Infelizmente hemos convertido el miedo en el fundamento de la seguridad. Seamos claros: la guerra nuclear contempla no sólo dejar caer una bomba sobre una población, sino también los ataques a instalaciones nucleares y las amenazas que estamos viviendo ahora mismo. La desaparición abrupta de normas que, desde la II Guerra Mundial, venían siendo esenciales para la seguridad internacional, han dejado de serlo. Se podría decir, sin exageración alguna, que la posibilidad de un estallido nuclear nunca había sido tan posible como lo es hoy. Si Irán tuviera la bomba atómica, la habría arrojado ya.. El fortalecimiento de los arsenales nucleares y el rearme, so pretexto de ser la única forma de disuación, es algo que ya no cuela, además de ética y moralmente cuestionable; detener el avance nuclear es, en estos momentos, un imperativo. Si no lo hacemos, la humanidad será devastada, más pronto que tarde. Si, por el contrario, fuéramos capaces de utilizar las tecnologías nucleares de forma responsable, mejoraría el bienestar y el progreso científico estaría al servicio de la vida y del bienestar humano. Pero nada de eso sucede.. De momento, es el miedo, el que medula la seguridad del mundo, cuando lo que más nos conviene es justamente lo contrario: «una paz desarmada y desarmante, que no se base en el equilibrio de miedos mutuos, sino que se construya sobre la confianza, el diálogo y el reconocimiento de nuestra humanidad compartida «, en palabras del Papa León XIV, un hombre providencial para estos tiempos. La fuerza civilizadora de Occidente, que tanto bien ha aportado a la humanidad, está de capa caída.. El dogmatismo materialista y el relativismo, están consiguiendo que sólo las armas hablen. Cada vez es más difícil un futuro común. Gran parte de culpa la tiene Europa que, en lugar de defender las verdades eternas sobre las que ha levantado su historia, ha renunciado a ellas porque se avergüenza de su identidad cristiana. Así le va: cada vez es mayor la falta de paz y la falta de justicia. Esta Europa de los mercaderes, ciega y sorda, ni siquiera es consciente de las consecuencias arrasadoras que, cualquier rearme, puede llegar a tener: una guerra nuclear que podría aniquilar países enteros, asesinando a millones de seres.. Añadamos a ello la lluvia radioactiva y su secuela de horribles dolencias, para los supervivientes, por tiempo indefinido. A estas alturas del paseo, deberíamos haber entendido que sólo nos queda una salida: eliminar estas armas. Pero no. Al contrario: nueve países poseen un arsenal atómico, capaz de destruir el planeta. Al menos 10.000 ojivas nucleares están operativas, mientras las tensiones geopolíticas crecen. Si te atreves a decir que sólo las raíces espirituales de Europa, que han afianzado la base moral de sus pueblos, podrían asegurar la paz, se carcajean de ti. ¡Pues que se rían! es el momento de proclamar que, sin esas raíces, lo único que queda es el estiércol del dinero, junto a unos odios capaces de encanallarlo todo y dar al traste con la vida.
«La fuerza civilizadora de Occidente, que tanto bien ha aportado a la humanidad, está de capa caída»
Infelizmente hemos convertido el miedo en el fundamento de la seguridad. Seamos claros: la guerra nuclear contempla no sólo dejar caer una bomba sobre una población, sino también los ataques a instalaciones nucleares y las amenazas que estamos viviendo ahora mismo. La desaparición abrupta de normas que, desde la II Guerra Mundial, venían siendo esenciales para la seguridad internacional, han dejado de serlo. Se podría decir, sin exageración alguna, que la posibilidad de un estallido nuclear nunca había sido tan posible como lo es hoy. Si Irán tuviera la bomba atómica, la habría arrojado ya.. El fortalecimiento de los arsenales nucleares y el rearme, so pretexto de ser la única forma de disuación, es algo que ya no cuela, además de ética y moralmente cuestionable; detener el avance nuclear es, en estos momentos, un imperativo. Si no lo hacemos, la humanidad será devastada, más pronto que tarde. Si, por el contrario, fuéramos capaces de utilizar las tecnologías nucleares de forma responsable, mejoraría el bienestar y el progreso científico estaría al servicio de la vida y del bienestar humano. Pero nada de eso sucede.. De momento, es el miedo, el que medula la seguridad del mundo, cuando lo que más nos conviene es justamente lo contrario: «una paz desarmada y desarmante, que no se base en el equilibrio de miedos mutuos, sino que se construya sobre la confianza, el diálogo y el reconocimiento de nuestra humanidad compartida «, en palabras del Papa León XIV, un hombre providencial para estos tiempos. La fuerza civilizadora de Occidente, que tanto bien ha aportado a la humanidad, está de capa caída.. El dogmatismo materialista y el relativismo, están consiguiendo que sólo las armas hablen. Cada vez es más difícil un futuro común. Gran parte de culpa la tiene Europa que, en lugar de defender las verdades eternas sobre las que ha levantado su historia, ha renunciado a ellas porque se avergüenza de su identidad cristiana. Así le va: cada vez es mayor la falta de paz y la falta de justicia. Esta Europa de los mercaderes, ciega y sorda, ni siquiera es consciente de las consecuencias arrasadoras que, cualquier rearme, puede llegar a tener: una guerra nuclear que podría aniquilar países enteros, asesinando a millones de seres.. Añadamos a ello la lluvia radioactiva y su secuela de horribles dolencias, para los supervivientes, por tiempo indefinido. A estas alturas del paseo, deberíamos haber entendido que sólo nos queda una salida: eliminar estas armas. Pero no. Al contrario: nueve países poseen un arsenal atómico, capaz de destruir el planeta. Al menos 10.000 ojivas nucleares están operativas, mientras las tensiones geopolíticas crecen. Si te atreves a decir que sólo las raíces espirituales de Europa, que han afianzado la base moral de sus pueblos, podrían asegurar la paz, se carcajean de ti. ¡Pues que se rían! es el momento de proclamar que, sin esas raíces, lo único que queda es el estiércol del dinero, junto a unos odios capaces de encanallarlo todo y dar al traste con la vida.
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