El regreso del PSC al Palau de la Generalitat con Salvador Illa al frente se construyó sobre una promesa muy concreta: la de la buena gestión. Tras años marcados por el procés, la confrontación política y la parálisis institucional, los socialistas ofrecían un Govern de perfil técnico, sobrio, de poco ruido y transversal, centrado en los servicios públicos y en devolver a Cataluña una «normalidad» política e institucional basada en la eficiencia. Ese es el relato que Illa ha repetido desde su toma de posesión y que el propio Govern ha elevado a categoría estratégica bajo el concepto de «el Govern de la buena gestión».. Sin embargo, casi un año y medio después, ese relato se está cayendo por un motivo especialmente sensible: el caos de Rodalies, un servicio ferroviario históricamente degradado que esta semana ha terminado de colapsar, convirtiéndose en la primera gran crisis política del ejecutivo del PSC.. La sucesión de accidentes, desprendimientos, cortes de líneas y suspensiones del servicio ha desembocado en una situación inédita: la suspensión del servicio ferroviario dependiente de Renfe en toda Cataluña, tras el accidente mortal en Gelida. El impacto social ha sido inmediato y masivo. Cada día, cerca de 400.000 personas utilizan Rodalies para ir a trabajar, acudir a hospitales, estudiar o realizar actividades básicas. Para muchos de ellos, el tren no es una opción, sino una necesidad. Esta semana, esa necesidad se ha visto abruptamente interrumpida, sin alternativas de movilidad viables y con una sensación generalizada de abandono.. La indignación ciudadana no nace de cero. Rodalies es desde hace años uno de los servicios públicos más criticados de Cataluña, símbolo de retrasos crónicos, averías constantes y una falta de inversión estructural que distintos gobiernos han prometido corregir sin éxito. Hace solo unos meses, una oleada de incidencias ya provocó manifestaciones en distintos puntos del territorio y acabó con la reprobación parlamentaria de la consellera Sílvia Paneque. Aquella crisis parecía un aviso. La actual ha sido una explosión.. Lo que diferencia esta situación de otras crisis que ha atravesado el Govern de Illa —las protestas de los agricultores, la gestión de la peste porcina, el error en la adjudicación de plazas docentes o la polémica en la antigua DGAIA— es su carácter estructural y crónico. Las anteriores se pudieron contener, reconducir o diluir. Rodalies, en cambio, no es un episodio puntual: es un problema que se repite, se agrava y que ahora ha estallado de forma simultánea en el plano técnico, social y político. El Govern tenido que gestionar no solo el colapso del servicio, sino también una comunicación fallida que ha agravado el malestar.. La oposición no ha dejado pasar la oportunidad. Junts ha vuelto a insistir en su marco habitual, acusando al PSC de actuar como “sucursal del PSOE” y reclamando el traspaso integral de Rodalies. Su líder, Carles Puigdemont, ha elevado el tono al máximo, atribuyendo la crisis a la “incompetencia”, la “dependencia del Estado”, la “falta absoluta de liderazgo” de Illa y la “sumisión del Govern a Madrid”. Los socios de investidura también han endurecido el discurso. Los Comuns, a través de su portavoz Jéssica Albiach, han señalado como “un error grave” anunciar la reanudación de un servicio sin tenerla garantizada y han reprochado al Govern no ofrecer una información clara y veraz que evitara falsas expectativas. ERC ha ido aún más lejos. El propio Oriol Junqueras no ha descartado exigir dimisiones si no llegan soluciones. El PP, por su parte, ha pedido la comparecencia de Dalmau y Paneque para dar explicaciones sobre el estado real de la red ferroviaria y las actuaciones previstas, completando una ofensiva parlamentaria que deja al Govern bajo presión por todos los flancos.. Todo ello contrasta con los avances que el PSC sí exhibe en otros ámbitos. El Govern ha iniciado una reforma de la administración para hacerla más accesible y menos burocrática, ha dado pasos para impulsar la vivienda pública en un contexto de emergencia habitacional y ha logrado acuerdos con sus socios para garantizar estabilidad parlamentaria. Son políticas que encajan con el perfil técnico y pragmático que Illa quiere proyectar.. Precisamente por eso, Rodalies es tan dañino para el relato socialista. No es solo un problema heredado ni un fallo puntual: es el ejemplo más claro de que la promesa de buena gestión tiene límites. Allí donde el Govern aseguraba solvencia, planificación y eficacia, emerge un sistema ferroviario colapsado que afecta a la vida diaria de cientos de miles de personas y que escapa al control del Ejecutivo catalán.
