Simon Critchley es hijo de un obrero metalúrgico y una peluquera de barrio. Fracasó pronto en el colegio y se metió a trabajar en las fábricas de Hertfordshire, al norte de Londres: a los 14 años una máquina le rebanó la yema de un dedo y a los 18 otra prácticamente le amputó la mano, que consiguieron salvarle. Todavía, a sus 66, muestra con pesadumbre irónica sus cicatrices. “La fábrica era una mierda”, dice.. Seguir leyendo
El filósofo británico, de raigambre obrera y punk, trata en su último ensayo las experiencias místicas, después de haber ahondado en otros asuntos como la música pop o el fútbol
Simon Critchley es hijo de un obrero metalúrgico y una peluquera de barrio. Fracasó pronto en el colegio y se metió a trabajar en las fábricas de Hertfordshire, al norte de Londres: a los 14 años una máquina le rebanó la yema de un dedo y a los 18 otra prácticamente le amputó la mano, que consiguieron salvarle. Todavía, a sus 66, muestra con pesadumbre irónica sus cicatrices. “La fábrica era una mierda”, dice.. Acabó ingresando en una escuela de oficios donde había un par de profesores que animaron su interés por la lectura. Así aterrizó, a los 22 años, en la universidad de Essex, donde primero se interesó por la literatura europea y luego por la filosofía continental: su tesis trató la ética de la deconstrucción en Lévinas y Derrida. Ahora vive y trabaja en Nueva York como catedrático en The New School for Social Research y es un pensador reconocido internacionalmente.. Más información. Critchley ha bajado al recibidor del hotel con la ropa deportiva de su equipo de fútbol, el Liverpool F.C., al que le profesa (como veremos) verdadera pasión. “No me he arreglado demasiado”, dice como un niño travieso. El británico no es un filósofo encerrado en su torre de marfil, sino que, desde la filosofía continental y la alta literatura, donde se ha codeado con Joyce y Kafka, con Sartre y Heidegger, ha sabido tratar otros asuntos más terrenales como la música pop o el balompié, en los libros Bowie (sobre David Bowie) o En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, ambos en la editorial Sexto Piso: “Estoy convencido de que hay cosas interesantes y complejas en la vida y pasiones de la gente normal: si escarbas puedes encontrar grandes cosas”, afirma. Otro de sus temas notables ha sido el suicidio, en Apuntes sobre el suicidio (Alpha Decay). De asuntos como estos, que aborda con una escritura clara y plagada de humor, vino a hablar en el ciclo de pensamiento del centro Contemporánea Condeduque.. Esa conexión terrenal quizás también tenga que ver en su militancia en varias bandas de punk en aquellos años duros y grises del thatcherismo, a finales de los 70, la primera hornada del movimiento de la cresta y la tachuela. Ahora dicen que lo punk es ser de extrema derecha: “Eso es falso”, protesta Critchley, “el punk, para empezar, no era político: los partidos, los sindicatos, los intereses empresariales, nos parecían aburridos, puro statu quo. El punk era excitante, liberador, nihilista. Pero, eso sí, era definitivamente antirracista: escuchábamos mucha música negra, soul y funk, y muchísimo reggae”. El pensador sigue en la música, en el dúo electrónico Critchley & Simmons.. «Estoy convencido de que hay cosas interesantes y complejas en la vida y pasiones de la gente normal: si escarbas puedes encontrar grandes cosas”, afirma Critchley.INMA FLORES. El misticismo parece referirse a una cosa muy elevada, pero que también ha estado relacionado con la religiosidad más popular, y así lo concibe Critchley en su último libro, Misticismo, publicado en España por Sexto Piso con traducción de Julio Hermoso. Ahí cuenta, entre otras cosas, la historia de la mística Cristina la Admirable (1150-1224) a la que Nick Cave le dedicó una canción. Se dice que esta mujer revivió en su propio funeral y su cuerpo permaneció levitando. Misántropa, se perdió en el bosque donde sobrevivió alimentándose de la leche de sus propios pechos. Se