Por ahora, Washington no habla de democracia. Habla de control. De petróleo. De seguridad. Y de poder. La caída de Nicolás Maduro, capturado en una operación quirúrgica que la Casa Blanca insiste en presentar como una acción policial contra un «narcotraficante» y no como un cambio de régimen, ha abierto un nuevo capítulo en la relación entre Estados Unidos y Venezuela. Un capítulo que lleva la firma inequívoca de Donald Trump, y que redefine las prioridades de la política exterior estadounidense en el hemisferio occidental.. El mensaje de fondo es claro: Venezuela deja de ser un problema ideológico para convertirse en una pieza estratégica. El objetivo inmediato no es la celebración de elecciones libres ni la reconstrucción institucional, sino garantizar que el país deje de ser —en palabras del secretario de Estado— «un cruce de caminos de adversarios de Estados Unidos». La democracia, si llega, será más tarde.. Delcy Rodríguez, el eje de una transición vigilada. La figura clave en esta etapa es Delcy Rodríguez, ex vicepresidenta y ahora líder interina de un poder fragmentado y desconfiado. Para la administración Trump, Rodríguez no es una aliada natural, pero sí un instrumento útil. Según funcionarios estadounidenses, su margen de maniobra es mínimo: está, dicen, «con una correa corta».. Washington le ha trasladado tres exigencias inmediatas si quiere evitar el destino de su antecesor. Primero, una ofensiva real contra el narcotráfico y las rutas de drogas hacia el norte. Segundo, la expulsión de operadores iraníes, cubanos y de otras redes hostiles a los intereses estadounidenses. Y tercero, el cese de la venta de petróleo venezolano a países considerados adversarios de Estados Unidos.. La Casa Blanca espera, eventualmente, que Rodríguez facilite elecciones libres y se haga a un lado. Pero el énfasis está en el «eventualmente». No hay fechas. No hay calendarios. Y, según fuentes del propio Gobierno, «no hay elecciones inminentes».. Trump no disimula la amenaza. Trump tampoco disimula el uso de la fuerza como herramienta de presión. «Venezuela, hasta ahora, ha sido muy amable», dijo a bordo del Air Force One. «Pero ayuda tener una fuerza como la que tenemos. Si no se comportan, habrá un segundo ataque». La advertencia no es retórica. La captura de Maduro —en pleno Caracas— ha servido como demostración de poder y como mensaje al círculo que aún controla resortes clave del Estado venezolano. Washington cree haber probado que puede actuar cuando quiera y donde quiera.. Rubio, Wright y el equipo que toma el mando. La estrategia está liderada políticamente por el secretario de Estado Marco Rubio, quien ha sido explícito en su diagnóstico: Venezuela no puede seguir siendo un santuario para el narcotráfico ni un enclave de influencia iraní y de Hizbulá en el continente.. Pero el petróleo ha pasado al centro del tablero. Y ahí emerge otro nombre clave: el secretario de Energía, Chris Wright, designado como punto focal del plan para reconstruir —y reorientar— la industria petrolera venezolana. Wright tiene previsto reunirse con ejecutivos de Exxon Mobil y ConocoPhillips, mientras Chevron observa con cautela desde su posición privilegiada: es la única gran petrolera estadounidense que nunca se fue del todo.. Petróleo: beneficio secundario, palanca central. Trump sostiene que la industria petrolera estadounidense podría poner en marcha la producción venezolana en menos de 18 meses. «Será muchísimo dinero», admite. Miles de millones para reparar una infraestructura devastada por décadas de desinversión y mala gestión. La incógnita es quién asume el riesgo: si el Gobierno federal, mediante algún esquema de reembolso, o las propias compañías, confiando en recuperar la inversión con ingresos futuros.. El presidente cree que una Venezuela petrolera ayudaría a mantener bajos los precios del crudo y de la gasolina en Estados Unidos. Pero el cálculo es más complejo. Precios bajos benefician al consumidor, sí, pero reducen márgenes para las mismas empresas que Trump quiere atraer.. Además, las petroleras no olvidan. Venezuela expropió activos en los años setenta y volvió a hacerlo en 2006 y 2007 bajo Hugo Chávez. Darren Woods, consejero delegado de Exxon, ha sido claro: «Hemos sido expropiados dos veces. Habría que ver cómo lucen las condiciones». Aun así, el petróleo es una palanca, no la causa original. Venezuela posee cerca del 17-18% de las reservas mundiales, pero apenas produce entre el 1 y el 1,5% del crudo global. Por el momento no es la joya energética que algunos imaginan. Es, más bien, una ficha geopolítica.. Monroe antes que democracia. En círculos cercanos a la Casa Blanca se repite una idea: esto no es una «guerra contra las drogas», sino una actualización de la Doctrina