El Reino Unido se mueve -pero con cautela- en el tablero cada vez más volátil de la guerra con Irán. Mientras Washington presiona para garantizar la seguridad energética global, Downing Street ha optado por una implicación discreta: un reducido equipo de planificadores militares británicos ha sido desplegado en el Comando Central de Estados Unidos para diseñar fórmulas que permitan reabrir el tráfico marítimo en el estratégico estrecho de Ormuz.. La decisión evidencia el delicado equilibrio que intenta mantener el primer ministro, Keir Starmer. Londres coopera, pero evita -por ahora- dar el salto a una implicación militar directa. El envío de buques de guerra sigue descartado. La amenaza, admiten en el Gobierno, es «demasiado volátil». Según The Times, los expertos británicos trabajan junto a sus homólogos estadounidenses en distintos escenarios para garantizar el paso seguro por una arteria por la que circula cerca del 20% del petróleo mundial y que, según las estimaciones, podría estar minada.. Las opciones ya están sobre la mesa. Los jefes militares, entre ellos el general Gwyn Jenkins, han presentado distintos planes a los ministros. Pero la realidad impone cautela. «El nivel de riesgo es tal que pocos países están dispuestos a desplegar buques en estas condiciones», admite una fuente de Defensa. El precedente no invita al optimismo. En 1987, en pleno conflicto del Golfo, fueron necesarios hasta 30 buques de guerra para escoltar el tráfico en Ormuz. Hoy, el desafío es aún mayor. Irán dispone de un arsenal más sofisticado: lanchas rápidas de ataque, minas navales, misiles balísticos y drones que operan en aire, mar e incluso bajo el agua.. Trabajar con aliados. De ahí que Londres insista en una respuesta colectiva. «Hay algo peor que trabajar con aliados: trabajar sin ellos», resumió el ministro de las Fuerzas Armadas, Al Carns. Su homólogo en Defensa, John Healey, ya ha abierto conversaciones con Francia, Alemania, Italia y Polonia para coordinar una eventual respuesta. Mientras tanto, el Reino Unido refuerza su presencia en la región de forma indirecta. El Ministerio de Defensa ha anunciado la compra de más misiles -incluidos los guiados por láser Martlet, utilizados recientemente contra drones en Irak- para proteger a sus activos y apoyar a sus socios del Golfo.. El propio Luke Pollard, secretario de Estado de Defensa, lo dejó claro tras reunirse en Londres con representantes de países del Golfo: reabrir Ormuz es «absolutamente vital» para el comercio global y la seguridad energética, pero no habrá soluciones rápidas. «No basta con una respuesta militar. Hará falta un paquete completo, incluidos mecanismos de seguros», advirtió.. Porque incluso en caso de alto el fuego, las amenazas persistirían. Minas, drones submarinos o ataques aéreos seguirían poniendo en jaque una de las rutas más sensibles del planeta. En este contexto, la presión de Washington añade otra capa de tensión. Donald Trump ha lanzado mensajes contradictorios, sugiriendo incluso que Estados Unidos podría desentenderse de la seguridad del estrecho una vez cumplidos sus objetivos militares, dejando la responsabilidad en manos de los países dependientes del petróleo.. Falta de reacción. En su red Truth Social, el presidente estadounidense fue explícito: «Quizá deberíamos dejar que quienes lo utilizan se encarguen del estrecho». Una advertencia dirigida, en buena medida, a aliados como el Reino Unido, a los que acusa de falta de reacción. Starmer, sin embargo, se mantiene firme. En el Parlamento insistió en que no permitirá que el país sea arrastrado a una «guerra más amplia». Su prioridad, repite, es contener el impacto económico. «Cuanto más dure el conflicto, mayor será el coste de la vida», advirtió, defendiendo la necesidad de una salida negociada que frene las ambiciones nucleares de Teherán.. Pero sobre el terreno, la escalada continúa. El ataque al gigantesco yacimiento de gas de South Pars ha elevado la tensión y disparado los mercados: el crudo Brent ha superado los 108 dólares tras subir cerca de un 5%. Y, pese a este clima de creciente fractura transatlántica, la diplomacia sigue su curso. La visita de Estado de Carlos III a Estados Unidos prevista para el próximo mes se mantiene en pie. Un gesto que busca proyectar normalidad -y alianza- en medio de una relación cada vez más tensionada.. Tras un reconocimiento del terreno realizado por un equipo de los asesores más cercanos del rey, «The Times» revela que el monarca pasará un solo día en Washington D. C., donde participará en diversos actos, incluyendo un discurso ante el Congreso y un banquete, antes de pasar un día en Nueva York, hacer una parada en una zona rural y, finalmente, visitar otro país, como Bermudas, con vínculos con Reino Unido.
