El domingo arrancó con una amenaza dicha en tono casi casual. Donald Trump, recién llegado a su club de golf en West Palm Beach, atendía una entrevista telefónica cuando lanzó una frase que resonó como advertencia y hoja de ruta al mismo tiempo. Si Delcy Rodríguez «no hace lo correcto», dijo, «va a pagar un precio muy alto, probablemente más alto que el de Maduro». No era una metáfora. Nicolás Maduro acababa de ser ingresado en una celda de Nueva York, y Trump hablaba ya del futuro inmediato de Venezuela como si se tratara de una administración en pausa.. La escena es difícil de exagerar: el presidente de Estados Unidos describe con naturalidad cómo su país podría «dirigir» Venezuela «de momento», mientras el hombre que gobernó durante más de una década espera juicio por narcotráfico y terrorismo. En el mismo hilo de conversación, Trump [[LINK:EXTERNO|||https://www.larazon.es/internacional/dinamarca-exige-respeto-total-groenlandia-polemico-tuit-mujer-asesor-trump-b50m_20260104695a9962ea66eb73532637ae.html|||saltó sin transición a Groenlandia —»la necesitamos, absolutamente»]]— y a la posibilidad de que Venezuela no sea el último país sometido a una intervención estadounidense. El mensaje era claro: el mapa del poder está abierto y Washington se reserva el derecho de mover fronteras políticas cuando lo considere necesario.. Ese tono contrastó con el del día anterior. Horas después del ataque militar sobre Caracas y de la captura de Maduro y su esposa, Cilia Flores, Trump había elogiado públicamente a Delcy Rodríguez. Según él, la vicepresidenta había mostrado en privado disposición a cooperar con Estados Unidos. Fue entonces cuando pronunció la frase que encendió las alarmas: EE UU «manejaría» Venezuela de manera temporal durante la transición. La palabra «run», tan empresarial como colonial, bastó para disparar preguntas sobre ocupación, tutela y soberanía.. Desde Washington, el encargado de poner marco a esas declaraciones fue el secretario de Estado Marco Rubio. Su tarea: decir sin decir. Aclarar sin cerrar puertas. En televisión, insistió en que no existe un plan formal de ocupación, pero recordó que el presidente «siempre mantiene opciones». Bajo la Constitución estadounidense, explicó, Trump puede actuar frente a amenazas «inminentes y urgentes». Venezuela, en su relato, es exactamente eso.. «No es el Medio Oriente». Lo que sí está en marcha es una estrategia de presión económica y militar cuidadosamente calibrada. Rubio habló de una «cuarentena»petrolera: un bloqueo selectivo que permite a Estados Unidos interceptar y confiscar cargamentos de crudo sancionado con orden judicial. La Marina estadounidense ya patrulla la zona y ha atacado más de treinta embarcaciones. No se trata solo de frenar drogas, dijo, sino de paralizar la principal fuente de ingresos del régimen. El petróleo venezolano, «atrasado» y capturado por élites corruptas, es el nervio que Washington busca cortar.. En la visión de Rubio, el objetivo va más allá de un cambio de nombres en el Palacio de Miraflores. Se trata de expulsar a actores que Estados Unidos considera amenazas directas: disidencias de las FARC, el ELN, redes de narcotráfico, presencia iraní, vínculos con Hezbollah y, en el pasado, influencia cubana. «Esto no es el Medio Oriente», insistió. No es Libia ni Irak ni Afganistán. Es el hemisferio occidental, el «patio trasero» donde, en el siglo XXI, Washington no aceptará enclaves hostiles.. Mientras Maduro afronta cargos federales por conspiración para importar cocaína y colaborar con organizaciones catalogadas como terroristas, el debate se desplaza al día después. ¿Quién manda ahora en Venezuela? ¿Cuándo habrá elecciones? Para Rubio, la impaciencia es ingenua. Pretender comicios inmediatos es «absurdo». Primero debe haber orden, dirección, señales claras de ruptura con el pasado. El proceso, dijo, llevará tiempo, pero debe moverse en la «dirección correcta».. Una operación quirúrgica. La ambigüedad del plan