La captura de Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York no solo cerraron un ciclo político en Venezuela: abrieron un nuevo tablero de poder en el hemisferio occidental. En cuestión de horas, Delcy Rodríguez asumió como presidenta encargada, respaldada por el alto mando militar y el Tribunal Supremo, mientras Washington dejaba claro que no piensa limitarse a observar la transición desde la distancia. Para la Casa Blanca de Donald Trump, Venezuela ha pasado de ser un problema regional a un asunto de seguridad hemisférica.. El mensaje fue tan directo como simbólico. El Departamento de Estado difundió una imagen del presidente Trump con la frase superpuesta: «This is OUR hemisphere». Acompañada de una advertencia inequívoca: Trump «no permitirá que nuestra seguridad sea amenazada». No era una consigna retórica. Era una declaración de doctrina.. Un interinato vigilado. Delcy Rodríguez asumió el poder en medio del mayor vacío institucional en dos décadas. Formalmente, su presidencia es «encargada» y la ausencia de Maduro fue calificada como temporal, una ambigüedad jurídica que le concede margen de maniobra. En la práctica, Rodríguez controla el aparato del Estado desde hace años: economía, seguridad, relaciones exteriores. Su llegada no representa una ruptura con el chavismo, sino una reconfiguración del poder.. Ese es precisamente el punto de partida de Washington. Estados Unidos no espera una transición limpia ni un relevo inmediato hacia la oposición. Su estrategia apunta a condicionar la continuidad del régimen mediante presión económica y concesiones políticas graduales.. El petróleo como palanca. El eje del plan estadounidense es el control del petróleo. La llamada «cuarentena petrolera» —un sistema de sanciones, vigilancia de cargamentos y restricciones financieras— se mantiene intacta y se convierte en la principal moneda de cambio. Washington no oculta su objetivo: ninguna normalización sin cambios verificables.. El secretario de Estado, Marco Rubio, fue explícito. Estados Unidos no pretende gobernar Venezuela, dijo, pero sí impedir que su sector energético quede en manos de actores hostiles o de redes criminales. En la visión de Trump, el petróleo venezolano debe volver al mercado bajo reglas claras, con participación de empresas estadounidenses y sin convertirse en un instrumento de desestabilización regional.. Para los críticos, se trata de una operación de captura económica. Para la Casa Blanca, es una estrategia de estabilización y seguridad. En cualquier caso, el mensaje es claro: sin concesiones políticas, no habrá alivio económico.. Narcotráfico, migración y control. La transición diseñada en Washington no gira únicamente en torno al petróleo. Está atravesada por dos obsesiones del trumpismo: narcotráfico y migración. La captura de Maduro fue presentada como parte de una ofensiva contra redes criminales transnacionales, y el nuevo liderazgo en Caracas deberá demostrar cooperación real en esa agenda.. El razonamiento es simple: sin control territorial ni ruptura con las estructuras del narcotráfico, no habrá levantamiento de sanciones. En este esquema, Delcy Rodríguez enfrenta un dilema: resistir y profundizar el aislamiento o ceder en áreas sensibles para ganar oxígeno económico.. Del discurso soberanista al pragmatismo. Tras un primer momento de denuncia por violación de la soberanía, Rodríguez bajó el tono. Habló de «colaboración» con Estados Unidos y de reconstruir una relación basada en el derecho internacional. Fue un giro calculado, consciente de la asimetría de poder y del margen limitado que deja la nueva correlación de fuerzas. Trump, sin embargo, respondió con una advertencia que sonó a ultimátum. Si no coopera, dijo, podría “pagar un precio mayor” que Maduro. La frase resume el enfoque estadounidense: no hay neutralidad posible. Caracas deberá alinearse, negociar o asumir las consecuencias.. El debate jurídico y el precedente. La estrategia de Washington no está exenta de costos. La forma en que Maduro fue capturado ha generado críticas en la región y reabre el debate sobre la