arrojaba a hornos encendidos, comía basura y se metía en ríos congelados. Se colgó de una horca y permaneció así dos días. “Era verdaderamente asombrosa”, escribe el británico.. Cristina es solo una anécdota en un ensayo que quiere adentrarse en las experiencias místicas y su importancia en el mundo de hoy. “El misticismo es la vida en su forma más intensa, la capacidad de salir de ti mismo y experimentar algo más allá. Algunos lo llaman Dios, otros naturaleza”, expone, mientras ejemplifica con los grandes místicos españoles, Teresa de Ávila o Juan de la Cruz. Aunque el misticismo no tiene por qué estar vinculado necesariamente a la religiosidad, sino también a las artes, la música, la literatura. Eso sí, la religión ha ayudado: “Provee de un gran archivo de textos que documentan las experiencias místicas, además de una forma de organizar la vida”, concede el filósofo, que está al tanto del llamado “giro místico” en la cultura, encarnado en Rosalía (“vuestra heroína cultural”), pero también en la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, o Sirât, donde Oliver Laxe vincula la cultura rave con el misticismo sufí.. ¿A qué se debe este interés por lo místico? “La vida es horrible, es una mierda, y nuestros países parecen estancados”, dice el británico. “La racionalidad ilustrada, abstracta e instrumental, es muy útil para entender el universo o desarrollar políticas públicas, pero ha dejado a las personas perdidas”, añade Critchley, que señala que en las últimas décadas la alternativa a la espiritualidad para la izquierda ha sido el ateísmo puro y duro de Richard Dawkins o Christopher Hitchens, o el interés por lo oriental. “Ahora la gente está cambiando la percepción de sus propias tradiciones cristianas”, señala el pensador. “Rosalía está articulando algo muy profundo”.. Lo llamado woke tiene, a juicio de Critchley, también un símil religioso: “Para mí es la ampliación de la reforma protestante, cuando se combate la autoridad de la Iglesia Católica y la religión se convierte en un código moral individual. Las prescripciones morales para cambiar lo equivocado del mundo”, opina. “Se puede trazar una línea de Lutero a lo woke. Aunque creo que la juventud ya está dando muestras de fatiga e indiferencia”.. Los grandes temas de la vida… y el balompié. Es llamativo que Critchley se decantara académicamente por la filosofía continental, del existencialismo a la french theory, cuando en el mundo anglosajón tradicionalmente se ha optado por la analítica. “Había un par de profesores de esta rama en el departamento y me pareció que se preocupaban por las grandes cuestiones: el ser, el sentido de la vida, la libertad, la pasión, la lucha humana… La filosofía analítica me parecía como un sentido común afilado y técnico”, explica.. Y, de fondo, siempre el fútbol. En 2019, por ejemplo, viajó desde Noruega a Madrid para ver la final de la Champions League entre su querido Liverpool y el Tottenham, que se jugaba en el Wanda Metropolitano. Su hijo vino en coche desde Londres, tardó dos días. No encontraron entrada ni alojamiento (les alojó, muy amablemente, su editor). “¡Pero el Liverpool ganó!”, celebra Critchley. “El fútbol, más allá de lo deportivo, es para mí un vínculo con mi hijo, con mi padre, con mi abuela, que era una gran hincha del Liverpool”.. Una familia futbolera de la clase obrera británica. ¿Qué pasa hoy con la clase obrera? “Donde estaba la fábrica de mi padre ahora hay un centro deportivo. Ya no hay fábricas. Se esperaba que alguien como yo trabajase en la industria, se suponía que así me convertiría en un hombre. Eso desapareció. Eran trabajos duros, pero aportaban sustento y, sobre todo, dignidad. Ahora la clase obrera está desorientada”, dice Critchley, que achaca el triunfo del Brexit y de Trump, el auge de la ultraderecha, a estos procesos de globalización y desindustrialización. “Ahora se puede trabajar en un hotel, con suerte, si es que hay hoteles. La clase obrera es más pobre y desesperada”.
