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  Opinión  ¿Un Muro de Berlín para la izquierda latinoamericana?
Opinión

¿Un Muro de Berlín para la izquierda latinoamericana?

5 de enero de 2026
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En agosto de 2024, tras las elecciones venezolanas, concluía un artículo en este mismo diario: “Las imágenes de represión en Venezuela —y de un Gobierno que se atrinchera sin siquiera mostrar las actas de su supuesta victoria— constituyen un regalo inestimable para los reaccionarios de todos lados. Un ‘socialismo’ asociado a la represión, las penurias cotidianas y el cinismo ideológico no parece la mejor base para ‘hacer grande al progresismo otra vez’”. También se señalaba ahí que “si en el pasado el chavismo fue un activo —material y simbólico— para las izquierdas regionales, desde mediados de la década de 2010 devino cada vez más un peso”.. Seguir leyendo

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El desprestigio de Maduro es tan grande que ha paralizado en todos lados las acciones contra la más grave intervención imperialista de los últimos tiempos

  

En agosto de 2024, tras las elecciones venezolanas, concluía un artículo en este mismo diario: “Las imágenes de represión en Venezuela —y de un Gobierno que se atrinchera sin siquiera mostrar las actas de su supuesta victoria— constituyen un regalo inestimable para los reaccionarios de todos lados. Un ‘socialismo’ asociado a la represión, las penurias cotidianas y el cinismo ideológico no parece la mejor base para ‘hacer grande al progresismo otra vez’”. También se señalaba ahí que “si en el pasado el chavismo fue un activo —material y simbólico— para las izquierdas regionales, desde mediados de la década de 2010 devino cada vez más un peso”.. Para una izquierda que imaginaba años de desamparo político, el chavismo cayó del cielo como un milagro. Que tras la caída del Muro de Berlín, y en medio del llamado “pensamiento único” neoliberal, un presidente latinoamericano hablara de socialismo fue algo inesperado. Chávez podía citar el libro Bolchevismo: el camino a la revolución, del marxista británico Alan Woods —sobre la importancia del “partido revolucionario”— y leer extractos en la televisión. O invitar a pensadores de izquierdas a discutir sus visiones del cambio social en Caracas. En pocas palabras: Chávez abría el debate sobre el socialismo cuando este parecía cerrado.. Diversas iniciativas de “poder popular” parecían darle carnadura a su revolución —el testigo de Fidel Castro tenía finalmente en quién recaer—. América Latina era, nuevamente, el territorio de la utopía, y un turismo revolucionario variado recaló en Caracas y sus barrios más combativos, como el emblemático 23 de Enero.. Pero bajo ese manto de radicalidad, se conformó rápidamente una élite que usó al Estado como fuente de riqueza y de saqueo de los recursos nacionales —incluidos los petroleros—. Los servicios públicos que la revolución bolivariana supuestamente garantizaba se degradaron rápidamente o fueron desde el comienzo experiencias fallidas. El “poder popular” encubría a una casta burocrático-autoritaria que controlaba el poder real y a un Estado que inutilizaba todo lo que estatizaba.. Las famosas “misiones” de salud organizadas por Cuba, hoy desgastadas o desaparecidas, eran más bien intervenciones de comando de medicina primaria, paralelas a la destrucción del sistema de salud público. Esto informa sobre las paradojas de un “socialismo” que fue desarticulando lo poco pero real que había de Estado de bienestar en Venezuela y sustituyéndolo por operaciones erráticas financiadas con los recursos petroleros.. Todo eso se agravó tras la muerte de Chávez. Un sector de la izquierda —de dentro y de fuera de Venezuela— se refugió entonces en la atribución de los males al “madurismo”, que se había desviado del camino trazado por Chávez: el “chavismo no madurista”. Con el avance de las sucesivas crisis, tras la bonanza petrolera, la energía popular se fue concentrando en resolver problemas del día a día —en “matar tigritos»—. Esa búsqueda de respuestas individuales a una vida cotidiana imposible tuvo su expresión más dramática en uno de los mayores —o el mayor— movimiento migratorio de América Latina.. Entretanto, el régimen se iba desvinculando de la legitimidad electoral, que había sido uno de los combustibles del chavismo. Un populismo sin pueblo iba tomando el lugar del “pueblo de Chávez”. La silueta de los “ojos de Chávez” —como comandante eterno— se podía ver en las paredes de las ciudades venezolanas. Pero esos ojos vigilantes se fueron volviendo cada vez más invisibles para los venezolanos de a pie —como pasó