legalidad internacional y la extraterritorialidad del poder judicial estadounidense. Varios gobiernos han expresado inquietud por el precedente. La Casa Blanca parece dispuesta a asumir ese desgaste. Confía en que el resultado —Maduro sentado en el banquillo— legitime el método ante su electorado y ante aliados que priorizan seguridad y orden frente a formalismos diplomáticos.. El lema «nuestro hemisferio» no solo interpela a Caracas. Es un mensaje dirigido también a China, Rusia e Irán, y a los países latinoamericanos que observan con recelo el retorno de una política exterior estadounidense más dura, más directa y menos multilateral.. ¿Qué puede venir ahora?. A corto plazo, el plan de Estados Unidos se articula en tres frentes: Primero, presión económica sostenida. La cuarentena petrolera seguirá siendo el principal instrumento de coerción y negociación. Segundo, negociación condicionada. Washington explorará acuerdos con el gobierno encargado solo si se traducen en pasos concretos: cooperación en seguridad, señales políticas y garantías mínimas de apertura. Tercero, disuasión regional. El caso venezolano se convierte en ejemplo: Estados Unidos está dispuesto a actuar para proteger lo que considera su esfera de influencia.. La gran incógnita es si Delcy Rodríguez utilizará el interinato para abrir un proceso electoral creíble o para administrar la supervivencia del sistema con otro rostro. La segunda es si Trump mantendrá el equilibrio entre presión y control sin cruzar la línea hacia una tutela directa, una tentación que asoma cada vez que el presidente insiste en que Estados Unidos «está a cargo».. Venezuela entra así en una transición diseñada desde fuera, vigilada desde Washington y ejecutada desde Caracas. Una transición incierta, asimétrica y profundamente geopolítica, en la que el margen de decisión interna se reduce mientras el hemisferio vuelve a ordenarse, esta vez bajo una consigna sin matices: es nuestro.
La captura de Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York no solo cerraron un ciclo político en Venezuela: abrieron un nuevo tablero de poder en el hemisferio occidental. En cuestión de horas, Delcy Rodríguez asumió como presidenta encargada, respaldada por el alto mando militar y el Tribunal Supremo, mientras Washington dejaba claro que no piensa limitarse a observar la transición desde la distancia. Para la Casa Blanca de Donald Trump, Venezuela ha pasado de ser un problema regional a un asunto de seguridad hemisférica.. El mensaje fue tan directo como simbólico. El Departamento de Estado difundió una imagen del presidente Trump con la frase superpuesta: «This is OUR hemisphere». Acompañada de una advertencia inequívoca: Trump «no permitirá que nuestra seguridad sea amenazada». No era una consigna retórica. Era una declaración de doctrina.. Un interinato vigilado. Delcy Rodríguez asumió el poder en medio del mayor vacío institucional en dos décadas. Formalmente, su presidencia es «encargada» y la ausencia de Maduro fue calificada como temporal, una ambigüedad jurídica que le concede margen de maniobra. En la práctica, Rodríguez controla el aparato del Estado desde hace años: economía, seguridad, relaciones exteriores. Su llegada no representa una ruptura con el chavismo, sino una reconfiguración del poder.. Ese es precisamente el punto de partida de Washington. Estados Unidos no espera una transición limpia ni un relevo inmediato hacia la oposición. Su estrategia apunta a condicionar la continuidad del régimen mediante presión económica y concesiones políticas graduales.. El petróleo como palanca. El eje del plan estadounidense es el control del petróleo. La llamada «cuarentena petrolera» —un sistema de sanciones, vigilancia de cargamentos y restricciones financieras— se mantiene intacta y se convierte en la principal moneda de cambio. Washington no oculta su objetivo: ninguna normalización sin cambios verificables.. El secretario de Estado, Marco Rubio, fue explícito. Estados Unidos no pretende gobernar Venezuela, dijo, pero sí impedir que su sector energético quede en manos de actores hostiles