La muerte, esa grandísima hija de puta, se ha llevado a la voz más lúcida, bella y doliente del rock español de todos los tiempos. A uno de los genios absolutos que ha dado la canción popular de este país. A un creador enteramente único que deja un legado de medio centenar de himnos inmortales. Ojalá no tuviera que escribir estas líneas, pues traté de cerca a Robe y, sobre todo, conviví durante años, noche y día, con su obra –con sus obsesiones, con sus demonios– para [[LINK:EXTERNO|||https://www.larazon.es/cultura/musica/libro-fundamental-conocer-profundidad-historia-obra-hazanas-extremoduro_20251210693945dccc0f8a3219a52c70.html?outputType=amp|||escribir la biografía de Extremoduro, «De profundis»,]] en la que intenté explicar lo inexplicable: de qué modo quema la lava de un volcán, a qué velocidad late el corazón de un coloso. Porque cuando Robe llevaba al papel el torrente de imágenes que galopaban por su cabeza no lo hacía con una pluma, utilizaba un bardeo: su aliento poético era el de un hombre que vivió sin miedo a gozar, a sentir, a robarle cuanto le fuera posible a la existencia. Y la fiereza y la brutalidad que exhibía no eran otra cosa que el ritmo desembridado de ese pulso vital. Tal y como cantó en «Desarraigo», cuando rozaba los 50: «La vida vivo dando volteretas, / los pies al suelo a mí no me sujetan, / que soy viento y me embalo / y arranco las veletas».. Desde el principio, Extremoduro, su creación, fusionó rock duro de trazas melódicas con una personalísima lectura de la canción de autor. O lo que es lo mismo, la pócima mágica que sustentaba aquel «rock transgresivo», como bautizó él aquello que componía, estaba hecha a base de caña de la buena –nitroglicerina– y una lírica emocionante, de gran calibre («Tu cintura, qué hermosura, / todo el día me paso en ella. / Tu cabeza, qué tristeza, / ¿cómo quieres que sepa dónde está?»), mezclada con un lenguaje directo y muchas veces soez («Hizo el mundo en siete días, / Extramaydura el octavo, / a ver qué coños salía, / y ese día no había jiñado») que lo mismo retrataba la sordidez y el lumpen («Tu corazón, / mitad de coca y de “caballo”. / Como te atrevas a decir / que estás de mono, te machaco») que la soledad homicida («Me acuerdo de sus caricias / y la memoria me engaña. / “Me se” come la desidia / y me cuelgan las arañas. / Voy a empaparme en gasolina una vez más. / Voy a rasparme a ver si prendo»).. Robe consiguió, en demasiadas ocasiones, lo que todo poeta ansía lograr al menos una vez en la vida: alcanzar la belleza con los mínimos elementos. Conmover mediante el ejercicio de verbalizar lo que uno piensa –no solo con la cabeza, también con el estómago y aun más abajo, con las ingles– cuando siente/sabe que su amor peligra y que su vida va a ser tomada por las sombras. A lo largo de su ya dilatada trayectoria como letrista, para emocionar se servía de un lenguaje dotado de guadaña y seda en el que las expresiones obscenas, esas que nadie, o casi nadie, emplea, en vez de chirriar y malograr la canción, de arruinarla sin remedio, encontraban, increíblemente, su justo acomodo. Nunca antes, insisto, no desde luego de un modo tan radical y continuado, tan extendido, palabras atroces, proscritas hasta entonces en una canción, se mezclaron con los sentimientos que pueblan el universo de todo poeta, como la soledad, el desamor y el vértigo de la existencia. Provisto de un armazón de sensibilidad y furia, Iniesta cultivaba en su jardín imaginario rosas que tenían trece espinas por pétalo y encontró la manera de anudar aquel lenguaje de napalm al trueno amigo de las guitarras eléctricas. Y en vez de causar espanto, aquellos textos de fuego pronto hallaron consumidores que se convirtieron en adictos. En apóstoles.. La mayoría de las canciones de Extremoduro son píldoras para soñar en un entorno de pesadilla. Como las buenas películas de terror, que son pocas, dan miedo, pero no hay forma de que apartes los ojos de la pantalla. Esto