«Todo termina, y todo se olvida». Ana María Matute desmontaba los sueños de eternidad con esta afirmación tan realista como desoladora. Todo es cuestión de tiempo. Y el tiempo cada vez es más estrujado y más volátil, pues la capacidad de recuerdo ha ido abreviándose con el avance tecnológico que va acelerando nuestras cabecitas.. Matute hablaba de la fugacidad de la vida. Y de la perpetuidad de la muerte. Aunque ya deberíamos adaptar su frase célebre. Porque hoy «ni ha terminado y todo ya lo hemos olvidado». El exceso de impactos audiovisuales ha acortado tanto nuestra memoria que nos despistamos de las historias incluso antes de que hayan concluido.. La música sigue traspasando generaciones cuando se escucha más que se oye, la escritura aguanta el paso de los siglos cuando se lee y no solo se ve. Incluso somos capaces de recordar los grandes nombres de los protagonistas de viejas películas inolvidables, que puedes disfrutar una y otra vez como si fuera la primera vez. Porque las descubrimos en el acontecimiento de acudir a una sala de cine y sumergirnos en la experiencia de desconectar del ruido exterior. Lo que permite adentrarte en la profundidad de una historia que, después, te puedes pasar días y días rememorando a la medida de tu fantasía y sus expectativas.. El cine, la literatura, la pintura, la música e incluso la buena televisión han buscado perdurar. Sus ideas, en cierto sentido, querían trascender y relatar en el futuro cómo somos e incluso cómo quisimos ser. Pero el uso de las redes sociales por parte de las nuevas generaciones también retorna a un uso primigenio de la comunicación, en donde no importa preservar nada. Hacemos fotos que nunca más volvemos a ver. Creamos vídeos que se borran para siempre en 24 horas. El cometido principal es la distracción en riguroso directo, a través de un impaciente entretenimiento que caduca casi en cuanto se comparte. Como mucho se convierte en un meme viralizado una y otra vez. Pero nada más. Nos quedamos en las superficies.. Los contenidos se degluten, no hay el suficiente espacio viral para profundizar demasiado en ellos y pasamos a toda prisa a otra cosa con solo deslizar el dedo sobre la pantalla del móvil. Y, claro, la implicación de nuestra memoria dura tan poco como el corazón que aparece fugazmente en pantalla cuando haces doble clic en una foto de Instagram. Porque estamos en la sociedad que olvidamos incluso antes de poder recordarlo.
Más olvidadizos que nunca: más manipulables sin saber cómo llegamos hasta aquí.
20MINUTOS.ES – Televisión
«Todo termina, y todo se olvida». Ana María Matute desmontaba los sueños de eternidad con esta afirmación tan realista como desoladora. Todo es cuestión de tiempo. Y el tiempo cada vez es más estrujado y más volátil, pues la capacidad de recuerdo ha ido abreviándose con el avance tecnológico que va acelerando nuestras cabecitas.. Matute hablaba de la fugacidad de la vida. Y de la perpetuidad de la muerte. Aunque ya deberíamos adaptar su frase célebre. Porque hoy «ni ha terminado y todo ya lo hemos olvidado». El exceso de impactos audiovisuales ha acortado tanto nuestra memoria que nos despistamos de las historias incluso antes de que hayan concluido.. La música sigue traspasando generaciones cuando se escucha más que se oye, la escritura aguanta el paso de los siglos cuando se lee y no solo se ve. Incluso somos capaces de recordar los grandes nombres de los protagonistas de viejas películas inolvidables, que puedes disfrutar una y otra vez como si fuera la primera vez. Porque las descubrimos en el acontecimiento de acudir a una sala de cine y sumergirnos en la experiencia de desconectar del ruido exterior. Lo que permite adentrarte en la profundidad de una historia que, después, te puedes pasar días y días rememorando a la medida de tu fantasía y sus expectativas.. El cine, la literatura, la pintura, la música e incluso la buena televisión han buscado perdurar. Sus ideas, en cierto sentido, querían trascender y relatar en el futuro cómo somos e incluso cómo quisimos ser. Pero el uso de las redes sociales por parte de las nuevas generaciones también retorna a un uso primigenio de la comunicación, en donde no importa preservar nada. Hacemos fotos que nunca más volvemos a ver. Creamos vídeos que se borran para siempre en 24 horas. El cometido principal es la distracción en riguroso directo, a través de un impaciente entretenimiento que caduca casi en cuanto se comparte. Como mucho se convierte en un meme viralizado una y otra vez. Pero nada más. Nos quedamos en las superficies.. Los contenidos se degluten, no hay el suficiente espacio viral para profundizar demasiado en ellos y pasamos a toda prisa a otra cosa con solo deslizar el dedo sobre la pantalla del móvil. Y, claro, la implicación de nuestra memoria dura tan poco como el corazón que aparece fugazmente en pantalla cuando haces doble clic en una foto de Instagram. Porque estamos en la sociedad que olvidamos incluso antes de poder recordarlo.