Monroe. Estados Unidos no está dispuesto a tolerar una plataforma de influencia china, rusa, iraní o cubana en su vecindario inmediato. Trump lo ha dicho sin rodeos al afirmar que Estados Unidos «dirigirá» Venezuela. Sus asesores matizan: no se trata de administrar el país, sino de condicionar a su liderazgo. Pero el mensaje cala. El discurso oficial habla de estabilidad y de intereses estadounidenses. La palabra democracia aparece, pero relegada. El propio Gobierno reconoce que discutir elecciones ahora es «prematuro».. Embajada, presos y sanciones: lo que no está sobre la mesa. Trump ha deslizado que evalúa reabrir la embajada estadounidense en Caracas, aunque gran parte del trabajo se hará «desde fuera». No hay, por ahora, planes claros para levantar sanciones ni para desplegar ayuda humanitaria significativa.. Washington sí exige la liberación de ciudadanos estadounidenses detenidos en Venezuela. Pero llama la atención lo que no exige: la liberación masiva de presos políticos venezolanos. Una omisión que inquieta a veteranos republicanos como Elliott Abrams, quien advierte del riesgo de que Estados Unidos se conforme con un cambio superficial.. Eso sí, la presión financiera es real. Rodríguez tiene activos en Doha y Turquía, y solo la mención de conversaciones con esos gobiernos, según Abrams, puede ser una amenaza poderosa. El escenario interno venezolano es frágil. Junto a Rodríguez, figuras como Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López conservan poder, armas y agendas propias. Un «nido de víboras», según una fuente estadounidense.. Rodríguez debe mostrar indignación por la captura de Maduro y, al mismo tiempo, apertura a Washington. Un ejercicio de equilibrio que, según analistas como Ryan Berg, Embajada, presos y sanciones: lo que no está sobre la mesa Todo esto da para pensar que Trump no promete una Venezuela libre en el corto plazo. Promete una Venezuela alineada. Sin adversarios de Estados Unidos. Sin rutas de droga. Con petróleo fluyendo bajo nuevas reglas.. Para la Casa Blanca, eso es suficiente -por ahora-. La democracia queda en pausa. El control, en primer plano. Y América Latina asiste, una vez más, a la confirmación de una vieja máxima: cuando Washington actúa, no siempre lo hace en nombre de valores universales, sino de intereses concretos. Esta vez, sin demasiados disfraces.
Por ahora, Washington no habla de democracia. Habla de control. De petróleo. De seguridad. Y de poder. La caída de Nicolás Maduro, capturado en una operación quirúrgica que la Casa Blanca insiste en presentar como una acción policial contra un «narcotraficante» y no como un cambio de régimen, ha abierto un nuevo capítulo en la relación entre Estados Unidos y Venezuela. Un capítulo que lleva la firma inequívoca de Donald Trump, y que redefine las prioridades de la política exterior estadounidense en el hemisferio occidental.. El mensaje de fondo es claro: Venezuela deja de ser un problema ideológico para convertirse en una pieza estratégica. El objetivo inmediato no es la celebración de elecciones libres ni la reconstrucción institucional, sino garantizar que el país deje de ser —en palabras del secretario de Estado— «un cruce de caminos de adversarios de Estados Unidos». La democracia, si llega, será más tarde.. Delcy Rodríguez, el eje de una transición vigilada. La figura clave en esta etapa es Delcy Rodríguez, ex vicepresidenta y ahora líder interina de un poder fragmentado y desconfiado. Para la administración Trump, Rodríguez no es una aliada natural, pero sí un instrumento útil. Según funcionarios estadounidenses, su margen de maniobra es mínimo: está, dicen, «con una correa corta».. Washington le ha trasladado tres exigencias inmediatas si quiere evitar el destino de su antecesor. Primero, una ofensiva real contra el narcotráfico y las rutas de drogas hacia el norte. Segundo, la expulsión de operadores iraníes, cubanos y de otras redes hostiles a los intereses estadounidenses. Y tercero, el cese de la venta de petróleo venezolano a países considerados adversarios de Estados Unidos.. La Casa Blanca espera, eventualmente, que Rodríguez facilite elecciones libres y se haga a un lado. Pero el énfasis está en el «eventualmente». No hay fechas. No hay calendarios. Y, según fuentes del propio Gobierno, «no hay elecciones inminentes».. Trump no disimula la amenaza. Trump tampoco disimula el uso de la fuerza como herramienta de presión. «Venezuela, hasta ahora, ha sido muy amable», dijo a bordo del Air Force One. «Pero ayuda tener una fuerza como la que tenemos. Si no se comportan, habrá un segundo ataque». La advertencia no es retórica. La captura de Maduro —en pleno Caracas— ha servido como demostración de poder y como mensaje al círculo que aún controla resortes