hace que escuchar a ese grupo por vez primera sea algo muy parecido a cuando de niño te subías a una montaña rusa: un viaje frenético y estupefaciente. Una experiencia adictiva e imposible de olvidar. Pero de ellas sobresalían, sobresalientemente, los textos, los cuales tenían la virtud de no parecerse en absoluto a cuanto se escribía en este país con la intención de ser cantado y que nos hablaban, lo siguen haciendo, de un ser tan inspirado como prolijo. Solo que a todo escritor de fuste cumplir años lo rejuvenece y la visión de la vida, más visceral en la juventud, se va tornando más reposada, y ese sosiego permite dar con matices que antes, debido a la velocidad y al ímpetu con los que se acometía un escrito, pasaban inadvertidos. En el Robe de la última etapa, el posterior a Extremoduro, el que firmó cuatro discos de estudio con su solo nombre –«Lo que aletea en nuestras cabezas», «Destrozares. Canciones para el final de los tiempos», «Mayéutica» y «Se nos lleva el aire»–, algunos de los cuales son obras maestras incontestables, seguían estando intactas las obsesiones de siempre, idéntico territorio mítico, pero era más sabio y, sobre todo, mejor escritor.. En una de las muchas entrevistas que le hice, me habló con emoción de cómo su padre llegó a ver el principio de su éxito: «Él murió en junio del 96, tras una enfermedad larga, justo cuando “Agila” empezó a subir. Tampoco es que ese disco tuviera una explosión rápida, sino que fue dándose a conocer de poco en poco. Me acuerdo de que cuando nos dieron el disco de oro, que eran 50.000 mil copias, que luego se llegaron a vender más de 300.000, se lo dediqué a mi padre. Y por eso recuerdo que él ya había muerto. Fue en ese período en el que el disco estaba yendo a más. Pero él ya vio buenos tiempos en el grupo, sí». También abordó la ambigüedad que habita en muchas de sus letras: «En mis canciones, las drogas unas veces son metáforas. Hablo de coches, o de otras cosas, y estoy hablando de drogas. No sé… No me gusta meterme en estos sitios de si practico o no practico, porque eso pertenece a mi esfera privada, pero ¿acaso no puedo hablar del mar por ser de Extremadura? En la creación todo tiene cabida. No hace falta separarte de tu mujer para escribir de un desamor. La imaginación es lo que hace falta».. En su génesis, Robe definió sus canciones como «de amor y de guerra», una manera inusual y fascinante de referirse a la propia obra. Y esa leyenda de resonancias épicas, en donde él vendría a ser una suerte de héroe sufriente, o tal vez sería más acertado decir antihéroe, recorre la columna vertebral del cancionero de Extremoduro y, también, de su senda en solitario. En «Locura transitoria», canción incluida en el último disco del grupo, «Para todos los públicos», nos regaló un verso definitorio y, quizá, autobiográfico: «Siempre soy yo mi guerra». Pero hay todavía más épica en los versos finales del tema que cierra ese trabajo postrero, «El camino de las utopías», algo –ese canto de cisne teatral– que cuesta atribuir al simple azar: «Estoy… buscando una respuesta / que lleva el viento / y voy… detrás de todas las tormentas / y no la encuentro y voy… / detrás de todas las tormentas / por si la encuentro y voy…».. «¿Te consideras afortunado por cómo te ha tratado la vida?», le pregunté, y me respondió: «La vida nos ha tratado bien, sí. Claro que sí. Poder vivir de tu trabajo es lo máximo. Al final es en lo que basamos la vida, en el curro. Si lo que da sentido a tu vida es, además, en lo que pasas más tiempo, lo que falta para la felicidad ya lo tienes que poner tú».. No hay forma de saber si él llegó a alcanzar la felicidad, pero sí logró la excelencia: «La ley innata» (2008), en cuya elaboración empleó unos cuantos años de su vida junto a Iñaki «Uoho» Antón, guitarrista de Extremoduro y máximo responsable del sonido de ese grupo desde 1996, es el mejor disco de rock que se ha hecho nunca en España. Y aquí estoy para quien quiera discutirlo.