estadounidense quedó aún más expuesta en una entrevista televisiva cuando la periodista Margaret Brennan confrontó al secretario de Estado Marco Rubio con una pregunta directa: si el régimen sigue en pie, ¿por qué solo fue detenido Maduro y no otros altos funcionarios acusados de narcotráfico, como Diosdado Cabello, considerado el verdadero controlador de los aparatos de seguridad y con una recompensa millonaria sobre su cabeza?. Rubio reaccionó con irritación. «¿Está confundida?», respondió, antes de justificar la decisión en términos operativos: no se trataba —dijo— de «entrar y capturar a cinco personas» de una sola vez. La explicación dejó entrever los límites, al menos por ahora, de la intervención estadounidense: una operación quirúrgica, no una purga total, ejecutada bajo el cálculo político y militar de hasta dónde empujar sin desencadenar un conflicto mayor.. Dentro del Partido Republicano, el consenso es frágil. El congresista Jim Jordan celebró la captura de Maduro como una victoria pura del «America First»: traer a un «mal tipo» ante la justicia es cumplir lo prometido a los votantes. Otros, como la representante Marjorie Taylor Greene, denunciaron una traición al aislacionismo que define al movimiento MAGA. En el Senado, Tom Cotton adoptó una postura intermedia: reconoció que quedan muchas preguntas abiertas y reinterpretó la idea de “dirigir” Venezuela no como gobierno directo, sino como imposición de condiciones.. De esta forma, Venezuela entra en una zona gris inédita. Sin Maduro, sin elecciones inmediatas, bajo una presión económica asfixiante y con la sombra de botas estadounidenses que Trump dice no temer. «Dirigirla de momento» no significa necesariamente gobernarla con banderas y uniformes, pero sí condicionar cada decisión clave desde Washington. Es una tutela sin nombre claro, un interregno donde la soberanía queda suspendida a prueba de buena conducta.
El domingo arrancó con una amenaza dicha en tono casi casual. Donald Trump, recién llegado a su club de golf en West Palm Beach, atendía una entrevista telefónica cuando lanzó una frase que resonó como advertencia y hoja de ruta al mismo tiempo. Si Delcy Rodríguez «no hace lo correcto», dijo, «va a pagar un precio muy alto, probablemente más alto que el de Maduro». No era una metáfora. Nicolás Maduro acababa de ser ingresado en una celda de Nueva York, y Trump hablaba ya del futuro inmediato de Venezuela como si se tratara de una administración en pausa.. La escena es difícil de exagerar: el presidente de Estados Unidos describe con naturalidad cómo su país podría «dirigir» Venezuela «de momento», mientras el hombre que gobernó durante más de una década espera juicio por narcotráfico y terrorismo. En el mismo hilo de conversación, Trump [[LINK:EXTERNO|||https://www.larazon.es/internacional/dinamarca-exige-respeto-total-groenlandia-polemico-tuit-mujer-asesor-trump-b50m_20260104695a9962ea66eb73532637ae.html|||saltó sin transición a Groenlandia —»la necesitamos, absolutamente»]]— y a la posibilidad de que Venezuela no sea el último país sometido a una intervención estadounidense. El mensaje era claro: el mapa del poder está abierto y Washington se reserva el derecho de mover fronteras políticas cuando lo considere necesario.. Ese tono contrastó con el del día anterior. Horas después del ataque militar sobre Caracas y de la captura de Maduro y su esposa, Cilia Flores, Trump había elogiado públicamente a Delcy Rodríguez. Según él, la vicepresidenta había mostrado en privado disposición a cooperar con Estados Unidos. Fue entonces cuando pronunció la frase que encendió las alarmas: EE UU «manejaría» Venezuela de manera temporal durante la transición. La palabra «run», tan empresarial como colonial, bastó para disparar preguntas sobre ocupación, tutela y soberanía.. Desde Washington, el encargado de poner marco a esas declaraciones fue el secretario de Estado Marco Rubio. Su tarea: decir sin decir. Aclarar sin cerrar puertas. En