El lunes, día de la luna, amanece siempre enfurruñado, y acaso sea esa la causa de la infinita pereza con que nos levantamos, y la desgana.. El martes, día de Marte, el dios romano de la guerra, tiene mala fama en el refranero popular: En martes, ni te cases ni te embarques; Para el que no tiene fortuna de su parte, todos los días son martes.. “Quítate de ahí, que no eres miércoles”, nos advertían de niños cuando, al sentarnos o detenernos en algún sitio, nos poníamos en medio y estorbábamos el paso o molestábamos, por considerarse ese día, consagrado a Mercurio –el dios romano del comercio, y el protector de mercaderes, viajeros y poetas–, el centro de la semana.. El jueves, día de Jovis (Júpiter), el dios supremo de la antigua Roma, que hasta los años 60 del siglo pasado era esperado con impaciencia por los estudiantes, pues no había clase por la tarde, anuncia vísperas.. Cara de viernes, se decía antes de la que aparentaba triste y macilenta, por el ayuno y abstinencia (comer de viernes) que se guardaba ese día, dedicado a Venus, la diosa de la belleza y el amor: hoy habría que decir cara de lunes, porque la de viernes es alegre y animada, por la promesa y la expectativa de lo que está por venir.. El sábado, del hebreo sabatt, que significa reposo o descanso, era la esperanza del domingo cuando no existía el fin de semana (trabajar el sábado por la mañana fue normal en España hasta no hace mucho), y pasó después a ser ya el disfrute de lo apetecido. Que no es solo el descanso, sino el afán y la necesidad y hasta la exigencia de ocupaciones placenteras con que rellenar ese largo paréntesis que no se cierra hasta la noche del domingo, y que obliga a todo el mundo a desperdigarse por ahí, porque nadie quiere estar en casa, y hay que despejarse, cambiar de aires, escapar de la rutina, ir donde sea a sacudirse el estrés y espantar el mal humor acumulado.. Llega así la tarde del domingo (de Dominicus, el día del Señor). Antes, y sobre todo en el campo, cuando solo se descansaba ese día, no daba tiempo a ponerse triste. Ahora, cuántas de esas tardes, desocupadas y solas porque las distracciones no traen olvido, desencantadas por no haberse colmado las expectativas (“el sábado promete, el domingo no cumple”, dice un verso de Miguel d’Ors) y sombreadas por la certeza de que la rueda da otra vez la vuelta y se empieza a trazar de nuevo el mismo círculo y a reescribir la misma página, dan paso a la melancolía y la tristeza. Y cuántas confirman el aserto de Antonio Muñoz Molina en uno de sus libros, Ardor guerrero: “Uno de los mayores misterios de la vida es el de la imposibilidad de ser feliz un domingo por la tarde”.
Uno de los mayores misterios de la vida es el de la imposibilidad de ser feliz un domingo por la tarde
El lunes, día de la luna, amanece siempre enfurruñado, y acaso sea esa la causa de la infinita pereza con que nos levantamos, y la desgana.. El martes, día de Marte, el dios romano de la guerra, tiene mala fama en el refranero popular: En martes, ni te cases ni te embarques; Para el que no tiene fortuna de su parte, todos los días son martes.. “Quítate de ahí, que no eres miércoles”, nos advertían de niños cuando, al sentarnos o detenernos en algún sitio, nos poníamos en medio y estorbábamos el paso o molestábamos, por considerarse ese día, consagrado a Mercurio –el dios romano del comercio, y el protector de mercaderes, viajeros y poetas–, el centro de la semana.. El jueves, día de Jovis (Júpiter), el dios supremo de la antigua Roma, que hasta los años 60 del siglo pasado era esperado con impaciencia por los estudiantes, pues no había clase por la tarde, anuncia vísperas.. Cara de viernes, se decía antes de la que aparentaba triste y macilenta, por el ayuno y abstinencia (comer de viernes) que se guardaba ese día, dedicado a Venus, la diosa de la belleza y el amor: hoy habría que decir cara de lunes, porque la de viernes es alegre y animada, por la promesa y la expectativa de lo que está por venir.. El sábado, del hebreo sabatt, que significa reposo o descanso, era la esperanza del domingo cuando no existía el fin de semana (trabajar el sábado por la mañana fue normal en España hasta no hace mucho), y pasó después a ser ya el disfrute de lo apetecido. Que no es solo el descanso, sino el afán y la necesidad y hasta la exigencia de ocupaciones placenteras con que rellenar ese largo paréntesis que no se cierra hasta la noche del domingo, y que obliga a todo el mundo a desperdigarse por ahí, porque nadie quiere estar en casa, y hay que despejarse, cambiar de aires, escapar de la rutina, ir donde sea a sacudirse el estrés y espantar el mal humor acumulado.. Llega así la tarde del domingo (de Dominicus, el día del Señor). Antes, y sobre todo en el campo, cuando solo se descansaba ese día, no daba tiempo a ponerse triste. Ahora, cuántas de esas tardes, desocupadas y solas porque las distracciones no traen olvido, desencantadas por no haberse colmado las expectativas (“el sábado promete, el domingo no cumple”, dice un verso de Miguel d’Ors) y sombreadas por la certeza de que la rueda da otra vez la vuelta y se empieza a trazar de nuevo el mismo círculo y a reescribir la misma página, dan paso a la melancolía y la tristeza. Y cuántas confirman el aserto de Antonio Muñoz Molina en uno de sus libros, Ardor guerrero: “Uno de los mayores misterios de la vida es el de la imposibilidad de ser feliz un domingo por la tarde”.
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