El Reino Unido se mueve -pero con cautela- en el tablero cada vez más volátil de la guerra con Irán. Mientras Washington presiona para garantizar la seguridad energética global, Downing Street ha optado por una implicación discreta: un reducido equipo de planificadores militares británicos ha sido desplegado en el Comando Central de Estados Unidos para diseñar fórmulas que permitan reabrir el tráfico marítimo en el estratégico estrecho de Ormuz.. La decisión evidencia el delicado equilibrio que intenta mantener el primer ministro, Keir Starmer. Londres coopera, pero evita -por ahora- dar el salto a una implicación militar directa. El envío de buques de guerra sigue descartado. La amenaza, admiten en el Gobierno, es «demasiado volátil». Según The Times, los expertos británicos trabajan junto a sus homólogos estadounidenses en distintos escenarios para garantizar el paso seguro por una arteria por la que circula cerca del 20% del petróleo mundial y que, según las estimaciones, podría estar minada.. Las opciones ya están sobre la mesa. Los jefes militares, entre ellos el general Gwyn Jenkins, han presentado distintos planes a los ministros. Pero la realidad impone cautela. «El nivel de riesgo es tal que pocos países están dispuestos a desplegar buques en estas condiciones», admite una fuente de Defensa. El precedente no invita al optimismo. En 1987, en pleno conflicto del Golfo, fueron necesarios hasta 30 buques de guerra para escoltar el tráfico en Ormuz. Hoy, el desafío es aún mayor. Irán dispone de un arsenal más sofisticado: lanchas rápidas de ataque, minas navales, misiles balísticos y drones que operan en aire, mar e incluso bajo el agua.. Trabajar con aliados. De ahí que Londres insista en una respuesta colectiva. «Hay algo peor que trabajar con aliados: trabajar sin ellos», resumió el ministro de las Fuerzas Armadas, Al Carns. Su homólogo en Defensa, John Healey, ya ha abierto conversaciones con Francia, Alemania, Italia y Polonia para coordinar una eventual respuesta. Mientras tanto, el Reino Unido refuerza su presencia en la región de forma indirecta. El Ministerio de Defensa ha anunciado la compra de más misiles -incluidos los guiados por láser Martlet, utilizados recientemente contra drones en Irak- para proteger a sus activos y apoyar a sus socios del Golfo.. El propio Luke Pollard, secretario de Estado de Defensa, lo dejó claro tras reunirse en Londres con representantes de países del Golfo: reabrir Ormuz es «absolutamente vital» para el comercio global y la seguridad energética, pero no habrá soluciones rápidas. «No basta con una respuesta militar. Hará falta un paquete completo, incluidos mecanismos de seguros», advirtió.. Porque incluso en caso de alto el fuego, las amenazas persistirían. Minas, drones submarinos o ataques aéreos seguirían poniendo en jaque una de las rutas más sensibles del planeta. En este contexto, la presión de Washington añade otra capa de tensión. Donald Trump ha lanzado mensajes contradictorios, sugiriendo incluso que Estados Unidos podría desentenderse de la seguridad del estrecho una vez cumplidos sus objetivos militares, dejando la responsabilidad en manos de los países dependientes del petróleo.. Falta de reacción. En su red Truth Social, el presidente estadounidense fue explícito: «Quizá deberíamos dejar que quienes lo utilizan se encarguen del estrecho». Una advertencia dirigida, en buena medida, a aliados como el Reino Unido, a los que acusa de falta de reacción. Starmer, sin embargo, se mantiene firme. En el Parlamento insistió en que no permitirá que el país sea arrastrado a una «guerra más amplia». Su prioridad, repite, es contener el impacto económico. «Cuanto más dure el conflicto, mayor será el coste de la vida», advirtió, defendiendo la necesidad de una salida negociada que frene las ambiciones nucleares de Teherán.. Pero sobre el terreno, la escalada continúa. El ataque al gigantesco yacimiento de gas de South Pars ha elevado la tensión y disparado los mercados: el crudo Brent ha superado los 108 dólares tras subir cerca de un 5%. Y, pese a este clima de creciente fractura transatlántica, la diplomacia sigue su curso. La visita de Estado de Carlos III a Estados Unidos prevista para el próximo mes se mantiene en pie. Un gesto que busca proyectar normalidad -y alianza- en medio de una relación cada vez más tensionada.. Tras un reconocimiento del terreno realizado por un equipo de los asesores más cercanos del rey, «The Times» revela que el monarca pasará un solo día en Washington D. C., donde participará en diversos actos, incluyendo un discurso ante el Congreso y un banquete, antes de pasar un día en Nueva York, hacer una parada en una zona rural y, finalmente, visitar otro país, como Bermudas, con vínculos con Reino Unido.
Fuentes de Defensa admiten que el nivel de riesgo es tal que «pocos países están dispuestos a desplegar buques en estas condiciones»
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