A esa altura, cualquier problema de salud se multiplica. No hay hospitales cerca, no hay ambulancias y no existe la posibilidad de “parar” el viaje. Aun así, las emergencias médicas en pleno vuelo son menos frecuentes de lo que se piensa. Del Willden, ex tripulante de cabina de British Airways durante 26 años, asegura que solo vivió dos casos graves en toda su carrera. Pero cuando ocurren, la tripulación activa un protocolo muy preciso que la mayoría de pasajeros desconoce.. Lo primero que hace la tripulación es preguntar si hay algún profesional sanitario a bordo. Lo habitual es que aparezca un médico, una enfermera o un paramédico. Pero lo sorprendente es que, si nadie se identifica, la aerolínea puede aceptar la ayuda de un veterinario. Según Willden, esto solo ocurre en situaciones críticas y siempre después de que el profesional firme un documento de exención de responsabilidad. En un avión, cualquier conocimiento médico puede marcar la diferencia.. Mientras esperan a un profesional, los tripulantes no se quedan de brazos cruzados. Están entrenados para actuar de inmediato: si alguien sufre un infarto, comienzan la RCP, otro miembro trae el desfibrilador y el oxígeno, y un tercero mantiene informado al capitán. Wilden explica que su formación incluía incluso asistir un parto en pleno vuelo. La mayoría de pasajeros desconoce que la tripulación recibe un entrenamiento sanitario mucho más riguroso de lo que se imagina.. Si no hay ningún profesional sanitario entre los pasajeros, la tripulación puede contactar con MedLink, un servicio médico especializado que asesora en tiempo real desde tierra. Además, cada avión lleva un kit médico M5, dividido en dos partes: una para uso de la tripulación y otra reservada para personal sanitario cualificado.. No todas las emergencias son médicas: así se gestionan las situaciones técnicas. Wilden explica que existen dos tipos de emergencias no médicas: preparadas y catastróficas. Las primeras son aquellas en las que la tripulación tiene tiempo para organizarse. Por ejemplo, si el avión pierde hidráulicos para el aterrizaje, el capitán emite un “alert call” y el jefe de cabina acude al cockpit. Después, la tripulación recibe un informe NITS con la naturaleza del problema, intención del piloto, tiempo disponible y cualquier instrucción especial. A partir de ahí, se informa a los pasajeros con un anuncio de emergencia que siempre se repite dos veces, porque la primera suele pillarlos en shock.. En un escenario extremo —como un impacto o un fallo repentino— no existe margen para preparar nada. La tripulación actúa por instinto entrenado: abrir salidas solo si no hay fuego, evacuar lo más rápido posible y priorizar la supervivencia. Son situaciones en las que cada segundo cuenta y en las que la formación previa es lo único que guía a los tripulantes.. La mayoría de pasajeros ve a la tripulación como personal de servicio, pero su función principal es la seguridad. Detrás de cada sonrisa y cada bandeja servida hay horas de entrenamiento para responder a emergencias que, aunque raras, pueden ocurrir en cualquier momento. Y cuando suceden, su actuación puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.
La tripulación tiene la a su disposición MedLink, un servicio médico especializado con el que pueden contactar para que les asesore desde tierra
A esa altura, cualquier problema de salud se multiplica. No hay hospitales cerca, no hay ambulancias y no existe la posibilidad de “parar” el viaje. Aun así, las emergencias médicas en pleno vuelo son menos frecuentes de lo que se piensa. Del Willden, ex tripulante de cabina de British Airways durante 26 años, asegura que solo vivió dos casos graves en toda su carrera. Pero cuando ocurren, la tripulación activa un protocolo muy preciso que la mayoría de pasajeros desconoce.. Lo primero que hace la tripulación es preguntar si hay algún profesional sanitario a bordo. Lo habitual es que aparezca un médico, una enfermera o un paramédico. Pero lo sorprendente es que, si nadie se identifica, la aerolínea puede aceptar la ayuda de un veterinario. Según Willden, esto solo ocurre en situaciones críticas y siempre después de que el profesional firme un documento de exención de responsabilidad. En un avión, cualquier conocimiento médico puede marcar la diferencia.. Mientras esperan a un profesional, los tripulantes no se quedan de brazos cruzados. Están entrenados para actuar de inmediato: si alguien sufre un infarto, comienzan la RCP, otro miembro trae el desfibrilador y el oxígeno, y un tercero mantiene informado al capitán. Wilden explica que su formación incluía incluso asistir un parto en pleno vuelo. La mayoría de pasajeros desconoce que la tripulación recibe un entrenamiento sanitario mucho más riguroso de lo que se imagina.. Si no hay ningún profesional sanitario entre los pasajeros, la tripulación puede contactar con MedLink, un servicio médico especializado que asesora en tiempo real desde tierra. Además, cada avión lleva un kit médico M5, dividido en dos partes: una para uso de la tripulación y otra reservada para personal sanitario cualificado.. Wilden explica que existen dos tipos de emergencias no médicas: preparadas y catastróficas. Las primeras son aquellas en las que la tripulación tiene tiempo para organizarse. Por ejemplo, si el avión pierde hidráulicos para el aterrizaje, el capitán emite un “alert call” y el jefe de cabina acude al cockpit. Después, la tripulación recibe un informe NITS con la naturaleza del problema, intención del piloto, tiempo disponible y cualquier instrucción especial. A partir de ahí, se informa a los pasajeros con un anuncio de emergencia que siempre se repite dos veces, porque la primera suele pillarlos en shock.. En un escenario extremo —como un impacto o un fallo repentino— no existe margen para preparar nada. La tripulación actúa por instinto entrenado: abrir salidas solo si no hay fuego, evacuar lo más rápido posible y priorizar la supervivencia. Son situaciones en las que cada segundo cuenta y en las que la formación previa es lo único que guía a los tripulantes.. La mayoría de pasajeros ve a la tripulación como personal de servicio, pero su función principal es la seguridad. Detrás de cada sonrisa y cada bandeja servida hay horas de entrenamiento para responder a emergencias que, aunque raras, pueden ocurrir en cualquier momento. Y cuando suceden, su actuación puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.
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