televisión, insistió en que no existe un plan formal de ocupación, pero recordó que el presidente «siempre mantiene opciones». Bajo la Constitución estadounidense, explicó, Trump puede actuar frente a amenazas «inminentes y urgentes». Venezuela, en su relato, es exactamente eso.. «No es el Medio Oriente». Lo que sí está en marcha es una estrategia de presión económica y militar cuidadosamente calibrada. Rubio habló de una «cuarentena»petrolera: un bloqueo selectivo que permite a Estados Unidos interceptar y confiscar cargamentos de crudo sancionado con orden judicial. La Marina estadounidense ya patrulla la zona y ha atacado más de treinta embarcaciones. No se trata solo de frenar drogas, dijo, sino de paralizar la principal fuente de ingresos del régimen. El petróleo venezolano, «atrasado» y capturado por élites corruptas, es el nervio que Washington busca cortar.. En la visión de Rubio, el objetivo va más allá de un cambio de nombres en el Palacio de Miraflores. Se trata de expulsar a actores que Estados Unidos considera amenazas directas: disidencias de las FARC, el ELN, redes de narcotráfico, presencia iraní, vínculos con Hezbollah y, en el pasado, influencia cubana. «Esto no es el Medio Oriente», insistió. No es Libia ni Irak ni Afganistán. Es el hemisferio occidental, el «patio trasero» donde, en el siglo XXI, Washington no aceptará enclaves hostiles.. Mientras Maduro afronta cargos federales por conspiración para importar cocaína y colaborar con organizaciones catalogadas como terroristas, el debate se desplaza al día después. ¿Quién manda ahora en Venezuela? ¿Cuándo habrá elecciones? Para Rubio, la impaciencia es ingenua. Pretender comicios inmediatos es «absurdo». Primero debe haber orden, dirección, señales claras de ruptura con el pasado. El proceso, dijo, llevará tiempo, pero debe moverse en la «dirección correcta».. Una operación quirúrgica. La ambigüedad del plan estadounidense quedó aún más expuesta en una entrevista televisiva cuando la periodista Margaret Brennan confrontó al secretario de Estado Marco Rubio con una pregunta directa: si el régimen sigue en pie, ¿por qué solo fue detenido Maduro y no otros altos funcionarios acusados de narcotráfico, como Diosdado Cabello, considerado el verdadero controlador de los aparatos de seguridad y con una recompensa millonaria sobre su cabeza?. Rubio reaccionó con irritación. «¿Está confundida?», respondió, antes de justificar la decisión en términos operativos: no se trataba —dijo— de «entrar y capturar a cinco personas» de una sola vez. La explicación dejó entrever los límites, al menos por ahora, de la intervención estadounidense: una operación quirúrgica, no una purga total, ejecutada bajo el cálculo político y militar de hasta dónde empujar sin desencadenar un conflicto mayor.. Dentro del Partido Republicano, el consenso es frágil. El congresista Jim Jordan celebró la captura de Maduro como una victoria pura del «America First»: traer a un «mal tipo» ante la justicia es cumplir lo prometido a los votantes. Otros, como la representante Marjorie Taylor Greene, denunciaron una traición al aislacionismo que define al movimiento MAGA. En el Senado, Tom Cotton adoptó una postura intermedia: reconoció que quedan muchas preguntas abiertas y reinterpretó la idea de “dirigir” Venezuela no como gobierno directo, sino como imposición de condiciones.. De esta forma, Venezuela entra en una zona gris inédita. Sin Maduro, sin elecciones inmediatas, bajo una presión económica asfixiante y con la sombra de botas estadounidenses que Trump dice no temer. «Dirigirla de momento» no significa necesariamente gobernarla con banderas y uniformes, pero sí condicionar cada decisión clave desde Washington. Es una tutela sin nombre claro, un interregno donde la soberanía queda suspendida a prueba de buena conducta.
El presidente republicano se ha vuelto a referir a como EE UU podría «dirigir» Venezuela «de momento»
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