con el “socialismo real”, las palabras se fueron vaciando de sentido—.. Otra vez, como ya había ocurrido con Cuba, la fuente de legitimidad política no eran ya las conquistas sociales, sino la resistencia al “cerco imperialista” (que, en efecto, tuvo sus visos de realidad). Que Venezuela fuera una potencia hidrocarburífera alimentó, además, la sospecha de que el Imperio buscaba robarse el petróleo (una idea algo simplona a la que ahora Donald Trump busca volver real, aunque parece haber cierta cautela en las empresas).. La épica de la resistencia reemplazó a la épica de la construcción de un modelo políticamente democrático y económicamente viable. Como escribió Wilder Pérez Varona para el caso cubano, el vocabulario de la Revolución —soberanía, pueblo, igualdad, justicia social—dejó de operar como gramática compartida y como horizonte de sentido capaz de organizar la experiencia social. La contracara fue una represión creciente que incluía una activa participación del cada vez más temido Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), con potestades para encarcelar sin el más mínimo respeto a los derechos humanos.. Venezuela se transformaría entonces en una potente arma de la derecha. Incluso los medios internacionales llegaron a obsesionarse con el país caribeño respecto de otros autoritarismos. Venezuela vendía. Luego, la emigración volvería la discusión sobre el chavismo un tema de actualidad nacional en diversos países. Las masas de venezolanos por el mundo encarnaban un activismo mucho más potente que el de las Corinas Machados y sus predecesores en los foros de las derechas —y extremas derechas— globales. Cada emigrante era un testimonio del fracaso del sistema.. De manera general —obviamente con excepciones— la izquierda regional no encontró un lenguaje, un marco teórico ni un lugar en la discusión pública para cuestionar estas derivas, aunque se fue distanciando, a menudo de manera silenciosa, del bolivarianismo. Que criticar al chavismo significara coincidir con la derecha —en una discusión que ya era doméstica— no ayudó a encontrar ese “lugar de enunciación” (lo mismo ocurre, en parte, con la invasión rusa de Ucrania).. El resultado es hoy catastrófico. Una suerte de caída del Muro de Berlín para las izquierdas latinoamericanas —y también para las de varios países de Europa—. El desprestigio de Maduro es tan grande que ha paralizado en todos lados las acciones contra la más grave, e impune, intervención imperialista de los últimos tiempos.. La Casa Blanca ha hecho explícito que está implementando el “corolario Trump” de la Doctrina Monroe, dada por concluida por el secretario de Estado John Kerry en 2013. Esa doctrina concebida contra la intervención de poderes extracontinentales al final de las luchas por la independencia justificaría luego, como escribió Reginaldo Nasser, la injerencia pura y dura en asuntos domésticos frente a cualquier amenaza o supuesta amenaza a la seguridad de Estados Unidos.. El “corolario Trump” sirve hoy para defender los intereses estadounidenses de manera descarada y afianzar a fuerzas de extrema derecha en la región. Trump, a diferencia de los neocons de la era Bush, ya no habla de democracia y derechos humanos para justificar sus intervenciones. No hay ninguna hipocresía en sus discursos, es un imperialismo desnudo que puede ir a secuestrar a Maduro, pretender robarle Groenlandia a Dinamarca, o decir que Estados Unidos gestionará Venezuela hasta que haya una transición aceptable para él, y que allí se instalarán ahora las empresas petroleras gringas. Finalmente, ¿por qué un “lumpencapitalista” con veleidades autocráticas en su propio país, que desprecia y sabotea el orden multilateral, pretendería instalar la democracia fronteras afuera? Estas políticas tienen un coro de apoyo en la galaxia de la ultraderecha regional, que ve a Trump, en muchos sentidos, como su “propio” presidente. La voz más audible de ese coro es la del argentino Javier Milei, quien se emociona, casi hasta las lágrimas, cuando cuenta sus encuentros con el magnate neoyorquino.. La “mancha venenosa” de Maduro descalifica hoy las acciones antiimperialistas y, como ocurrió con la caída del Muro de Berlín, los cascotes caen sobre quienes apoyaron a Maduro como sobre quienes lo criticaron. Las crisis catastróficas no hacen caso a los “matices” —hacen girar el péndulo hasta el extremo contrario—. Hoy ese extremo es la ola reaccionaria que recorre la región y que define el nuevo campo de batalla político cuesta arriba en el que deben actuar las izquierdas democráticas, debilitadas pero no derrotadas.. Pablo Stefanoni es historiador.

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