Muere a los 63 años el creador del «rock transgresivo», un genio que revitalizó el género en los 90 y que era capaz de aunar en sus canciones poesía y nitroglicerina
La muerte, esa grandísima hija de puta, se ha llevado a la voz más lúcida, bella y doliente del rock español de todos los tiempos. A uno de los genios absolutos que ha dado la canción popular de este país. A un creador enteramente único que deja un legado de medio centenar de himnos inmortales. Ojalá no tuviera que escribir estas líneas, pues traté de cerca a Robe y, sobre todo, conviví durante años, noche y día, con su obra –con sus obsesiones, con sus demonios– para escribir la biografía de Extremoduro, «De profundis», en la que intenté explicar lo inexplicable: de qué modo quema la lava de un volcán, a qué velocidad late el corazón de un coloso. Porque cuando Robe llevaba al papel el torrente de imágenes que galopaban por su cabeza no lo hacía con una pluma, utilizaba un bardeo: su aliento poético era el de un hombre que vivió sin miedo a gozar, a sentir, a robarle cuanto le fuera posible a la existencia. Y la fiereza y la brutalidad que exhibía no eran otra cosa que el ritmo desembridado de ese pulso vital. Tal y como cantó en «Desarraigo», cuando rozaba los 50: «La vida vivo dando volteretas, / los pies al suelo a mí no me sujetan, / que soy viento y me embalo / y arranco las veletas».. Desde el principio, Extremoduro, su creación, fusionó rock duro de trazas melódicas con una personalísima lectura de la canción de autor. O lo que es lo mismo, la pócima mágica que sustentaba aquel «rock transgresivo», como bautizó él aquello que componía, estaba hecha a base de caña de la buena –nitroglicerina– y una lírica emocionante, de gran calibre («Tu cintura, qué hermosura, / todo el día me paso en ella. / Tu cabeza, qué tristeza, / ¿cómo quieres que sepa dónde está?»), mezclada con un lenguaje directo y muchas veces soez («Hizo el mundo en siete días, / Extramaydura el octavo, / a ver qué coños salía, / y ese día no había jiñado») que lo mismo retrataba la sordidez y el lumpen («Tu corazón, / mitad de coca y de “caballo”. / Como te atrevas a decir / que estás de mono, te machaco») que la soledad homicida («Me acuerdo de sus caricias / y la memoria me engaña. / “Me se” come la desidia / y me cuelgan las arañas. / Voy a empaparme en gasolina una vez más. / Voy a rasparme a ver si prendo»).. Robe consiguió, en demasiadas ocasiones, lo que todo poeta ansía lograr al menos una vez en la vida: alcanzar la belleza con los mínimos elementos. Conmover mediante el ejercicio de verbalizar lo que uno piensa –no solo con la cabeza, también con el estómago y aun más abajo, con las ingles– cuando siente/sabe que su amor peligra y que su vida va a ser tomada por las sombras. A lo largo de su ya dilatada trayectoria como letrista, para emocionar se servía de un lenguaje dotado de guadaña y seda en el que las expresiones obscenas, esas que nadie, o casi nadie, emplea, en vez de chirriar y malograr la canción, de arruinarla sin remedio, encontraban, increíblemente, su justo acomodo. Nunca antes, insisto, no desde luego de un modo tan radical y continuado, tan extendido, palabras atroces, proscritas hasta entonces en una canción, se mezclaron con los sentimientos que pueblan el universo de todo poeta, como la soledad, el desamor y el vértigo de la existencia. Provisto de un armazón de sensibilidad y furia, Iniesta cultivaba en su jardín imaginario rosas que tenían trece espinas por pétalo y encontró la manera de anudar aquel lenguaje de napalm al trueno amigo de las guitarras eléctricas. Y en vez de causar espanto, aquellos textos de fuego pronto hallaron consumidores que se convirtieron en adictos. En apóstoles.. La mayoría de las canciones de Extremoduro son píldoras para soñar en un entorno de pesadilla. Como las buenas películas de terror, que son pocas, dan miedo, pero no hay forma de que apartes los ojos de la pantalla. Esto hace que escuchar a ese grupo por vez