La noche del domingo en que se produjo la tragedia de los trenes en Adamuz quedó grabada en la memoria del Hospital Universitario Reina Sofía como una de esas jornadas en las que la rutina asistencial salta por los aires y todo el engranaje sanitario se pone al servicio de una emergencia colectiva. Desde los primeros avisos hasta el amanecer, el hospital se convirtió en el principal punto de referencia para la atención de los heridos y para el acompañamiento de familiares que buscaban respuestas en medio de la incertidumbre.. Apenas se conoció el alcance del accidente, el centro activó sus protocolos de emergencia. Las llamadas y mensajes internos movilizaron a profesionales que no tenían turno asignado, pero que acudieron de inmediato. Entre ellos estaba Juan José, enfermero, que resumía así el espíritu de aquella noche: «A mí no me tocaba, yo estaba en casa, nos mandaron un aviso y aquí nos hemos plantado casi el 90 por ciento de la plantilla para ayudar en lo que se nos pida». Esa disponibilidad espontánea permitió reforzar todos los dispositivos asistenciales en minutos.. La prioridad fue clara desde el primer momento: salvar vidas. Desde el hospital se decidió dar paso, antes que a cualquier trámite administrativo, a una valoración médica exhaustiva y a la atención inmediata de los casos más urgentes. La identificación de los pacientes en el sistema informático quedó en un segundo plano hasta que finalizó el ingreso masivo de heridos. El objetivo era no perder tiempo en procesos burocráticos cuando cada minuto podía ser decisivo.. Durante la noche del domingo, el punto de urgencias del Reina Sofía fue un ir y venir constante de ambulancias. Algunas llegaban con pacientes que, tras una primera evaluación, fueron derivados directamente al quirófano. Otros pasaron al circuito habitual de triaje y valoración, donde equipos médicos y de enfermería trabajaban de manera coordinada para clasificar la gravedad de cada caso y decidir el siguiente paso asistencial. Los heridos leves, una vez descartadas complicaciones, fueron enviados al Centro Ambiental, donde se había habilitado un punto específico de atención para los menos graves, descongestionando así las urgencias hospitalarias.. La coordinación no se limitó a las instalaciones del Reina Sofía. Parte de los pacientes fueron derivados a otros hospitales de la ciudad, como el San Juan de Dios y Quirón, y también a centros de la provincia, entre ellos el hospital de Montilla. Mientras tanto, en paralelo a la atención clínica, se desplegó un dispositivo específico para los familiares. Se habilitaron espacios para atenderles con privacidad, conscientes de la angustia y el desasosiego que acompañan a este tipo de situaciones.. La situación excepcional obligó también a tomar decisiones difíciles con respecto a los usuarios que se encontraban en urgencias por motivos habituales de un día normal. A muchos se les recomendó que regresaran otro día, explicándoles que la prioridad absoluta era atender a los heridos graves del accidente. La mayoría comprendió la situación y colaboró, consciente de la magnitud de lo ocurrido.. Con el paso de las horas y una vez estabilizada la llegada de pacientes, el hospital fue recuperando la calma. Sin embargo, el eco de la tragedia seguía presente en los pasillos.. El director gerente del Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba, Francisco Triviño, reconoce sentirse «orgulloso de saber que disponemos de un ejército de profesionales que, en cuestión de minutos» hacen que el centro «se convierta en una fortaleza dispuesta para defender la salud» de la ciudadanía. «Tienen un corazón generoso para fuera de su horario y en su momento de descanso, saber activarse», señala.
Un enfermero recuerda que «no me tocaba, estaba en casa y nos plantamos casi el 90% de la plantilla»
La noche del domingo en que se produjo la tragedia de los trenes en Adamuz quedó grabada en la memoria del Hospital Universitario Reina Sofía como una de esas jornadas en las que la rutina asistencial salta por los aires y todo el engranaje sanitario se pone al servicio de una emergencia colectiva. Desde los primeros avisos hasta el amanecer, el hospital se convirtió en el principal punto de referencia para la atención de los heridos y para el acompañamiento de familiares que buscaban respuestas en medio de la incertidumbre.. Apenas se conoció el alcance del accidente, el centro activó sus protocolos de emergencia. Las llamadas y mensajes internos movilizaron a profesionales que no tenían turno asignado, pero que acudieron de inmediato. Entre ellos estaba Juan José, enfermero, que resumía así el espíritu de aquella noche: «A mí no me tocaba, yo estaba en casa, nos mandaron un aviso y aquí nos hemos plantado casi el 90 por ciento de la plantilla para ayudar en lo que se nos pida». Esa disponibilidad espontánea permitió reforzar todos los dispositivos asistenciales en minutos.. La prioridad fue clara desde el primer momento: salvar vidas. Desde el hospital se decidió dar paso, antes que a cualquier trámite administrativo, a una valoración médica exhaustiva y a la atención inmediata de los casos más urgentes. La identificación de los pacientes en el sistema informático quedó en un segundo plano hasta que finalizó el ingreso masivo de heridos. El objetivo era no perder tiempo en procesos burocráticos cuando cada minuto podía ser decisivo.. Durante la noche del domingo, el punto de urgencias del Reina Sofía fue un ir y venir constante de ambulancias. Algunas llegaban con pacientes que, tras una primera evaluación, fueron derivados directamente al quirófano. Otros pasaron al circuito habitual de triaje y valoración, donde equipos médicos y de enfermería trabajaban de manera coordinada para clasificar la gravedad de cada caso y decidir el siguiente paso asistencial. Los heridos leves, una vez descartadas complicaciones, fueron enviados al Centro Ambiental, donde se había habilitado un punto específico de atención para los menos graves, descongestionando así las urgencias hospitalarias.. La coordinación no se limitó a las instalaciones del Reina Sofía. Parte de los pacientes fueron derivados a otros hospitales de la ciudad, como el San Juan de Dios y Quirón, y también a centros de la provincia, entre ellos el hospital de Montilla. Mientras tanto, en paralelo a la atención clínica, se desplegó un dispositivo específico para los familiares. Se habilitaron espacios para atenderles con privacidad, conscientes de la angustia y el desasosiego que acompañan a este tipo de situaciones.. La situación excepcional obligó también a tomar decisiones difíciles con respecto a los usuarios que se encontraban en urgencias por motivos habituales de un día normal. A muchos se les recomendó que regresaran otro día, explicándoles que la prioridad absoluta era atender a los heridos graves del accidente. La mayoría comprendió la situación y colaboró, consciente de la magnitud de lo ocurrido.. Con el paso de las horas y una vez estabilizada la llegada de pacientes, el hospital fue recuperando la calma. Sin embargo, el eco de la tragedia seguía presente en los pasillos.. El director gerente del Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba, Francisco Triviño, reconoce sentirse «orgulloso de saber que disponemos de un ejército de profesionales que, en cuestión de minutos» hacen que el centro «se convierta en una fortaleza dispuesta para defender la salud» de la ciudadanía. «Tienen un corazón generoso para fuera de su horario y en su momento de descanso, saber activarse», señala.
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