Barroco después.. Importantes maestros de la época participaron en esa transformación, dejando como legado un conjunto arquitectónico armónico y ambicioso. Claustros, iglesia y dependencias conventuales reflejan esa transición estilística, en la que el clasicismo ordenado se fue enriqueciendo con una creciente exuberancia decorativa.. Claustros que cuentan historias. Entre los espacios más sobresalientes del monasterio destacan sus dos grandes claustros. El más antiguo es el Claustro de las Procesiones, iniciado a finales del siglo XVI. De estilo renacentista, sorprende por sus bóvedas estrelladas, las claves y ménsulas figuradas y una fuente central de tipología chafariz portugués que estructura el patio y marca el ritmo del espacio.. Más tardío es el Claustro de la Portería o de los Naranjos, ya del siglo XVIII, que introduce un elemento singular: un monumental mosaico del Camino de Santiago, realizado entre 1989 y 1992 siguiendo el diseño del artista checo Antoine Machourek, fundador de la Escuela de Mosaicos. Con más de 200 metros cuadrados, la obra convierte el claustro en un espacio narrativo que conecta el monasterio con la gran ruta espiritual de Europa.. Templo barroco y economía poderosa. La iglesia monástica, levantada entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, es plenamente barroca, aunque conserva huellas renacentistas de fases anteriores. Su fachada, flanqueada por dos torres, está presidida por esculturas de San Juan Bautista, Santiago y San Andrés. En el interior, los retablos —especialmente el mayor, con columnas salomónicas— reflejan el esplendor artístico de la época.. Ese esplendor no se explica sin la fortaleza económica del cenobio. La mejor prueba es su impresionante hórreo, situado en la huerta monástica. Con más de 120 metros de longitud y una singular estructura apoyada sobre tres filas de pies, es uno de los mayores de Galicia y una evidencia física del volumen de producción y almacenaje que llegó a gestionar la comunidad monástica.. Abandono, regreso y nueva vida. La exclaustración de 1835 supuso un paréntesis abrupto: los benedictinos abandonaron el monasterio y el conjunto quedó sin orden durante décadas. No sería hasta 1890 cuando una nueva comunidad religiosa se instaló en el recinto, restaurando y ampliando el edificio y devolviéndole su función espiritual y cultural.. Hoy, declarado Monumento Histórico-Artístico, el monasterio es también un espacio vivo: alberga biblioteca, museos, exposiciones, actividades culturales y una hospedería que permite al visitante experimentar, aunque sea por un tiempo, el ritmo pausado de la vida monástica.
Noticias de Galicia: última hora y actualidad de A Coruña, Vigo, Lugo, Santiago de Compostela