primera sea algo muy parecido a cuando de niño te subías a una montaña rusa: un viaje frenético y estupefaciente. Una experiencia adictiva e imposible de olvidar. Pero de ellas sobresalían, sobresalientemente, los textos, los cuales tenían la virtud de no parecerse en absoluto a cuanto se escribía en este país con la intención de ser cantado y que nos hablaban, lo siguen haciendo, de un ser tan inspirado como prolijo. Solo que a todo escritor de fuste cumplir años lo rejuvenece y la visión de la vida, más visceral en la juventud, se va tornando más reposada, y ese sosiego permite dar con matices que antes, debido a la velocidad y al ímpetu con los que se acometía un escrito, pasaban inadvertidos. En el Robe de la última etapa, el posterior a Extremoduro, el que firmó cuatro discos de estudio con su solo nombre –«Lo que aletea en nuestras cabezas», «Destrozares. Canciones para el final de los tiempos», «Mayéutica» y «Se nos lleva el aire»–, algunos de los cuales son obras maestras incontestables, seguían estando intactas las obsesiones de siempre, idéntico territorio mítico, pero era más sabio y, sobre todo, mejor escritor.. En una de las muchas entrevistas que le hice, me habló con emoción de cómo su padre llegó a ver el principio de su éxito: «Él murió en junio del 96, tras una enfermedad larga, justo cuando “Agila” empezó a subir. Tampoco es que ese disco tuviera una explosión rápida, sino que fue dándose a conocer de poco en poco. Me acuerdo de que cuando nos dieron el disco de oro, que eran 50.000 mil copias, que luego se llegaron a vender más de 300.000, se lo dediqué a mi padre. Y por eso recuerdo que él ya había muerto. Fue en ese período en el que el disco estaba yendo a más. Pero él ya vio buenos tiempos en el grupo, sí». También abordó la ambigüedad que habita en muchas de sus letras: «En mis canciones, las drogas unas veces son metáforas. Hablo de coches, o de otras cosas, y estoy hablando de drogas. No sé… No me gusta meterme en estos sitios de si practico o no practico, porque eso pertenece a mi esfera privada, pero ¿acaso no puedo hablar del mar por ser de Extremadura? En la creación todo tiene cabida. No hace falta separarte de tu mujer para escribir de un desamor. La imaginación es lo que hace falta».. En su génesis, Robe definió sus canciones como «de amor y de guerra», una manera inusual y fascinante de referirse a la propia obra. Y esa leyenda de resonancias épicas, en donde él vendría a ser una suerte de héroe sufriente, o tal vez sería más acertado decir antihéroe, recorre la columna vertebral del cancionero de Extremoduro y, también, de su senda en solitario. En «Locura transitoria», canción incluida en el último disco del grupo, «Para todos los públicos», nos regaló un verso definitorio y, quizá, autobiográfico: «Siempre soy yo mi guerra». Pero hay todavía más épica en los versos finales del tema que cierra ese trabajo postrero, «El camino de las utopías», algo –ese canto de cisne teatral– que cuesta atribuir al simple azar: «Estoy… buscando una respuesta / que lleva el viento / y voy… detrás de todas las tormentas / y no la encuentro y voy… / detrás de todas las tormentas / por si la encuentro y voy…».. «¿Te consideras afortunado por cómo te ha tratado la vida?», le pregunté, y me respondió: «La vida nos ha tratado bien, sí. Claro que sí. Poder vivir de tu trabajo es lo máximo. Al final es en lo que basamos la vida, en el curro. Si lo que da sentido a tu vida es, además, en lo que pasas más tiempo, lo que falta para la felicidad ya lo tienes que poner tú».. No hay forma de saber si él llegó a alcanzar la felicidad, pero sí logró la excelencia: «La ley innata» (2008), en cuya elaboración empleó unos cuantos años de su vida junto a Iñaki «Uoho» Antón, guitarrista de Extremoduro y máximo responsable del sonido de ese grupo desde 1996, es el mejor disco de rock que se ha hecho nunca en España. Y aquí estoy para quien quiera discutirlo.
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