Puede que la pregunta parezca sencilla, pero no lo es: ¿lo que llena las calles en Semana Santa es fe? Pienso (opinión subjetiva) que la fe es una experiencia irregular, a veces nítida y apenas insinuada…. Creo que lo que vemos en la calle es una superposición de motivos que comparten forma, pero no necesariamente contenido.. Hay fe, sí. ¡Por supuesto! La de quien no está mirando, sino participando. La de quien no necesita explicarse porque su relación con lo que ocurre no pasa por lo discursivo. Es una fe que no siempre se exhibe, pero que sostiene. Léase a Santa Teresa para entenderlo. A veces silenciosa, a veces incómoda, a veces incluso contradictoria. Pero real. ¡Lo más importante!. Junto a ella, se despliega la tradición, que no es una versión degradada de la fe, sino otra forma de persistencia. Hay quienes están ahí porque siempre han estado, porque el gesto heredado pesa más que cualquier convicción formulada. La tradición es, en muchos casos, la infraestructura invisible que permite que algo siga existiendo cuando ya no sabemos explicarlo del todo. ¡Digo yo!. Y, alrededor, lo demás: la mirada externa, la curiosidad, la estética, las pipas de girasol, las de calabaza… Y también la distracción. El espectador que observa sin implicarse y no invalida el conjunto. Lo completa. Porque ningún fenómeno colectivo de esta escala es puro, ni lo ha sido nunca…. El error está en querer depurar la escena, en exigirle una coherencia que no le corresponde. La Semana Santa no es un examen de autenticidad individual. Es otra cosa: una estructura compartida donde conviven distintas formas de aproximarse a lo mismo, incluso cuando ese “mismo” ya no está del todo claro.. Lo verdaderamente relevante no es si todos creen, sino que todavía existe un lenguaje común para hablar de aquello que excede lo cotidiano. Un lenguaje hecho de pasos lentos, de silencios tensos, de recorridos que se repiten año tras año sin necesidad de justificarse.. Porque en medio de todo (de la fe firme, de la duda, de la costumbre, de la mirada ajena) emerge algo difícil de ignorar: una suspensión del mundo tal como funciona el resto del año. La ciudad deja de ser útil para volverse significativa. El tiempo deja de medirse en productividad y empieza a medirse en espera.. Y en ese espacio, aunque sea brevemente, aparece la posibilidad de escuchar algo que normalmente queda sepultado bajo el ruido.. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.. La frase atraviesa los siglos no por su literalidad, sino por lo que exige: una mirada que no se limita a juzgar, una comprensión que no depende de la pureza del otro. Quizá ahí reside una clave incómoda para entender lo que vemos: que la fe, si está presente, no se manifiesta en la perfección de quienes la representan, sino en la persistencia de un sentido que sigue buscando forma incluso en medio de la mezcla, de la duda y de la imperfección.. Por eso la calle no responde del todo a la pregunta inicial. No puede. No está hecha para ofrecer certezas, sino para sostener una posibilidad.. Y, mientras esa posibilidad siga convocando (aunque sea de maneras distintas, incluso contradictorias) algo esencial sigue vivo.
«Creo que lo que vemos en la calle es una superposición de motivos que comparten forma, pero no necesariamente contenido»
Puede que la pregunta parezca sencilla, pero no lo es: ¿lo que llena las calles en Semana Santa es fe? Pienso (opinión subjetiva) que la fe es una experiencia irregular, a veces nítida y apenas insinuada…. Creo que lo que vemos en la calle es una superposición de motivos que comparten forma, pero no necesariamente contenido.. Hay fe, sí. ¡Por supuesto! La de quien no está mirando, sino participando. La de quien no necesita explicarse porque su relación con lo que ocurre no pasa por lo discursivo. Es una fe que no siempre se exhibe, pero que sostiene. Léase a Santa Teresa para entenderlo. A veces silenciosa, a veces incómoda, a veces incluso contradictoria. Pero real. ¡Lo más importante!. Junto a ella, se despliega la tradición, que no es una versión degradada de la fe, sino otra forma de persistencia. Hay quienes están ahí porque siempre han estado, porque el gesto heredado pesa más que cualquier convicción formulada. La tradición es, en muchos casos, la infraestructura invisible que permite que algo siga existiendo cuando ya no sabemos explicarlo del todo. ¡Digo yo!. Y, alrededor, lo demás: la mirada externa, la curiosidad, la estética, las pipas de girasol, las de calabaza… Y también la distracción. El espectador que observa sin implicarse y no invalida el conjunto. Lo completa. Porque ningún fenómeno colectivo de esta escala es puro, ni lo ha sido nunca…. El error está en querer depurar la escena, en exigirle una coherencia que no le corresponde. La Semana Santa no es un examen de autenticidad individual. Es otra cosa: una estructura compartida donde conviven distintas formas de aproximarse a lo mismo, incluso cuando ese “mismo” ya no está del todo claro.. Lo verdaderamente relevante no es si todos creen, sino que todavía existe un lenguaje común para hablar de aquello que excede lo cotidiano. Un lenguaje hecho de pasos lentos, de silencios tensos, de recorridos que se repiten año tras año sin necesidad de justificarse.. Porque en medio de todo (de la fe firme, de la duda, de la costumbre, de la mirada ajena) emerge algo difícil de ignorar: una suspensión del mundo tal como funciona el resto del año. La ciudad deja de ser útil para volverse significativa. El tiempo deja de medirse en productividad y empieza a medirse en espera.. Y en ese espacio, aunque sea brevemente, aparece la posibilidad de escuchar algo que normalmente queda sepultado bajo el ruido.. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.. La frase atraviesa los siglos no por su literalidad, sino por lo que exige: una mirada que no se limita a juzgar, una comprensión que no depende de la pureza del otro. Quizá ahí reside una clave incómoda para entender lo que vemos: que la fe, si está presente, no se manifiesta en la perfección de quienes la representan, sino en la persistencia de un sentido que sigue buscando forma incluso en medio de la mezcla, de la duda y de la imperfección.. Por eso la calle no responde del todo a la pregunta inicial. No puede. No está hecha para ofrecer certezas, sino para sostener una posibilidad.. Y, mientras esa posibilidad siga convocando (aunque sea de maneras distintas, incluso contradictorias) algo esencial sigue vivo.
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