clave del Estado venezolano. Washington cree haber probado que puede actuar cuando quiera y donde quiera.. Rubio, Wright y el equipo que toma el mando. La estrategia está liderada políticamente por el secretario de Estado Marco Rubio, quien ha sido explícito en su diagnóstico: Venezuela no puede seguir siendo un santuario para el narcotráfico ni un enclave de influencia iraní y de Hizbulá en el continente.. Pero el petróleo ha pasado al centro del tablero. Y ahí emerge otro nombre clave: el secretario de Energía, Chris Wright, designado como punto focal del plan para reconstruir —y reorientar— la industria petrolera venezolana. Wright tiene previsto reunirse con ejecutivos de Exxon Mobil y ConocoPhillips, mientras Chevron observa con cautela desde su posición privilegiada: es la única gran petrolera estadounidense que nunca se fue del todo.. Petróleo: beneficio secundario, palanca central. Trump sostiene que la industria petrolera estadounidense podría poner en marcha la producción venezolana en menos de 18 meses. «Será muchísimo dinero», admite. Miles de millones para reparar una infraestructura devastada por décadas de desinversión y mala gestión. La incógnita es quién asume el riesgo: si el Gobierno federal, mediante algún esquema de reembolso, o las propias compañías, confiando en recuperar la inversión con ingresos futuros.. El presidente cree que una Venezuela petrolera ayudaría a mantener bajos los precios del crudo y de la gasolina en Estados Unidos. Pero el cálculo es más complejo. Precios bajos benefician al consumidor, sí, pero reducen márgenes para las mismas empresas que Trump quiere atraer.. Además, las petroleras no olvidan. Venezuela expropió activos en los años setenta y volvió a hacerlo en 2006 y 2007 bajo Hugo Chávez. Darren Woods, consejero delegado de Exxon, ha sido claro: «Hemos sido expropiados dos veces. Habría que ver cómo lucen las condiciones». Aun así, el petróleo es una palanca, no la causa original. Venezuela posee cerca del 17-18% de las reservas mundiales, pero apenas produce entre el 1 y el 1,5% del crudo global. Por el momento no es la joya energética que algunos imaginan. Es, más bien, una ficha geopolítica.. Monroe antes que democracia. En círculos cercanos a la Casa Blanca se repite una idea: esto no es una «guerra contra las drogas», sino una actualización de la Doctrina Monroe. Estados Unidos no está dispuesto a tolerar una plataforma de influencia china, rusa, iraní o cubana en su vecindario inmediato. Trump lo ha dicho sin rodeos al afirmar que Estados Unidos «dirigirá» Venezuela. Sus asesores matizan: no se trata de administrar el país, sino de condicionar a su liderazgo. Pero el mensaje cala. El discurso oficial habla de estabilidad y de intereses estadounidenses. La palabra democracia aparece, pero relegada. El propio Gobierno reconoce que discutir elecciones ahora es «prematuro».. Embajada, presos y sanciones: lo que no está sobre la mesa. Trump ha deslizado que evalúa reabrir la embajada estadounidense en Caracas, aunque gran parte del trabajo se hará «desde fuera». No hay, por ahora, planes claros para levantar sanciones ni para desplegar ayuda humanitaria significativa.. Washington sí exige la liberación de ciudadanos estadounidenses detenidos en Venezuela. Pero llama la atención lo que no exige: la liberación masiva de presos políticos venezolanos. Una omisión que inquieta a veteranos republicanos como Elliott Abrams, quien advierte del riesgo de que Estados Unidos se conforme con un cambio superficial.. Eso sí, la presión financiera es real. Rodríguez tiene activos en Doha y Turquía, y solo la mención de conversaciones con esos gobiernos, según Abrams, puede ser una amenaza poderosa. El escenario interno venezolano es frágil. Junto a Rodríguez, figuras como Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López conservan poder, armas y agendas propias. Un «nido de víboras», según una fuente estadounidense.. Rodríguez debe mostrar indignación por la captura de Maduro y, al mismo tiempo, apertura a Washington. Un ejercicio de equilibrio que, según analistas como Ryan Berg, Embajada, presos y sanciones: lo que no está sobre la mesa Todo esto da para pensar que Trump no promete una Venezuela libre en el corto plazo. Promete una Venezuela alineada. Sin adversarios de Estados Unidos. Sin rutas de droga. Con petróleo fluyendo bajo nuevas reglas.. Para la Casa Blanca, eso es suficiente -por ahora-. La democracia queda en pausa. El control, en primer plano. Y América Latina asiste, una vez más, a la confirmación de una vieja máxima: cuando Washington actúa, no siempre lo hace en nombre de valores universales, sino de intereses concretos. Esta vez, sin demasiados disfraces.
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