‘Novena Sinfonía’, de Mahler. Orquesta Sinfónica de la Radio de Frankfurt. Director: Alain Altinoglu. La Filarmónica. Auditorio Nacional. Madrid, 24-III-2026.. Siempre que escuchamos esta ‘Sinfonía’ nos acordamos de aquella dolorosa y emocionante versión de un Claudio Abbado ya muy enfermo al frente de la Orquesta del Festival de Lucerna. En el mismo escenario madrileño de aquella ocasión los mimbres, la situación, las circunstancias, claro es, han sido muy otros. En todo caso a lo que hemos asistido es a una interesante y bien planificada interpretación de una partitura que es un transido adiós entreverado de amargura, tocado de una extraña ironía y volcado finalmente hacia la serena disolución de las cosas, en dramático paralelo con la ‘Canción de la tierra’ del mismo autor.. Antinoglu es un maestro inteligente, habilidoso, sobrio, de batuta clara y en ocasiones nerviosa, que marca con autoridad y que se embebe, o esa impresión da, en la música, que fluye de su mano de forma aparentemente natural, sin artificios, y sirviendo un fraseo bien ordenado en busca de una polifonía transparente, de una combinación de líneas y de planos expresiva y en general ajena a las borrosidades. Todo parece estar en su sitio después de lo que se supone una ardua labor de ensayos y, en este caso, tras alguna que otra actuación reciente con la misma partitura en los atriles. De hecho la han recreado hace tan solo tres días en Frankfurt.. Nos pareció que el director francés, de ascendencia armenia, nacido en 1975, eligió a lo largo de la interpretación un tempo bien administrado y que marcó con cuidado los acontecimientos sonoros a partir de una técnica de batuta elástica, con precisos subrayados. Suave y muy lento se inició, como es prescriptivo el ‘Andante cómodo’, con planos bien medidos y limpieza general, que se logró también en las imponentes y conflictivas secuencias en las que la sonoridad se agiganta y se anuncia la hecatombe. La entreverada forma sonata fue expuesta con diafanidad.. Bien marcado el aire danzable del menos problemático y contrastante segundo movimiento, un ‘Ländler’ popular muy característico del compositor. Aprobamos las sutilezas rítmicas y el coloquial juego de las maderas. Una luz en la negrura. A toda máquina se desarrolló el ‘Rondo-Burlesque’, un ‘Allegro assai’ muy característico del compositor, con precisos subrayados y agitación permanente. La batuta echaba chispas y la orquesta la seguía sin rechistar. Y llegó el ‘Adagio, Sehr langsam und noch zurückhaltend’ (Muy despacio y aun con cautela). Antinoglu se dejó ir sin perder en ningún momento el fluido discurso. Todo en su sitio, fraseado, delineado a conciencia.. Fue aquí en donde la expresión, pese a la corrección constructiva, no llegó a calarnos, a meternos el corazón en un puño, a condolernos con la tragedia interior que mira hacia el futuro, que recoge las lágrimas por la pérdida y anuncia una crisis tan humana como universal. Y eso que el control de las dinámicas por parte de la batuta y el recogimiento fueron palpables. La música se fue diluyendo lentamente dibujando el dolorido tema hasta desaparecer y convertirse en silencio. El público, que no se sabe por qué aplaudió tras los dos primeros movimientos, enmudeció. Durante más de un minuto quedamos paralizados. Luego cálidos aplausos, ovaciones, saludos de los solistas y de toda la centuria presidida por su competente director.
Antinoglu es un maestro inteligente, habilidoso, sobrio, de batuta clara y en ocasiones nerviosa, que marca con autoridad y que se embebe
‘Novena Sinfonía’, de Mahler. Orquesta Sinfónica de la Radio de Frankfurt. Director: Alain Altinoglu. La Filarmónica. Auditorio Nacional. Madrid, 24-III-2026.. Siempre que escuchamos esta ‘Sinfonía’ nos acordamos de aquella dolorosa y emocionante versión de un Claudio Abbado ya muy enfermo al frente de la Orquesta del Festival de Lucerna. En el mismo escenario madrileño de aquella ocasión los mimbres, la situación, las circunstancias, claro es, han sido muy otros. En todo caso a lo que hemos asistido es a una interesante y bien planificada interpretación de una partitura que es un transido adiós entreverado de amargura, tocado de una extraña ironía y volcado finalmente hacia la serena disolución de las cosas, en dramático paralelo con la ‘Canción de la tierra’ del mismo autor.. Antinoglu es un maestro inteligente, habilidoso, sobrio, de batuta clara y en ocasiones nerviosa, que marca con autoridad y que se embebe, o esa impresión da, en la música, que fluye de su mano de forma aparentemente natural, sin artificios, y sirviendo un fraseo bien ordenado en busca de una polifonía transparente, de una combinación de líneas y de planos expresiva y en general ajena a las borrosidades. Todo parece estar en su sitio después de lo que se supone una ardua labor de ensayos y, en este caso, tras alguna que otra actuación reciente con la misma partitura en los atriles. De hecho la han recreado hace tan solo tres días en Frankfurt.. Nos pareció que el director francés, de ascendencia armenia, nacido en 1975, eligió a lo largo de la interpretación un tempo bien administrado y que marcó con cuidado los acontecimientos sonoros a partir de una técnica de batuta elástica, con precisos subrayados. Suave y muy lento se inició, como es prescriptivo el ‘Andante cómodo’, con planos bien medidos y limpieza general, que se logró también en las imponentes y conflictivas secuencias en las que la sonoridad se agiganta y se anuncia la hecatombe. La entreverada forma sonata fue expuesta con diafanidad.. Bien marcado el aire danzable del menos problemático y contrastante segundo movimiento, un ‘Ländler’ popular muy característico del compositor. Aprobamos las sutilezas rítmicas y el coloquial juego de las maderas. Una luz en la negrura. A toda máquina se desarrolló el ‘Rondo-Burlesque’, un ‘Allegro assai’ muy característico del compositor, con precisos subrayados y agitación permanente. La batuta echaba chispas y la orquesta la seguía sin rechistar. Y llegó el ‘Adagio, Sehr langsam und noch zurückhaltend’ (Muy despacio y aun con cautela). Antinoglu se dejó ir sin perder en ningún momento el fluido discurso. Todo en su sitio, fraseado, delineado a conciencia.. Fue aquí en donde la expresión, pese a la corrección constructiva, no llegó a calarnos, a meternos el corazón en un puño, a condolernos con la tragedia interior que mira hacia el futuro, que recoge las lágrimas por la pérdida y anuncia una crisis tan humana como universal. Y eso que el control de las dinámicas por parte de la batuta y el recogimiento fueron palpables. La música se fue diluyendo lentamente dibujando el dolorido tema hasta desaparecer y convertirse en silencio. El público, que no se sabe por qué aplaudió tras los dos primeros movimientos, enmudeció. Durante más de un minuto quedamos paralizados. Luego cálidos aplausos, ovaciones, saludos de los solistas y de toda la centuria presidida por su competente director.
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