Hoy vengo con el tenedor en la mano. Sí, hay un instante curioso en cualquier comida. Estén atentos… Ese en el que los platos llegan y nadie come. No es falta de apetito, sino de procedimiento. Antes de probar, hay que capturar. Se colocan los cubiertos y se ajusta la luz. Después se busca el ángulo. Y mientras la comida espera, disciplinada, a convertirse en imagen. Luego ya, si eso, se enfría. O se calienta de nuevo.. Durante siglos, comer fue una experiencia; ahora es, en primer lugar, un contenido potencial. La diferencia es pequeña en apariencia y decisiva en consecuencia. Donde antes había hambre, ahora hay criterio estético y fotográfico. Donde antes había conversación, ahora hay verificación.. Se dirá que exagero, que una foto no impide disfrutar. Es cierto, del mismo modo que interrumpir una conversación no impide tenerla.. Pero algo se desplaza. Por supuesto (sonrío) la atención ya no está del todo en lo que ocurre, sino en cómo podría verse. Y esa segunda capa (silenciosa y constante) acaba pesando más que la primera.. Hemos logrado una forma sofisticada de «existir». Vivimos y, al mismo tiempo, editamos. Estamos dentro de la escena y fuera de ella, evaluando su valor narrativo. Cada momento se convierte en una materia prima que debe ser optimizada: más luz, mejor encuadre y mayor impacto. La vida, por fin, gestionada como si fuera un catálogo…. Lo interesante es que nadie lo siente como una pérdida. Al contrario, se percibe como una mejora. Tener registro de todo parece equivalente a haberlo vivido mejor. Y sin embargo, la memoria funciona de manera menos complaciente: recuerda lo atendido, no lo almacenado. De ahí que acumulemos imágenes impecables de momentos que apenas recordamos.. Hay también una ironía económica en todo esto. Dedicamos tiempo a producir contenido que consumiremos nosotros mismos, en diferido, para convencernos de que estuvimos allí. Una especie de autojustificación visual: ¡si está en la galería, ocurrió! Como si la experiencia necesitara pruebas para sostenerse.. Mientras tanto, lo no documentado empieza a adquirir un aire sospechoso. Una cena sin fotos parece incompleta, un viaje sin publicaciones, dudoso. No porque haya sido peor, sino porque carece de certificación. Hemos externalizado la validación de lo vivido y la hemos puesto en manos de una lógica que no entiende de experiencia, solo de visibilidad.. La consecuencia no es dramática, pero sí persistente. Quizá por eso, cuando alguien come sin fotografiar, cuando un momento ocurre y no se registra, se produce una sensación extraña, casi incómoda. Como si faltara algo. Y en efecto, falta: la garantía de que ese instante podrá ser revisado.. A cambio, queda otra cosa menos manejable: la experiencia sin copia de seguridad.. No es que hayamos dejado de vivir. Es que nos hemos convertido en unos auténticos idiotas.
«Hemos logrado una forma sofisticada de existir; vivimos y, al mismo tiempo, editamos. Estamos dentro de la escena y fuera de ella, evaluando su valor narrativo»
Hoy vengo con el tenedor en la mano. Sí, hay un instante curioso en cualquier comida. Estén atentos… Ese en el que los platos llegan y nadie come. No es falta de apetito, sino de procedimiento. Antes de probar, hay que capturar. Se colocan los cubiertos y se ajusta la luz. Después se busca el ángulo. Y mientras la comida espera, disciplinada, a convertirse en imagen. Luego ya, si eso, se enfría. O se calienta de nuevo.. Durante siglos, comer fue una experiencia; ahora es, en primer lugar, un contenido potencial. La diferencia es pequeña en apariencia y decisiva en consecuencia. Donde antes había hambre, ahora hay criterio estético y fotográfico. Donde antes había conversación, ahora hay verificación.. Se dirá que exagero, que una foto no impide disfrutar. Es cierto, del mismo modo que interrumpir una conversación no impide tenerla.. Pero algo se desplaza. Por supuesto (sonrío) la atención ya no está del todo en lo que ocurre, sino en cómo podría verse. Y esa segunda capa (silenciosa y constante) acaba pesando más que la primera.. Hemos logrado una forma sofisticada de «existir». Vivimos y, al mismo tiempo, editamos. Estamos dentro de la escena y fuera de ella, evaluando su valor narrativo. Cada momento se convierte en una materia prima que debe ser optimizada: más luz, mejor encuadre y mayor impacto. La vida, por fin, gestionada como si fuera un catálogo…. Lo interesante es que nadie lo siente como una pérdida. Al contrario, se percibe como una mejora. Tener registro de todo parece equivalente a haberlo vivido mejor. Y sin embargo, la memoria funciona de manera menos complaciente: recuerda lo atendido, no lo almacenado. De ahí que acumulemos imágenes impecables de momentos que apenas recordamos.. Hay también una ironía económica en todo esto. Dedicamos tiempo a producir contenido que consumiremos nosotros mismos, en diferido, para convencernos de que estuvimos allí. Una especie de autojustificación visual: ¡si está en la galería, ocurrió! Como si la experiencia necesitara pruebas para sostenerse.. Mientras tanto, lo no documentado empieza a adquirir un aire sospechoso. Una cena sin fotos parece incompleta, un viaje sin publicaciones, dudoso. No porque haya sido peor, sino porque carece de certificación. Hemos externalizado la validación de lo vivido y la hemos puesto en manos de una lógica que no entiende de experiencia, solo de visibilidad.. La consecuencia no es dramática, pero sí persistente. Quizá por eso, cuando alguien come sin fotografiar, cuando un momento ocurre y no se registra, se produce una sensación extraña, casi incómoda. Como si faltara algo. Y en efecto, falta: la garantía de que ese instante podrá ser revisado.. A cambio, queda otra cosa menos manejable: la experiencia sin copia de seguridad.. No es que hayamos dejado de vivir. Es que nos hemos convertido en unos auténticos idiotas.
Noticias de Castilla y León: última hora local en La Razón