El colapso ferroviario rompe con el «oasis» socialista al frente de la Generalitat
El regreso del PSC al Palau de la Generalitat con Salvador Illa al frente se construyó sobre una promesa muy concreta: la de la buena gestión. Tras años marcados por el procés, la confrontación política y la parálisis institucional, los socialistas ofrecían un Govern de perfil técnico, sobrio, de poco ruido y transversal, centrado en los servicios públicos y en devolver a Cataluña una «normalidad» política e institucional basada en la eficiencia. Ese es el relato que Illa ha repetido desde su toma de posesión y que el propio Govern ha elevado a categoría estratégica bajo el concepto de «el Govern de la buena gestión».. Sin embargo, casi un año y medio después, ese relato se está cayendo por un motivo especialmente sensible: el caos de Rodalies, un servicio ferroviario históricamente degradado que esta semana ha terminado de colapsar, convirtiéndose en la primera gran crisis política del ejecutivo del PSC.. La sucesión de accidentes, desprendimientos, cortes de líneas y suspensiones del servicio ha desembocado en una situación inédita: la suspensión del servicio ferroviario dependiente de Renfe en toda Cataluña, tras el accidente mortal en Gelida. El impacto social ha sido inmediato y masivo. Cada día, cerca de 400.000 personas utilizan Rodalies para ir a trabajar, acudir a hospitales, estudiar o realizar actividades básicas. Para muchos de ellos, el tren no es una opción, sino una necesidad. Esta semana, esa necesidad se ha visto abruptamente interrumpida, sin alternativas de movilidad viables y con una sensación generalizada de abandono.. La indignación ciudadana no nace de cero. Rodalies es desde hace años uno de los servicios públicos más criticados de Cataluña, símbolo de retrasos crónicos, averías constantes y una falta de inversión estructural que distintos gobiernos han prometido corregir sin éxito. Hace solo unos meses, una oleada de incidencias ya provocó manifestaciones en distintos puntos del territorio y acabó con la reprobación parlamentaria de la consellera Sílvia Paneque. Aquella crisis parecía un aviso. La actual ha sido una explosión.. Lo que diferencia esta situación de otras crisis que ha atravesado el Govern de Illa —las protestas de los agricultores, la gestión de la peste porcina, el error en la adjudicación de plazas docentes o la polémica en la antigua DGAIA— es su carácter estructural y crónico. Las anteriores se pudieron contener, reconducir o diluir. Rodalies, en cambio, no es un episodio puntual: es un problema que se repite, se agrava y que ahora ha estallado de forma simultánea en el plano técnico, social y político. El Govern tenido que gestionar no solo el colapso del servicio, sino también una comunicación fallida que ha agravado el malestar.. La oposición no ha dejado pasar la oportunidad. Junts ha vuelto a insistir en su marco habitual, acusando al PSC de actuar como “sucursal del PSOE” y reclamando el traspaso integral de Rodalies. Su líder, Carles Puigdemont, ha elevado el tono al máximo, atribuyendo la crisis a la “incompetencia”, la “dependencia del Estado”, la “falta absoluta de liderazgo” de Illa y la “sumisión del Govern a Madrid”. Los socios de investidura también han endurecido el discurso. Los Comuns, a través de su portavoz Jéssica Albiach, han señalado como “un error grave” anunciar la reanudación de un servicio sin tenerla garantizada y han reprochado al Govern no ofrecer una información clara y veraz que evitara falsas expectativas. ERC ha ido aún más lejos. El propio Oriol Junqueras no ha descartado exigir dimisiones si no llegan soluciones. El PP, por su parte, ha pedido la comparecencia de Dalmau y Paneque para dar explicaciones sobre el estado real de la red ferroviaria y las actuaciones previstas, completando una ofensiva parlamentaria que deja al Govern bajo presión por todos los flancos.. Todo ello contrasta con los avances que el PSC sí exhibe en otros ámbitos. El Govern ha iniciado una reforma de la administración para hacerla más accesible y menos burocrática, ha dado pasos para impulsar la vivienda pública en un contexto de emergencia habitacional y ha logrado acuerdos con sus socios para garantizar estabilidad parlamentaria. Son políticas que encajan con el perfil técnico y pragmático que Illa quiere proyectar.. Precisamente por eso, Rodalies es tan dañino para el relato socialista. No es solo un problema heredado ni un fallo puntual: es el ejemplo más claro de que la promesa de buena gestión tiene límites. Allí donde el Govern aseguraba solvencia, planificación y eficacia, emerge un sistema ferroviario colapsado que afecta a la vida diaria de cientos de miles de personas y que escapa al control del Ejecutivo catalán.
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