Toni Soldevilla recuerda con precisión aquella mañana de Viladecans. Salía de recoger basura y cartón por la zona industrial junto a su padre, con la ropa llena de suciedad, y todavía tenía que ir a entrenar. Así lo ha contado en una estremecedora entrevista en El Periódico. Así vivió durante un tiempo el hombre que había firmado su primer contrato con el Espanyol a los 17 años y que acabaría disputando 133 partidos con el primer equipo. No había glamour ni atajo: había trabajo y fútbol, en ese orden, o los dos a la vez cuando hacía falta.. Los orígenes. Sus padres le pusieron las reglas pronto: si no estudiaba, tenía que trabajar. Soldevilla compaginó las dos cosas sin demasiado entusiasmo por las aulas. «Llegué a acabar la EGB. De aquella manera y porque mi madre me dijo que, si no, me quitaba el fútbol. Y dije, hostia, sin fútbol no», recuerda entre risas. Después llegó la Formación Profesional, que dejó a los dos años para ponerse a trabajar. La cantera del Espanyol fue el camino que lo cambió todo. Con 18 años ya estaba en el primer equipo, arrancando una carrera que lo llevaría también a jugar en el extranjero y que quedó marcada por un carácter duro dentro del campo, con entradas contundentes y varias expulsiones. Antes, cuando no sabía si podía vivir del fútbol, trabajó con su padre: «Con mi padre, que era basurero. Íbamos por Viladecans, llevaba la zona industrial, recogiendo la basura, el cartón… Es que mis padres me decían que, si no estudiaba, tenía que trabajar. Y lo fui compaginando con el fútbol. Me acuerdo de ir a entrenar lleno de mierda, porque venía de trabajar». La caída y el diagnóstico. La parte más difícil llegó después. Los problemas de adicción a las drogas que arrastraba desde hacía tiempo estallaron de forma pública y ya no hubo manera de contenerlos. «Todos los problemas que yo venía teniendo desde hacía años se destaparon. Desde el club ya no había forma de taparlo. Llegué a una situación que ya era insostenible. Fui a un centro en Valencia», explica Soldevilla. Lo que encontró allí fue más de lo que esperaba. «Todas las hostias, todos los problemas que he tenido en la vida, lo que intento es que me enseñen. No me siento nada orgulloso de la actitud que tuve, a nivel profesional y más representando a mi club. Pero el hecho de salir, el hecho de tener que parar, el hecho de tener que exponerme y que la gente supiera un poco más de mi vida y de lo que me estaba pasando, al final me ayudó», reconoce.. Tras el centro de Valencia vino un tratamiento de seis meses en el hospital Vall d’Hebron de la mano del psiquiatra Miquel Casas. Fue allí donde recibió un diagnóstico que no esperaba. «Me diagnosticaron un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, además de la depresión que tenía. Yo no tenía ni puta idea de qué era el TDAH. Fui al centro en Valencia, y luego volví. Estuve seis meses en la Vall d’Hebron con el psiquiatra Miquel Casas», cuenta después de beber agua. Ese diagnóstico le dio herramientas para entenderse.. Pedir ayuda, sin tabú. Soldevilla habla de aquella época con la distancia de quien ha procesado lo que vivió. Reconoce que hubo fracaso, frustración y culpa, y tiene claro que la adicción es una enfermedad con la que tendrá que convivir toda la vida. Lo que cambió fue la disposición a buscar ayuda. «Años atrás, todo lo que tenía que ver con problemas de salud mental, con psicólogos y psiquiatras era un tabú. Era muy difícil decir: ‘Hostia, pues voy al psicólogo’. Cuando es algo de lo más natural y que todos deberíamos hacer. Pero en aquel momento era más complejo y me hizo aceptar que era una de las ayudas que necesitaba para que mi vida funcionara», afirma. Pedir ayuda y recordar de dónde viene son, según él, los dos elementos que le impiden volver a aquella etapa.. La vida en Alicante. A sus 47 años, Soldevilla vive en Alicante y trabaja como entrenador personal, colabora con la Asociación de Futbolistas Españoles y ejerce ocasionalmente como profesor de fitness. Asegura sentirse orgulloso del camino recorrido y satisfecho consigo mismo. Su sueño ahora es más tranquilo que cualquier estadio: una casa en el campo, naturaleza alrededor, un huerto propio y ver crecer feliz a su hijo.