o de redes criminales. En la visión de Trump, el petróleo venezolano debe volver al mercado bajo reglas claras, con participación de empresas estadounidenses y sin convertirse en un instrumento de desestabilización regional.. Para los críticos, se trata de una operación de captura económica. Para la Casa Blanca, es una estrategia de estabilización y seguridad. En cualquier caso, el mensaje es claro: sin concesiones políticas, no habrá alivio económico.. Narcotráfico, migración y control. La transición diseñada en Washington no gira únicamente en torno al petróleo. Está atravesada por dos obsesiones del trumpismo: narcotráfico y migración. La captura de Maduro fue presentada como parte de una ofensiva contra redes criminales transnacionales, y el nuevo liderazgo en Caracas deberá demostrar cooperación real en esa agenda.. El razonamiento es simple: sin control territorial ni ruptura con las estructuras del narcotráfico, no habrá levantamiento de sanciones. En este esquema, Delcy Rodríguez enfrenta un dilema: resistir y profundizar el aislamiento o ceder en áreas sensibles para ganar oxígeno económico.. Del discurso soberanista al pragmatismo. Tras un primer momento de denuncia por violación de la soberanía, Rodríguez bajó el tono. Habló de «colaboración» con Estados Unidos y de reconstruir una relación basada en el derecho internacional. Fue un giro calculado, consciente de la asimetría de poder y del margen limitado que deja la nueva correlación de fuerzas. Trump, sin embargo, respondió con una advertencia que sonó a ultimátum. Si no coopera, dijo, podría “pagar un precio mayor” que Maduro. La frase resume el enfoque estadounidense: no hay neutralidad posible. Caracas deberá alinearse, negociar o asumir las consecuencias.. El debate jurídico y el precedente. La estrategia de Washington no está exenta de costos. La forma en que Maduro fue capturado ha generado críticas en la región y reabre el debate sobre la legalidad internacional y la extraterritorialidad del poder judicial estadounidense. Varios gobiernos han expresado inquietud por el precedente. La Casa Blanca parece dispuesta a asumir ese desgaste. Confía en que el resultado —Maduro sentado en el banquillo— legitime el método ante su electorado y ante aliados que priorizan seguridad y orden frente a formalismos diplomáticos.. El lema «nuestro hemisferio» no solo interpela a Caracas. Es un mensaje dirigido también a China, Rusia e Irán, y a los países latinoamericanos que observan con recelo el retorno de una política exterior estadounidense más dura, más directa y menos multilateral.. ¿Qué puede venir ahora?. A corto plazo, el plan de Estados Unidos se articula en tres frentes: Primero, presión económica sostenida. La cuarentena petrolera seguirá siendo el principal instrumento de coerción y negociación. Segundo, negociación condicionada. Washington explorará acuerdos con el gobierno encargado solo si se traducen en pasos concretos: cooperación en seguridad, señales políticas y garantías mínimas de apertura. Tercero, disuasión regional. El caso venezolano se convierte en ejemplo: Estados Unidos está dispuesto a actuar para proteger lo que considera su esfera de influencia.. La gran incógnita es si Delcy Rodríguez utilizará el interinato para abrir un proceso electoral creíble o para administrar la supervivencia del sistema con otro rostro. La segunda es si Trump mantendrá el equilibrio entre presión y control sin cruzar la línea hacia una tutela directa, una tentación que asoma cada vez que el presidente insiste en que Estados Unidos «está a cargo».. Venezuela entra así en una transición diseñada desde fuera, vigilada desde Washington y ejecutada desde Caracas. Una transición incierta, asimétrica y profundamente geopolítica, en la que el margen de decisión interna se reduce mientras el hemisferio vuelve a ordenarse, esta vez bajo una consigna sin matices: es nuestro.
El plan de la Casa Blanca combina la presión económica a través de la «cuarentena petrolera» con invitaciones a colaborar en el plano político
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