Toni Soldevilla, ex futbolista del Espanyol, cuenta en una entrevista en El Periódico cómo ha sido su vida, sus adicciones y su conocimiento personal
Toni Soldevilla recuerda con precisión aquella mañana de Viladecans. Salía de recoger basura y cartón por la zona industrial junto a su padre, con la ropa llena de suciedad, y todavía tenía que ir a entrenar. Así lo ha contado en una estremecedora entrevista en El Periódico. Así vivió durante un tiempo el hombre que había firmado su primer contrato con el Espanyol a los 17 años y que acabaría disputando 133 partidos con el primer equipo. No había glamour ni atajo: había trabajo y fútbol, en ese orden, o los dos a la vez cuando hacía falta.. Los orígenes. Sus padres le pusieron las reglas pronto: si no estudiaba, tenía que trabajar. Soldevilla compaginó las dos cosas sin demasiado entusiasmo por las aulas. «Llegué a acabar la EGB. De aquella manera y porque mi madre me dijo que, si no, me quitaba el fútbol. Y dije, hostia, sin fútbol no», recuerda entre risas. Después llegó la Formación Profesional, que dejó a los dos años para ponerse a trabajar. La cantera del Espanyol fue el camino que lo cambió todo. Con 18 años ya estaba en el primer equipo, arrancando una carrera que lo llevaría también a jugar en el extranjero y que quedó marcada por un carácter duro dentro del campo, con entradas contundentes y varias expulsiones. Antes, cuando no sabía si podía vivir del fútbol, trabajó con su padre: «Con mi padre, que era basurero. Íbamos por Viladecans, llevaba la zona industrial, recogiendo la basura, el cartón… Es que mis padres me decían que, si no estudiaba, tenía que trabajar. Y lo fui compaginando con el fútbol. Me acuerdo de ir a entrenar lleno de mierda, porque venía de trabajar». La caída y el diagnóstico. La parte más difícil llegó después. Los problemas de adicción a las drogas que arrastraba desde hacía tiempo estallaron de forma pública y ya no hubo manera de contenerlos. «Todos los problemas que yo venía teniendo desde hacía años se destaparon. Desde el club ya no había forma de taparlo. Llegué a una situación que ya era insostenible. Fui a un centro en Valencia», explica Soldevilla. Lo que encontró allí fue más de lo que esperaba. «Todas las hostias, todos los problemas que he tenido en la vida, lo que intento es que me enseñen. No me siento nada orgulloso de la actitud que tuve, a nivel profesional y más representando a mi club. Pero el hecho de salir, el hecho de tener que parar, el hecho de tener que exponerme y que la gente supiera un poco más de mi vida y de lo que me estaba pasando, al final me ayudó», reconoce.. Tras el centro de Valencia vino un tratamiento de seis meses en el hospital Vall d’Hebron de la mano del psiquiatra Miquel Casas. Fue allí donde recibió un diagnóstico que no esperaba. «Me diagnosticaron un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, además de la depresión que tenía. Yo no tenía ni puta idea de qué era el TDAH. Fui al centro en Valencia, y luego volví. Estuve seis meses en la Vall d’Hebron con el psiquiatra Miquel Casas», cuenta después de beber agua. Ese diagnóstico le dio herramientas para entenderse.. Pedir ayuda, sin tabú. Soldevilla habla de aquella época con la distancia de quien ha procesado lo que vivió. Reconoce que hubo fracaso, frustración y culpa, y tiene claro que la adicción es una enfermedad con la que tendrá que convivir toda la vida. Lo que cambió fue la disposición a buscar ayuda. «Años atrás, todo lo que tenía que ver con problemas de salud mental, con psicólogos y psiquiatras era un tabú. Era muy difícil decir: ‘Hostia, pues voy al psicólogo’. Cuando es algo de lo más natural y que todos deberíamos hacer. Pero en aquel momento era más complejo y me hizo aceptar que era una de las ayudas que necesitaba para que mi vida funcionara», afirma. Pedir ayuda y recordar de dónde viene son, según él, los dos elementos que le impiden volver a aquella etapa.. La vida en Alicante. A sus 47 años, Soldevilla vive en Alicante y trabaja como entrenador personal, colabora con la Asociación de Futbolistas Españoles y ejerce ocasionalmente como profesor de fitness. Asegura sentirse orgulloso del camino recorrido y satisfecho consigo mismo. Su sueño ahora es más tranquilo que cualquier estadio: una casa en el campo, naturaleza alrededor, un huerto propio y ver crecer feliz a su hijo.
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